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jueves, 27 de junio de 2013

Y ahora, ¿dónde los pongo?: ¿Para preparar algún viaje?

El caso es que el viaje no creo que vaya a ser tan largo ni lejano.








Ni creo que vaya a durar tanto como para precisar una máquina del tiempo.








Ni una máquina excavadora.










¡Qué intriga! ¿Verdad?

Créditos:
Cubiertas de los libros en cuestión.

domingo, 1 de abril de 2012

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Llegaron los Reyes, aunque lo diga en… abril

Aunque sea precisamente en este mes de abril, tengo que decir que en su momento, también llegaron los Reyes.
Y bueno, incluso en un caso, consiguieron localizar al autor para una dedicatoria. Si es que… ¡hay que ver cómo son los Reyes!
Créditos:
Portadas de los libros en cuestión (e imagen de la dedicatoria).

sábado, 1 de octubre de 2011

Acera a cero

En el momento en que atravesaba las puertas de la aldea la última familia, agobiada por el peso de los fardos, se oyó un ruido de vigas y techos de bálago que se hundían detrás de los muros. Vieron entonces una trompa negra y brillante, parecida a una serpiente, levantada en alto por un momento y ocupada en esparcir el bálago hervido que servía de cubierta. Desapareció, y pronto pudo oírse el ruido de otro hundimiento al que siguió un agudo grito.
(…)
- La selva se tragará esas cáscaras que quedan –dijo una voz reposada, entre las ruinas–. Lo que ahora hay que echar abajo es el muro exterior –añadió, y, en aquel momento, Mowgli, chorreándole la lluvia por los desnudos hombros y brazos, saltó desde una pared, que se venía al suelo como un búfalo cansado.
(…)
Empujaron los cuatro
[elefantes], puestos en fila y rozándose; hizo comba la pared, se rajó y cayó, mientras los aldeanos, mudos de terror, veían las feroces cabezas de los destructores, rayadas de arcilla, apareciendo por el roto boquete. Entonces huyeron, sin hogar ya y sin alimentos, por el valle, contemplando cómo la aldea, hecha pedazos esparcidos y pisoteados, se desvanecía a su espalda.
Un mes después, el lugar era un otero lleno de hoyos y cubierto de blanda, verde hierba recién nacida, y al terminar las lluvias, la selva entera rugía a plenos pulmones en el sitio donde aún no hacía seis meses que el arado solía remover la tierra.


Lo triste de la realidad es que, aunque el resultado final pueda ser el mismo, es mucho menos literaria.

Créditos:
Extracto del final del capítulo La selva invasora, de El libro de la selva, de Rudyard Kipling, según traducción de Ramón D. Perés, tomados de la edición de 2009 de Editorial Juventud (pp. 165-166).
Fotografía de una acera de Valencia, a finales del pasado mes de septiembre, del autor.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Silvática escuela

Era en la época en la que Baloo le enseñaba la Ley de la Selva. El serio, viejo y enorme oso pardo estaba contentísimo con un discípulo tan listo, porque los lobatos no quieren aprender de la Ley de la Selva más que lo que se refiere a su propia manada y tribu; escapándose en cuanto saben de memoria estas palabras de la Canción de caza: «Pies que no causan el menor ruido; ojos que ven en la oscuridad; orejas que pueden oír los diferentes vientos desde el cubil; blancos y afilados dientes: todo esto son señales características de nuestros hermanos, exceptuando a tabaqui el chacal, y a la hiena, que odiamos».
Pero Mowgli, que era un hombrecito, tuvo que aprender bastante más. Algunas veces Bagheera, la pantera negra, se acercaba, curioseando por la selva, para ver cómo le iba a su niño mimado, y, apoyando la cabeza contra un árbol, escuchaba, con sordo ronquido, la lección que Mowgli recitaba a Baloo. (…)
Todo esto os demostrará las muchas cosas que tuvo que aprender Mowgli de memoria, llegando a cansarse ya de tanto repetir lo mismo más de cien veces; pero es lo que le dijo Baloo a Bagheera un día en que hubo que pegarle al muchacho y éste se marchó malhumorado:
- Un cachorro humano es un cachorro humano, y tengo el deber de enseñarle toda la Ley de la Selva.
- Pero ten presente lo pequeño que es –dijo la pantera negra, que habría mimado con exceso a Mowgli si la hubieran dejado educarlo a su modo–. ¿Cómo pueden caber en cabeza tan chica todos tus largos paliques?
- ¿Hay, acaso, en la selva cosa alguna que de puro pequeña no pueda matarse? No. Pues bien: por esta razón le enseño todo eso, y por lo mismo le pego, con mucha suavidad, cuando se le olvida algo.
- ¡Con suavidad! ¿Qué sabes tú de suavidades, viejo Patas de hierro? –gruñó Bagheera–. Toda la cara le has llenado hoy de cardenales con tu… suavidad. ¡Uf…!
- Valdría más que estuviera lleno de cardenales de cabeza a pies, mientras fueran causados por mí, que le quiero, que no que le ocurriera alguna desgracia por ignorancia –contestó Baloo con suma gravedad–. Ahora le estoy enseñando las Palabras Mágicas de la Selva, que han de protegerle contra los pájaros, contra el pueblo de las Serpientes y contra todo cuadrúpedo que caza, excepto contra su propia manada. Desde hoy, con sólo recordar tales palabras, podrá ya pedir protección a todos lo habitantes de la selva. ¿No vale esto la pena de recibir algunos golpes?


Créditos:
Ilustración de Ángel Domínguez y extracto del capítulo La caza de Kaa, de El libro de la selva, de Rudyard Kipling, según traducción de Ramón D. Perés, tomados de la edición de 2009 de Editorial Juventud (pp. 39-42).