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sábado, 11 de enero de 2014

Y ahora, ¿dónde los pongo?: … por los rincones


Dicen que lo que no se llevan los ladrones, aparece por los rincones.



Y así es.



Aunque no creo que éstos libros lleven escondidos mucho tiempo.







Pero dejémonos de escribir, y pasemos a los libros.








¡Ah! Y ante la duda de que lo que rime con ‘rincones’ sea ‘ratones’, mejor estar preparado.


Créditos:
Cubiertas de los libros en cuestión.

lunes, 18 de febrero de 2013

Si el caminante es político, sí hay camino

La moral y la política van por caminos apartados uno de otro. Por ello, siempre se juzga un acontecimiento desde campo totalmente distinto según que se le valore desde el punto de vista de la humanidad o desde el del provecho político. Moralmente, la ejecución de María Estuardo sigue siendo un hecho en absoluto indisculpable: contra todo el derecho entre los pueblos en plena paz, se había aprisionado a la reina del país vecino; en secreto se le habían tendido lazos, y del modo más pérfido se le habían atado las manos. Pero tampoco se puede negar que, desde el punto de vista de la política de Estado, la eliminación de María Estuardo era una recta determinación para Inglaterra. Pues, en la política –¡por desgracia!–, cuando se toma una medida no decide el derecho, sino su éxito. Y con la ejecución de María Estuardo, el éxito, en sentido político, aprueba posteriormente el asesinato, pues les proporciona a Inglaterra y a su reina no inquietud, sino calma. Cecil y Walsingham apreciaron rectamente la positiva situación de las fuerzas. Supieron que los Estados extranjeros son débiles, en todo tiempo, ante un gobierno realmente fuerte y que contemplan con cobardía sus actos de violencia y hasta sus crímenes. Calculaban rectamente al pensar que el mundo no se dejaría poner en conmoción por este suplicio, y, en efecto, los toques de clarín de venganza de Francia y Escocia quedaron helados de repente. Enrique III no rompe en modo alguno sus relaciones diplomáticas con Inglaterra, según había amenazado, y mucho menos ahora que antes, cuando se trataba de salvar la vida de María Estuardo, envía ni un único soldado al otro lado del Canal para vengar su muerte. En todo caso, hace decir en Notre-Dame una bella misa de difuntos y los poetas escriben algunas estrofas elegíacas; pero con ello queda despachado, para Francia, el asunto de María Estuardo y cae en el olvido. En el Parlamento escocés se hace un poco de ruido; Jacobo VI [hijo de María Estuardo] se pone trajes de luto, pero pronto vuelve a cabalgar placenteramente en los caballos regalados por Isabel, acompañado de los perros bracos obsequio de la misma Isabel, y se va de caza y continúa siendo el vecino más cómodo que jamás haya conocido Inglaterra. Sólo Felipe el Lento de España se despierta ahora y prepara la Armada. Pero se encuentra solo y contra él se alza la buena suerte de Isabel que corresponde a su grandeza, como en todos los soberanos ricos en gloria. Antes aún de que estalle la batalla, la Armada es destrozada por la tempestad, y con ello se abate el ataque, largo tiempo planeado, de la Contrarreforma. Isabel ha triunfado de un modo definitivo, e Inglaterra, con la muerte de María Estuardo, hace frente a sus más extremos peligros. Los tiempos de la defensiva han pasado; ahora, su escuadra llega a ser poderosa para poder atacar, a través del océano, en todas las partes de la Tierra, y tan magnífica que puede ligarlas en un Imperio Unido. La riqueza crece, un nuevo arte florece en los últimos años de la vida de Isabel. Nunca fue más admirada la reina, nunca más amada ni venerada que después de esta malísima acción suya. Siempre sobre las piedras angulares de la dureza y de la injusticia son edificados los grandes Estados; siempre sus cimientos tienen sangre como argamasa; injusticia, en la política, sólo las cometen los vencidos, y la Historia pasa sobre ellos con paso de bronce.

El 8 de febrero de 1587 era ejecutada María Estuardo… en Inglaterra; en España, ya con la reforma del calendario gregoriano, era 18 de febrero.

Con independencia de las fechas formales, lo que nos muestra Stefan Zweig es que “los Estados extranjeros son débiles, en todo tiempo, ante un gobierno realmente fuerte y que contemplan con cobardía sus actos de violencia y hasta sus crímenes”, y lamentablemente, la Historia no ha dejado de confirmar esta afirmación, no ya desde 1587, sino, más aún, desde 1934, año en que fue escrita.

¿Y qué decir de la frase de inicio del párrafo: “La moral y la política van por caminos apartados uno de otro”?

Pues que no hace falta decir más.

Créditos:
Extracto del capítulo Sainete (1587-1603) de la obra María Estuardo, de Stefan Zweig, según traducción de Ramón Mª Tenreiro, tomado de la séptima edición, de 2008, realizada por Editorial Juventud en su colección Libros de Bolsillo Z (pp. 348-349).

viernes, 8 de febrero de 2013

Como gustéis... espero

En el drama griego, a la fosca tragedia, lentamente desenvuelta, sucede siempre una breve y descarada pieza satírica; un epílogo de tal especie no falta tampoco en el drama de María Estuardo. En la mañana del 8 de febrero [de 1587] rodó su cabeza; a la mañana siguiente, ya todo Londres tiene conocimiento de la ejecución. Una alegría ilimitada acoge la noticia en la ciudad y en todo el país. Y si el oído de la soberana, en general tan fino, no se hubiera embotado y ensordecido súbitamente, tendría ahora, en realidad, Isabel que informarse acerca de qué festividad fuera del calendario celebran sus súbditos de modo tan estrepitoso. Pero sabiamente se guarda muy bien de preguntar; en forma cada vez más densa, se envuelve en el encantado manto de su falta de barruntos. Oficialmente quiere ser informada, o más bien «sorprendida», con la noticia de la decapitación de su rival.
El turbio encargo de notificar la ejecución de su dear sister, de su querida hermana, a la en apariencia desconocedora de ello correspóndele a Cecil. No lo realiza con alegre ánimo. Desde hace veinte años han caído sobre el experto consejero diferentes tormentas en ocasiones análogas, en las cuales era auténtica una moderada cólera y ficción política lo demás; también esta vez, aquel hombre tranquilo y serio se pertrecha internamente de una especial resignación antes de penetrar en la sala de recibo de su soberana para darle a conocer oficialmente la consumada ejecución. Pero la impetuosa escena que ahora se produce carece de precedentes. ¿Cómo? ¿Se han atrevido, sin saberlo ella, sin su expresa orden, a decapitar a María Estuardo? ¡Imposible! Jamás habría llegado ella a adoptar una medida tan cruel mientras un enemigo extranjero no hubiera pisado el suelo de Inglaterra. Sus consejeros le han engañado, le han traicionado, han procedido con ella como belitres. (…)
Ahora bien, ni un solo momento habían dudado Cecil y sus amigos de que Isabel se desembarazaría públicamente de la illegal action de Estado calificándola de un «error de autoridades subalternas». En la conciencia de su deseada desobediencia se habían asociado para apartar a la reina el «peso» de la responsabilidad, tomándola sobre sí conjuntamente. Pero habían pensado que Isabel sólo ante el mundo se serviría de este efugio y que, sub rosa, en la sala de las audiencias privadas, hasta les daría gracias por la pronta remoción de su rival. No obstante, hasta tal punto había preparado íntimamente Isabel su fingida cólera, que, sin su voluntad, o por lo menos más allá de su voluntad, se convirtió en auténtica. (…) Sobre el desgraciado Davison, derrámase, abrasadora, toda la copa del furor regio. Es destinado a ser el chivo expiatorio, el objeto que demuestre la inocencia de Isabel. (…) Naturalmente los mismos consejeros de Estado que se habían juramentado para compartir fraternamente entre sí la responsabilidad dejaron bochornosamente abandonado a su camarada; únicamente corrieron para salvar de esta tormenta regia sus propios puestos de ministros y sus prebendas. Davison , que no tiene otro testigo del encargo de Isabel que las mudas paredes, es condenado a una multa de diez mil libras, suma que jamás podrá pagar, y es metido en la cárcel; cierto que más tarde le arrojan en secreto el dinero de una pensión; pero nunca más le es permitido volver a aparecer en la Corte en vida de Isabel; su carrera está destrozada; su vida, definitivamente, vacía. Siempre es peligroso para los cortesanos el no comprender los secretos deseos de sus amos. Pero a veces aún llega a ser más fatal el haberlos comprendido demasiado bien.

Créditos:
Extracto del capítulo Sainete (1587-1603) de la obra María Estuardo, de Stefan Zweig, según traducción de Ramón Mª Tenreiro, tomado de la séptima edición, de 2008, realizada por Editorial Juventud en su colección Libros de Bolsillo Z (pp. 344-346).

sábado, 19 de enero de 2013

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Restos de… ejercicio

En esta  anotación, y sin más comentarios, algunos restos de los libros adquiridos el pasado ejercicio que aún no han sido ‘presentados’ en estas páginas.




...










Créditos:
Cubiertas de los libros en cuestión.

domingo, 15 de abril de 2012

Amor de libro

Los pocos bibliófilos ortodoxos de Viena, en cuanto se les presentaba un hueso especialmente duro de roer, peregrinaban con la misma confiada naturalidad hasta el café Gluck para ver a Jakob Mendel. Contemplar a Mendel durante una de aquellas consultas me proporcionó, siendo yo un joven curioso, un placer de un tipo especial. Mientras que, por lo general, cuando se le presentaba un libro menor cerraba la cubierta con desprecio y sin más murmuraba «dos coronas», ante cualquier rareza o algo único se echaba hacia atrás lleno de consideración, poniendo debajo un hoja de papel, y uno podía ver cómo de pronto se avergonzaba de sus dedos sucios cubiertos de tinta, y de sus uñas negras. Después, tierno, cuidadoso, hojeaba el raro ejemplar con un enorme respeto, página por página. Nadie podía molestarle en un instante como aquél, como tampoco a un verdadero creyente durante la oración. Y de hecho, aquella manera de mirar, de rozar, de olfatear y sopesar, cada una de aquellas acciones por separado, tenía algo del ceremonial, de la sucesión regulada por el culto en un acto religioso. La espalda encorvada se movía de acá para allá, al tiempo que él murmuraba y refunfuñaba, se rascaba la cabeza, soltaba extraños y primitivos sonidos vocálicos, unos prolongados, casi estremecidos «¡ah!» y «¡oh!» de absorta admiración, y después de nuevo un rápido y horrorizado «¡ay!» o un «¡ay va!», cuando faltaba una página o resultaba que una hoja se la había comido la carcoma. Por fin, respetuoso, acunaba el mamotreto sobre su mano, olisqueaba y husmeaba el tosco paralepípedo con los ojos semicerrados , no menos conmovido que una muchacha sentimentaloide frente a un nardo. Durante aquel procedimiento algo prolijo, el propietario, desde luego, tenía que conservar la paciencia. Pero una vez terminado el examen, Mendel daba de buena gana –sí, casi entusiasmado– toda la información, a la que se añadían inevitables y abundantes anécdotas, además de informes dramáticos sobre los precios de ejemplares similares. En aquellos momentos parecía más lúcido, más joven y más vivo, y sólo una cosa podía irritarle de un modo desmesurado: cuando un novato pretendía, por ejemplo, ofrecerle dinero por aquella tasación. Entonces retrocedía ofendido como el conservador jefe de una colección de arte al que un viajero americano hiciera ademán de darle una propina por su explicación, pues el hecho de poder tener un valioso libro entre las manos significaba par Mendel lo que para otros el encuentro con una mujer. Aquellos instantes eran sus noches de amor platónico. Tan sólo el libro, jamás el dinero, tenía poder sobre él.

Créditos:
Extracto de Mendel el de los libros, obra de Stefan Zweig, según traducción de Berta Vías Mahon, publicado como número 33 de la colección Cuadernos del acantilado, por la editorial Acantilado, en enero de 2009 (quinta reimpresión, de septiembre de 2011) (pp. 24-26).
Fotografía del tomo I de la Historia general de España, obra del Padre Mariana, de la edición publicada por la Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, en Madrid, en 1852.

domingo, 25 de marzo de 2012

Lecturas de otro Club

El pasado jueves tuvo lugar la presentación del Club de Lectura en Casa del Libro de Valencia.

Coronadas por numerosos retratos de escritores, y ante unos veinticinco curiosos, dos muchachas de la casa, Marta y Virginia, consiguieron superar el miedo escénico, y nos comentaron sus inquietudes sobre qué esperaban de y que fuera el Club de Lectura.

Así, el enfoque del Club se realizará sobre autores clásicos o, al menos, aquéllos suficientemente consolidados, buscando esa característica propia de los clásicos que es la de aportar siempre algo, en cualquier lugar, época u ocasión en que se lean (y se relean).

Como ejemplo de gustos, Virginia mencionó La montaña mágica de Thomas Mann, y Marta, La pequeña Dorritt de Charles Dickens. A partir de aquí, se habló del gran momento de la novela (el siglo XIX hasta mediado el XX), bien española, como La Regenta, de Clarín, bien extranjera, con Stendhal, mencionándose otros autores, menos proclamados, como Stefan Zweig, Irène Némirovsky (y su El baile),… incluso hubo quien mencionó a Saramago.

Sus exposiciones dieron pie a que varios de los presentes comentaran cuestiones diversas. Por ejemplo, una muchacha habló de lo que le gusta la literatura fantástica, y tras algunas discrepancias en relación con Tolkien, se llegó al acuerdo de la importancia de Lovecraft

Asimismo, unas referencias a Muerte en Venecia introdujeron el tema nunca resuelto de la literatura y el cine.

Se leyó entre varios presentes El campesino Maréi, un breve cuento de Dostoievski, lo que introdujo el tema de los relatos de los grandes novelistas rusos, y, en general, del relato frente la novela.

El encuentro estuvo entretenido, ágil y con participación de los presentes. Tan así, que llegó el momento de tener que irse algunos, y aún ni se había planteado qué libro elegir para empezar la andadura del Club.

Como bien ha señalado caraguevo en su comentario a la anotación de anuncio del Club, la obra que resultó elegida por votación entre las tres propuestas, es El mar de John Banville, y el día para su puesta en común, es el próximo 25 de abril, miércoles.

Ocasión en la que, Dios mediante, estaremos de nuevo presentes.

Créditos:
Fotografía de un momento de la presentación, del autor.

domingo, 15 de agosto de 2010

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Libros por una exposición

El peligro que tiene asistir a exposiciones en Madrid es que luego, o antes, visitas la tienda de los Museos en las que el riesgo es elevado. Cabe destacar, en este aspecto, la tienda de la Thyssen, con su bien surtida y mejor ubicada sección de libros sobre Madrid y su historia.

Y claro,…



lunes, 28 de junio de 2010

Cuando el ayer desapareció… disparado

En la víspera de aquel 29 de junio, que la católica Austria celebraba siempre como la festividad de San Pedro y San Pablo, habían llegado muchos clientes de Viena. Ataviado con ropas claras de verano, alegre y despreocupada, la multitud se agitaba en el parque ante la banda de música. Hacía un tiempo espléndido; el cielo sin nubes se extendía sobre los grandes castaños y era un día para sentirse realmente feliz. Se acercaban las vacaciones para pequeños y mayores y, en aquella primera festividad estival, los veraneantes, con el olvido de sus preocupaciones diarias, anticipaban en cierto modo la estación entera del aire radiante y el verdor intenso. Yo estaba sentado lejos de la multitud del parque, leyendo un libro (todavía recuerdo cuál: Tolstói y Dostoievski de Merezhkovski); lo leía con atención e interés. Pero también era consciente del viento entre los árboles, de los trinos de los pájaros y de la música que llegaba a mis oídos desde el parque a oleadas. Oía claramente las melodías, sin que me molestaran, puesto que nuestro oído es tan adaptable, que un ruido continuado, una calle estrepitosa o un riachuelo susurrante al cabo de pocos minutos se amoldan completamente a nuestra conciencia y, al contrario, una interrupción inesperada del ritmo nos obliga a aguzar los oídos.
Y fue así como interrumpí sin querer la lectura cuando, de repente, la música paró en mitad de un compás. No sabía qué pieza estaba tocando la banda en aquel momento, sólo noté que la melodía había cesado de golpe. Instintivamente levanté los ojos del libro. La multitud, que como una sola masa de colores claros paseaba entre los árboles, también daba la impresión de que había sufrido un cambio: de repente había detenido sus evoluciones. Algo debía de haber pasado. Me levanté y vi que los músicos abandonaban el quiosco de la orquesta. También eso era extraño, pues el concierto solía durar una hora o más. Algo debía de haber causado aquella brusca interrupción; mientras me acercaba, observé que la gente se agolpaba en agitados grupos ante el quiosco de música, alrededor de un comunicado que, evidentemente, acababan de colgar allí.
Tal como supe al cabo de unos minutos, se trataba de un telegrama anunciando que Su Alteza Imperial, el heredero del trono y su esposa, que habían ido a Bosnia para asistir a unas maniobras militares, habían caído víctimas de un vil atentado político.
(…)
Recuerdo que en mi último día de estancia en Baden paseé con un amigo por los viñedos y un viejo leñador nos dijo:
- No hemos tenido un verano parecido desde hacía mucho tiempo. Si sigue así, tendremos una cosecha nunca vista. ¡La gente recordará este verano!
Aquel viejo con delantal blanco de tonelero no sabía qué verdad tan terrible encerraban sus palabras.


Y es que poco a poco, ese verano de 1914 se fue calentando hasta que en agosto llegó la deflagración conocida entonces como Gran Guerra y unos años más tarde, como I Guerra Mundial.

Como una broma de la Historia, o intencionado por los políticos, no lo sé, lo que empezó un 28 de junio, finalizó (formalmente) otro 28 de junio, cinco años más tarde, con la firma del Tratado de Versalles.

Sin embargo, nada sería como antes: como tituló Stefan Zweig, se trataba, ya, del mundo de ayer.

Créditos:
Transcripción parcial del inicio del capítulo Las primeras horas de la Guerra de 1914, de la obra El mundo de ayer. Memorias de un europeo de Stefan Zweig, según traducción de Joan Fontcuberta y Agata Orzeszek, en edición de Acantilado (pp. 275-277 y 280)

Ilustración del asesinato del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, tomada de historiasiglo20.org

Nota: aunque sigo sin encontrar la foto a que hago referencia en la anotación de 2009, sí me ha localizado y entregado mi hermano el libro comentado en la de 2008 (la ausencia del ISBN se debe a que aún no estaba en aplicación).