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jueves, 30 de enero de 2014

… and a Happy New Yeal

Con el inicio de esta luna nueva, entra un nuevo año chino.

(Aunque no lo celebraremos rompiendo vajillas, más que nada porque serían de porcelana china, y no está el horno para… cerámicas.)

Créditos:
Fotografía de un kendi de porcelana china de Swatow, al norte de la provincia de Guandong, (de finales del siglo XVI) -junto con reflejos y sombras-, que forma parte del cargamento recuperado del galeón San Diego expuesto en el Museo Naval, en Madrid, en octubre de 2013, del autor.

[Nota: lo pertinente sería que el motivo del kendi fuera un caballo (de madera, a poder ser), pero este tipo de porcelana sólo tenía como motivos habituales las flores o los pájaros.]

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Los años pasan, las novelas permanecen

A través del feisbuq de José Luis Rodríguez (BiblioCafé) me entero de esta curiosa lista de años e importantes novelas, que enlazo… para los curiosos.

miércoles, 1 de mayo de 2013

De calendarios y vacaciones… mentales

“Eso había sido a principios de noviembre, en las proximidades de Todos los Santos.”

“Con todo, le parecía un poco prematuro hablar de Navidad antes del primer domingo de Adviento.”

“Hans Castorp no se hubiera sorprendido de que ya considerasen también la Navidad como una fecha pasada y hablasen directamente del Año Nuevo y el Carnaval...”

“La Pascua ya había pasado por el valle blanco, abril avanzaba y Pentecostés comenzaba a destacarse en el horizonte.”

Una de las características de La montaña mágica es el transcurso del tiempo, si bien, curiosamente, no se muestra por fechas concretas, sino, como muestran los ejemplos anteriores, por festividades (y, en su caso, por las estaciones del año).

Y teniendo en cuenta, además, que las festividades son, como se corresponde con una obra de un autor europeo, cristianas, es de temer que en cualquier momento se requiera de notas aclaratorias en las ediciones que se realicen en Bélgica.

Por cierto, salvo error, sólo se menciona en una ocasión una fecha concreta, y ni siquiera se refiere al día en que se sitúa la acción:
“- ¿Sabe que dentro de cinco días estaremos de nuevo a primero de mes? –oyó decir a Herminie Kleefeld dirigiéndose a dos jóvenes de su mesa (…)
- ¡Uno de octubre! Lo he visto en el calendario de la oficina.”

Y, desde luego, la que no se menciona es la del Primero de Mayo.

Actualización del 17 de mayo:
Si ayer fue jueves, esto no es Bélgica, sino Asturias.

Créditos:
Extractos de La montaña mágica, de Thomas Mann, según traducción de Isabel García Adanes (de 2005), tomados de la séptima reimpresión (septiembre de 2012) de la primera edición (abril de 2009), realizada por Edhasa como número 233 de su colección Pocket Edhasa (pp. 387, 389, 390, 502 y 317-318).

lunes, 31 de diciembre de 2012

Campanadas del 2012-06: Ya casi sin año

Ya queda poco para que se acabe el año, lo cual se debe a la mala gestión pública del calendario (si fuera privada, aún tendríamos muchos días más, seguro).

Y tras los últimos recortes, estas campanadas mías se han visto reducidas a la mitad.

Bueno, al menos, tendré más tiempo para prepararme y tomar adecuadamente las uvas al ritmo de las campanadas de… ¿un reloj de sol?

Ya es el colmo de los recortes. Y encima, ¿qué ¡&/$(/|#|~! de ‘esfera’ le han pintado?

Créditos:
Fotografía del simulacro de reloj de sol que hay en la fachada principal de la Ermita del Pilar, en la pedanía de Casas de Bárcena, en Valencia, en octubre de 2012, del autor.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Que no llegue, que no llegue

Desde hace unos años es habitual hablar del síndrome post-vacacional, y lo mal que lo pasa la gente al incorporarse de nuevo al trabajo tras el periodo de dolce far niente que ha disfrutado durante el verano (principalmente, pues es donde se acumulan más los días de vacaciones). Este año, el día que ha marcado el momento crítico y dramático fue este lunes, día 3 de septiembre.

Yo, siempre que he podido, he comentado que una solución práctica para evitar esos problemas sería acabar con las vacaciones, pero inmediatamente… me miran raro.

Sin embargo, el Ayuntamiento de Valencia parece que está ensayando un método nuevo: en el calendario de sostenibilidad de este año… no figura el 3 de septiembre.

Así no hay síndrome.

Créditos:
Imagen del calendario en cuestión, correspondiente a este mes de septiembre.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El nido de un fénix

“Día del Señor. Algunas de nuestras doncellas, que permanecieron despiertas hasta tarde efectuando los preparativos para la festividad de hoy, nos llamaron a eso de las tres para señalarnos un gran incendio que se divisaba en la City. Me levanté y me deslicé en camisón hasta la ventana. Calculé que sería en la parte de atrás de Market Lane, es decir, suficientemente lejos, por lo que volvía a acostarme. A las siete volví a levantarme para vestirme; el incendio se había calmado y parecía más alejado. Comencé a arreglar mi escritorio, que había limpiado a fondo ayer. Pronto Jane vino a decirme que más de trescientas casas se habían quemado durante la noche y que el fuego continuaba cerca del puente de Londres. Me apresté con el objeto de marchar a la Torre. De lo alto, contemplé las casas de ese costado del puente, en llamas. Un inmenso incendio se extendía más allá. Descendí, trastornado, y busqué al Teniente de la Torre, quien me explicó que aquello había comenzado esta mañana, en la panadería del Rey, en Padding Lane y que la iglesia de St. Magnus estaba ya destruida. En el muelle tomé una barca y pasé por debajo del puente. Allí asistí a escenas lamentables. Las gentes trataban de salvar sus bienes, los arrojaban sobre los muelles o los amontonaban en los botes. Unas palomas no se decidían a abandonar sus nidos y revoloteaban en torno a las ventanas y balcones hasta el momento en que caían, enrojecidas las alas. Al cabo de una hora, el fuego hacía estragos en todas las direcciones y nadie, hasta donde yo podía darme cuenta, intentaba extinguirlo. No se pensaba sino en colocar las cosas al abrigo y dejaban arder las casas. El viento, muy fuerte, empujaba el incendio hacia la City. Tras una sequía tan larga, todo era combustible, hasta las piedras de las iglesias. Me dirigí entonces a White Hall, al gabinete del Rey. Le conté –también al Duque–, lo que había presenciado, afirmando que si Su Majestad no ordenaba demoler los edificios, nada podría detener el incendio. Parecían muy impresionados. El Duque me encargó que fuera a buscar de su parte al Lord Mayor, para transmitirle sus órdenes. Añadió que se le suministrarían todos los soldados que requiriera. Encontré al Capitán Cocke, quien me prestó su carroza para viajar a St. Paul. Allí seguí por la calle Watling, colmada de gentes que llegaban cargadas de objetos: había hasta enfermos conducidos en su camas. Por fin hallé al Lord Mayor, extenuado, con un pañuelo al cuello. Cuando le transmití el mensaje del Rey, gimió como una mujer a punto de desmayarse: «Dios mío, ¿qué puedo hacer? Estoy agotado. No se me obedece. He dispuesto derribar las casas, pero el fuego nos gana en presteza.» Agregó que necesitaba tropas de refuerzo y que, en cuanto a él mismo, le faltaba reposo, pues había permanecido en pie toda la noche. Nos separamos. La gente estaba como loca. Nadie, nadie, trataba de apagar el fuego. Además, las casas están demasiado juntas en ese barrio, y llenas de material combustible, como la resina y el alquitrán, sin contar los comercios de aceite, de aguardiente y de vino, a lo largo del Támesis. Las iglesias, abarrotadas de objetos en vez de personas que, en ese momento, habrían debido escuchar misa, apaciblemente. Era ya mediodía y regresé a casa con el fin de recibir a mis huéspedes: Mr. Moone y Mr. Wood con su mujer, Bárbara, muy elegante. Mr. Moone había venido para conocer mi despacho, que ansiaba admirar. Desgraciadamente, estábamos trastornados por el incendio, sin saber qué pensar. No obstante, la comida resultó magnífica y la compañía tan alegre como era posible en semejantes circunstancias. Apenas terminado el almuerzo, salí con Moone y atravesamos la City a pie. Las calles, plenas de transeúntes, de caballos, de coches repletos. Desalojaban las casas de la calle Canning, donde, esta mañana, se habían puesto diversas cosas al abrigo. En el muelle de St. Paul tomé un bote para ir a ver el fuego, que había ganado más terreno y no parecía próximo a apagarse. Encontré al Rey con el Duque de York en barca: les acompañé un rato. Habían dado orden de abatir las casas rápidamente, pero no se podía hacer gran cosa, pues el fuego se propagaba con amenazante intensidad. Se confiaba en detenerlo río arriba y río abajo del puente, pero el viento lo dispersaba por la City. Barcos cargados de materiales diversos cubrían el río, donde flotaban también objetos de valor. Observé que en uno de cada tres barcos, por lo menos, se distinguía una espineta entre el mobiliario. Habiendo visto todo lo que se podía ver, me encaminé hacia White Hall; luego, de allí, al parque de St. James, donde hallé a mi mujer, Credd, Wood y señora. Volvimos juntos, en mi barca, y recorrimos el río, mirando el fuego, que aumentaba siempre, alimentado por el poderoso viento. Nos aproximamos todo cuanto el viento permitía. Sobre la superficie del Támesis, de cara al viento, se sentía uno casi quemado por una lluvia de chispas. Esto es estrictamente cierto. De suerte que varias casas se incendiaron así por chispas y pavesas encendidas. Cuando ya nos resultó intolerable mantenernos sobre el agua, fuimos a una pequeña cervecería de Bakside, donde permanecimos hasta el caer la noche. A medida que la oscuridad avanzaba, surgía por encima de los campanarios, entre las casas y las iglesias, tan lejos como alcanzaba la mirada, sobre la colina de la City, una horrible y maléfica llama, sangrienta, muy diferente de la llama clara de un fuego común. Al marcharnos, el incendio formaba un vasto arco de fuego de un extremo a otro del puente y, sobre la colina, un segundo arco de una milla de extensión, por lo menos. Me deshice en lágrimas ante tal cuadro. Las iglesias, las casas, todo llameaba a la vez, ¡El estrépito horroroso que producían las llamas y el crujir de las casas que se desplomaban! Ya en mi hogar, con el corazón oprimido, encontré a todos discurriendo y plañendo. El pobre Tom Hatter había venido a refugiarse con los escasos enseres que había logrado salvar. Lo invité a pasar la noche, A cada instante llegaban noticias de los progresos del incendio. Debimos, pues, embalar nuestras propias cosas y prepararnos a sacarlas. Bajo el claro de luna (el tiempo era bueno: seco y frío) transportamos una gran parte de mi mobiliario al jardín y el dinero a cajas de hierro, en el sótano, lo cual juzgamos seguro. Llevé a la oficina mis bolsas de oro, con mis papeles más importantes. Nos alarmamos tanto, que sir W. Batten trajo carretas del campo para levantar sus bienes esta misma noche. Mr. Hatter se recostó un rato, pero el infeliz no puedo descansar: tanto ruido ocasionábamos al mover los muebles.”

Créditos:
Anotación correspondiente al día 2 de septiembre de 1666, de los Diarios de Samuel Pepys, según traducción de Norah Lacoste, tomada de la edición de la obra realizada por Editorial Renacimiento en 2003 (pp. 264-266)
Imagen de View of the fire from across the Thames, en el Museum of London/Bridgeman Art Gallery, tomada de London rising: the men who made modern London, de Leo Hollis, según la edición de Walker&Company (Nueva York) de 2008

[Nota:
Como se habrán dado cuenta los lectores habituales de este diario, hoy no es ningún aniversario del inicio del Gran Incendio de Londres, ya que en 1666 en Inglaterra aún seguían con el calendario juliano, y por tanto, aún faltan 10 días para la efemérides.
Curiosamente, también fue un 2 de septiembre pero de 1752, el último día de aplicación del calendario juliano, pasando tras ese miércoles al jueves… 14 de septiembre.]

sábado, 30 de junio de 2012

¡Ufff! A tiempo

El 23 de enero de 2010 se demostró que 0,7 segundos pueden dar mucho de sí.


Otra forma de apreciar el resultado del Power Electronics Valencia ante el Regal Barcelona es gracias a un testigo.


Esta noche, hay un ajuste de la hora ‘oficial’ de un segundo por no sé qué historias.

El caso es que gracias a ese segundo de más, podré llegar a tiempo de esta anotación, y con ella, a obtener una media en lo que va de año de dos anotaciones diarias.

(La calidad, será tema de otra anotación… o no.)

lunes, 9 de abril de 2012

De la Luna ¿y sus efectos?

La realidad de que España, como Portugal e Italia, defendiera la Contrarreforma tuvo, entre otras consecuencias, que se quedaran… a la luna de Valencia.

Como ya se ha comentado en estas páginas, la causa de la reforma… del calendario juliano fue la apreciable diferencia que se estaba notando con el tema del equinoccio de primavera en relación con el calendario.

El caso es que reunida la comisión científica al efecto, y estudiado el tema, se resolvió que los años bisiestos seguirían siendo cada cuatro años, aunque los años de final de siglo sólo serían bisiestos si eran divisible por 400.

De este modo, gracias al avance científico, Inglaterra y sus colonias (lo que incluye Escocia e Irlanda) hicieron la reforma del calendario juliano (prescindiendo de los días del 3 al 13 de septiembre, ambos incluidos) el año 1752. Suecia (que entonces incluía a la actual Noruega) y Finlandia siguieron tal avance al año siguiente.

Naturalmente, son insidias y calumnias todas esas informaciones que dicen que el cambio del calendario juliano, tras estudios científicos, tuvo lugar casi dos siglos antes en los países ¡católicos!, siguiendo una sugerencia (en forma de Bula)  de un ¡Papa!

Nota:
Según me he enterado hoy, cierta persona ha manifestado que ha “decidido pasar la Pascua alejado de eso que Thomas Hardy denominó el mundanal ruido”. Ignoro qué le habrá hecho a esa persona Fray Luis de León para ningunearlo (siendo, se supone, ambos españoles), pero sí aprecio una cierta confusión con el calendario (¡ay, estos católicos!), pues aunque el artículo lleve fecha del miércoles día 4, el autor ya estaba ‘desconectado’ , al menos de su programa, una semana antes.

Créditos y nota aclaratoria:
Fotografía de la Luna llena del pasado día 6, Jueves Santo, del autor. El bulto que se aprecia debe de ser algún efecto óptico derivado de la forma del cristal sobre el que se reflejaba la Luna (pues es en realidad un reflejo); quiero decir, que no semeja la barriga de nadie, creo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Otra cosecha de libros

Una de las características del calendario revolucionario francés, en lo concerniente a los nombres de los meses, es que intenta definir de este modo el carácter del mes. El problema resultó en que la definición era muy ajustada a Francia.

Otra circunstancia, más anecdótica, es que el nombrador, el poeta Fabre d’Eglantine, de las labores del campo en septiembre/octubre, eligió la vendimia, y no diré yo que fuera por inspirados vínculos con un buen caldo. Sin embargo, en esta época hay otras cosechas, al menos en España, como, por ejemplo, la almendra.

En resumen, que en este último mes de vendimiario, no obtuve sólo una cosecha de libros. Y ésta es una muestra, en concreto, de literatura y viajes.





Crésitos:
Portadas de los libros en cuestión.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Ad calendas… gallae

Una de las cosas más o menos conocidas de la Revolución Francesa fue, no la reforma, sino la implantación de un nuevo calendario: “Éste fue introducido no para corregir alguna discrepancia astronóminca, sino para marcar una ruptura con el pasado. La Iglesia –guardián del calendario con sus fiestas y fastos y días de los Santos– era una de las fuentes de poder del odiado antiguo orden; había que acabar con ello.” Es decir, un claro propósito totalitario.

Con este planetamiento, el 6 de noviembre de 1792, aún encarcelado Luis XVI y pendiente de ver iniciarse su juicio, los diputados Louis Pierre Manuel y Antoine Joseph Garsas pidieron al Comité de Instrucción Pública la reforma del calendario. Aceptó el Comité y se creó una subcomisión al efecto. Entre los integrantes de la misma, cabe destacar a Giuseppe Lodovico Lagrangia, ya entonces famoso matemático y astrónomo, y más conocido en la actualidad como Louis Lagrange.

El resultado de los trabajos fue presentado al Comité los días 17 y 18 de septiembre de 1793, y pasaron a ser oficiales en virtud de un decreto de la Convención el 8 de octubre siguiente. Sin embargo, este decreto no supuso el inicio del calendario: como buenos revolucionarios, lo establecieron… con carácter retroactivo.

Así, la nueva era, el año I, empezó el 22 de septiembre de 1792, momento en el que se dio inicio a la República. Hecho histórico que coincidió con el astronómico del equinoccio de otoño, lo que ha permitido también “decir mucho de esto proclamándolo como el día en el que los franceses fueron iguales, y que los días y las noches eran también iguales, y todo eso”.

De este modo, quedó establecido que el año empezaría en la medianoche en que se iniciara el día en el que se observara el equinoccio de otoño… en el Observatorio de París. El año se compondría de doce meses de 30 días cada uno, completándose hasta el año común con cinco días más, al final del año, los “días complementarios”, aunque originalmente, en homenaje a los famosos “sans-culottes”, fueron llamados “sansculotides”. El fenómeno de los años bisiestos también se mantenía, mediante la adición de un sexto día complementario tras los cinco habituales; en el calendario revolucionario, aunque el año bisiesto también era cada cuatro años, el primer año de esta clase, para distinguirse, fue el año III.

Los meses se dividieron en tres semanas de diez días cada una; los días, en 10 horas; las horas en 100 minutos; y los minutos en 100 segundos. Estas decisiones han perdurado a través del tiempo, aunque sólo sea en forma de relojes con las esferas ajustadas de este modo.

En el subcomité que estudió el tema había un poeta y dramaturgo, Fabre d’Eglantine, al que encargó el Comité, no que bautizara, claro, sino que pusiera nombre a cada uno de los meses… ¡y a cada uno de los días! Bueno, pues éxito, ocurrencia o imaginación, el caso es que el 25 octubre de 1793, los 12 meses y los 366 días (también los bisiestos tenían sus derechos), estaban nombrados, siendo oficiales con otro decreto del 24 de noviembre (de antes).

Los doce meses tomaron sus nombres, venía a entenderse, del carácter propio del mes, en Francia, claro. Y así, se tuvo: vendimiario, brumario, frimario, nivoso, pluvioso, ventoso, germinal, floreal, pradial, mesidor, termidor y fructidor.

Sobre el nombre de los días, hago gracia a los lectores y no los relaciono. De hecho, “no hay constancia de que alguien tuviera éxito memorizándolos todos”. No obstante acabaron siendo llamados de un modo tan sencillo como matemático: según el orden, es decir, primedi, duodi, tridi,… y así hasta decadi.

Los que tuvieron más aceptación fueron los “días complementarios” o “sanculotides”, ya que, además de ser menos, eran fiestas oficiales. Así, tuvieron su Fiesta de la Virtud, del Genio o Talento, del Trabajo, de la Opinión y de las Recompensas; y cada cuatro años, de la Revolución.

Sin embargo, los nombres de los días corrientes tenían su aquél, pues no dejaban de ser una muestra de la vida rural de la Francia de finales del XVIII. Los nombres tenían una estructura, de modo que los quintidis eran nombres de animales; los decadis, herramientas de la granja; y el resto, plantas en general, o minerales. Hubo ardientes revolucionarios que pusieron a sus hijos el nombre del día, aunque ignoro si algún nacido el 15 de vendimiario acabó siendo llamado Asno.

No creo que fuera culpa del calendario, pero el caso es que varios de los que intervinieron en su confección, perdieron la cabeza por la doncella de hierro, aunque Lagrange consiguió salvarse.

Al final, en septiembre de 1805, con trece años de vida del calendario revolucionario, otra comisión, nombrada ésta por Napoleón, y con otro insigne científico en ella, Pierre Simon Laplace, decidió que ya estaba bien, y, primero, restableció el domingo, y luego, cuando en el resto de Europa occidental empezó el año 1806, en Francia, también.

Esta aventura totalitaria acabó, como hemos dicho, con Napoleón, quien curiosamente, fue el protagonista de la fecha más famosa de todo el calendario revolucionario: el 18 de brumario (año VIII), fecha en la que se fraguó el golpe de estado que llevó a Napoleón a la dignidad de Cónsul, y de ésta, a la Historia.

Y todo esto, simplemente, porque ese 18 de brumario, en España, era un tranquilo 9 de noviembre de 1799. Hace, pues, 212 años, y Napoleón es Historia, así como la Revolución, el Terror, el Totalitarismo,… ¿o no?

Créditos:
Extractos (traducción libre del autor) del capítulo XX The French Republican Calendar, e imagen de un reloj decimal y tradicional, tomados de la obra de E.G. Richards, Mapping Time. The Calendar and its History, según edición de 2005 de Oxford University Press.

domingo, 30 de octubre de 2011

61 minutos, y bajando

Es el tiempo que me queda para saber cómo tengo que atrasar esta noche el reloj.

Créditos:
Fotografía de un reloj de sol en la fachada de un hotelito en la Colonia de El Viso, en Madrid, de octubre de 2011, antes del cambio de hora, del autor.

sábado, 5 de marzo de 2011

Buscando… contra el tiempo

Estoy intentando localizar unos comentarios que se hicieron en Es la noche de César, y no termino de conseguirlo.

Lo que sí me he encontrado es esta pantalla, en lo que respecta a la sección de la tertulia política del programa.

Ahora entiendo por qué me está costando tanto encontrar lo que busco, con dos tertulias para el mismo día (el 3 de marzo), aunque uno sea miércoles y el otro jueves, y hoy sábado día 5 vuelva a ser viernes.

También, supongo, será esta nueva versión del calendario (a la que han cogido gusto en ese programa), la que condujo el pasado lunes a César Vidal a insistir varias veces en que el sueldo de los controladores aéreos, tras el laudo, es de 200.000 euros… al mes (minuto 14:25), en vez de al año, cosa que tuvieron que corregirle varias veces (aunque no he conseguido encontrar esas partes del programa).

No obstante, yo sigo con mi búsqueda inicial; el resto, que lo controle otro.

Créditos:
Pantallazo de la sección Tertulia política de César.

martes, 14 de septiembre de 2010

Ahora, me falta un día más

Un extraño momento de tranquilidad se vivió en media Europa y casi toda América tras el 4 de octubre de 1582, aunque sólo duró hasta el 15 del mismo mes. Esta tranquilidad fue vivida en el Reino Unido, las entonces 13 Colonias y algunos dominios más casi dos siglos después.

Los seguidores de este diario ya se habrán dado cuenta de que la duración de 10 días de tranquilidad en 1582 no fue tal: se trataba, simplemente, del ajuste del calendario juliano al gregoriano.

Como ya dije entonces, la experiencia inglesa, básicamente por motivos religiosos (es decir, no hacer Isabel I lo que decía el Papa de Roma), se demoró en el tiempo hasta 1752, ya con Jorge II. Irlanda, aunque mayoritariamente católica, estaba bajo el gobierno inglés por lo que fue entonces cuando pudo hablar el mismo día que el Papa.

Y el caso es que la reforma inglesa estuvo a punto de ser realidad en el mismo 1582. Una propuesta denominada “Acta para dar a Su Majestad autoridad para modificar y hacer un nuevo calendario, de acuerdo con el calendario usado en otros países”, realizada por una comisión al efecto, tras un primer dictamen del Dr. John Dee, astrólogo y confidente de la reina, fue objeto de dos lecturas favorables en la Cámara de los Lores. Sin embargo, cuando se dio traslado al Arzobispo de Canterbury, se obtuvo una continua secuencia de excusas, incluso la de que el mundo iba a su fin, por lo que no resultaba especialmente importante la reforma del calendario.

Y en eso, llegó 1751, en que incluso varios países protestantes continentales se habían pasado en 1700 al ‘lado’ gregoriano, siendo la situación bastante insostenible. Y como el tema de las guerras de religión ya era un poco ‘demodée’ en la ilustrada Europa, entraron en razón.

El Parlamento aprobó la correspondiente Acta, llamada ahora “Acta para la regulación del comienzo del año, y para la corrección del calendario ahora en uso”, presentada por Lord Chesterfield, de quien toma el nombre. Sin embargo, el trabajo científico fue realizado por el Astrónomo Real, a la sazón James Bradley, quien, en 1742, había sucedido en Greenwich a Edmund Halley.

La nueva Acta establecía, además del criterio gregoriano del calendario, las fechas en que se aplicaría: el recién iniciado año de 1751 (lo había hecho el 25 de marzo), finalizaría el 31 de diciembre, y el siguiente 1 de enero ya sería de 1752. Habría que esperar hasta el 2 de septiembre para la aplicación drástica del nuevo calendario.

Así como en la Europa católica se ajustó el calendario diez días, en Inglaterra lo hicieron… once. Y es que en el tiempo transcurrido desde entonces estaba el año 1700, que los británicos julianos consideraron bisiesto, mientras que los católicos gregorianos no. Por eso, el día siguiente al miércoles 2 de septiembre de 1752 fue el jueves… 14 de septiembre.1752.

Una cosa curiosa es que el año financiero, que empezaba con el año, es decir, el 25 de marzo, también lo hizo en 1752, y también duró 365 días, como siempre, con lo que resultó que finalizó el 5 de abril de 1753. Y así siguió… hasta 1800, nuevo año bisiesto juliano, en que empezó… un día más tarde, el 6 de abril. Tras esto, lógicamente, luego no había quien entendiera bien cómo funcionaba lo de los peniques y chelines (hasta que lo cambiaron hace relativamente poco-lo de la moneda, el año financiero creo que sigue igual).

El cambio de calendario no generó, a pesar de lo anterior, mayores problemas financieros, pero sí de inquietud pública y políticos.

Por un lado, los hubo que reclamaban que les devolvieran los famosos once días. Se decía que hubo disturbios por tal motivo en Bristol, pero no se han podido documentar. También hubo quien mostró su inquietud por esos días que le quitaban, en el convencimiento de que los días de la vida de cada uno están contados. Hasta donde se sabe, nadie falleció o dejó de hacerlo por esas cuentas, y tampoco nadie se quejó de que el pobre año 1751 tuviera casi tres meses menos; al fin y al cabo, ya era bastante saber que tras el 31 de diciembre llegaba el 1 de enero, como para encima preocuparse por el año.

Por otro lado, en el aspecto político, además de que hubo quien planteó el tema en las elecciones de 1754, lo más problemático fue lo sucedido en la ciudad de Chester. Aquí se celebraba la Feria anual empezando el día de San Miguel, hasta que el Acta estableció el retraso correspondiente de todas las actividades. Sin embargo, este retraso se solapó en 1752 con las elecciones a alcalde y otros cargos civiles, que sí tenían su día fijo: el viernes siguiente al día de San Dionisio (para los de fuera de Valencia y de Chester, el 9 de octubre). De este modo, se daba la circunstancia de que la celebración de las elecciones (en concreto, el día 13, o sea, por si alguien quiere saberlo, San Eduardo) coincidía con la celebración de la Feria (que acababa de empezar el día 10, San Daniel). El problema no estaba en la aparición imprevista de San Daniel y San Eduardo, sino en que para las elecciones los nobles ciudadanos de Chester estarín en condiciones poco favorables para la emisión de un voto ponderado, ecuánimo y reflexionado. En previsión, pues, de extraños resultados, se consiguió que se modificara la fecha de las elecciones atrasándola, desde entonces, una semana, el viernes posterior al 20 de octubre (San Artemio). Antes de que nadie me lo pregunte, no sé quiénes resultaron elegidos en 1752.

De este modo toda la Cristiandad quedó regida por el calendario gregoriano, salvo los ortodoxos: Rusia lo hizo siendo ya la Unión Soviética , en 1918, y Grecia aún se esperó a 1924.

Y con esto creo que ya habrá quien pueda contestar la famosa pregunta de las matemáticas rusas, recordada el otro día. Y si no, a la escuela, aunque sea tal lejos como en Yásnaia Poliana.

Créditos:
Datos tomados de Mapping Time. The Calendar and his History, obra de E.G. Richards, editada por Oxford University Press, en 1998 (reimpresión de 2005).
Retrato de John Dee, tomado de la Wikipedia.
Retrato de James Bradley, obra de Thomas Hudson, tomado de la Wikipedia.

martes, 13 de julio de 2010

Qué mejor día para empezar

“[Se propuso] tratar de emprender una nueva etapa en su vida. Sin embargo, no pudo dejar de tomar en cuenta todas las ocasiones en las que había comenzado un nuevo día, una nueva semana, un nuevo mes o un nuevo año, con el ánimo colmado de inmejorables propósitos, y cómo, a pesar del entusiasmo inicial, las buenas intenciones habían quedado en meros proyectos jamás realizados.
Al tiempo que se vestía observaba los rincones de la habitación, como si la promesa de un inédito período vital confiriera a su mirada un nuevo punto de vista. La pobreza y el estado de abandono del cuarto podrían abatir el ánimo de cualquiera, pero era sobre todo la presencia de un calendario del año anterior, que colgaba en la pared, el testimonio más elocuente de la dejadez en que había caído. Al sacarlo del sitio quedó al descubiero el trozo de empapelado roto y el tono descolorido de ese sector. Antes de tirar el calendario a la papelera repasó con lentitud los meses transcurridos y trató de recordar qué propósitos y anhelos malogrados correspondían a cada uno de ellos. Había sin duda en aquel calendario algún martes que coincidía con el número trece. Quizá su actual situación pudiera deberse al poco caso que hacía de tales fechas. Tal vez, si hubiera estado atento a los martes trece habría llegado a ser un hombre próspero y feliz. Él no era supersticioso, no, pero aun sin llegar a serlo, una persona sensata debe considerar la posibilidad de que ciertas coincidencias puedan acarrerar desgracias. La ciencia, que Dionisio supiera, todavía no había establecido nada al respecto. Pero hay muchas cosas que la ciencia sigue ignorando, y hasta el día en que tales enigmas se aclaren de una vez para siempre, y los resultados de las investigaciones se publiquen en las revistas de divulgación científica, lo prudente es estar alerta ante los martes trece.
”

Créditos:
Transcripción parcial del capítulo Una voz en la noche de la obra Criaturas de la noche de Lázaro Covadlo, publicada por Acantilado en su colección Narrativas del acantilado (pp- 14-15).

Hoja de calendario correspondiente al día de hoy, martes y 13, de julio de 2010.

lunes, 26 de abril de 2010

Cuando de la tabla redonda se quiere hacer tabla rasa

Hace un tiempo me hice con el libro The Christian Almanac. A Book of Days Celebrating History’s Most Significant People&Events. Como puede deducirse del título, el libro es una recopilación de numerosas efemérides, y así empieza la Introducción al libro:
“Every day is an anniversary. History is so rich and so resplendent that there is not a single date that does not offer great lessons in heroism or ignominy, brilliance or foolishness, inspiration or admonition.”

Pero también, se trata de un libro que busca aprender de los aniversarios a través de una visión cristiana. Y así es como continúa la Introducción:
“There is not a single date that does not point us toward the remarkable cultural and spiritual legacy of our Christian inheritance in Western civilization. And there is not even a wrinkle in time that does not bear the obvious impress of God’s own good providence.”

Y finaliza la Introducción de la siguiente manera:
“That is precisely the kind of work that we have attempted to do in this book. Our aim has been to preserve the practical lessons and profound legacies of Christendom without the petty prejudice of modern fashions or the parsimonious preference of Enlightenment innovations. (...)
We believe that history is a series of lively adventure stories –and thus should be told without the cumbersome intrusion of arcane academic rethoric or truckloads of extraneous footnotes. In fact, we believe that history is a romantic moral drama in a world gone impersonally scientific (...) and because however social condictions may change, the great underlying qualities that make and save men and nations do not alter. It is the most important example of all. Because the past is ever present, giving shape and focus to all our lives, it is not what was, but whatever seems to have been, simplu because the past, like the future, is part and parcel of the faith.
This book is our attempt, therefore, to revive a venerable old Christian tradition of charting the topography of that forgotten foreign land called the past. It is an effort to make the tales of yore a narrative worthy to be told at home round the hearth, to appeal to the heroic heart of all generations, and to reinvigorate the eternal infancy of mankind.
”

Para cada día, el libro se extiende en una página en cierto hecho al que se da relevancia, y en la página vecina se relacionan aquellos hechos cuyo aniversario se cumple ese día y por un motivo u otro, tienen una importancia cristiana.

Bastante ilustrativo de lo expuesto es el hecho que se destaca para tal día como hoy, 26 de abril, aunque sea remontándose al año 1139: bien la historia, bien la tradición, establece para este día el inicio de la circulación pública de Historia Regum Britanniae, obra escrita por Geoffrey de Monmouth tal vez unos tres años antes. Lo más recordado de esta obra es que establece los primeros registros sobre el Rey Arturo.

El conjunto de la historia del Rey Arturo es tan amplio y rico, que tras su rápida difusión por Europa, cada nación centró su atención sobre aspectos distintos conforme su propio carácter. Sin embargo, todos se dieron cuenta de algo importante:
“But for each of them the Eden-like theme of an idyllic kingom spoiled, not by external defeat but by dissension from whithin, claimed a ternured place in popular folk literature and music.”

Como bien se dice en la Introducción, el pasado siempre está presente. Aunque parece que esas grandes lecciones que la historia nos ofrece, sólo la estudian y aprenden unos y no los otros.

Nota: Otro aspecto cristiano del libro es que para cada día sugiere dos textos bíblicos, uno del Antiguo y otro del Nuevo Testamento. Como el enfoque es más protestante que católico, no sé exactamente cuál será la cita que refiere como 2 Samuel 15-16 (me falta el capítulo), y de la otra (Lucas 20, 27-47) quiero destacar el versículo 38: “No es un Dios de muertos sino de vivos, porque para él todos viven”


Créditos:
Portada y transcripciones tomadas de la Introducción y del texto correspondiente al día 26 de abril, de The Christian Almanac. A Book of Days Celebrating History’s Most Significant People&Events, obra de George Grant y Gregory Wilbur, en edición de Cumberland House, de Nashville (Tennessee), de 2004 (segunda edición revisada y actualizada).

miércoles, 24 de marzo de 2010

Feliz Año Nuevo

Dícese de mucha gente que no sabe en qué día vive. A todos nos ha pasado, en nuestra época de estudiante, encontrarnos en ese estado en el que sólo sabíamos del día de la semana en que estábamos, primero, para saber si había que ir o no a clase, y segundo, en caso afirmativo, para saber de qué asignaturas iban a ser las clases. Casos sé de gente que sólo se daba cuenta real del día del mes en el momento en que ponía la fecha en las hojas en que tomaba apuntes, y así, afortunadamente, percatarse de que era el cumpleaños de un familiar cercano. Ahora, con los nuevos planteamientos en la enseñanza, se han acabado todas estas ventajas del calendario.

De todas formas, no siempre resultó tan sencillo.

Ya he comentado en estas páginas parte de la historia de la reforma gregoriana del calendario. En su momento, no comenté algo, que hago ahora.

Uno de los motivos que impulsaron los numerosos intentos que hubo de revisión del calendario juliano fue el desajuste de las fechas de la Pascua de Resurrección. Vinculada ésta con el equinoccio de primavera, el desajuste de fechas pasaba por fijar el día del equinoccio. En su momento, incluso el rey de España (por entonces Felipe II), intercedió por que fuera el 21 de marzo, fecha en la que caía allá cuando el Concilio de Nicea del año 325.

Como ya dijimos, la reforma tuvo lugar en 1582, en el orbe católico, dando el salto del 4 al 15 de octubre. Estos diez días era la diferencia entre el antedicho 21 de marzo y el día en que realmente había tenido lugar el equinoccio, es decir, el día 11.

Sin embargo, no fue el único salto que hubo como consecuencia de la bula “Inter gravissimas”.

El otro salto es menos impactante: llegó el 31 de diciembre de 1582, y tras esa noche, amaneció el 1 de enero de 1583.

Y es que en su día, para diferenciarse del calendario romano (que desde 158 a.C. establecía que el año se iniciaba el 1 de enero), la Iglesia Cristiana estableció el inicio del año coincidiendo con la festividad de la Anunciación, es decir, el 25 de marzo.

Por tanto, llega el momento de desear a todos mis lectores ¡un feliz Año Nuevo!

Y si alguien se ha perdido en todo esto, al menos que recuerde ajustar la hora este domingo por el cambio al horario de verano.

Créditos:
Información obtenida de la obra de E.G. Richards, Mapping Time. The Calendar and his History, editado por Oxford University Press.

Logo de Google con motivo del año nuevo 2009

viernes, 4 de diciembre de 2009

¿Se ha hecho eterno el retorno?

Hace casi sesenta y siete años y medio se pronunció una frase que se hizo famosa, como esperanza para los que se quedaban, como ánimo para quienes lo recibían, y como incentivo en general para muchos cuyas expectativas se encontraban en horas muy bajas.

La frase era “¡Volveré!” y la pronunció el General Douglas MacArthur. Menos de treinta meses después, cumplió su palabra (como se refleja en esta foto del New York Times). Dentro de treinta y tres días, aprovechando la fecha, volveremos con otras palabras y otro discurso del general. De momento, nos quedamos con el año 1944.

Aunque ese año, como todos, duró, más o menos, 365,24219 días, formalmente era bisiesto, lo que introdujo un pequeño problema como se ilustra en la viñeta del London Evening News, tomada del libro Mapping time. The calendar and his history, de E.G. Richards, que ya conocemos en estas páginas.

Festividades aparte, qué fácil sería que el calendario fuera siempre igual, evitándonos trastornos. Intentos ha habido, pero no han cuajado; son muchos siglos de tradición y ni siquiera el calendario revolucionario francés consiguió imponerse más allá de las referencias históricas al 18 de Brumario y al mes de Termidor.

Sin embargo, como el calendario no es tan diferente de un año a otro, sí podemos aprovechar algo, en línea con lo apuntado por la viñeta, aunque no es tan sencillo. Por ejemplo, ¿cada cuánto tiempo coinciden plenamente en el mismo año las hojas del calendario del mes diciembre con las del mes de septiembre? Es decir, si el 1 de diciembre es martes, también lo es en septiembre, el 2 es miércoles en diciembre y también en septiembre, y así sucesivamente.

Como estamos hablando de calendarios, el primer acertante a esta cuestión podrá celebrar la fiesta de Nochevieja,… según su leal saber y entender.

Aunque para entonces, para tener algo de qué hablar durante la fiesta, comentaremos el tema del cambio de año.

Por cierto, se me olvidaba: ya he vuelto.

jueves, 15 de octubre de 2009

Me falta tiempo (o días)

Como ya he comentado, estoy leyendo Los idus de marzo.

Uno de los documentos con que se construye la novela es un diario epistolar que Julio César dirige a Lucio Mamilio Turrino, antiguo compañero del ejército, en el que comenta todo tipo de temas. En una de las anotaciones, entre otras muchas cosas que relaciona como fruto de su gobierno, dice: “He reformado el Calendario, y ahora nuestros días se regulan mediante una provechosa adaptación a los movimientos del sol y de la luna”. Está hablando, claro está, del calendario juliano, que, como todo el mundo aunque exceptuando aquellos que lo ignoran, sabe, supone que el año tiene 365 días, ajustándose el ciclo solar mediante un día cada cuatro años, año que se denomina bisiesto.

Sin embargo, esta anotación tenía pensado haberla publicado el pasado 24 de febrero,… pero no tuve tiempo.

Quise hacerlo poco después, el 23 de abril, pero… tampoco tuve tiempo.

Dejé pasar los días, y decidí publicarla este pasado 4 de octubre; pero… efectivamente: tampoco tuve tiempo.

Hasta hoy.

El 15 de octubre, la Iglesia Católica celebra la festividad de Santa Teresa de Jesús, quien como todo el mundo sabe (excepuando…), falleció el cuatro de octubre de 1582, siendo enterrada al día siguiente, es decir, quince de octubre. En esta ocasión, la mística no tuvo nada que ver.

El 24 de febrero de 1582, el Papa Gregorio XIII, tras varios siglos de estudiarse el problema del calendario (Beda el venerable ya lo observó en 725, y en el siglo XIII ya hubo quienes propusieron cambios) firmó la bula “Inter gravísimas”. Esta bula definía una nueva forma del calendario, como modificación del juliano, tomando, como éste, el nombre de su promulgador, ahora, pues, calendario gregoriano.

El problema residía en que la generación de años bisiestos cada cuatro años normales implica considerar que la duración del año es de 365,25 días, cuando en realidad es algo menos. Este “algo menos” no afectaba a la gente normal en su vida normal (por ejemplo, llegar tarde a las citas), pero acumulándose poco a poco suponía que, aunque la gente siguiera llegando tarde a las citas, el equinoccio de primavera sucediera antes de tiempo, mientras que la Pascua de Resurrección se celebrara más tarde cada vez.

La bula con la que se puso remedio a esto (de momento) establecía, en líneas generales que los años bisiestos se mantenían cada cuatro años normales (los divisibles entre 4, como ya estaba establecido, y así hacerlo más fácil aún), pero el ajuste se realizaba cada siglo: sólo sería bisiesto el último año de cada siglo si era divisible por 400. En realidad, pues, el cambio no tendría que notarse hasta 1700. Sin embargo,…

Sin embargo se tenía el problema del desfase acumulado, y algo había que hacer con él. Solución fácil: de un plumazo, se hacía desaparecer el número de días que sobraban.

La bula se expuso en el equivalente al “tablón de anuncios” de San Pedro el día 1 de marzo, y se remitió copia a toda la Cristiandad (que a efectos prácticos, era quien contaba). El ajuste de días (en total, diez) se establecía para el siguiente mes de octubre, en concreto, el ya conocido, 4 de octubre, de manera que al día siguiente, se tuviera 5+10=15.

Las naciones católicas adoptaron el nuevo calendario casi inmediantamente (España en eso fue puntual), mientras que las ortodoxas y protestantes tardaron en hacerlo (más que nada, para no hacer lo mismo que decía el Papa). En la Europa continental, los protestantes entraron en razón, por influencia de Leibniz, entre otros, y debido a que el lío de fechas ya empezaba a tener consecuencias en el comercio, precisamente en 1700. Inglaterra tardó casi dos siglos en ajustar el calendario (1752). Todavía ahora, la Pascua ortodoxa se realiza ajustada al calendario juliano.

Los datos los he obtenido del libro cuya cubierta acompaña estas palabras. Se trata de Mapping Time. The Calendar and its History, obra de E.G. Richards, de 1998, editado por Oxford University Press (mi ejemplar es de la reimpresión de 2005). La imagen del inicio de la bula está tomada de este libro, mientras que el cuadro del Gregorio XIII y la asamblea de sabios (donde uno señala precisamente el cambio de Libra a Escorpio, momento cercano a la fecha de la aplicación de la bula), no sé ahora de qué libro lo he obtenido,… ni tengo tiempo para buscarlo.

Aunque esta anotación lleva fecha del 15 de octubre, he tardado en publicarla porque… no he tenido tiempo para revisarla y maquetarla.

Y con esta anotación creo que queda clara la contestación a una de las cuestiones que he planteado en este diario, recordadas en la anotación del primero de septiembre,… aunque ahora no tengo tiempo de decir cuál es.

Y me voy,… que se me hace tarde.

domingo, 15 de marzo de 2009

Pero no han pasado

Es muy extendido entre la gente, tanto a lo largo del tiempo como a lo ancho de la geografía, el interés por conocer el futuro. Adivinos, augures y oráculos en su tiempo, empresas de encuestas y prospectiva y paneles de la ONU ahora, se afanan en satisfacer los deseos de particulares y sociedades, humildes y poderosos [cierto es que en su tiempo, si el augurio no era del gusto del interesado o si fallabas, podías pagar con la vida; ahora, con independencia del resultado, no solo no pagas sino que incluso cobras; y es que hay que ver lo que avanza la sociedad].

Uno de los casos más conocidos es el aviso que a Cayo Julio César le hicieron en el año 44 a.C. (menos conocido como 709 desde la fundación de Roma, es decir, ab urbe condita).

Según se cuenta, un augur avisó a César de que tuviera cuidado un día muy concreto, los idus de marzo. Se dice que llegado el día, César comentó al augur “Ya han llegado los idus de marzo”, y fue contestado, precavidamente, con “Sí, pero no han pasado”.

Tiempo después Suetonio, en su Vidas de los Césares, nos ponía al tanto de lo sucedido:

“Cuando César se sentó, los conspiradores se apretujaron en torno de él y Tulio Cimber, que se había puesto a la cabeza de ellos, se acercó como para hacerle una pregunta. Como César, con un ademán, tratase de mantenerlo a distancia, Cimber lo asió de la toga por ambos hombros, y al exclamar aquél: «¡Pero esto es violencia!», uno de los Casca, que estaba de pie a su lado, le hundió la daga por debajo de la garganta. César cogió el brazo de Casca y le clavó su cálamo, pero cuando trató de incorporarse fue detenido por otra puñalada. Al verse rodeado por todas partes se envolvió la cabeza en la túnica, recogiendo al mismo tiempo los pliegues con la mano izquierda alrededor de sus pies para que la parte inferior de su cuerpo quedase decorosamente cubierta en su caída.
Así lo apuñalaron veintitrés veces. Él no pronunció palabra, y sólo se le oyó murmurar ante el primer golpe, aunque ciertos autores han sostenido que, cuando Marco Bruto se le arrojó encima, exclamó (…)
”

En ese momento, es cuando se sitúa la famosa frase “Tu quoque, fili mi?”

Lo curioso del caso es que la frase ha hecho fortuna, lógicamente, en latín, cuando según Suetonio “exclamó en griego: «¡Tú también, hijo mío!»”

El extracto de Suetonio está tomado, a su vez, de la obra Los idus de marzo, de Thornton Wilder , según traducción de María Antonia Oyuela, editada en su día por Emecé en 1967 en Buenos Aires, y por Alianza Editorial en Madrid en 1974 como número 501 de su famosa colección El libro de Bolsillo.

No es objeto de esta anotación hablar del tiranicidio (todo llegará), ni de las vueltas que da la vida (César cayó muerto a los pies de la estatua de Pompeyo, a quien unos años antes había vencido en su lucha por el poder en Roma –por cierto, aunque vencedor, César no destruyó la estatua de su contrincante–).

El objeto es recordar que hoy, 15 de marzo, se celebran, precisamente, los idus de marzo.

¿O no se trataba de esto?

sábado, 17 de enero de 2009

El cambio climático llega al calendario

El otro día me ofrecieron un calendario de sobremesa, editado bajo el nombre de una Administración que discretamente me reservo, cuyo tema principal es..., sí, el cambio climático.

El calendario se dispone en dos partes, y estando las anillas verticalmente en el centro, llamaremos a cada parte, sin otras connotaciones, izquierda y derecha.

El diseño del calendario supone que, para obtener el equivalente al avance cronológico propio del año, deben desplegarse las hojas, girando sobre el eje definido por las anillas, es decir, con el calendario en posición, y con un punto de vista situado por encima del plano definido por la mesa sobre la que se encuentra el calendario, de derecha a izquierda, en el sentido de las agujas del reloj, o sentido dextrógiro.

Con esta maniobra, se obtiene que en las páginas que quedan visibles en el lateral derecho, se refleja el mes de que se trate (es decir, enero, febrero,... y así hasta diciembre -aclaración inútil porque quien la necesita no lee este diario, en el sentido de entender e interpretar lo escrito, pero, bueno, por si acaso el verdadero Gran Hermano, o sea, el gobierno, está por ahí).

Y en las páginas que se disponen en el lateral izquierdo, claro, diversos consejos medioambientales, del tipo "al agua que no has de beber, ciérrale el grifo del crédito", "para lo que tus ojos han de ver, apaga las bombillas que no te van a llegar", "ande yo caliente, y sin termostato la gente", y cosas así, pero dichas de manera políticamente correcta (es decir, sin diccionario).

Lo malo de todo este calendario no es que, en realidad, se limite a decir cosas de sentido común (pues en este caso, lo malo es que sea necesario decirlo, e insistir en ello, como los consejos para las rebajas -pero es que si no, ¿cómo excusa el sueldo tanta gente?).

Pues no, lo malo de este calendario es... el calendario.

¡No hay fiestas! ¡Ni siquiera los domingos!