domingo, 15 de abril de 2012

Viernes y 13: Haciendo horas extraordinarias

Pero la abnegación de los Bomberos y la Policía Municipal fue en todo momento ejemplar: rescatar cadáveres, acordonar zonas, evitar peligros, salvar ancianos, trasladar enfermos, procurar la llegada de vehículos de socorro, evitar el terror, custodiar bienes y calmar a la población fueron las tareas primordiales de unos cuerpos que no contaban apenas con medios de comunicación y cuyas dotaciones materiales causarían lástima vistas con ojos de hoy.
El heroísmo que tantos hombres anónimos mostraron, prestando servicio ininterrumpido durante más de cincuenta horas, mereció en su día el reconocimiento público. En realidad fueron cientos de funcionarios municipales que se pusieron a prueba esos días. En Bomberos y en la Policía Municipal, pero también en los restantes servicios y departamentos municipales: sanidad, obras, ingeniería y arquitectura, caminos, mercados, aguas potables, cementerios, alcantarillados, alumbrado, beneficiencia pública, jardines y educación, los empleados del Ayuntamiento hicieron un extraordinario servicio para recuperar la ciudad.
Fuera del Ayuntamiento, trabajando para la Diputación Provincial o para el Estado, cientos de funcionarios más dieron en general el esfuerzo redoblado que la provincia y la ciudad heridas reclamaban: desde los militares de los tres ejércitos a la Guardia Civil y la Policía Armada, sin olvidar a los ámbitos de la Sanidad, Aduanas, Puerto, Obras Públicas, Correos, Agricultura, Hacienda, Comercio e Industria, todos se movilizaron para alcanzar lo más pronto posible la normalidad. Como hicieron las compañías, privadas y públicas, que se ocupaban de los grandes servicios –electricidad, agua potable, gas, teléfonos, telégrafos y ferrocarriles– todos ellos interrumpidos o gravísimamente interferidos al llegar el amanecer del día 15 de octubre.

Y es que las cosas estaban muy mal. En muchos parajes, quitar el barro llevaba a descubrir que había profundos socavones en el asfalto. La riada, en algunos casos, por ejemplo en la calle Jorge Juan, se llevó el alcantarillado y el manto sustentador de la calle misma. Mientras tanto, los técnicos municipales apenas se atrevían a evaluar los gigantescos daños dejados por el barro en más de 200 kilómetros de red de desagüe subterránea.
El día 17 se comenzó a restablecer el servicio de agua potable [el río Turia había rebosado la presa de Manises, donde tomaba el agua la Planta Potabilizadora, sobre las once y media de la noche del día 13, durante la primera riada, dejando así a la ciudad sin su captación de agua para distribuir]. Pero la normalidad general no llegaría hasta el 29 de octubre. La ciudad, sin embargo, «descubrió» que en zonas muy céntricas, como el Ateneo o el edificio Ferca, el suministro se hacía mediante pozos con agua de calidad que no habían estado afectadas por la inundación.
El día 15 pudo darse servicio de gas en parte de la ciudad pero hasta el día 26 no se logró el completo restablecimiento del consumo. Volta SA y Lute, que se encargaban de la producción y distribución eléctrica, trabajaron denodadamente. Según la Memoria Oficial, su nivel de servicio era del 4,9 por ciento el día 14; pero el 17 de octubre habían llegado al 29,5 por ciento, el día 24 al 84,5 por ciento y el 30 de octubre alcanzaban el 95 por ciento de su red.
Los tranvías volvieron a trabajar con normalidad a partir del día 22 y los ferrocarriles desde el día 20 de octubre, aunque con algunas dificultades. El trabajo, en CAMPSA, donde se habían quedado almacenados y sin posibilidad de movimiento seis millones de litros de combustible, era tremendo: la empresa tenía un enemigo sitiando sus tanques: 30.000 toneladas de barro.

Es evidente que ante situaciones como las que generó la riada de octubre de 1957 en Valencia (o la de octubre de 1982 en Alcira y la comarca de La Ribera), no hay horarios y, en muchos casos, no hay ni apenas pausas para un descanso o un bocado: «Tenemos que hacerlo y vamos a hacerlo».

El pasado domingo, Luis del Pino expuso en su editorial del programa Sin complejos el caso del lanzamiento del ordenador Mac por la empresa Apple, y el esfuerzo de la plantilla de la empresa en conseguirlo, los directamente implicados primero, y el resto, después, ayudándoles aunque sólo fuera para llevarles la comida:
Al principio, eran solo los programadores los que vivían prácticamente en la sede de la empresa, pero pronto, a medida que se iba acercando la fecha de entrega, el resto de los empleados comenzó también a quedarse para intentar echar una mano. Aunque solo fuera trayendo la cena a los que estaban programando, para que no tuvieran que levantarse de su puesto. Los miembros de aquel departamento de desarrollo de Apple comenzaron a llevar una camiseta en la que podía leerse "Trabajo 90 horas a la semana y me encanta".

Sin perjuicio del esfuerzo de la gente de Apple, no entiendo cómo es que Luis del Pino no eligió un ejemplo más cercano, habiendo tantos en España. Bueno, sí, buscaba insistir en la capacidad de liderazgo para conseguir ese esfuerzo, asumiendo que sin él, en España no se está dispuesto a los sacrificios que hagan falta.

No diré que la disposición social no haya cambiado en estos más de cincuenta años, pero usándolo de ejemplo, también hubiera podido mostrar el deterioro de este otro aspecto de la sociedad española.

Pero sobre todo, lo que no entiendo, es que se ponga como ejemplo de sacrificio la consecuencia de esta situación:
Con un equipo de desarrollo de menos de cien personas, Jobs se había comprometido a sacar al mercado el primer modelo de Macintosh en enero de 1984. Y la fecha límite se iba acercando a toda velocidad.

Es decir, simple, pura y llanamente, el capricho y el orgullo de una persona al marcar una fecha poco razonable... y ponerse las medallas en su momento.

Lo que no dice Luis del Pino es si en el famoso departamento en cuestión, la gente sigue trabajando y llevando  la camiseta como entonces.

Créditos:
Textos tomados de Hasta aquí llegó la riada, de Francisco Pérez Puche con fotografías de Francisco Pérez Aparisi, editado en 1997, con motivo del cuadragésimo aniversario de la riada de Valencia de 1957 (pp. 174 y 194).

1 comentario:

  1. Muy bien traído.
    En un caso del trabajo de unos pocos dependía la supervivencia de muchos, en el segundo caso no.
    En un caso el obligado trabajo era fruto de una catástrofe, en el otro era fruto de un capricho.
    No son comparables conceptualmente, el trabajo de unos y de otros sí.
    Un saludo

    ResponderEliminar