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domingo, 3 de abril de 2011

Sí, quien busca, encuentra… tal vez

“Allí, a mi vista, en ruinas, abismada, aparecía una ciudad destruida, con sus techos hundidos, sus templos derruidos, sus arcos dislocados, sus columnas derribadas en el suelo, en cuyas ruinas se advertían aún las sólidas proporciones de una especie de arquitectura toscaza; más allá, los restos de un formidable acueducto; aquí, la bóveda ensamblada de una acrópolis, con las formas flotantes de un Parthenon; acullá, vestigios de muelle, cual si algún antiguo puerto hubiese abrigado en otras épocas, en las riberas de un mar desaparecido, a los barcos mercantes y a los trirremes bélicos. Más lejos todavía, largas hileras de murallas derruidas, amplias calles desiertas, toda una Pompeya sepultada bajo las aguas.
¿Dónde me hallaba en aquel supremo momento de mi vida? Experimenté un vivo deseo de saberlo a todo trance, sentí enormes deseos de hablar e incluso, en el colmo de mu curiosidad, traté de desprenderme de la escafandra metálica protectora que aprisionaba mi cabeza.
Pero el capitán Nemo vino hacia mí, deteniéndome ccon un gesto. Al cabo de un rato, recogiendo del suelo un trozo de piedra caliza, se adelantó hacia una roca de basalto negra y trazó sobre ella, con pulso seguro y firme, esta sola palabra:
‘ATLÁNTIDA’
¡Qué rayo de luz iluminó mi mente! ¡Aquellas ruinas expuestas a mi contemplación y que conservaban todavía los testimonios palpitantes de su tragedia eran las d ela Atlántida!
La antigua Merópide de Teopompo, la Atlántida de Platón, ese continente negado por Orígenes, Porfirio, Jambique, que cargaban su desaparición a la cuenta de los legendarios relatos… ¡Era aquella sumergida región que existía separada de Europa, de Asia, de Libia, más allá de las columnas de Hércules, donde vivía el poderoso pueblo de los atlantes, contra el que se sostuvieron las primeras guerras de la antigua y remota Grecia!
El historiador que ha consignado en sus escritos las hazañas de aquellos tiempos heroicos ha sido Platón. Su diálogo de Timeo y Critias fue, por decirlo así, trazado bajo la inmediata inspiración de Solón, poeta y legislador.
Tales fueron los recuerdos históricos que la inscripción del capitán Nemo hizo acudir a mi memoria. ¡Mi planta, conducida por el más extraño de los destinos, hollaba ahora una de las montañas de aquel desaparecido continente, tocaba con la mano aquellas ruinas mil veces seculares y contemporáneas de las épocas geológicas, marchaba por donde habían marchado los coetáneos del primer hombre, aplastaba bajo mis pesadas suelos los esqueletos de animales de los tiempos fabulosos, a los que aquellos árboles, ahora mineralizados, habían guarecido antiguamente bajo su sombra!
Mientras yo soñaba despierto, en tanto procuraba guardar en mi memoria todos los detalles de aquel grandioso paisaje, el capitán Nemo, acodado sobre una repisa de musgo, permanecía inmóvil, extasiado. ¿Pensaría en las generaciones desaparecidas? ¿Sería aquel el lugar a que acudía el extraño personaje para refrescar sus recuerdos históricos?
”

Como ya he adelantado, hace mes y medio aproximadamente leí en ABC la noticia de que unas investigaciones, realizadas con el respaldo de la Nacional Geographic Society, apuntaban a que la ciudad de la Atlántida se encuentra bajo las aguas de Doñana.

El equipo de Richard Freund parece que tiene previsto acercarse un día de éstos para seguir con nuevas investigaciones sobre el terreno. Hasta entonces (y más allá, supongo), la discusión sobre si nos encontramos en un nuevo caso de literatura complementada con más o menos detalles científicos, seguirá abierta.

Raúl Pra y Julio Verne nos han llevado hasta las Azores; ahora parece que debemos quedarnos junto a la antigua Tartesos. No, si al final, tendrán razón los que dicen que para qué salir al extranjero teniendo España.

Créditos:
Final del capítulo 32 Un continente desaparecido, de Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, según traducción de Heliodoro Lillo Lutteroth, e ilustración de Ballestar, en edición de Círculo de Lectores, de julio de 1969 (pp.163-166).
Recreaciones de la Atlántida, de Nacional Geographic, tomadas de ABC.

Quien busca,… encuentra lo que no busca

“Continuábamos explorando pero no se veía ninguna señal del reactor.
- ¡Es extraño este terreno! – dijo el profesor. – Parece una gran llanura.
- ¡Miren! – llamó Peter. – ¡Se diría que esto es un canal, o por lo menos lo fué!
Nos acercamos. El suelo aparecía cortado, prolongándose en línea reacta infinita. No obstante las muchas incrustaciones, los líquines, las algas y toda la flora marina que la cubría, resultaba evidente que aquella hendidura no podía ser natural. Proseguimos a lo largo del dique, curiosos.
- ¡Pero estas son las ruinas de un puente! – gritó Mark que despejaba la vía.
- ¡Oro! – exclamó maravillado Telesécolis, observando la cubierta de las ruinas.
- ¡Caramba! ¿Obras humanas en el fondo del mar? – exclamó.
”

Hace unas semanas me econtré con unas noticias que me recordaron un libro que leí hace mucho, mucho tiempo.

“La presencia de aquel canal y de aquel puente nos trajo a la memoria las extrañas leyendas sobre el gran continente desaparecido en épocas remotas.
Telesécolis cogió el pico para despejar las ruinas de las incrustaciones.
Era un pedazo de puente que se extendía sobre el canal unos dos metros.
(…)
- ¡Profesor, – llamé, cuando hube golpeado mi azadón sobre el fondo, – venga a ver! Ésto es bronce, ¡corp du diable!
- ¡Y ésto es todo de oro puro! – contestó Telesécolis que había despejado un metro cuadrado del lado del puente. Decididamente estamos en la Atlántida, ¡muchachos míos! Y tenemos la ventaja de ser los primeros en descubrir una civilización que ha llenado de volúmenes todas las bibliotecas del mundo.
”

Ahora ya sabemos quiénes son los segundos. Bueno, en realidad, los terceros.

Créditos:
Transcripción del final del capitulo 5 El pulpo, y parcial del inicio del capítulo 6 El increíble descubrimiento, y portada e ilustración de M. Vettor, de Un mundo desaparecido, de Raúl Pra, según traducción de Manuela Guazzoni, editado por Ediciones Albon, de Medellín (Colombia).