viernes, 5 de marzo de 2010

Un principio… que podía acabarse ya

Como ya anunció caragüevo hace unos días, en Valencia se está celebrando la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, ubicada, como desde hace mucho, en los parterres centrales de la Gran Vía Marqués del Turia. Aunque este lunes pasé por ella, lo hice a mediodía, cuando estaba cerrada, lo que me impidió curiosear en los mostradores.

Naturalmente, no siempre ha sido así.

Anteayer se cumplieron 25 años de la compra por mi parte del libro El principio de Peter, y aunque no lo puedo asegurar, debí de hacerlo en la edición de dicha Feria, pues no fue el único libro comprado ese día.

También me inclino a pensarlo porque la edición es la duodécima, de febrero del año 1979, en la famosa colección Rotativa de Plaza&Janés, como puede observarse, con portada de Álvaro y traducción de Adolfo Martín.

La obra del Dr. Laurence Peter y Raymond Hull se subtitula Tratado sobre la incompetencia o por qué las cosas van siempre mal (aunque tipográficamente esta última palabra se escribe boca abajo). Como parcial demostración del subtítulo, puede observarse cómo se escribe “por qué” en la portada.

El libro forma parte de la legión de aquéllos que están esperando su turno, aunque no sé cómo se las ha ingeniado para llegar a mis manos desde su puesto en la cola, lo que ha motivado una rápida hojeada. Y de ella, traigo a colación lo encontrado en el capítulo XII, en su apartado Hábitos de expresión reveladores:

Algunos empleados, en colocación final, dejan de pensar o, al menos, reducen drásticamente su actividad cogitativa. Para ocultarlo, desarrollan esquemas de conversación de uso general o, en el caso de figuras públicas, discursos de uso general. Se componen de frases que tengan aire solemne, pero que son lo suficientemente vagas para ser aplicables a todas las situaciones, cambiando en todo caso, unas pocas palabras cada vez para acomodarse al auditorio de que se trate.

Como es conocido, el principio establece que:

En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia.

Aunque las primeras exposiciones del principio son de septiembre de 1960, la obra se publicó en 1969, por lo que está claro que el autor no pensaba en ciertas “figuras públicas”.



Cada capítulo del libro va encabezado por una cita. La cita del capítulo I, que es donde se expone el principio, es la única de un autor español, Miguel de Cervantes.

No se quiera deducir de ello una muestra de la premonición de los autores (en cuanto vincular a algún español con la incompetencia), sino una mera coincidencia, signo en todo caso, de la capacidad de análisis del espíritu humano que tenía Cervantes.

La cita en cuestión es: “empiezo a pensar que hay gato encerrado”…

… lo que, tal vez, sí tenga su parte de premonición.

jueves, 4 de marzo de 2010

Una música para todas las estaciones

Hace tiempo hice una anotación en la que, con la excusa de haber asistido a diversos conciertos en otras ciudades europeas, hablaba entrelíneas sobre la presencia de la música en la ciudad (entendiendo por tal la conocida, en un sentido amplio, como música clásica), que no es exactamente lo mismo que el que haya o no conciertos de esta naturaleza.

Con ello me refería al hecho de que la música clásica estuviera presente en una ciudad tanto por la frecuencia de los conciertos y veladas, como por lo extendido que, físicamente, se encuentren. Esta presencia, en numerosas ciudades, no se limita a los grandes centros ‘oficiales’, sino que es muy habitual en iglesias o locales vinculados a ellas.

Esta presencia positiva nos resultó evidente cuando estuvimos en Venecia: en el vestíbulo del hotel, por si no tuviéramos suficiente con los folletos anunciadores de numerosas actuaciones, tenían, en el mismo camino al ascensor, expuestos llamativamente los carteles correspondientes.

En estos carteles podemos observar una presencia inapelable, la de Antonio Vivaldi, claramente explicable por el hecho de que “il prete rosso”, como era conocido en su época, nació en Venecia un 4 de marzo de hace trescientos treinta y… dos años.

El sobrenombre por el que era conocido se basa en que se ordenó sacerdote, aunque ejerció más bien poco como tal. Ingresó como maestro de música en el Ospedale della Pietà, de donde, debido a su falta de dedicación “profesional” a su funciones sacerdotales, debió ausentarse por un tiempo, siendo “admitido de nuevo por el Ospedale en 1711, con una paga de 60 ducados anuales y la aceptación de que dedicara una parte de su tiempo al desarrollo de otros proyectos ajenos a la institución”. Entre dichos proyectos ajenos figuraban, por supuesto, la música, e incluso, actividades como empresario de ópera.



El paso del tiempo ha limado las diferencias que pudiera haber (que no parece que fueran muchas, una vez “aclarados” los términos) y en la actualidad es claramente recordada la presencia de Vivaldi en La Pietà (menos conocida como Santa Maria della Visitazione).



La obra más conocida de Vivaldi es el conjunto de cuatro conciertos agrupados bajo el nombre de Las cuatro estaciones. Con una estructura programática describiendo la meteorología y actividades propias de cada estación, Antonio Vivaldi las presentó, además, con unas breves composiciones poéticas al efecto.

Por ejemplo:
Aggiacciato tremar trà neri algenti,
al severo spirar d’orrido vento,
correr battendo i piedi ogni momento;
e pel soverchio gel batter i denti


Haciendo uso de Google, quien nos ha recordado el aniversario del nacimiento de Vivaldi, y aprovechando la cercanía de las fechas, enlazo el segundo movimiento, Largo, del cuarto de los conciertos: un recuerdo, pues, a este largo invierno que ya se va.

Créditos:
Fotografías de Venecia (septiembre de 2009), del autor de estas líneas:
carteles anunciadores en el Hotel Bizancio
placa recordando el nacimiento y bautizo de Vivaldi en la Chiesa di S. Giovanni Battista in Bragora
vista de la Riva degli Schiavoni desde el vaporetto, con la Chiesa della Pietà a la izquierda
placa recordando la presencia de Vivaldi en la Chiesa della Pietà
banderola y cartel en el Piccolo Museo della Pietà

Textos de Ana Nuño y Juan Carlos Moreno, y vista de la Riva degli Schiavoni sobre el Gran Canal (a la izquierda, el Ospedale della Pietà) según grabado del siglo XVII, en Vivaldi. Las cuatro estaciones-Concerti “con multi istromenti”, en edición de 2005 de RBA Coleccionables, como número 1 de la colección Gran Selección Deutsche Grammophon.

Logo de Google del día 4 de marzo de 2010, recordando el nacimiento de Vivaldi

Versión del 2º movimiento, Largo, del Concierto nº 4 en Fa menor, “El Invierno”, de Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, por Anne-Sophie Mutter, bajo la dirección de Herbert von Karajan.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Somos como todo el mundo,… todos

En su momento, publiqué una anotación sobre el recuerdo del Holocausto. En ella comentaba el robo del letrero que coronaba la entrada al campo de concentración de Auschwitz. Acompaño la imagen de la noticia publicada el día 19 de diciembre último en ABC.

Al final del cuerpo de la noticia se dice que “(el letrero) debe volver a su lugar para que, generación tras generación, el mundo recuerde que cuando la maldad y el horror se materializan en forma de totalitarismo, no conoce límites.

Un mes más tarde, publiqué otra anotación donde comentaba situaciones y hechos que venían a demostrar que el mundo ha decidido olvidar “la maldad y el horror”, y que en esta generación ya no es inhabitual (por no calificarlo de otra manera) la presencia de individuos que recuerdan lo sucedido, pero con nostalgia.

Uno de los libros que me traje de Berlín con motivo de mi reciente viaje, adquirido en el Jüdisches Museum, es Shoá – Enciclopedia del Holocausto, cuya portada adjunto, y en la que, como fondo, figura el cínico lema, en este caso, el del portón de Dachau.

Está claro que individuos como los nefastos protagonistas de las noticias de que me hacía eco en mi anotación de hace una semana son incapaces de aprender nada bueno leyendo dicha Enciclopedia, la cual, desgracidamente, aun con 584 páginas, solo da una mínima idea de lo que supuso el Holocausto.

No deja de tener una cierta frialdad la sucesiva enumeración de datos que es lo que implica una Enciclopedia. Pero es el frío del abismo.

Una pequeña aproximación a lo que ello supuso la podemos tener recordando todo aquello de lo que, en este mes de marzo recién iniciado, se cumple un aniversario:

1933:
- establecimiento del primer campo de concentración bajo el régimen nazi en Alemania, el de Dachau.
- dos meses después de llegar al poder el gobierno nazi, se empiezan a promulgar las primeras leyes antijudías, cumlminando con la Ley para la Restauración del Servicio Público Profesional, “la cual legalizaba el despido de empleados públicos ‘no-arios’, y también constituyó un precedente para la exclusión de judíos de otros cargos”.
- el Reichstag alemán cede su poder y autoridad al gobierno nazi.
- el día 31 llega el primer grupo de prisioneros al campo de concentración de Oranienburg, el cual “se hizo rápidamente famoso por los tratos extremadamente duros que sufrían los prisioneros”.
1938:
- invasión de Austria por las tropas del Reich nazi (día 11), posterior anexión (Anschluss), y clausura de las organizaciones judías y arresto de sus dirigentes.
1939:
- invasión de Checoslovaquia por las tropas del Reich nazi.
1940:
- establecimiento de Gusen, campo satélite de Mauthausen, “para compensar el crecimiento descomunal de éste”.
1941:
- Himmler ordena la construcción de la segunda sección de Auschwitz, conocida como Bikernau, propiamente ya, campo de exterminio.
- se establece un gheto en la parte sur de Cracovia, rodeado por un muro y una cerca de alambre de púa el día 20. “Los judíos que quedaban en la ciudad fueron confinados dentro de él, junto con varios miles provenientes de comunidades cercanas”.
1942:
- comienzan a llegar diariamente los trenes de prisioneros a Auschwitz (algunos días, varios trenes)
- el día 19 los nazis inician una operación de terror en el gheto de Cracovia, con la deportación a Auschwitz de medio centenar de los más destacasdos intelectuales del gheto.
1943:
- deportación de unos 2.000 trabajadores del gheto de Cracovia al campo de Plaszow, y posterior liquidación del gheto (días 13 y 14), asesinando en él a unas 700 personas y deportando a las restantes 2.300 a Auschwitz (en el verano de 1942 aún vivían en el gheto unas 12.000 personas)
- se interrumpen las deportaciones al campo de exterminio de Chelmno (primer campo en el que se utilizó de modo industrial el gas para exterminar a los prisioneros) “ya que todos los judíos en el Wathergau, con excepción de aquellos que aún quedaban en el gheto de Lodz, habían sido exterminados. El campo fue desmantelado”
1945:
- fallecen de tifus en Bergen-Belsen las hermanas Margot y Ana Frank.

Sin embargo, todo esto no es nada frente al testimonio de aquellos que lo sufrieron, como, por ejemplo, Primo Levi y Liana Millu.

Del libro de Primo Levi recojo dos textos, según traducción de Albert Fuentes:

Uno es el principio del artículo “Deportados. Aniversario”, publicado en abril de 1955, con motivo de cumplirse los diez años de la Liberación:
Pasados diez años desde la liberación de los Lager, resulta triste y significativo tener que constatar que, al menos en lo que concierne a Italia, el asunto de los campos de exterminio, lejos de haberse convertido en historia, se encamina al más completo olvido.
(…)
Es delicado, hoy, hablar de los Lager. Uno corre el riesgo de ser acusado de victimismo, o de amor gratuito por lo macabro, en la mejor de la hipótesis; en la peor, de mentir simple y llanamente, o quizá de atentar contra el pudor.
¿Puede justificarse este silencio? ¿Debemos tolerarlo los supervivientes? ¿Deben tolerarlo aquellos que, fulminados por el espanto y el rechazo, asistieron, entre golpes, insultos y gritos inhumanos, a la marcha de los vagones precintados, y, años más tarde, al regreso de los poquísimos supervivientes, quebrantados en cuerpo y espíritu? ¿Es justo que se considere cumplido el deber de prestar testimonio, deber que hasta hace poco se percibía como una necesidad y como una obligación inaplazable?
Sólo puede darse una respuesta. No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará? No por cierto los culpables y sus cómplices. Si faltase nuestro testimonio, en un futuro no lejano las proezas de la bestialidad nazi, por su propia enormidad, podrían quedar relegadas al mundo de las leyendas. Hablar, por tanto, es preciso.
Y sin embargo prevalece el silencio.


Y el otro es el final del artículo “Aquel tren con destino a Auschwitz”, publicado a mediados de 1979:
Esta es la experiencia de la que salí, y que me ha marcado profundamente; su símbolo es el tatuaje que todavía llevo en el antebrazo; mi nombre de cuando no tenía nombre, el número 174517. Me ha marcado, pero no me ha quitado el deseo de vivir; es más, me lo ha acrecentado, porque ha conferido un objetivo a mi vida, el de dar testimonio, a fin de que nada semejante ocurra de nuevo. Y éste es el objetivo que persiguen mis libros.

Estas obras ya las comentaré cuando, en vez de hojearlas, las lea, pero de momento, teniendo estremecedoramente presente lo que me comentó hace poco una persona (“En Europa ya se puede volver a morir por ser judío”), podemos finalizar con una evidencia, pronunciada por uno de los protagonistas de El camino del Norte, novela que estoy leyendo actualmente:

Pero si no decís que sos judío, nadie se da cuenta, somos como todo el mundo. Y es que somos de verdad como todo el mundo.

martes, 2 de marzo de 2010

De una sentada

Hace casi un año publiqué una anotación sobre los libros que no conseguíamos terminar.

Ayer recibí un correo de AbeBooks cuyo asunto era justo el contrario: los libros que no hemos podido dejar hasta conseguir finalizarlos.

Curiosamente, la introducción del correo hace referencia a otro correo sobre aquellos libros que no conseguíamos terminar, correo que no recuerdo, pues mi anotación la motivó un artículo en The Wall Street Journal.

El correo remitía a un articulito de Beth Carswell titulado Two Sitting Reads.

La verdad es que es realmente comprensible, nos hace ser totalmente solidarios, esa situación descrita por ella, viviendo la impaciencia por continuar la lectura, dejada unas horas antes:

I’ve spent days at work, watching the clock, anxiously drumming my fingers on my desk and feeling desperately, perversely afraid that somehow, the characters in the book are going on without me, and I’m missing out on the action. Fortunately, they’ve all stayed right where I left them, to date.

Aunque el colmo es anular citas para poder seguir leyendo un libro.

Habla, entre otros libros con los que ha tenido esta experiencia, de El hobbit, Matar un ruiseñor o La carretera, de los cuáles sólo he leído el primero, he visto la (gran) película del segundo (cine del de antes), y tengo esperando el tercero.

Finaliza el artículo con una lista de 25 libros que parecen tener el honor de haber sido los más leídos de una (o dos) sentadas. Como esta anotación no versa sobre los leídos o no, sino sobre los libros leídos “de una sentada”, vamos con ellos (o casi).

En el puesto vigésimo tercero figura Agatha Christie con una obra con dos títulos, el políticamente correcto, que es el que figura en la lista, y el incorrecto, es decir Diez negritos.

En este caso no hay, por mi parte, mayor mérito por haberlos leído de una sentada, pues recuerdo un verano, estudiando aún el bachillerato (versión BUP), en que a falta de otras actividades literalmente devoraba las novelas de esta buena mujer, con lo que, lamento decirlo, acabé con una cierta mezcla de casos, situaciones y asesinos. Se salvaron del caos unas pocas obras, ésta, naturalmente, entre ellas. Pero sobre esta mujer, o cierta obra de ella, hablaremos en breve.

Pasamos ahora al quinto de la lista, Fundación, de Isaac Asimov. Este libro fue mi regalo de cumpleaños de hace treinta años. Tres semanas después me hice con la continuación Fundación e Imperio, y pocos días después, los Reyes Magos me obsequiaron con el tercer título de la serie, Segunda Fundación.

Estas novelas, escritas en 1951, 1952 y 1953, fueron agraciadas, conjuntamente, como serie, con el premio Hugo a la mejor serie en el año 1966, año en que se instauró el premio; es decir, “la mejor serie de SF hasta entonces escrita”, según escribía Carlo Fabretti en el prólogo a la primera novela de la serie, en la edición de Bruguera, en su colección Libro Amigo.

Treinta años después (bueno, veintinueve), Isaac Asimov publicaba la continuación de su Trilogía: Los límites de la Fundación, libro que se convirtió en mi regalo de cumpleaños (aunque adelantado dos días), cuatro años después del de Fundación.

Aunque no recuerdo ahora si efectivamente fuí absorbido por las novelas originales de la serie, de ésta sí recuerdo que lo empecé a leer al irme a la cama, y apagaba la luz, una vez terminado de leer, sobre las cinco de la mañana (es decir, más que de una sentada, fue de una reclinada).

Y cuando lo acabé, leí:

FIN
(por ahora)


Pues, por ahora, ya está finalizada la anotación. Ahora es el turno, si alguien se arranca, de los comentarios.

Una ilusión

Ayer tarde, justo tras salir de mi proveedor oficial de libros, me crucé con un par de muchachas de cuya conversación pude oír justo lo que transcribo a continuación, pudiendo apreciar una gran ilusión en sus palabras:

- ¿Sabes? Me voy a comprar un libro
- ¿Sí?
- ¡Sííí!


Hoy, un compañero de trabajo, como si una musa le hubiera inspirado, me hace llegar para el uso que estime oportuno en este diario, lo que le agradezco públicamente, la foto que recojo a continuación, con la que finalizo, sin más comentarios, esta anotación.

domingo, 28 de febrero de 2010

Un mal aire

Llegamos a la isla Eolia, donde moraba Éolo Hipótada, caro a los inmortales dioses; isla flotante, a la cual cerca broncíneo e inquebrantable muro, y en cuyo interior álzase escarpada roca. A Éolo naciéronle doce vástagos en el palacio: seis hijas y seis hijos florecientes; y dió aquéllas a éstos para que fuesen sus esposas. Todos juntos, a la vera de su padre querido y de su madre veneranda, disfrutan de un continuo banquete en el que se les sirven muchísimos manjares. Durante el día percíbese en la casa el olor del asado y resuena toda con la flauta; y por la noche duerme cada uno con su púdica mujer sobre tapetes, en torneado lecho. Llegamos, pues, a su ciudad y a sus magníficas viviendas, y Éolo tratóme como a un amigo por espacio de un mes y me hizo preguntas sobre muchas cosas –sobre Ilión, sobre las naves de los argivos, sobre la vuelta de los aqueos–, de todo lo cual le informé debidamente. Cuando quise partir y le rogué que me despidiera, no se negó y preparó mi viaje. Dióme entonces, encerrados en un cuero de un buey de nueve años que antes había desollado, los soplos de los mugidores vientos; pues el Cronida habíale hecho árbitro de ellos, con facultad de aquietar o de excitar al que quisiera. Y ató dicho pellejo en la cóncava nave con un reluciente hilo de plata, de manera que no saliese ni el menor soplo; enviándome el Céfiro para que, soplando, llevara nuestras naves y a nosotros en ellas. Mas, en vez de suceder así, había de perdernos nuestra propia imprudencia.
Navegamos seguidamente por espacio de nueve días con sus noches. Y en el décimo se nos mostró la tierra patria, donde vimos a los que encendían fuegos cerca del mar. Entonces me sentí fatigado y me rindió el dulce sueño; pues había gobernado continuamente el timón de la nave, que no quise confiar a ninguno de los amigos para que llegáramos más pronto. Los compañeros hablaban los unos con los otros de lo que yo llevaba a mi palacio, figurándose que era oro y plata, recibidos como dádiva del magnánimo Éolo Hipótada. Y alguno de ellos dijo de esta suerte al que tenía más cercano:
Una voz. – ¡Oh dioses! ¡Cuán querido y honrado es este varón, de cuantos hombres habitan en las ciudades y tierras adonde llega! Muchos y valiosos objetos se ha llevado del botín de Troya; mientras que los demás, con haber hecho el mismo viaje, volveremos a casa con las manos vacías. Y ahora Éolo, obsequiándole como a un amigo, acaba de darle estas cosas. Ea, veamos pronto lo que son y cuánto oro y plata hay en el cuero.
Así hablaban. Prevaleció aquel consejo y, desatando mis amigos el odre, escapáronse con gran ímpetu todos los vientos. En seguida arrebató las naves una tempestad y llevólas al ponto: ellos lloraban, al verse lejos de la patria; y yo, recordando, medité en mi inocente pecho si debía tirarme del bajel y morir en el ponto, o sufrirlo todo en silencio y permanecer entre los vivos. Lo sufrí, quedéme en el barco y, cubriéndome, me acosté de nuevo. Las naves tornaron a ser llevadas a la isla Eolia por la funesta tempestad que promovió el viento, mientras gemían cuantos me acompañaban.
Llegados allá, saltamos en tierra, hicimos aguada, y a la hora empezamos a comer junto a las veleras naves. Mas, así que hubimos gustado la comida y la bebida, tomé un heraldo y un compañero y encaminándonos al ínclito palacio de Éolo, hallamos a éste celebrando un banquete con su esposa y sus hijos. Llegados a la casa, nos sentamos al umbral, cerca de las jambas; y ellos se pasmaron al vernos y nos hicieron preguntas:
Los hijos de Éolo. – ¿Cómo aquí, Odiseo? ¿Qué funesto numen te persigue? Nosotros te enviamos con gran recaudo para que llegases a tu patria y a tu casa, o a cualquier sitio que te pluguiera.
Así hablaron. Y yo, con el corazón afligido, les dije:
Odiseo. – Mis imprudentes compañeros y un sueño pernicioso causáronme este daño; pero remediadlo vosotros, oh amigos, ya que podéis hacerlo.
Así me expresé, halagándoles con suaves palabras. Todos enmudecieron y, por fin, el padre me respondió:

Éolo. – ¡Sal de la isla y muy pronto, malvado más que ninguno de los que hoy viven! No me es permitido tomar a mi cuidado y asegurarle la vuelta a varón que se ha hecho odioso a los bienaventurados dioses. Vete noramala; pues si viniste ahora, es porque los inmortales te aborrecen.
Hablando de esta manera me despidió del palacio, a mí, que profería hondos suspiros. Luego seguimos adelante, con el corazón angustiado. Y ya iba agotando el ánimo de los hombres aquel molesto remar, que a nuestra necedad debíamos; pues no se presentaba medio alguno de volver a la patria.


Esto cantó en su día Homero relatando en la Odisea las aventuras del héroe durante su regreso a la patria tras vencer en Troya. En concreto, se trata del inicio del décimo canto, donde se nos narra “lo relativo a Éolo, a los lestrigones y a Circe” (según traducción de Luis Segalá y Estalella, editada por Librería “El Ateneo” en Buenos Aires, en 1954 – páginas 555-557)

Las escenas finales nos muestran, como las cuentas de un collar, numerosas palabras que actúan como resumen de la situación: fatiga, gemidos, funesto, aflicción, imprudencia, pernicioso, malvado, odioso, noramala, aborrecer, suspiro, angustia. Y como broche que cierra el collar: necedad.

Tras salir por segunda vez de Eolia, llegaron a las tierras de los lestrigones, antropófagos, los cuales así o destruyendo las naves acabaron con gran parte de los compañeros de Odiseo, quien, con unos pocos de ellos, consiguió escapar en la única nave que se salvó… para llegar a los dominos de Circe, gran maga que convirtió a los compañeros de Odiseo en cerdos.

Más desventuras les acaecieron a quienes hicieron imprudente uso de sus palabras, liberando todos los vientos tempestuosos.

Naturalmente, hay quien nunca aprenderá (sobre todo si no lee lo adecuado, ni va a clase, aunque sólo sea dos tardes), pero, como, devorados o convertidos en cerdos, ya nos dijo Homero, lo que hay es lo “que a nuestra necedad debíamos”.

Y, encima, este fin de semana, parece que el viento se lo ha tomado en serio, y reclama su propiedad.

sábado, 27 de febrero de 2010

Hablando en sánscrito, aunque sólo sea una palabra

Esta tarde he oído parte de la repetición de Cowboys de medianoche, en ((esRadio, con Luis Herrero, José Luis Garci y Eduardo Torres-Dulce, que en directo, a pesar de los que se líe el presunto director del programa (Sr. Herrero) en la cuña publicitaria, se emite a la una de la madrugada del sábado.

Para el que no lo conozca de ahora, o de la época de la COPE (ésta es ya la novena temporada, como también dice el presunto director en la cuña de marras), se trata de un programa que va de cine.



El programa no tiene ningún orden ni esquema sobre qué se comenta en concreto sobre el cine. Quiero decir de esta forma algo enrevesada, que hablan de lo que se les ocurre sobre el cine, por tanto, cabe esperar un importante componente más histórico que nostálgico (¡hablan de películas en blanco y negro, e incluso mudas!), y a veces, hablan de estrenos y cosas así, también recientes.

Sobre esto último, en lo que he podido oír hay un par de comentarios de José Luis Garci sobre Avatar, (sobre la que hablaron cierto día 9, aunque haciendo honor al presunto director del programa, en un sitio de la página dice que de diciembre, y en otro, que de enero, que es lo cierto), película que vimos casi la familia entera a punto de acabar el año (un 30 de diciembre) en su decimotercer día de proyección (se había estrenado el 18), y en su formato en tres dimensiones.

Los comentarios de Garci fueron, más o menos literales, los siguientes:
es un buen acontecimiento, pero no una gran película
el guión es una unión de Pocahontas con Terminator

Por mi parte, cabe señalar que la película, aunque no molesta, dura demasiado, acumulando muchas escenas de acción como mejor modo de seguir mostrando las maravillas tridimensionales.

Yo añadiría que el contemplar en el guión que los malos-malísimos quieren explotar un yacimiento de no-sé-qué que se encuentra justo bajo el árbol sagrado de los buenos-buenísimos, me recordó la famosa historia de las Colinas Negras y los Sioux, y el oro ahí encontrado. Pero este asunto ya nos aparecerá en futuras anotaciones.

Finalmente, enlazo dos anotaciones de elentir, en su diario Contando estrelas (el cual tengo referenciado en la correspondiente zona para ello de este diario). La primera es su propio comentario a la película, la cual recomienda como tal película, y la segunda es una crítica a la falta de rigor de los medios de comunicación al achacar al mismo Papa las opiniones de un periodista sobre Avatar, que ni siquiera se habían publicado en L’Osservatore Romano. Especialmente interesante es el final de su comentario del 18 de enero:

En lo que respecta a la película, el panteísmo de la religión de los nativos de Pandora me parece peligroso si no tienes la menor cultura religiosa y si tu educación es tan pobre que te dejas condicionar por una película. Pero en ese sentido no sólo “Avatar” sería un peligro: también la saga “Star Wars” con su religión Jedi, todo un amago del budismo. Claro que hay que matizar: en este caso me temo que las películas no son el peligro en sí, sino la formación de los espectadores. Cuando tenemos a una generación de logseros que va a educarse al cine, pasa lo que pasa…

Pero bueno, la película entretiene y a pesar de la artificial prolongación de la misma, no termina de cansar: de hecho, no llegué a entrar en una meditación intensa en ningún momento.

Eso sí, coincido con José Luis Garci en que no es una gran película. Si acaban concediéndole el Oscar no será por eso.

Cromos o libros: ¿cambiamos o nos mantenemos como entonces?

A principios de julio pasado, hice una pequeña reseña sobre la novela que acababa de leer (La fórmula preferida del profesor). Unas semanas después, como siempre, buscando otra información, me encontré en la página de internet de Nature una reseña a dicha novela, titulada en inglés The Housekeeper and the Professor, es decir, La asistenta y el profesor. Aunque ambos títulos son ciertos (ignoro la traducción exsacta del japonés), también es cierto que con el título en inglés difícilmente la hubiera comprado de haberla visto en la clásica mesa de novedades (en cualquier caso, la compré por una reseña que había leído, lo que hubiera hecho en cualquier caso con independencia del título; en resumen, la hubiera comprado, sí o sí).

En esta reseña de Nature se decía: “The Housekeeper and the Professor does for number theory what Jostein Gaarder's best-seller Sophie's World (Aschehoug, 1991) did for the history of philosophy, but with a far lighter touch”. Para leer el resto de la crítica hay que suscribirse a Nature, cosa que yo no he hecho, pero dejo total libertad para hacerlo a quien estas líneas lea (si luego nos lo cuenta, también se lo agradeceremos); crítica sobre la cual, por cierto, se publicó en septiembre una carta señalando que incurría en ciertos errores (pero también hay que suscribirse, y también se lo agradeceremos a quien nos lo cuente).

En la reseña que yo hice (ésta sí es gratis), una de las cosas que decía era: «Curiosamente, lo único que conocemos por su nombre (aparte de un jugador de béisbol), son fórmulas y teoremas matemáticos.»

Y una de las cosas que se cuenta en relación con el jugador de béisbol en cuestión, es:
Aunque habíamos decidido regalarle un cromo de Enatsu, llegado el momento, nos dimos cuenta de que no era tan fácil como pensábamos. El profesor tenía casi todos los cromos de Enatsu de la época de los Tigers, es decir, anteriores a 1975. (…)
Primero, Root y yo compramos las revistas especializadas en cromos de béisbol (fue un descubrimiento el hecho de que se vendieran esas cosas en las librerías), y estudiamos qué tipo de cromos había, cuánto valían aproximadamente, y a dónde debíamos ir para conseguirlos. De paso, aprendimos mucho acerca de la historia de los cromos de béisbol, acerca de los coleccionistas o las condiciones de conservación, etc. Los fines de semana recorríamos todas las tiendas posibles con ayuda de la lista de tiendas de cromos que venía al final de una revista. A pesar de todo, no obtuvimos ningún fruto.
Las tiendas de cromos siempre se situaban en algún piso de edificios comerciales viejos, ocupados por usureros, agencias de detectives privados o consultas de videntes. Todos esos edificios nos deprimían con sólo subir al acensor, y sin embargo, una vez entrábamos en las tiendas de cromos, eran verdaderos paraísos para Root.
” (pp. 256-257)

Tiendas no sé, pero mercadillos donde sí se realiza este tipo de comercio son habituales. En Madrid, por ejemplo, supongo que seguirá en el Rastro, al final de la Ribera de Curtidores, en la Ronda de Toledo, por donde me paseé un domingo temprano (aún estaban montando muchos de los puestos), de hace unos treinta meses.

En Valencia, este mercadillo se celebra también los domingos por la mañana, cerca de la Plaza Redonda, al otro lado de la calle San Vicente, en un ensanche que le han dado por llamar plaza, con un nombre que apenas conoce la gente, aunque sí al homenajeado: Mariano Benlliure.

Todo esto viene a cuento porque me trajo recuerdos de mi infancia, en Requena, época en que, al menos allí, no existía un mercadillo como tal para los cromos, quedando como alternativa la economía de trueque. Eso sí, el trueque no era uno por uno, sino que existían unos “precios”, de modo que según los cromos resultaran más escasos o de difícil consecución, mayor era el número de cromos por el que se canjeaban.

Y esto último me conduce a que uno de los regalos que me dejaron los Reyes Magos, consecuencia de una confusión entre listas de ‘ya sí’ y de ‘todavía no’, fue precisamente este libro de Yoko Ogawa.

Como el proveedor de los Reyes era mi mismo proveedor de libros, la coincidencia, naturalmente, se resolvió con un cambio, como hace muchos, muchos años, hacía con los cromos.

viernes, 26 de febrero de 2010

La aritmética, ¿en crisis?

A principios del pasado año 2008, coincidiendo con uno de esos lanzamientos editoriales en kioscos tan conocidos por todos (sobre todo por los quiosqueros), compré la primera entrega de algo así como “Los libros de la escuela”. Dicha entrega constaba de dos reproducciones facsimilares de libros de texto de cuando había maestros y no profesores (mejorando lo presente, ¿eh?)

Uno de los libros era Aritmética. Primer grado, publicado en 1949 por la Editorial Luis Vives, de Zaragoza, “casa consagrada a la mayor dignificación del libro escolar”, según se puede leer en las guardas.

Sin entrar en el método pedagógico, el interés del libro reside, entre otras cosas, en que da una visión de la España de entonces, a través de los ejemplos y problemas que plantea.

Por ejemplo, la jornada laboral. En el problema 2116 se tiene: “Un obrero gana 147 ptas. semanales. ¿Cuánto gana cada día? ¿Cuánto cada año? (Cuéntese la semana de 6 días, y el año de 300 días de trabajo)” [Sin ser de 1949, yo sí he conocido el calendario escolar con clase los sábados por la mañana. Y hasta aquí puedo escribir…]

Hay otro problema más actual, el 898: “Un sombrerero compró 37 sombreros a 42 ptas. uno. Por cierre del negocio los vende perdiendo 6 ptas. en cada uno. ¿Cuánto le costaron? ¿Por cuánto los vendió? ¿Cuánto ha perdido?

Y otro ya imposible, el 503: “Este año he ganado 30.000 ptas. Mis gastos han sido: 14.229 pesetas de comida, 1.654 de vestido, 1.272 de carbón, 1.584 de alquiler, 776 de diversiones y viajes, y 5.565 de gastos varios. ¿Cuánto he gastado? ¿Cuánto he ahorrado?”. Por favor, ¡¿cuánto ha ahorrado?! ¿Eso qué es?

Una cosa curiosa del libro es que en la penúltima lección nos explica qué es eso de las pesetas: “La peseta es la principal unidad monetaria” y “La peseta es una moneda de plata que pesa 5 gramos y vale 100 céntimos”. Y es que había monedas de oro, plata, níquel, cobre y aluminio, sólo que “las de oro, plata y cobre han sido recogidas por el Estado, que las guarda en el Banco de España”.

También había billetes de Banco, los cuáles “circulan con el mismo valor que las monedas”.

La lección finaliza con dos frases, una feliz, “Las monedas tienen valor propio y, por ello, pueden servir para muchos usos de la vida”, y la última rotunda y contundente: “En cambio, los billetes de Banco no tienen por sí mismos ningún valor”.

Menos mal que ya no están las pesetas, sino el euro, sobre el que hace tiempo hubo una exposición en el Banco de España en Madrid, que reseñé en estas páginas.

Sin embargo,… sin embargo uno se queda con la duda.

Y es que durante la primavera pasada, con motivo de unas obras que se estaban haciendo por el centro de Valencia, un compañero de trabajo me trajo como detalle algo que había encontrado fácilmente en la calle. Al principio, cuesta un poco identificar de qué se trata, pero cuando se sabe cerca de dónde se encontró, todas las dudas quedan trituradas.



Igual que los billetes de Banco.

Lo que me trae a la memoria un problema matemático, que oí hace no mucho en no recuerdo qué programa de ((esRadio, que este pasado lunes me llegó por correo electrónico de otro compañero de trabajo, y cuya versión transcribo a continuación:

«Van tres amigos a cenar a un restaurante. Después de la cena, al pedir la cuenta, es donde viene el 'sarao':
Amigos: "Camarero... nos trae la cuenta, por favor".
Camarero: "Son 30 euros, caballeros".

Y cada uno de ellos pone 10 euros. Cuando el camarero va con el dinero a la caja, lo ve el jefe y le dice:
Jefe: "No, esos son amigos míos. Cóbrales sólo 25 euros".

El camarero se da cuenta que si devuelve los 5 euros puede haber un lío para repartirlos y decide lo siguiente:
Camarero: Ya está. Me quedaré 2 euros y les devuelvo 3, uno para cada uno.

Y así lo hace: les devuelve a cada uno 1 euro.

¡¡ Y ahora es cuando viene el follón ¡!.

Si cada uno puso 10 euros y les devuelven 1 euro, realmente puso cada uno de ellos 9 euros.
Hasta aquí de acuerdo, ¿no?
Pues bien: 9 x 3 = 27 euros.
Si añadimos los dos que se queda el camarero: 27 + 2 = 29 euros

Entonces ¿¿¿DÓNDE @#$%& ESTÁ EL OTRO EURO???.......
»

Y ahora, que he conseguido que esta anotación sea más extensa que la propuesta del gobierno de Expaña para “la recuperación del crecimiento económico y la creación de empleo”, puedo dar la solución al problema:

El euro de la gente se lo queda Zapatero, o sea, el Estado.

¡Y ni aun así les salen las cuentas!

¿Hace 200 años?

Hojeando un par de libros para conocer algo de cierto periodo de la historia de Francia, me he encontrado, como suele suceder, con aquello que, tal vez, no buscaba.

En Historia de la civilización en Europa, de François Guizot (el mismo autor de la Historia de la Revolución de Inglaterra, objeto de un comentario de la siempre bienvenida S.Cid al hilo de una anotación que no tenía nada que ver, directamente, con el libro), en la Historia…, decía, aunque aún no lo he leído (total, sólo hace algo más de 26 años que lo compré), decía, de nuevo, recaí en el prólogo, obra de José Ortega y Gasset.

Aunque en la obra, salvo error, no se habla del periodo que me interesaba, sí lo hace Ortega en el prólogo; es más, casi podría decirse que es el momento histórico que precisamente le interesa. En concreto, sobre la Restauración tras los años de Napoleón, dice:
Agotado el ciclo de las experiencias puras no quedaba otro remedio que ensayar las mezclas. La Restauración fue la primera combinación de principios antagónicos. Se llama a los Borbones, mejor dicho, se los aguanta, pero atándoles antes las manos.

Tras esto, me he dirigido hacia Breve historia de Francia, obra de Albert Gérard, que tampoco he leído aún, aunque es algo más reciente en mi biblioteca (va a cumplir sólo 21 años).

Aquí sí se contempla el periodo que me interesa, aunque no los hechos concretos que busco. Sin embargo, lo que he encontrado no es desechable:

Cuando Napoleón cayó en 1814, los Borbones estaban casi olvidados. Pero ninguna otra solución –Napoleón II, Bernadotte, Orleáns, una república– contaba con apoyo decidido. Como ocurre tan frecuentemente, parecía que caer de nuevo en la vieja rutina era ser realista; no porque fuese cómodo o eficiente, sino porque era algo ya conocido. Así volvieron los Borbones, ni queridos ni amados, sin haber aprendido nada, sin haber olvidado nada.

Esta última frase les sonará a aquellos que habitualmente escuchen temprano a cierto presentador de radio. No obstante, desde su modestia, también hay quien opina, más que sobre la institución, sobre quien la ocupa.

Pero bueno, todo lo encontrado hojeando es coincidencia con la actualidad. Que conste.

Igual que también es coincidencia el hecho de que tal día como hoy, pero de 1815 (es decir, hace 195 años), Napoleón se escapara de su reclusión en Elba y acabara regresando triunfante a París, con la huída del Borbón en cuestión (Luis XVIII), y el inicio de los famosos 100 días.

Pero ya hablaremos, o no, de junio de 1815 (Waterloo) y de julio de 1830 (caída del heredero y sucesor de Luis XVIII, Carlos X).

jueves, 25 de febrero de 2010

Cantar de… gesto

Hace una semana se generó una cierta polémica (a falta de otros temas más importantes), como consecuencia de cierto gesto realizado por el ex-presidente de gobierno, don José María Aznar López.

Acompaño la foto del gesto en cuestión, la cual, viéndola, me genera la siguiente duda: ¿se trata del gesto que se ha comentado, o es que pregunta a los increpadores si se refieren a él (eso sí, con el dedo, digamos, equivocado)?

El caso, en resumen, es que hay quien con un gesto, a sus adversarios politicos, los acaba enfadando.

En cambio, hay otros…














… que, con otro gesto,
a sus adversarios,…






… los acaban.

Nota: Las fotos históricas forman parte de un artículo de José Manuel Martínez Bande publicado en el suplemento Los domingos de ABC, el día 12 de junio de 1977 (pp.37 y ss.), del que ya hablaremos en otra ocasión.

miércoles, 24 de febrero de 2010

¿Seguro que no es lo mismo?

En la última anotación recordaba la tragedia del Holocausto.

Lamentablemente, cuatro semanas después, se están produciendo sucesos que nos recuerdan los prolegómenos de la tragedia.

Ayer se publicaba la noticia de que en la tan civilizada Suecia, en concreto en Malmö, hace tiempo que vienen produciéndose diversos ataques contra la comunidad judía allí residente, generando tal miedo en ella que se estima en unas 30 familias las que ya han emigrado a otros puntos de Europa o incluso Israel.

Hoy, en cambio, no tenemos que irnos muy lejos: hemos conocido que a principios de mes en plena Castellana de Madrid una mujer atacó a un muchacho sólo por ser judío. Este muchacho también se plantea el exilio emigrando a Israel.

Junto al Jüdisches Museum de Berlín, formando parte de él, se encuentra el denominado Jardín del Exilio, en recuerdo tanto de las históricas diásporas como de la fundación del estado de Israel, a través de 49 pilares, resultado de los 48 del año de la fundación (1948), más uno por Berlín.

No olvidar lo sucedido hace años tiene por objeto aprender de ello para, precisamente, evitar que se repita. Sin embargo, parece que hay quienes no olvidan porque no quieren aprender nada.

Pues no olvidemos que es nuestra obligación aprender que el silencio de entonces acabó roto por gritos de horror, y que por tanto, ahora no hay que callar: sin gritos, pero firme y tajantemente, no sólo hay que condenar estas actuaciones sino dejar bien claro que sus autores nos tendrán activamente frente a ellos.

miércoles, 27 de enero de 2010

Aprender de lo inolvidable

Cuando hace cuatro meses, el pasado 27 de septiembre, penúltimo día de nuestra estancia en Venecia, me acerqué a la consigna del Museo Correr a recoger las bolsas que había depositado, consecuencia de las compras realizadas en la tienda del Palacio Ducal, la muchacha que me atendió me hizo un gesto aprobatorio respecto del libro que se apreciaba gracias a la parte transparente de la bolsa. La portada del libro es la que acompaña estas líneas.

Por el ghetto de Venecia, según parece el más antiguo de Europa, paseamos durante un rato nuestra primera mañana en Venecia. Allí, entre otros recuerdos u homenajes, se encuentra, en la calle Gheto Vechio (sic), la placa cuya foto adjunto, que, con “il ricordo dell’atrocissima offesa alla umana civiltà” llama, una vez más, “gli uomini tutti alla santa legge di Dio, ai sentimenti di fraternità e di amore che primo israele affermò fra i popoli”.

La atrocísima ofensa, como puede suponerse, fue el Holocausto desencadenado por el régimen nacionalsocialista contra la civilización humana, ensañándose especialmente con los judíos.

Una de las imágenes más significativas del mismo, incluso en su macabro cinismo, fue robada hace unas semanas (recuperada poco después): se trata del letrero que a la entrada del campo de concentración de Auschwitz y con el lema “El trabajo libera” («Arbeit Macht Frei»), recibía a quienes a él llegaban, aunque como estación de tránsito, para la inmensa mayoría, hacia Bikernau, ya propiamente, campo de exterminio.

En la guía visual editada por El País-Aguilar sobre Berlín, la reseña sobre el Centrum Judaicum, se inicia de la siguiente manera: “La entrada al Centro Judío se reconoce con facilidad por los policías que montan guardia frente a ella”. No sé quién habrá sido el redactor del texto, pero lo menos que se puede decir de esta frase es que es desafortunada.

Durante nuestras recientes estancias en Venecia y Berlín, salvo en los sitios excesivamente turísticos u oficiales, sólo hubo unas zonas donde observé la presencia destacada de la policía: en el ghetto veneciano y junto a centros judíos berlineses. Las fotos siguientes ilustran esta presencia, en Venecia, y en Berlín, en la Jüdisches Gemeindehaus, o Casa de la Comunidad Judía (donde, por cierto, una persona del centro nos preguntó, muy amablemente, sobre qué hacíamos en el patio privado del centro y qué fotos habíamos hecho).



La frase de marras de la guía es cierta (vimos cómo los policías se turnaban para entrar en calor a base de cafés en un bar cercano, ante el fresco que corría a las diez de la mañana), pero lo que describe no es anecdótico, sino realmente preocupante: setenta años después es necesario proteger, en Europa, centros judíos.

Sin embargo, tal vez haya quien se quede ya tranquilo con el hecho de que, coincidiendo con el aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz tal día como hoy de hace 65 años, se recuerda a las víctimas del Holocausto. Lo perpetrado contra la Humanidad vaciándola de la vida de más de seis millones de personas, más las de otros varios millones fallecidos durante la guerra, y muchos millones más afectados de por vida por ello, queda simbolizado artísticamente en la Grosse Hamburger Strasse, en su momento pleno barrio judío de Berlín, donde la destrucción por los bombardeos de la casa de los números 15 y 16, generó un hueco delimitado por las medianeras que se han mantenido en pie, y sobre las que se exponen placas referentes a los antiguos habitantes de la casa, con sus nombres y profesiones. La composición es obra de Christian Boltanski y se titula La casa desaparecida.

Quiera Dios que no tengamos que someternos nuevamente a una prueba semejante.

lunes, 18 de enero de 2010

Dibujando el milagro

Este pasado mes de noviembre, buscando un libro, encontré Los milagros, de C. S. Lewis, en edición de Encuentro, con traducción de Jorge de la Cueva, SJ.

Hojeándolo, y quedando en algún momento, sin habérmelo propuesto, enganchado al texto, pude, entre otras cosas, leer lo que sigue:

Así, en un cierto sentido, las leyes de la Naturaleza cubren todo el campo del espacio y el tiempo; en otro sentido, lo que queda fuera de su alcance es precisamente todo el universo real, el incesante torrente de acontecimientos concretos que constituyen de hecho la verdadera historia. Esto tiene que venir de otro sitio. Porque toda ley en última instancia dice: «Si usted hace A, entonces obtendrá B». Pero primero consiga usted su A; las leyes no se brinda a hacerle ese favor.
Es, por consiguiente, inexacto definir el milagro como algo que quebranta las leyes de la Naturaleza. No, Señor. (…) Si Dios aniquila, crea o desvía una unidad de materia, ha creado una nueva situación en ese momento. (…) La nueva situación por su parte se encuentra a sí misma sometiéndose a todas las leyes. (…) Vemos a diario que la naturaleza física no se incomoda lo más mínimo por el tráfico cotidiano de sucesos que le lanza la naturaleza biológica o la psicológica. Si en alguna ocasión los sucesos provienen de más allá de la Naturaleza, no se incomodará tampoco. (…) El arte divino del milagro no es el arte de suspender el patrón al que los sucesos se conforman, sino de alimentar este patrón con nuevos acontecimientos. El milagro no viola la previsión de la ley: «Si A, entonces B»; sino que establece: «Por esta vez, en lugar de A, va a A2»; y la Naturaleza, hablando a través de sus leyes, replica: «Entonces, será B2» (…)
Quede perfectamente sentado que un milagro no es, en manera alguna, un acontecimiento sin causa o sin consecuencias. Su causa es la actividad de Dios; sus resultados se siguen de acuerdo con las leyes naturales. En la dirección hacia adelante (es decir, en el tiempo que sigue a su realización) se intertraba con toda la Naturaleza exactamente igual que cualquier otro suceso. Su peculiaridad consiste en que no se intertraba igualmente en su dirección hacia atrás con la historia anterior de la Naturaleza. Y esto es lo que muchos encuentran intolerable. Y la razón es porque comienzan estableciendo que la Naturaleza constituye la sola y total realidad. (…) El gran complejo acontecimiento llamado Naturaleza y el nuevo suceso particular introducido en ella por el milagro, están relacionados por un origen común en Dios; y, ciertamente, si supiéramos lo suficiente, los encontraríamos relacionados en la intención y designios divinos.
” (pp. 99-102)

Supongo que no sería inspirado por estos párrafos que acabo de transcribir, pero el caso es que ayer, en su habitual parcela de opinión, Antonio Mingote publicaba el dibujo que acompaña estas líneas.

Ayer se celebró la festividad de San Antonio Abad, también conocido por estas tierras como Sant Antoni del Porquet, por el pequeño cerdo con que se le suele representar. En Valencia se celebra la bendición de los animales en la Parroquia sita al final de la calle Sagunto, dedicada al santo patrono de los animales. En la fachada de la iglesia, en un mosaico de azulejos, se recuerda, no estas bendiciones, sino otra bendición que puede llegar por intermediación del santo: “Si alguien no puede hablar o no tiene la lengua lo bastante limpia, San Antonio tiene un remedio: el agua de la campanilla

Supongo que tampoco sería inspirado por este mosaico por lo que Antonio Mingote elegía el protagonista de su dibujo de ayer.

El año pasado se organizaron en Valencia dos exposiciones en homenaje a Antonio Mingote: a una de ellas, en el IVAM, finalmente no pude ir, mientras que a la celebrada en San Miguel de los Reyes, sí, aunque por poco.

De ésta última, constituida por obras de diversos dibujantes y artistas homenajeando a Mingote en su nonagésimo cumpleaños, caragüevo ha recogido un dibujo definitivo (que precisamente es el único que recuerdo de la exposición).

Y es que, recordemos, ayer fue la onomástica y el nonagésimo primer cumpleaños de Ángel Antonio Mingote Barrachina.

Y éste es el milagro: que en España se encuentre personificado el humor, y que se llame Antonio Mingote.

Nota: Hace un año, con un día de retraso, publiqué un modesto recuerdo a Antonio Mingote. Este año, me habían puesto deberes, y con bastante más retraso (aunque forzando la fecha de publicación), consigo superar los problemas técnicos y publicar esta anotación que, desde luego, no es más corta. Lo de brillante,… eso ya lo deben calificar quienes estas líneas lean.