martes, 5 de julio de 2011

Hermano Santo

El lector no podrá empezar siquiera a ver el sentido de una historia que puede parecerle muy desaforada mientras no comprenda que para aquel gran místico su religión no era como una teoría sino como una historia de amor. Y este capítulo prologal no tiene otro propósito que el de explicar los límites del presente libro, que solo se dirige a esa parte del mundo moderno que halla en San Francisco cierta dificultad moderna: que es capaz de admirarle sin apenas aceptarle, o que es capaz de apreciar al santo casi sin la santidad. Y mi única excusa para intentar siquiera tarea semejante es el haberme encontrado también yo, durante tanto tiempo, en distintas fases de ese estado. Infinidad de cosas que ahora comprendo en parte las habría tenido por absolutamente incomprensibles, muchas cosas que ahora tengo por sagradas las habría ridiculizado como absolutamente supersticiosas, muchas cosas que ahora me parecen lúcidas y sabias al verlas desde dentro las habría calificado de oscuras y bárbaras desde fuera, cuando hace mucho tiempo, en aquellos días de la adolescencia, por primera vez prendió en mi fantasía la gloria de San Francisco de Asís.

Pues ése es el espíritu pleno y final con que deberíamos mirar a San Francisco: el espíritu de gratitud por lo que hizo. Por encima de todo fue un gran dador, y atendió especialmente a la mejor manera de dar, que es dar gracias. Si otro gran hombre escribió una gramática del asentimiento, de él se podría decir que escribió una gramática de la aceptación, una gramática de la gratitud. Conocía hasta sus profundidades la teoría del agradecimiento, y sus profundidades son un pozo sin fondo. Sabía que la alabanza a Dios se asienta en su base más sólida cuando se asienta sobre la nada. Sabía que cuando mejor medimos ese milagro imponente que es el mero hecho de la existencia es cuando nos damos cuenta de que, de no ser por una extraña merced, no existiríamos siquiera. (…) Fue la esencia y sustancia espiritual que anduvo por el mundo antes de que nadie viera aquellas cosas en formas visibles derivadas de ella: un fuego errante, como surgido de la nada, en el que hombres más materiales pudieron encender antorchas y candelas. Él fue el alma de la civilización medieval antes de que ésta encontrara cuerpo. Otro caudal muy distinto de inspiración espiritual procede en gran medida de él: toda esa energía reformista de los tiempos medievales y modernos que repite el estribillo Deus est Deus Pauperum.”

Un cinco de julio de 1182, hace 829 años, nacía en Asís, un pobrecillo.

Laus Deo.

Créditos:
Extractos del capítulo I El problema de San Francisco (pp. 20-21) y X El testamento de San Francisco (pp. 177-178), según traducción sin acreditar, de San Francisco de Asís, de G.K. Chesterton, en edición de Homo Legens (2009)
San Francisco de Asís, ilustración de José Benlliure de la serie realizada en 1926 para un libro conmemorativo del VII centenario del tránsito del Santo, tomada de San Francisco visto y soñado por Benlliure, catálogo de la exposición realizada en junio de 2004 en el Palau de la Música de Valencia.

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