martes, 13 de diciembre de 2011

Esperando sentados

Para dar un barniz de legitimidad a su asalto al poder, Guillermo convocó una convención destinada a resolver la cuestión sucesoria. La Universidad de Cambridge envió dos representantes; uno de ellos era Isaac Newton, que hacía poco se había declarado anticatólico.
No puede decirse que brillara como parlamentario: no se tiene constancia de ningún discurso suyo ante la Convención; durante el año en que se sentó en la Cámara de los Comunes sólo habló, que se sepa, en una ocasión, y lo hizo para pedirle a un mozo que cerrara una ventana, porque había corriente. Poca importancia tenía, sin embargo, su discreta actividad parlamentaria, ya que acabó haciendo lo que esperaban de él quienes lo eligieron: votar el 5 de febrero de 1689, junto con la mayoría de los miembros de la cámara, una moción que declaraba vacante el trono de Inglaterra por la deserción de Jacobo, ofreciéndoles el reino a Guillermo y María para que lo gobernaran conjuntamente.
Cumplido el trámite, Newton pudo al fin disfrutar de una experiencia en verdad inédita para él: ser honrado y agasajado por los prohombres de la sociedad.


Hoy se constituyen las Cámaras de las nuevas Cortes elegidas hace tres semanas. La inmensa mayoría de los parlamentarios hará lo mismo que Newton hizo, es decir, no brillar, hacer lo que esperan quienes los eligieron (para las listas, quiero decir), y cumplir el trámite.

Pero que no se hagan ilusiones dichos parlamentarios: para entonces, Newton ya había expuesto la teoría de la gravedad y los tres principios de la mecánica newtoniana.

¿Y ellos, qué?

O por mejor decir: ¿Y a ellos, qué?

Créditos:
Extracto del capítulo 4 «El incomparable Newton», de la obra Newton y el falsificador, de Thomas Levenson, según traducción de Pablo Sauras, editada por Alba Editorial en octubre de 2011 (pág. 62)
Fotografía de la torre sur del edificio del Parlamento, en Londres, de octubre de 2006, del autor.

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