domingo, 18 de octubre de 2009

Cosecha del 39

Resuelto el tema de los años bisiestos, es curioso que a pesar de ser un día tan especial, prácticamente no se recuerde ningún hecho histórico sucedido un 29 de febrero. Y digo prácticamente, porque en 1940 sí sucedió algo importante, por no darle mayor relevancia calificándolo como histórico.

Ese día se celebró en Los Ángeles, en concreto, en el salón Cocoanut Grove del Ambassador Hotel, la 12ª sesión de entrega de los premios de la Academia, es decir, los Oscars, por hablar pronto y mal.

¡Y qué Oscars! Porque se estaba premiando la cosecha del 39.

Y por casualidad, como suelen suceder estas cosas, me enteré a principios de agosto de que en Hollywood se había estado celebrando los 70 años de ese año.

Desde el pasado mes de mayo, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood comenzó a exhibir, con la intervención de ilustres invitados, las diez candidatas al Oscar en la categoría de mejor película de ese año, y mañana, lunes, tendrá lugar el último pase, que corresponde a 'El Mago de Oz'

Y es que, evidentes cuestiones matemáticas aparte, el elevado número de películas producidas ese año que junto a su extraordinaria calidad, tienen el orgullo de ser totalmente míticas en el cine, es suficiente motivo para no esperar a aniversarios más clásicos, por ejemplo, el septuagésimo quinto (bueno, supongo que la crisis, económica y de ideas, también tendrá algo que ver).

Es conocido entre los lectores de estas líneas que no suelo tener tiempo para organizar debidamente estas anotaciones. Ahora que he encontrado un hueco, publico ésta, como anuncio de que en entregas sucesivas, hablaremos de diversas películas de ese año triunfal, es decir, 1939.

Sobre ellas supongo que habrá diversidad de pareceres. En algún caso, será la opinión única, como respecto a la primera proyección de cine por los hermanos Lumière en París; en algún otro, la opinión estará dividida, como en el caso de la primera proyección de cine en Madrid, que según la placa que se mire, se celebró un día, o la víspera.



Tras esta manifestación expresa de que estamos en España,…
silencio,
cámara,
¡acción!

sábado, 17 de octubre de 2009

Vida

Hoy se ha celebrado en Madrid la manifestación a favor de la vida, desde el mismo momento de la concepción.

Consecuentemente, también era una manifestación en contra de aquello que estuviera contra la vida, en particular el aborto voluntario, y más concretamente, la reforma promovida por el actual Gobierno (?) de la conocida como “ley del aborto”.

Esta ley se está tramitando a través del famoso Ministerio de Igualdad, en vez de, como sería, tal vez más razonable (si hay opción a algo razonable en todo este engendro), el Ministerio de Sanidad. De hecho, en este mismo Ministerio ya avisaron de su ausencia en este tema mediante un cartel en su fachada el pasado mes de junio (porque aunque parezca ser una campaña de higiene, en realidad se trataba de un reconocimiento de que “se lavan las manos”).

El seguimiento en los medios de comunicación ha sido muy dispar, y no voy a plantear enlaces y demás (el que quiera peces,... ya sabe). Sí destacaré la portada del ABC de hoy, del maestro Mingote, capaz de decir tanto sin palabras y con escuetos trazos.

Sí destacaré algunas reseñas en esta blogosfera sobre el tema: elentir, D45 y Natalia Pastor, a través de las cuáles también se puede conocer más cosas (sobre todo, a través de la trabajada anotación de elentir).

Gracias a todos.

viernes, 16 de octubre de 2009

365,24219 días























Pues eso.

jueves, 15 de octubre de 2009

Me falta tiempo (o días)

Como ya he comentado, estoy leyendo Los idus de marzo.

Uno de los documentos con que se construye la novela es un diario epistolar que Julio César dirige a Lucio Mamilio Turrino, antiguo compañero del ejército, en el que comenta todo tipo de temas. En una de las anotaciones, entre otras muchas cosas que relaciona como fruto de su gobierno, dice: “He reformado el Calendario, y ahora nuestros días se regulan mediante una provechosa adaptación a los movimientos del sol y de la luna”. Está hablando, claro está, del calendario juliano, que, como todo el mundo aunque exceptuando aquellos que lo ignoran, sabe, supone que el año tiene 365 días, ajustándose el ciclo solar mediante un día cada cuatro años, año que se denomina bisiesto.

Sin embargo, esta anotación tenía pensado haberla publicado el pasado 24 de febrero,… pero no tuve tiempo.

Quise hacerlo poco después, el 23 de abril, pero… tampoco tuve tiempo.

Dejé pasar los días, y decidí publicarla este pasado 4 de octubre; pero… efectivamente: tampoco tuve tiempo.

Hasta hoy.

El 15 de octubre, la Iglesia Católica celebra la festividad de Santa Teresa de Jesús, quien como todo el mundo sabe (excepuando…), falleció el cuatro de octubre de 1582, siendo enterrada al día siguiente, es decir, quince de octubre. En esta ocasión, la mística no tuvo nada que ver.

El 24 de febrero de 1582, el Papa Gregorio XIII, tras varios siglos de estudiarse el problema del calendario (Beda el venerable ya lo observó en 725, y en el siglo XIII ya hubo quienes propusieron cambios) firmó la bula “Inter gravísimas”. Esta bula definía una nueva forma del calendario, como modificación del juliano, tomando, como éste, el nombre de su promulgador, ahora, pues, calendario gregoriano.

El problema residía en que la generación de años bisiestos cada cuatro años normales implica considerar que la duración del año es de 365,25 días, cuando en realidad es algo menos. Este “algo menos” no afectaba a la gente normal en su vida normal (por ejemplo, llegar tarde a las citas), pero acumulándose poco a poco suponía que, aunque la gente siguiera llegando tarde a las citas, el equinoccio de primavera sucediera antes de tiempo, mientras que la Pascua de Resurrección se celebrara más tarde cada vez.

La bula con la que se puso remedio a esto (de momento) establecía, en líneas generales que los años bisiestos se mantenían cada cuatro años normales (los divisibles entre 4, como ya estaba establecido, y así hacerlo más fácil aún), pero el ajuste se realizaba cada siglo: sólo sería bisiesto el último año de cada siglo si era divisible por 400. En realidad, pues, el cambio no tendría que notarse hasta 1700. Sin embargo,…

Sin embargo se tenía el problema del desfase acumulado, y algo había que hacer con él. Solución fácil: de un plumazo, se hacía desaparecer el número de días que sobraban.

La bula se expuso en el equivalente al “tablón de anuncios” de San Pedro el día 1 de marzo, y se remitió copia a toda la Cristiandad (que a efectos prácticos, era quien contaba). El ajuste de días (en total, diez) se establecía para el siguiente mes de octubre, en concreto, el ya conocido, 4 de octubre, de manera que al día siguiente, se tuviera 5+10=15.

Las naciones católicas adoptaron el nuevo calendario casi inmediantamente (España en eso fue puntual), mientras que las ortodoxas y protestantes tardaron en hacerlo (más que nada, para no hacer lo mismo que decía el Papa). En la Europa continental, los protestantes entraron en razón, por influencia de Leibniz, entre otros, y debido a que el lío de fechas ya empezaba a tener consecuencias en el comercio, precisamente en 1700. Inglaterra tardó casi dos siglos en ajustar el calendario (1752). Todavía ahora, la Pascua ortodoxa se realiza ajustada al calendario juliano.

Los datos los he obtenido del libro cuya cubierta acompaña estas palabras. Se trata de Mapping Time. The Calendar and its History, obra de E.G. Richards, de 1998, editado por Oxford University Press (mi ejemplar es de la reimpresión de 2005). La imagen del inicio de la bula está tomada de este libro, mientras que el cuadro del Gregorio XIII y la asamblea de sabios (donde uno señala precisamente el cambio de Libra a Escorpio, momento cercano a la fecha de la aplicación de la bula), no sé ahora de qué libro lo he obtenido,… ni tengo tiempo para buscarlo.

Aunque esta anotación lleva fecha del 15 de octubre, he tardado en publicarla porque… no he tenido tiempo para revisarla y maquetarla.

Y con esta anotación creo que queda clara la contestación a una de las cuestiones que he planteado en este diario, recordadas en la anotación del primero de septiembre,… aunque ahora no tengo tiempo de decir cuál es.

Y me voy,… que se me hace tarde.

¿Libre... o verde?

Recuerdo un escena de una película, cuyo título es el que no recuerdo, en la que una muchacha (protagonista en no sé qué grado de la película), se “infiltraba” en una compañía de taxis de Nueva York (también creo), en relación con alguna trama delictiva que se estaba investigando.

[Tras esta avalancha de información, con el único propósito de situarnos precisa y cabalmente en la cuestión, prosigo.]

Recién incorporada y entablando conversación con sus nuevos “compis”, uno de éstos le pregunta cuál es la mejor ruta para ir de cierto sitio a otro, en la otra punta de la isla (Manhattan, siguiendo con las creencias). Ella le responde, más o menos, que por tal avenida y por tales calles, a lo que le replican que una de esas calles está cortada por obras. Ella, sin ninguna indecisión, contesta que ya no, que la habían abierto la tarde anterior, o algo así.

Esta escena, naturalmente, me viene a la memoria cuando voy en un taxi, y resulta evidente que el taxista no tiene muy claro por dónde ir a un sitio cuya ubicación desconoce y, además, no le preocupa que al pasajero esto le importe.

En estos tres días laborales que llevamos en la semana, he tenido que acercarme, cada uno de estos días, a las nuevas dependencias del Ayuntamiento de Valencia, flamantemente ocupadas este pasado mes de agosto.

El primer día, debido a que tras finalizar la mañana tenía que irme a casa, fui con mi propio coche (por tanto, no cuenta, y además, el conductor sabía a dónde iba). Los dos días restantes, sí fui en taxi desde la oficina, ya que fuera tarde o más tarde aún, luego tenía que regresar a ella.

El segundo día le indiqué al taxista que quería ir al Ayuntamiento, en el edificio de la antigua Tabacalera. El taxista, muy amable, me preguntó si me refería al edificio situado junto a la Glorieta, construido en 1762 tras seis años de obras, pues aunque su uso inicial fue el de Casa Aduana Real, en 1827 pasó a albergar la Fábrica de Tabacos. El caso, me dijo, es que me lo preguntó pues le extrañaba que le hubiera indicado “el Ayuntamiento”, cuando ese edificio ya hacía tiempo (desde 1914) que había sido destinado a Palacio de Justicia, y de hecho, ahora aloja al Tribunal Superior de Justicia de esta nuestra Comunidad (Valenciana).

Estaba a punto de contestarle, cuando desperté del sueño, justo en el momento en que el taxista me venía a decir que qué era eso de Tabacalera.

El tercer día estaba lloviendo. Al indicarle al taxista dónde quería ir (el mismo sitio del día anterior), sólo comentamos de ir por la margen del río (también antiguo, o viejo cauce), e inició la marcha. Ya relativamente cerca, comentó de cruzar por un puente en vez de por otro, para así poder dejarme justo en la puerta, de modo que yo no tuviera que cruzar la calle bajo la lluvia.

Esta vez no hubo disertación histórico-arquitectónica sobre el edificio que, recién finalizado, en 1909 albergó el Palacio de la Industria en la Exposición Regional de 1909, y fue finalmente ocupado como Fábrica de Tabacos en el mismo 1914 ya conocido.

Hará tal vez unos veinte años, en una breve nota, dentro de una columna, en un periódico de Valencia, el periodista comentó la anécdota de que en Madrid había cogido un taxi para ir a Zalacaín (famoso restaurante entonces, ahora no sé) y ante la pregunta del taxista sobre dónde estaba el restaurante, comentaba que cómo se podía ser taxista en Madrid si conocer, no las calles, sino los sitios.

Tras estas experiencias, uno se queda pensando si la escena de la película es una muestra de una imaginación desbordada, o si, el menos en Nueva York (creo), tiene algún fundamento de realidad. Porque en lo que es Valencia, el conjunto del gremio de taxistas no me da la impresión de que tengan muy actualizados los datos de los edificios, polígonos y calles de los que dependen para vivir.

En resumen, que en todos los casos llegué, pero, como algunas hojas de tabaco, hay taxistas que se encuentran muy libres manteniéndose verdes en los conocimientos de su profesión, salpicando el buen saber de otros compañeros, estos sí, profesionales de su oficio.

Los carteles que anuncian...

Aunque ya los había visto en otras ocasiones, esta vez les hice fotos, como recuerdo, por si terciaba algo,…

El caso es que al entrar en los distintos aviones en que viajamos a Venecia, en la hoja de la puerta de entrada (a través del finger, es decir, la delantera), se puede leer un cartel avisando que no se abra en determinadas circunstancias.

Claro, lo primero que se te viene a la cabeza es el avión en pleno vuelo, y “alguien”, por ejemplo, el famoso pasajero de la ‘última llamada’ que nunca aparece, queriendo abrir la puerta para entrar. Tras pensar un rato, descartas que ése sea el motivo del cartel, y supones que se corresponderá más con pruebas de estanqueidad del avión, de la misma puerta, o cosas de este tipo.

Por otro lado, como esta vez tuvimos asientos cerca de las alas, pudimos ver sobre ellas otro cartel, avisando sobre por dónde y por dónde no, se podía pisar.

Y claro, te viene a la cabeza la escena inmediatamente anterior a la expuesta, en donde ese famoso pasajero está entreteniendo la espera sobre el ala del avión, tal vez muy ocupado hablando por teléfono y diciendo que llegará a tal hora o que le esperen en determinado lugar, porque está a punto de coger el avión, y como no está dispuesto a quedar como un maleducado llegando tarde a sus citas, se ha subido sobre la marcha al avión, después de haber quedado como un maleducado llegando tarde al embarque y haciendo esperar al pasaje, tripulación y personal de tierra (pero como a todos estos no los conoce, no cuentan para él).

En resumen, que las escenas que inmediante le llegan a uno a la cabeza, debe descartarlas, por absurdas, porque, ¿quién va a estar por fuera del avión en pleno vuelo?

Hasta que…

Hasta que leyendo el periódico que nos facilitaron en el avión, uno se encuentra con esta noticia,… y entonces no solo lo entiende, sino que cree que faltarán carteles “más absurdos” si cabe.

miércoles, 14 de octubre de 2009

De los idus, que no idos

Para dedicar el tiempo de lectura durante el viaje a Venecia, opté por la obra Los idus de marzo, de Thornton Wilder, de la que ya transcribí parte de la escena ocurrida precisamente el día que le da título. Sin embargo, no llegué a terminarla en el viaje por lo que he retomado la lectura estos días.

La novela es una sucesión de cartas y otros documentos que se extienden en el periodo de tiempo, aproximadamente, del año anterior al día en cuestión. Por ejemplo, ayer dejaba la lectura con una carta fechada a mediados de octubre del año 45 a.C., de César a Cleopatra, quien a la sazón se encontraba de visita en Roma.

La parte superior de mi cabeza [recordemos que, a pesar de Uderzo, César era calvo] ha estado todo el día del color de la púrpura.
Un visitante tras otro me han mirado con espanto, pero ninguno me preguntó qué me pasaba. Esto es lo que resulta de ser un Dictador: nadie le hace a uno ninguna pregunta sobre su persona, podría ir y volver saltando en un pie hasta Ostia sin que nadie mencionara el asunto
delante de mí.
Por fin una sirvienta entró a lavar el piso. Y
ella sí me dijo: «¡Oh Divino César! ¿Qué le pasa a tu cabeza?»
«Madrecita –le contesté–, la mujer más grande, la más hermosa, la más sabia del mundo, dice que la calvicie se cura frotando la cabeza con un ungüento hecho de miel, nebrinas y ajenjo. Me ordenó que me lo aplicase. Y yo la obedezco en todo.»
«Divino César –replicó ella–. Yo no soy grande, ni hermosa, ni sabia, pero una cosa sé, y es que un hombre puede tener cabello o seso, pero no puede tener ambas cosas. Estás perfectamente bien como estás, Señor, y puesto que los Diose Inmortales te dieron buen sentido, no me parece que quisieran que tuvieses rizos.»
Estoy pensando en hacer senador a esta mujer.


Oportuno, ¿verdad? Digo, lo de a mediados de octubre. Además, mañana son los idus de octubre.

martes, 13 de octubre de 2009

Ven..., ven... a Ven...ecia

Como todo llega, vamos a contar cosas del viaje a Venecia. Podemos empezar, por ejemplo, a fuer de originales, por el viaje.

Fuimos en avión, o mejor dicho, en dos aviones, porque el viaje en realidad era VLC-MAD-VCE, y no porque fuéramos dos personas.

En Manises tuvimos el primer problema, y es que entre todos los que había, no encontrábamos el camino de baldosas amarillas, pero un cartel nos lo aclaró.



Y llegamos a Madrid-Barajas, en concreto, la famosa T-4, donde es fácil orientarse gracias a los colores de los pilares de la estructura.





También se tiene la ayuda de los tableros y carteles indicadores.



Aunque al cabo de un tiempo, aclararon el tema de la puerta, y más tarde, incluso hicieron la famosa “última llamada”, que oímos ‘nantes’ de embarcar.

...

Y llegamos a Venecia.



Un recuerdo a la gente de Iberia que lo hizo posible (aunque no recuerdo sus nombres), gracias y de nada.

(Eso sí, menos mal que aún no se habían aplicado las nuevas medidas de seguridad cuyo conocimiento nos facilitó la prensa que se repartió en el avión)