martes 3 de noviembre de 2009

¡Por Tutatis!

Ayer compré en mi librería habitual, el último volumen de las aventuras de Astérix, titulado El aniversario de Astérix & Obélix. El libro de oro.

En realidad, en el volumen no se nos cuenta una aventura de Astérix y Obélix, sino LA aventura: el volumen conmemora las Bodas de Oro de esta pareja de dos.

El nacimiento de Astérix se produjo el 29 de octubre de 1959, simultáneamente con el de la revista Pilote. Aunque esto se dice claramente en la página oficial, no sé qué lío se han armado en la página de COPE que el día 22 empiezan la entrada de la noticia diciendo “Hoy, jueves 22 de octubre, se cumple medio siglo de la salida a la venta del primer libro de Asterix”, para, ya en el cuerpo de ésta, decir “Las primeras planchas fueron publicadas el 29 de Octubre de 1959 en el primer número de la revista semanal francesa "Pilote". Solo dos años después, en 1961 era publicado el primer álbum, "Asterix, el gaulés"” (¡el gaulés!, grgmfffff, se reiría Obélix [ver Astérix en Hispania, precisamente]).

La confusión se debe a que lo que sucedió el 22 fue el lanzamiento del libro del aniversario, pero no el aniversario propiamente dicho. En cambio, Google sí “encontró” el día correcto.

Mis primeros libros de Astérix fueron Astérix en los Juegos Olímpicos, La residencia de los dioses y Astérix legionario, allá por los primeros años 70 del pasado siglo, es decir, finales de la infancia, principios de la adolescencia, según de quien hablemos.

Con posterioridad, ya me hice con una colección de las aventuras completas (8 volúmenes hasta entonces, que editó Grijalbo aunque ahora lo hace Salvat), y sobre la que un día de éstos preguntaré, por si se estuviera “completando”.

Por cierto, en las traducciones (no sé si en el original también), hubo algunas vacilaciones en ciertos nombres: el anciano fue Vegestórix hasta que consolidó como Edadepiédrix, y también hubo algo de baile con el nombre de los campamentos romanos: en algún momento se hablaba de Pastelalrhum y Hombrecitum, hasta que también quedó claro que eran Petibonum y Babaorum.

Sin embargo, lo que nunca ha cambiado ha sido la situación:
Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor.

Todavía… y siempre.

Aliados...

En mi reciente estancia en Venecia, me llamó la atención no encontrar ninguna referencia al gran almirante italiano Andrea Doria. Al regreso, me di cuenta del error: resultaba bastante improbable que hubiera grandes honores en Venecia… a un genovés.

Andrea Doria (caracterizado como el dios Neptuno en este retrato de Angelo Bronzino que se encuentra en la Pinacoteca de Brera, en Milán), por los tiempos en que vivió, basculó en sus alianzas entre Francia y España que eran quienes entonces se disputaban la influencia sobre gran parte de Italia. Finalmente, vio que Francisco I no era de fiar, haciéndose aliado de Carlos I.

Esta alianza se mantuvo en el tiempo, y de hecho, su sobrino Juan Andrea Doria fue uno de los capitanes “españoles” durante “la mayor ocasión que vieron los siglos”.

No sé si esta parte de la Historia es la que motivó la decisión, pero en Madrid, por ejemplo, hay una calle con el nombre de la histórica ciudad italiana.

La situación de la calle ha hecho que en diversas ocasiones haya formado parte del trayecto de importantes manifestaciones en la capital de España. Por ejemplo, la habida el 24 de noviembre de 2007, y a la que asistimos mi hermano y yo.




Además de las pancartas mostradas, hubo otras, así como carteles escuetos pero contundentes.

Sí, la verdad es que hubo un tiempo en que Génova era aliada de España…

lunes 2 de noviembre de 2009

Y los pecadores volverán a ti

Hace un año (y dos días) caragüevo comentó el catálogo de la exposición realizada sobre Luca Giordano con motivo de la reapertura del Casón del Buen Retiro. Hace algo más de cuatro meses comenté por mi parte, la visita que hicimos al referido Casón, pudiendo apreciar la bóveda del mismo, pintada por Luca Giordano.

Entre las numerosísimas obras que el Museo del Prado no tiene capacidad de exponer, se encuentra una obra de Luca Giordano titulada Bethsabé en el baño. El cuadro ilustra un episodio del Antiguo Testamento, en concreto, el momento narrado en el Segundo libro de Samuel, en el segundo versículo de su capítulo 11:

Un atardecer se levantó David de su lecho y se paseaba por el terrado de la casa del rey cuando vio desde lo alto del terrado a una mujer que se estaba bañando. Era una mujer muy hermosa”. Resumiendo, en la versión de la Vulgata: “erat autem mulier pulchra valde”.

El caso es que pasó lo que pasó, y la buena de Bethsabé “mittensque nuntiavit David, et ait: Concepi” (lo que, sólo fijándonos en la última palabra, se entiende muy bien).

David, aun Rey, era hombre de recursos, y procedió a despachar a Urías, esposo de Bethsabé: le dio una carta o despacho para presentar ante el general que mandaba el ejército que tenía sitiada la ciudad amonita de Rabá (escena gentileza de Pieter Lastman, en el Mauritshuis de La Haya). Lo que decía el despacho, fácil es de imaginar. Y así fue: “los arqueros tiraron contra tus veteranos desde lo alto de la muralla y murieron algunos de los veteranos del rey. También murió tu siervo Urías, el hitita”.

El capítulo 11 concluye tajante: “Aquella acción que David había hecho desagradó a Yavhé”. Y se lo hizo saber, en esta ocasión, a través de Nathán: “¿Por qué has menospreciado a Yavhé haciendo lo que le parece mal?”, y le profetiza diversos castigos. David muestra su arrepentimiento, y obtiene de Yavhé, por boca de Nathán, una cierta permuta en el castigo. “Et reversus est Nathan in domun suam”.

En el Segundo Libro de Samuel el arrepentimiento de David se narra muy brevemente: “Et dixit David ad Nathan: Peccavi Domino”, pero el mismo David se extiende bastante más en los Salmos, en particular en el 50/51 (según se numeren):

Misesere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam
et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquitatem meam...


Este salmo, con el tiempo, fue introducido en la liturgia cristiana, en forma de oración cantada, conocida, lógicamente, como “Miserere”.

Hay muchas versiones del Miserere (siendo muy conocido el de Gregorio Allegri), pero el más famoso es el de la montaña, Miserere que no ha oído nadie,… nadie salvo el músico que nos refirió Gustavo Adolfo Bécquer, cuya transcripción hojeó en la “célebre abadía de Fitero”:

Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fué que aunque en la última página había esta palabra latina tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.

–¿Sabéis qué es esto? –pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.
El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros
”, y que Carlos Jiménez adaptó e ilustró en diciembre de 1970 con motivo del centenario de la muerte del poeta, publicándose en el número 8, del 15 de febrero de 1971, de la revista Trinca.



En el derruido templo no había campana ni reloj, ni torre ya siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó a iluminarse espontáneamente sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad. (…) Las piedras se reunieron a las piedras. (…)
Una vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecían salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.
El osado peregrino (…) se inclinó al borde del abismo (…) y sus cabellos se erizaron de horror.
Mal envueltos en los girones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas los blancos dientes, las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vió los esqueletos de los monjes que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desagarradora expresión de dolor el primer versículo del salmo de David:

¡Miserere mei, Domine, secundum magnam misericordiam tuam!

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo.


La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del buho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición de Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.


Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vió el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al Trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:

Auditu meo dabis gaudium et laetitium, et texultabunt ossa humiliata.

En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.


Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere que aún estaba abierto sobre una de las mesas.

In peccatis concepit me mater mea.

Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecían mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligles para los legos en la música.
Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.
¿Quién sabe si no serán una locura?


Finis.

- - -

El otro día recibí un ejemplar que había adquirido a través de Iberlibro, de Letras. Revista literaria popular, editada en Zaragoza, con fecha del 31 de octubre de 1940. En este ejemplar, al hilo de la noche de ánimas, se recoge el texto de la leyenda El Miserere (aunque se desarrolla en la noche del Jueves Santo), ilustrada por Duce, de donde se han tomado los dibujos y los textos de la leyenda.

Si no es por él...

El otro día comenté una colección de planos de ciudades muy prácticos, y mencioné el de Madrid. De éste, traigo un detalle del plano de la zona céntrica, junto al Palacio Real.

En este detalle podemos ver, justo encima de la Plaza de Oriente, en un lateral del trayecto que normalmente se seguiría para llegar al Convento de la Encarnación, quedando, por ello, un tanto relegados, los Jardines del Cabo Noval.

Como otros muchos nombres de los lugares de las ciudades, salvo para los vecinos más inmediatos, ya es una suerte que se sepa de su existencia; más aún saber del quién y del porqué del nombre.

Yo supe de la historia del cabo Noval, no por los libros de historia ni, mucho menos, porque lo explicaran en clase: lo supe por un tebeo, o cómic, como era la revista Trinca.

Entre otras series, como “Manos” Kelly y El Cid, el dibujante Antonio Hernández Palacios desarrollaba la titulada La paga del soldado, mediante la que ilustraba diversos hechos heroicos habidos en la milicia española. En concreto, en el número 46, del 15 de septiembre de 1972, relataba lo sucedido la noche del 28 de septiembre de 1909, es decir, hace un siglo, durante esa nueva guerra de Marruecos, más centrada entonces en El Rif y Melilla.

Esa noche no tenía por qué haber sucedido nada de especial, más allá de los nervios de unas guardias en puestos entre alambradas, ligeramente avanzados respecto a la posición principal. Cierta rutina, pues, en aguantar la imaginaria sin que nada suceda, y esperar el relevo; mientras, las rondas de los mandos para evitar distracciones y sustos.


Sin embargo, la posición se convirtió, sin quererlo ni esperarlo, en el objetivo de un ataque sorpresa. Los puestos avanzados se vieron obligados a replegarse hacia la posición, y entre ellos, el mando que se encontraba en plena ronda de inspección: el Cabo Noval.



Tras ayudar a unos soldados, se queda rezagado intentando cruzar la alambrada por otro lado. En el intento, es capturado. Sólo que en vez de ser hecho prisionero y como tal llevado a la retaguardia, se ve utilizado como “llave” para cruzar las líneas, al ser, lógicamente, conocedor del santo, seña y contraseña.

Así sucede, y tras el grito de “¿Quién vive?”, el cabo contesta con el ‘santo’ que esa noche y a él, correspondía gritar: “¡Fuego aquí amigos, que son los moros!”.

Y él fue el primero en caer bajo su propia orden.




En 1912, el Ayuntamiento de Madrid no parece que pusiera muchos problemas a que se erigiera el monumento, cuya importancia se refleja en que fue obra de Mariano Benlliure. En el monumento hay dos lápidas principales: en la peana, al frente, se puede leer “Iniciado por mujeres españolas, se eleva este monumento a la gloria del soldado Luis Noval. Patria, no olvides nunca a los que por ti mueren”; en la segunda, nos resumen lo sucedido, y que tuvo como recompensa la Cruz Laureada de San Fernando.

Es famoso el adagio latino de “Dulce et decorum est pro patria mori”. Pero, como acaba la historia gráfica, “aquel «si no es por él…» es, ellos lo saben bien, la mejor paga para el soldado”.

Así pues, quien se acerque por estos jardines, aunque sea un momento, puede recordar al Cabo Luis Noval y a todos los que, por su profesión o movilizados obligatoriamente, decidieron cumplir con su obligación moral más allá de lo que les exigía el deber.

Sobre todo ahora que los que rigen la Patria encuentran como primera obligación (inmoral), la de olvidar.

domingo 1 de noviembre de 2009

La Historia al teatro,... y la tradición a la Historia

Continuaba la competencia de los teatros del Príncipe y de la Cruz, dirigidos por Romea y Lombía, y continuaba yo comprometido á escribir sólo para el de la Cruz, mientras en su compañía conservara su empresario á Cárlos Latorre y á Bárbara Lamadrid. (…)
Ya Lombía, á imitación de Romea, tenia una antecámara en la cual se reunian sus autores favoritos y sus amigos íntimos, como los de Julian en el saloncito del teatro del Príncipe. De aquel venian algunos que escribian para ambos teatros, y que como Hartzenbusch y García Gutierrez no formaban pandillaje; porque su talento, formalidad y reputación, les habian ya colocado muy encima de todo mezquino espíritu de partido. Yo no iba nunca al saloncito del Príncipe é iba poco á la antecámara de Lombía, pero asistia contínuamente á mi palco de proscenio para estudiar mis actores, y bajaba en los entreactos á saludar a Carlos Latorre y á la Bárbara, las noches que trabajaban. Aquella era de Lombía; en el primer entreacto me aboqué con él en su cuarto y trabamos inmediantamente conversación, presentes Hartzenbusch, Tomás Rubí, Isidoro Gil y no recuerdo quiénes más. Hé aquí en resúmen nuestro diálogo:

Lombía. – La empresa espera de V. un señalado servicio.
Yo. – Debo servirla según mi contrato y según mis fuerzas.
Lombía. – Sabe V. que es costumbre que las funciones de Noche-Buena sean beneficio de la compañía, repartiéndose sus productos á prorata entre todos sus actores y empleados según su clase. (…) Sabe V. que Cárlos Latorre no toma nunca parte en las funciones de Navidad, so pretesto de que en le género cómico de estas alegres representaciones no cabe el suyo trágico; de modo que cobra y se pasea desde Navidad á Reyes. Queremos que comparta este año con nosotros el trabajo de tales dias, y no hay más que un medio con el cual se avenga, y es, que se le escriba una pieza nueva, y la empresa ha pensado en V.


Así relata el autor de sus memorias el ambiente teatral del momento en que, digámoslo así, fue retado a escribir un drama para un objeto concreto, y para una fecha determinada.

Yo. – Estamos á 13, y por breve que sea el trabajo…
Lombía. – Deberia estar concluido el 17; copiado y repartido, el 18; estudiado, el 19 y el 20; ensayado el 21 y 22, y representado el 24.


Tras el correspondiente forcejeo dialéctico, se llegó al final de la conversación:
Lombía. – Propuesta aceptada.
Yo. – Pues hasta el 16 á las siete.


Y así:
En tal dia y en tal hora, concluido mi trabajo, volví á presentarme en el teatro de la Cruz, donde Hartzenbusch, Rubí y algunos otros de quienes no me acuerdo, me esperaban con Lombía, que tenia sobre la mesa una Historia de España”

Resuelta la propuesta, y quedó todo dispuesto:
Sin reflexionar, tomé mi sombrero y dije saliendo tras él de su cuarto: «Mañana á estas horas quedan Vds. citados para leer aquí un drama en un acto. – Buenas noches.
–¿Apostado? me gritó Lombía dirigiéndose á los bastidores.
–Apostado: me darán Vds. de cenar en casa de Próspero ; respondí yo echándome fuera de ellos por la puerta de la plaza del Ángel.
Poco trecho mediaba de allí á mi casa, núm. 5 de la de Matute: poco tiempo tuve para amasar mi plan, pero tampoco tenia minuto que perder.


Los extractos están tomados, como los de hace un año, de la obra Recuerdos del tiempo viejo, editada en 1880, en la Imprenta de los Sucesores de Ramírez y Cía, de Barcelona, y al igual que entonces, se ha respetado, como se ha podido observar, la ortografía de la época.

Estas líneas ilustran el ambiente teatral del Madrid todavía romántico del XIX: las amistades, el empuje y trabajo (empresarial, es decir, privado), los retos,… Sí, eso tan fuera de lugar en este siglo XXI: ¡hay que ver lo que hace el cambio de sitio de un palito…!

Hace un año ya comenté en estas páginas la actual “tradición” en perjuicio de otra con siglo y medio de presencia. En esta ocasión, en los recuerdos al personaje en cuestión, se me han adelantado dos personas (cuyos diarios están enlazados en la columna de la derecha).

Así pues, yo, como entonces, he recordado al autor y... a su casa.



Aunque hay algo que…, como si no sólo la tradición fuera lo que se ha hubiera perdido…

viernes 30 de octubre de 2009

¿Hay alguien ahí?

Hace un año publiqué una anotación sobre algo que había sucedido tal día como hoy (y como el de hace un año, claro). El problema es que me extendí demasiado sobre otro tema y tuve que concluir de la siguiente guisa:
Pero en realidad, quería comentar algo sobre cierta efemérides del día (en concreto, del de hace 70 años), pero se me ha hecho tarde.

(Había un estrambote final, que, espero, ahora no proceda).
(Tras esta introducción, entremos en faena)

No hubiera creído nadie que las cosas humanas fueran observadas en los últimos años del siglo XIX aguda y atentamente por inteligencias superiores a la del hombre y mortales como la de éste.

Esto es lo que publicó Herbert George Wells en 1898, según la edición de zero-zyx de marzo de 1979 en su colección Biblioteca «Promoción del Pueblo», con una introducción de Víctor Claudín.

Estas palabras se hicieron famosas cuarenta años después, o lo habían sido cuarenta y un años antes, según se vea. De hecho, la introducción de Claudín comienza recordándonos ese acontecimiento:

Un día de octubre de 1938, exactamente a las 20,00 horas del 30, una emisora de radio neoyorkina, la Columbia Broadcasting System, (CBS), lanzaba a las hondas (sic) un programa que marcaría un hito en la historia radiofónica.

Esa emisión, naturalmente, tenía un guión, que, conviene señalar, no era obra de quien se llevó la fama por la emisión. Aquél era de Howard Koch, y consistía en una adaptación radiofónica de la novela de Wells; éste era el director del Mercury Theatre y primer actor del grupo, y respondía al nombre de George Orson Welles.

Hoy sabemos que en los primeros años del siglo XX nuestro mundo estaba siendo observado por unos seres más inteligentes que el hombre y sin embargo igual de letales.

Estas fueron las primeras palabras de Orson Welles esa famosa noche, según la traducción de Carlos Reyles, en edición del año 2005 de Abada Editores en su colección Voces.

La adaptación estaba estructurada, como la novela, en dos partes. La que causó más impacto, lógicamente, fue la primera. Y no era para menos: justo antes del intermedio lo que se oía eran los intentos desesperados de un operador de radio para establecer comunicación con Nueva York.

¿Hay alguien ahí?”. Estas palabras todavía consiguen transmitir la desesperación de quien ve cómo poco a poco quienes tendrían que estar en primera fila combatiendo al enemigo dejan de responderle, y se da cuenta de que le llega el turno de saltar a esa primera fila de combate.

Los ecos de estas palabras, setenta y un años después, siguen resonando ahora, sin respuesta clara, no en las llanuras de Nueva Jersey o en las calles de Nueva York, sino en la séptima planta de Génova, 13.

martes 27 de octubre de 2009

Naranjas... de Valencia

Hace tiempo supe (o creí saber) que el famoso Barrio Francés de Nueva Orleáns no era tal, sino más bien español, de cuando Luisiana pasó de la corona de Francia a la de España como compensación por la pérdida de la Florida en virtud del Tratado de Fontaineblau. Importante apoyo territorial y militar para los Padres Fundadores durante la Revolución americana (o sea, la Guerra de Independencia de Estados Unidos), posibilitó, con el famoso y por aquí olvidado “Yo solo” de Gálvez, la recuperación de la Florida (e incluso la pre-fundación de Memphis y todo ese extenso camino del sur) hasta que Napoleón insistió lo suficiente, y volvió a la corona, esta vez imperial, francesa.

Todo esto viene a cuento de que el otro día, aquí en Valencia, no en Nueva Orleáns (la foto del Cabildo es de la wiki, de Wikid77 sobre un original de Infrogmation), cruzando la Alameda hacia el centro, junto al puente de las Flores, reinando un relativo silencio para el lugar que era, me llamó la atención un extraño golpe sordo justo cuando pasaba al lado de un imponente árbol.

Como no llevaba especial prisa, me detuve intentando averiguar el origen de tal enigma. Tras breve espera, se reprodujo el sonido, aunque esta vez sí fui testigo de la causa: la caída al suelo de un fruto del árbol en cuestión.

Excitada la curiosidad, averigüé al cabo de poco tiempo que se trataba del único ejemplar en Valencia de naranjo de Luisiana, ejemplar hermoso, pues alcanza cerca del triple de altura de lo habitual.


El caso es que el fruto, aun cuando pudiera denominarse naranja, más bien me recordó otra cosa muy distinta: no las naranjas de Valencia, sino los eventos de Valencia.

Lo que me permite cerrar el círculo comentando nuevamente la grandeur: Roland Garros no fue famoso por el tenis, pues sólo era un aficionado a él. Esto lo traigo porque, en efecto, el fruto del árbol más parece una pelota de tenis, y esta vez es lo que toca en Valencia: tenis.

Panem et...

Desde que lo denunció hace unos dos mil años Juvenal, mediante su afortunada expresión “panem et circenses”, la fórmula ha tenido éxito a través de su oportuna adaptación a los tiempos.

El “pan y circo” incluso ha visto modificada la expresión. En España, en el siglo XIX lució su tipismo con la modalidad “pan y toros”, llegando a ser, en 1864, el título de una zarzuela de Barbieri.

A mediados del pasado siglo, también en España, se generó la expresión “pan y fútbol”, manteniendo sus connotaciones iniciales, pues en España, al menos, la expresión, con un texto u otro, es una denuncia de la actuación del gobierno que ofrece al conjunto del pueblo alimentación y diversión con el objeto de que se olvide de la actividad política.

Lo cual no deja de ser una manipulación “buenista-rusoniana” de la expresión original. Juvenal no critica precisamente al gobierno, sino al pueblo, quien en vez de esforzarse en construir una poderosa civilización (como sí hizo siglos atrás), se dedicaba entonces a esperar las bondades de los emperadores, en forma, sólo, de dos cosas: pan y circo.

Lo que, salvo el latín, resulta algo dramáticamente actual.

Y eso que, por mucho que se anuncie en una pizarra que vi ayer por la calle, pan, ya veremos, pero de lo otro,… más bien, no hay.

lunes 26 de octubre de 2009

Para el hilo del tiempo... una aguja

Hace un año, con la excusa del cambio de hora, publiqué una anotación sobre un totum revolutum que, precisamente respecto a unas expresiones latinas, había en mi memoria.

En esta ocasión, la excusa será algo poco habitual como son los relojes cuya esfera está, diríamos ahora, en formato “24 horas”, que presentan la ventaja de tener que ajustar sólo una manecilla. La excusa la tenemos ilustrada con relojes de este tipo que pudimos apreciar durante nuestra reciente estancia en Venecia.



Tenemos, naturalmente, el reloj que da nombre a la torre, en la Plaza de San Marcos, y a continuación el que se encuentra en San Giacomo di Rialto (del que dicen que, instalado en 1410, nunca ha destacado por su puntualidad) y, tal vez, pues ahora ya no recuerdo bien, el del campanario de Santi Apostoli (y si no, quien lo sepa, que hable ahora o calle para siempre).

Pero cerremos la anotación volviendo parcialmente al párrafo inicial, gracias a un reloj de sol que existe a la entrada del Arsenale, donde, además de apreciar las líneas astronómicas (solsticios y equinoccios) y los signos del Zodiaco que marcan, con esos momentos, el inicio de cada una de las estaciones (Aries, Tauro, Libra y Capricornio), podemos ver lo anticuado del mismo, pues no sólo el texto está en latín (la traducción la dejo como deber escolar), sino que habla de la patria.

sábado 24 de octubre de 2009

D3A

Hace algo más de cinco años, con la excusa de la onomástica de mi segundo nombre, una amiga me regaló El ocho, de Katherine Neville. Aunque el libro es interesante y atrapa (de hecho, aprovechando que al día siguiente era domingo, me leí la mitad del libro), no lo recuerdo ahora para hacer una reseña, sino para hacer referencia a uno de los personajes pueblan la trama: se trata de la persona real de A.D. Philidor, maestro del ajedrez.

Esta persona escribió la obra Analyse du jeu des échecs, cuya segunda edición, “considérablement augmentée”, se publicó, en francés, en Londres en 1777. No sé si hubo una anterior, pero sobre 1916 publicó José Paluzie y Lucena su obra Primer libro del ajedrecista, en la que se incluía una traducción de la de Philidor.



Aunque hubo obras, también españolas, muy anteriores, como por ejemplo, la del famosísimo Ruy López (y su apertura Ruy López o española), titulada Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez. Publicada en Alcalá en 1561, se encuentra disponible en edición facsimilar publicada por París-Valencia. O, por ejemplo, El libro de los juegos, de mediados del siglo XIII, del rey Alfonso X el Sabio.



Sin embargo, entre el rey y el resto de los maestros y expertos mencionados se produjo un cambio importante en las reglas del ajedrez. Cambio cuyo ejemplo es el título de esta anotación, jugada integrante de la antedicha apertura Ruy López: el movimiento de la reina o dama (D) hasta el tercer escaque de la columna del alfil (del rey) supone un desplazamiento en diagonal a una casilla no contigua (en concreto, dos casillas).

Como ya he comentado por aquí, finalmente conseguí las entradas para asistir al simposio internacional sobre ajedrez y al “match” entre Karpov y Kasparov”. Sin embargo, sólo el primer día pude asistir a las sesiones del simposio.

Las ponencias de ese día, precisamente, hacían honor al lema del simposio: “Valencia. Cuna del ajedrez moderno”. Y es que, mientras que en sus orígenes, la dama tenía un desplazamiento similar al del rey, parece que, según la documentación disponible, fue en Valencia donde se modificó la regla, haciendo que la dama se desplazara en todas las direcciones, filas, columnas, o en diagonal, sin más límites que los propios del tablero o la presencia de alguna otra pieza.

Según expone José Antonio Garzón, “el documento original donde se crea la Dama o Reina y en el que por primera vez se describe su movimiento es el poema 'Schachs d’amor', de 1475, aunque no menos importante es el 'Llibre del jochs partitis del schachs', obra del segorbino Francesch Vicent, el primer tratado de ajedrez publicado en el mundo”. Es más, incluso hay un aspecto, al menos, emocionante, pues el libro de Vicent “probablemente sirvió para dar clases a Lucrecia Borgia”.

En resumen, esta obra “es el santo grial del ajedrez”, y “hablar del origen valenciano de este deporte, qué duda cabe, es reivindicar el nacimiento del ajedrez moderno para España y hacerlo también del que probablemente es el mayor acontecimiento cultural valenciano de todos los tiempos, pues cada día que pasa su legado se engrandece.

La última ponencia del día tenía por título “La grandeza de la nueva dama poderosa valenciana”, y señalaba como posible referencia para esta dama poderosa del ajedrez la “dama poderosa” que esos años representaba la reina Isabel la Católica.

En resumen, no puede decirse que lo aportado por estas ponencias no fuera, cuanto menos, curioso.

Y tras una breve pausa,… comenzó el match.

Piano, piano, si va... con plano

Ya estaba oscuro cuando crucé Rialto, camino de lo que habría jurado que era el campo que yo buscaba. ¿Un plano de la ciudad? ¿Yo? Por favor, yo no era una turista, ¿por qué había de llevar plano? Yo era la amiga de unos venecianos, que iba a cenar a casa de otros venecianos, ¿qué falta me hacía un plano?

Media hora después, por casualidad, salí a campo San Giacomo dell’Orio, y me puse a buscar la pequeña calle que descendía hacia el canal (…) Todas las calles me parecían iguales. (…)
Finalmente, volví al campo y pregunté en un bar dónde vivía Giuliano, el joyero. Cuando por fin llegué a mi destino, me excusé por el retraso con una mentira –naturalmente– y los presentes nos aplicamos a la importante tarea de beber y comer.


Esto nos cuenta Donna Leon en el prólogo a Paseos por Venecia con Guido Brunetti, obra escrita por Toni Sepeda (editada por Seix Barral), a modo de guía de la ciudad tomando como referencia las novelas de Donna Leon protagonizadas por el comisario Brunetti, veneciano de familia, nacimiento y vitalidad.





Un mes ya, el día de la Merced, que tuvimos mi hermano y yo la propia de llegar a Venecia. Aceptemos que éramos turistas…
por lo que llevábamos un plano de la ciudad.

Hace años, en un viaje no recuerdo a dónde, mi hermano se encontró con unos planos de ciudades muy apañados, coquetos y, sobre todo, prácticos. Durante un tiempo, sólo estaban disponibles en el extranjero (de hecho, mi plano de Madrid lo compré en Londres). Ahora ya llevan unos dos años disponibles en España, editados, sí, qué se le va a hacer, por El País-Aguilar.

Como sugiere el nombre, se trata de un plano autodesplegable de un modo tan sencillo como es… abriéndolo. Para un mejor manejo y utilidad, no se trata de un plano único, sino de dos: el de la derecha a una escala que permite abarcar un ámbito más céntrico de la ciudad, mientras que el de la izquierda cubre un área mayor, aunque, naturalmente, manteniendo un carácter, digamos, turístico (por ejemplo, en el caso de Madrid, el plano céntrico va desde el Palacio Real al Retiro y de Atocha a Colón, y el más general, desde el Parque del Oeste a la M-30 y de Atocha al Bernabéu.)

El caso es que de todos los turistas con que nos cruzamos durante nuestra estancia allí, sólo localizamos uno pertrechado con un plano tan cómodo y útil como éstos.

No obstante, hay que reconocer que Venecia está bien señalizada, bueno, quiero decir, que dispone de múltiples indicaciones relativas a lugares de referencia (básicamente tres: San Marcos, el puente de Rialto y la Estación de Ferrocarril). Estas indicaciones tal vez sean caseras, o convenientes para los que pasean meditabundos mirando al suelo.



Finalmente, es reconfortante saber que en Venecia, incluso las indicaciones se impregnan de filosofía: dado que su existencia se debe a las dudas de los paseantes, hay algunas indicaciones que lo tienen asumido.