“León había nacido en Toscana, pero había venido muy pronto a la Ciudad
Eterna, a la cual llamaba «mi patria». Por su ascendencia y por su educación,
era un verdadero Romano, de aquella raza que había sido tan fuerte bajo la República
y en el siglo de oro del Imperio. Agregado muy joven al clero romano, había
alcanzado muy pronto en él una gran autoridad por sus virtudes, su inteligencia
y su carácter. Cuando todavía era un simple acólito, había sido encargado por
Sixto, el futuro Papa, de una misión de confianza cerca de San Agustín. (…)
Como consejero de Celestino II y de Sixto III fue luego encargado en varias
ocasiones de misiones diplomáticas y religiosas. Cumplía una, muy delicada, en
las Galias, cuando murió el Papa. El prestigio de León era tan grande que los
fieles romanos lo eligieron, ausente. Fue consagrado a su regreso, el 29 de
septiembre de 440. Tenía entonces entre cuarenta y cincuenta años.
La situación, de todos modos, era grave. En
Occidente, Valentiniano III, menguado adolescente de veinte años, sólo tenía
fuerzas para sus placeres, (…). En Oriente, Teodosio II el Calígrafo,
bajo la influencia del gran chambelán Crisaro, se había convertido en protector
de los herejes. ¡Qué vigorosa aparecía la figura de León ante aquellos turbios
personajes! Tenía una idea elevadísima de la misión que le incumbía en
adelante. «¡El bienaventurado Pedro, exclamaba, persevera en la solidez de
piedra que recibió; y no abandonará nunca el gobierno de esa Iglesia que se
puso en su mano!» Tenía conciencia de que proseguía la obra del Príncipe de los
Apóstoles: y no había de fracasar en ella.
San León se nos aparece, pues, bajo el aspecto de
un jefe. Claro, preciso, metódico, fue uno de esos cerebros que ordenan,
instintivamente, las gestiones más complejas y hallan su solución práctica. Su
carácter era sólido, inquebrantable. Los acontecimientos hostiles no hacían
mella en él; cuando todo caminaba hacia el desastre, se mantenía firme y su
maravillosa serenidad apaciguaba las inquietudes que le rodeaban. Fue también
un alma generosa, siempre abierta, impregnada de la caridad de Cristo; y aunque
dominó las desdichas de su época, no se le debe creer insensible a ellas. Y
todos aquellos méritos, de los cuales tuvo una exacta conciencia, porque sabía
a qué alto designio los consagraba, reposaron sobre un fondo de humildad,
aumentado por la conciencia que tenía de su misión. «¡No juzguéis de la
herencia por la indignidad del heredero!», murmuraba, y esa frase lo resume. Es
la fe, la conducta de un verdadero cristiano.
Un hombre semejante estaba predestinado para
consolidar la Iglesia en aquella época crítica. (…) Frente al Imperio en trance
de disgregación, opuso «Roma, Sede Sagrada del bienaventurado Pedro, merced al
cual ha llegado a convertise en la Reina del Universo». (…)
Su papel en la Iglesia fue inmenso. Quiso que no
se le escapase nada de cuanto se refería a los sagrados intereses que tenía a
su cargo. En Roma, era muy accesible y se le veía salir a menudo de su palacio
de Letrán para ocuparse de las calamidades públicas, hacer reedificar las
ruinas, emprender excavaciones en las Catacumbas y distribuir trigo en las
horas de hambre. En Italia (lo demuestra su correspondencia), se ocupó de mil
cosas: de las condiciones que había que exigir a los candidatos al Episcopado,
de la administración de los bienes eclesiásticos, de la fecha del Bautismo, de
las relaciones con los Bárbaros. Hizo sentir su influencia incluso en las
provincias lejanas, y no toleró que se transigiera con la tradición, con los principios
o con su autoridad. (…) Luchó infatigablemente contra los herejes de toda índole:
el Pelagianismo, el Maniqueísmo y el Priscilianismo le hallaron igualmente
firme e igualmente decidido «a sacar a las almas del abismo del error». No hubo
ninguna cuestión, grave o mínima, que interesase a la Igleisa, que él no
examinase, y a la cual no tratase de imponer una solución. Con esa acción
incesante y universal, San León aseguró para siempre la idea del primado de la
Sede Apostólica y fue, según Batiffol, el organizador del Papado histórico. «Roma
–leemos en carta dirigida por él en 10 de agosto de 496 [se trata de una errata, tal vez 456] a unos Obispos de África–, Roma da
soluciones a los casos que se le someten; estas soluciones son sentencias y
Roma, para el porvenir, establece sanciones». ¡Qué lenguaje! Era la primera vez
que se oía tan alto en la Historia cristina.
(…) Más doctor que teólogo, San León contribuyó a
ensanchar en muchas direcciones el campo del pensamiento Cristiano. Todavía se
releen hoy con gusto, al menos en parte, sus sermones, tan dignos y de un nivel
muy accesible. (…) Su obra escrita, aunque carece de bases filosóficas e
incluso de cultura –no sabía el griego–, impresiona por el gusto que revela de
las fórmulas netas y precisas, tan alejado como sea posible estarlo de las
disertaciones «bizantinas».(…)
Así fue aquel hombre, aquel hombre de Dios. Por su
sola presencia, por la confianza absoluta que manifestaba toda su vida en la perennidad
de la Iglesia y su acción salvadora, fue verdaderamente la encarnación de la
esperanza en una época en que toda ilusión desfallecía. Aunque la antigua Roma tuviera
que desaparecer (¿lo sospechó acaso Saan León?), la Roma de los Apóstoles y de los
Mártires estaba construida sobre una piedra que nada haría vacilar jamás. Esta
convicción fue la que le dio el valor necesario para ir él, inerme sacerdote, a
afrontar a Atila, y el prestigio suficiente para obtener de él la retirada de
sus tropas. (…)
El 10 de noviembre de 461, murió aquel gran Papa.
Se le depositó en el atrio de la basílica de San Pedro desde donde había de
continuar, como dijo el epitafio redactado en 688 por el Papa Sergio I, «velando
para que el lobo, siempre al acecho, no saquee el rebaño». Se ha dicho de él
que fue el Papa del Viejo Mundo, y ello es cierto en el sentido de que fue el
testigo más lúcido del drama en el que se desplomaba aquella sociedad. Pero,
sobre todo, fue el Papa de la salvaguardia, cuya energía y cuya fe salvaron lo
que podía ser salvado y prepararon a la Iglesia para el esfuerzo del mañana.”
Y es que, en efecto,
menos de quince años después, era derrocado Rómulo Augústulo, último emperador
romano de Occidente, con el resultado, claramente visible en pocos años de que “ya no había Occidente, ni Europa, ni unidad
romana, y un mosaico de Estados Bárbaros había sucedido al Imperium.
Sin embargo, persistió un principio de unidad, que
fue siempre el mismo: la Iglesia, el Cristianismo, al cual se le veía trabajar
por todas partes, resistir a los Visigodos [entonces arrianos] con el Obispo
Sidonio Apolinar, arrostrar a los feroces Vándalos en África, y continuar la
conquista de las almas, la formación de los hombres, la dirección y la
administración; la Iglesia que, encarnada en sus Papas, continuaba la obra de
León el Grande.”
Créditos:
Extractos de los apartados San León el Grande y el Papado y El fin del Occidente Romano, del
capítulo II El huracán de los Bárbaros y
los diques de la Iglesia, en el Tomo III La Iglesia de los tiempos bárbaros, de la obra de Daniel Rops, Historia de la Iglesia de Cristo, tomado
de la edición especial realizada para Círculo de Amigos de la Historia, en 1970
(pp. 75-78 y 79), de la biblioteca
del padre del autor.
Fotografía de la estatua
de San Pedro sedente (atribuida a
Arnolfo di Cambio), en el interior de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano,
de septiembre de 2011, del autor.
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