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martes, 27 de enero de 2015

En la esperanza de convertir las espadas en rejas de arado

Nuestro viaje hacia aquí, a Oviedo, capital de Asturias, España, lo iniciamos mis compañeros y yo en Jerusalén, capital de Israel, santa para las tres religiones. Allí declamaron nuestros profetas y establecieron valores eternos para la existencia del hombre, valores que se convirtieron en la columna vertebral de la moral en la civilización occidental. Valores que se derrumbaron en el transcurso del Holocausto.

Pronuncio estas palabras ante ustedes hoy, precisamente en la lengua de los profetas, la lengua hebrea. En esta lengua rezaron nuestros padres y nuestras madres. En esta lengua clamaron multitud de ellos «Shema Israel» («Escucha Israel»), antes de ser asesinados en las cámaras de gas, en las fosas de fusilamiento y en los guetos (…) Durante nuestro viaje de Jerusalén a Oviedo, sobrevoló nuestro avión Europa, en la que fueron asesinados sistemáticamente seis millones de mis hermanos y hermanas. Sus vidas fueron segadas, la totalidad de su legado, sus obras y su cultura destruidos. Ello, principalmente por una ideología racista destructiva basada en el odio hacia los judíos y el antisemitismo. Se creó una nueva realidad sin precedentes en la historia de la humanidad. El estudio del curso del Holocausto da sentido a las palabras de Eli Wiesel: «No todas las víctimas eran judías, pero todo judío era víctima».

Seis millones asesinados. Una cifra inconcebible. Sin embargo, nuestra obligación es intentar concebirla. Cuando desgrano esa cifra de «seis millones» convirtiéndola en mi abuelo y mi abuela de Polonia, mis tíos y mis tías y sus hijos pequeños, personas de verdad, de carne y hueso, que nunca conocí y que nunca conoceré ya, entonces empiezo a concebir la magnitud de la pérdida.

Nahum Fridovitch, hombre de negocios judío, de la ciudad de Grodno en Polonia, fue expulsado con su familia a un gueto. En 1943 se encontró frente a un dilema existencial: sus familiares habían preparado un escondite a salvo de las acciones asesinas de los alemanes. Pero la posible salvación de todos ellos corría peligro por el llanto de tres niños pequeños, dos de ellos nietos suyos. ¿Quién se iba a sacrificar para quedarse con los bebés? El abuelo Nahum decidió quedarse. Quedarse expuesto y acompañar a los niños en su inevitable camino hacia la muerte. La mayor parte de sus parientes fueron descubiertos por los alemanes más tarde, y fueron asesinados también. Sólo uno de los nietos de Nahum, un joven de 15 años, consiguió sobrevivir. Durante año y medio aproximadamente, aquel joven, Félix Zandman de nombre, encontró refugio en un pequeño agujero bajo la casa de Yan y Yanova Pujalsky, una familia polaca cristiana. Al finalizar la guerra, no buscó venganza ni desesperó de este mundo. En cambio, decidió Félix Zandman... construir: cursó estudios superiores, fundó una familia, inventó tecnologías y emprendió actividades económicas fecundas en tres continentes. Pero no hay día en que no sienta dolor por el asesinato de sus familiares. Félix Zandman, nieto de Nahum Fridovitch, en paz descanse, está aquí con nosotros hoy.

Nos acompañan también otros supervivientes. Todos ellos se han unido a nosotros con toda lealtad para conservar la memoria del Holocausto e interiorizar su significado. Cada uno de ellos vivió en el transcurso del Holocausto tramas existenciales terribles y desgarradoras. No obstante, tras la liberación decidieron escoger la vida. En nombre de los aquí presentes, en nombre del pueblo judío, y si se me permite, en nombre de los hombres civilizados de todas las naciones, valga mi saludo a vosotros, los supervivientes, y mi reconocimiento por vuestra elección. Sois testigos de la brecha del pasado y guiáis el camino hacia el futuro.

[…] En 1953, el Estado de Israel fundó Yad Vashem. Lo hizo para dejar constancia, documentar, investigar y hacer oír la historia del Holocausto (...) En la muerte de los caídos no hay consuelo ni sentido... a menos que asumamos, temerosos de Dios, una responsabilidad histórica: recopilar del fondo de los armarios y los cajones las cartas, los objetos, la creación intelectual, que expresan la identidad de las víctimas que fueron creados a imagen y semejanza. Recuperar las facciones de su rostro, anotar sus nombres. Formar a generaciones de educadores para que enseñen cómo estudiar el Holocausto, y cómo aprender de él. Y con todo ello fundar Yad Vashem, para proporcionar un escenario y dar forma a la historia de esta brecha y al eclipse de la luz en la que el asesino asesinó, la víctima luchó por la supervivencia con humanidad, el vecino vio y calló y sólo unos pocos intentaron salvar.

Esos pocos bienhechores de las naciones del mundo pusieron su vida en peligro y a veces la de sus familias, para garantizar que en la más profunda oscuridad brotaran algunos rayos de luz. Ellos son «los justos entre las naciones», valedores de la virtud por los que se ha acuñado un nuevo concepto en la cultura de la humanidad, entre los que encontramos también a españoles. Recordamos y conmemoramos sus actos y les saludamos.

Al extender nuestra mano con humildad y agradecimiento para recibir el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, nos embarga la sensación de una misión conjunta, expresión del creciente reconocimiento de que la memoria del Holocausto debe encontrar su justo lugar en la cultura de la humanidad.

En este premio hallamos la victoria de la tolerancia sobre el racismo, del amor sobre el odio, del bien sobre el mal. No sólo la maldad nazi histórica, específica y única, sino también la maldad que sobrevive y se renueva en nuestros tiempos del antisemitismo, el racismo y la xenofobia, en todo el mundo. Nuestro mundo no puede ya tolerar ni sufrir, a comienzos del siglo XXI, un genocidio como el que está sucediendo estos días en Darfur.

Al decidir conceder a Yad Vashem el premio, la Fundación Príncipe de Asturias manifiesta y proclama que la lucha contra los que siguen el camino de los nazis no compete únicamente a un organismo, a un pueblo o a una religión. Se trata de una lucha conjunta de toda la humanidad, en la que Yad Vashem desempeña una función primordial de vanguardia.

Dentro de poco mis compañeros y yo volveremos a «nuestro» monte, el monte de la memoria, en Jerusalén. En nuestras manos ostentaremos y mostraremos ante todos el premio que nos han otorgado. Volveremos a Israel reforzados por la esperanza de que la memoria del Holocausto sigue calando, ahora con mayor vigor, en la conciencia internacional, y gracias a esto, estamos más cerca de que se cumplan las palabras de los profetas: «Y convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; nación contra nación no alzará espada, ni se adiestrarán más para la guerra».

[En el 70º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Bikernau.]

Créditos:
Extracto del discurso pronunciado por Avner Shalev, presidente del Yad Vashem (Museo del Holocausto, de Jerusalén), con motivo de la recepción por dicha institución del Premio Príncipe de Asturias a la Concordia 2007, tomado de lo publicado en ABC el 27 de octubre de 2007, de la hemeroteca del autor.

lunes, 27 de enero de 2014

Memoria de barbarie histórica


Créditos:
Fotografía del monumento contra la barbarie nacionalsocialista, junto a la antigua Paulskirche, en Fráncfort del Meno, en enero de 2014, del autor.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Blindemos los cristales

Esta noche se cumplen 75 años de la Noche de los cristales rotos, pogromo que, a su propia maldad (que ya se mostraba desde unos años antes), añadió la de ser un paso (más) en el camino del Holocausto. Camino que, desgraciadamente, siempre hay quien quiere recorrer, aunque sea de palabra, incluso en donde menos se pudiera esperar.

Aquella noche, una de las sinagogas que fue atacada era la Neue Synagoge, en la Oranienburger Strasse de Berlín. En una de las placas que hay en su fachada recordando lo sucedido se hace una llamada a no olvidar aquellas brutalidades.

No obstante, quiero llamar la atención sobre la otra placa, donde destacan las palabras «Willen» y «Freunde», ‘voluntad y ‘amigos’.

Que es lo que, sin olvidar el pasado, permite construir el futuro.

Créditos:
Fotografías de la Neue Synagoge de Berlín, (atacada durante la Kristallnacht y terminada de reconstruir en 1995), y de una de las placas de recuerdo en su fachada, en enero de 2010, del autor.

martes, 28 de septiembre de 2010

Una piedra… frente al camino del olvido

Con el inicio del día, S.Cid nos ha recordado el centenario del nacimiento de Ángel Sanz Briz, ilustre desconocido español… para los españoles.

Diplomático español que sirvió en Hungría entre junio y diciembre de 1944. Al ser conquistado el país por Alemania en marzo de 1944, los países neutrales no reconocieron al nuevo gobierno presidido por Dome Sztojay, y España sustituyó a su embajador por un encargado de negocios, A.S.B. (Ángel Sanz Briz), quien llegó a Budapest en junio de 1944. A.S.B. mantuvo continuamente informado a su ministerio en Madrid sobre el trato a los judíos y la legislación antisemita. En agosto de 1944 mandó una copia de los Protocolos de Auschwitz y describió los preparativos para sesinar al judaísmo húngaro. (…)
Durante ese verano, las organizaciones judías de Estados Unidos pidieron a los Aliados que tomaron medidas efectivas para salvar judíos. Uno de estos pedidos se refería a 1.684 judíos de Budapest, sobre cuya libderación estaba negociando con Adolf Eichmann el Comité de Ayuda y Salvamento de Hungría. Cuando se autorizó su salida, esos refugiados necesitaron obtener de inmediato visas para un país neutral. A.S.B. transmitió a Madrid la súplica de los líderes del Comité de Budapest, Otto Komoly y Rezso Kastner, de que España otorgase esas visas y el pedido fue aceptado. (…)
A.S.B. utilizó una disposición del gobierno nacionalista de Primo de Rivera (1923-1930), que otorgaba la ciudadanía española a los judíos sefaradíes (sic) descendientes de los que fueron expulsados de España en 1492, y obtuvo permiso para ampliar su protección sobre ellos y gestionar su ‘repatriación’. Al parecer se trataba sólo de 300 personas, pero una vez concedido los permisos y haber comprobado que se podía proteger a españoles que vivían en Hungría, amplió su protección a más de 2.000 personas. (…)
A.S.B. consiguió salvar a 30 de sus protegidos de la marcha de la muerte organizada por los nazis a fines de ese año, y los devolvió a Budapest.


Lo anterior es un extracto del artículo dedicado a Ángel Sanz Briz en Shoá. Enciclopedia del Holocausto, tomado de su edición en español de 2004, enciclopedia coordinada por Robert Rozett y Shmuel Spector, de Yad Vashem, Autoridad isaraelí de Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto.

Una de las actividades que desarrolla Yad Vashem es recordar a aquellos que trabajaron arduamente, con riesgo incluso de su vida, para salvar judíos del destino que les estaba esperando en esos años del Holocausto. La distinción oficial a los no judíos que así actuaron, lo es bajo la denominación de Justo de las Naciones.

El 21 de octubre de 1991, en el Museo de Yad Vashem, tuvo lugar el acto de homenaje a Ángel Sanz Briz, a quien se le había reconocido como Justo de las Naciones. Lo triste es que la noticia no tuvo gran repercusión en España, como se muestra en que al día siguiente ABC publicaba simplemente la noticia de la agencia Efe.

Más triste aún es que para entonces Ángel Sanz Briz ya había fallecido (en junio de 1980), y las referencias biográficas se centraron en su carrera diplomática, no mencionando siquiera su estancia en Budapest.

Sí tuvo más repercusión el homenaje que el 16 de octubre de 1994 se le hizo en dicha ciudad, coincidiendo con el cincuentenario de la mayor intensidad del Holocausto. ABC desplazó incluso un enviado especial, y además de la noticia publicada al día siguiente, dedicó una doble página el mismo día 16 en recuerdo de Ángel Sanz Briz.

Entre lo publicado estos días, podemos leer:
Sanz Briz había recibido órdenes desde Madrid de proteger a los judíos perseguidos. Aquel cometido se convirtió casi en una obsesión y los desvelos del diplomático español (que casi tres décadas después se convirtió en el primer embajador español en la China de Mao) para evitar las detenciones y deportaciones en el seno de la comunidad judía superaron los resultados esperados.
(…) Gracias a un grupo de sefardíes, consiguió adquirir en régimen de alquiler nueve edificios en los que el principal parapeto era el lema «Anejo a la Legación de España. Edificio extraterritorial». (…) Un teléfono, un coche, toneladas de valor y cientos de horas en vela hicieron el resto.
A cualquier hora del día o de la noche, en la misión diplomática española se recibía una llamada telefónica, breve, casi telegráfica, en la que se anunciaba una dirección y unos nombres. Inmediatamente, un coche partía de la sede hacia esa calle de Budapest, y tras tomar las precauciones obligadas, el vehículo se llenaba de personas.


Sanz Briz empezó a multiplicar los 200 permisos de protección arrancados al gobierno húngaro. Había sido su primer triunfo. El reconocimiento húngaro de que había sefardíes. Luego, «aquellos 200 permisos los convertí en 200 familias y, después, las familias se multiplicaron indefinidamente por el procedimiento de no extender ningún pasaporte con número superior al 200». Sólo las series cambiaban.

Alguno de los edificios fueron alquilados con dinero propio de Ángel Sanz Briz. Tal vez lo fuera el del número 29 de la Ujpesti Rakpart, casa junto al Danubio y al Parque de San Esteban, en donde se colocó la placa conmemorativa de las acciones salvadoras de Ángel Sanz Briz.

Precisamente, el edificio en el que se refugiaron una madre y sus dos hijos que, arriesgando todo, se decidieron a cruzar las calles de Budapest para llegar hasta la legación de España para pedir protección. Once años tenía uno de los hijos, entonces llamado Helmut Jacques Vándor, y desde poco después, Jaime Vándor. “«Cuando los ‘hombres de negro’ irrumpían en aquella vivienda con el propósito de detenernos para deportarnos nuestra única esperanza era Ángel Sanz Briz», afirma Jaime Vándor (…) «Mi familia estará eternamente agradecida tanto a él como a su mujer, Adela»

Y cuando no llamaban a la Legación, o se presentaban ante sus puertas, salían a buscarlos: “«Por las noches se iba a las estaciones de tren y gritaba: ¿Hay alguien aquí que tenga algo que ver con España? Y los traía a estos edificios», declaró ayer a ABC uno de los supervivientes.

Como he dicho, con motivo de su fallecimiento, nadie recordó estas heroicas actuaciones de Ángel Sanz Briz. Curiosamente, ni su propia familia las reflejó en la esquela publicada en ABC. Tal vez, como eran los que mejor lo conocían, supieran que él no considerara mayor mérito el haber hecho aquello que Dios le indicó que era bueno hacer. Tal vez. Tal vez esas “otras condecoraciones”, aún faltando años a los reconocimiento ofciales, se refirieran, discretamente, a los recuerdos de esas 5.000 personas que consiguió salvar.

El Yad Vashem fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias a la concordia en 2007. En el acto estuvieron presentes, entre otros, Jaime Vándoz, y Zygmunt Rotter, en su momento, el número 610 de la más famosa lista de judíos salvados, la de Schlinder. Adela Quijano Secadas, viuda de Sanz Briz, no pudo acudir por encontrarse débil ya que un año antes había sufrido un infarto, aunque sí fueron sus hijos. Lamentablemente, poco más de un año después, el 18 de enero de 2009, fallecía con casi 91 años. Tampoco en sus recuerdos biográficos se hizo reseña de las actividades desplegada en Budapest.

Es una pena que mi marido no haya podido recoger en vida todo el agradecimiento que su valiente labor ha provocado en tanta y tanta gente”, había declarado en 1994 Adela Quijano Secades.

Al final de la película La lista de Schlinder, sobre su tumba, una sucesión de supervivientes de su lista depositan una pequeña piedra. Este detalle responde, según leo en Shoá. Enciclopedia del Holocausto, a la “ancestral tradición judía de colocar una pequeña piedra sobre una tumba que se visita”.

Hay un refrán que dice que “Toda piedra hace pared”. Aplicando el refrán español y la tradición judía, sirva esta anotación como recuerdo a Ángel Sanz Briz, y apoyo frente al olvido y desprecio del Holocausto.

Créditos:
Transcripción parcial del artículo dedicado a Ángel Sanz Briz, y fotografía de éste, tomadas de Shoá. Enciclopedia del Holocausto.

Imagen de la noticia publicada en ABC el 22 de octubre de 1991, dando cuenta del reconocimiento de Ángel Sanz Briz como Justo de las Naciones.

Transcripciones parciales de los artículos de Álvaro Martínez y de las crónicas de Ramiro Villapadierna, enviado especial a Budapest, publicados en ABC los días 16 y 17 de octubre de 1994, con motivo del homenaje del gobierno húngaro a Ángel Sanz Briz.

Fotografía de Ángel Sanz Briz, del Archivo de ABC, y del saludo a su viuda, publicadas esos mismo días; y de Adela Quijano Secadas, del Archivo de ABC, publicada con motivo de su fallecimiento.

Esquela de Ángel Sanz Briz publicada en ABC el 15 de junio de 1980.

Las imágenes y noticias de ABC están tomadas de su hemeroteca en internet.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Un diario para una eternidad

12 de junio de 1942
Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que seas para mí un gran apoyo.
(…)

14 de junio de 1942
Lo mejor será que empiece desde el momento en que te recibí, o sea, cuando te vi en la mesa de los regalos de cumpleaños (porque también presencié el momento de la compra, pero eso no cuenta).
El viernes 12 de junio, a las seis de la mañana ya me había despertado, lo que se entiende, ya que era mi cumpleaños. Pero a las seis todavía no me dejan levantarme, de modo que tuve que contener mi curiosidad hasta las siete menos cuarto. Entonces ya no pude más: me levanté y me fui al comedor, donde Moortje, el gato, me recibió haciéndome carantoñas.
Poco después de las siete fui a saludar a papá y mamá, y luego al salón, a desenvolver los regalos; lo primero que vi fuiste tú, y quizá haya sido uno de mis regalos más bonitos. Luego un ramo de rosas y dos ramas de peonías. Papá y mamá me regalaron una blusa azul, un juego de mesa, una botella de zumo de uva que a mi entender sabe un poco a vino (¿acaso el vino no se hace con uvas?), un rompecabezas, un tarro de crema, un billete de 2,50 florines y un vale para comprarme dos libros. Luego me regalaron otro libro, La cámara oscura, de Hildebrand (pero como Margot ya lo tiene he ido a cambiarlo), una bandeja de galletas caseras (hechas por mí misma, porque últimamente se me da muy bien eso de hacer galletas), muchos dulces y una tarta de fresas hecha por mamá. También una carta de la abuela, que ha llegado justo a tiempo; pero eso, naturalmente, ha sido casualidad.


De esta manera empieza Ana Frank su diario, justo el día de su cumpleaños, estrenando así su primer regalo del día.

Estaba muerta de cansancio, y aunque sabía que sería la última noche en que dormiría en mi cama, me dormí en seguida y no me desperté hasta las cinco y media de la mañana, cuando me llamó mamá. (…) Todos nos pusimos tanta ropa que era como si tuviéramos que pasar la noche en un frigorífico, pero era para poder llevarnos más prendas de vestir. (…)
A las siete y media también nosotros cerramos la puerta a nuestras espaldas. Del único del que había tenido que despedirme era de Moortje, mi gatito, que sería acogido en casa de los vecinos, según le indicamos al señor Goldschmidt en una nota.
Las camas deshechas, la mesa del desayuno sin recoger, medio kilo de carne para el gato en la nevera, todo daba la impresión de que habíamos abandonado la casa atropelladamente. Pero no nos importaba la impresión que dejáramos, queríamos irnos, solo irnos y llegar a puerto seguro, nada más.


Así cuenta Ana, en una anotación del 8 de julio de 1942, cómo dos días antes, el lunes 6 de julio, abandonaron su casa, y huyeron para esconderse, pues justo ese domingo su padre, Otto, había recibido una citación de las SS.

Cuando se fijan tanto en mí, primero me pongo arisca, luego triste y, al final, termino volviendo mi corazón, con el lado malo hacia fuera y el bueno hacia dentro, buscando siempre la manera de ser como de verdad me gustaría ser y como podría ser… si no hubiera otra gente en este mundo.

De este modo terminaba Ana la anotación correspondiente al 1 de agosto de 1944. Por desgracia, tenía razón en lo de la ‘otra gente’.

Esa ‘otra gente’ llegó tres días después, sobre las diez o diez y media de la mañana.

De las ocho personas escondidas en el ático de Prinsengracht 263, en Ámsterdam, sólo Otto Frank sobrevivió al paso por los campos de concentración y de exterminio.

Regresó a Ámsterdam el 9 de junio de 1945, nueve días antes de que su hija Ana cumpliera dieciséis años.

Le impidieron cumplirlos, pero nunca impedirán el recuerdo de esa chiquilla que mantendrá su edad entre trece y quince años, por toda la eternidad.

Créditos:
Transcripciones del Diario, de Ana Frank, según traducción de Diego Puls, del texto completo de la versión crítica del Instituto Holandés de Documentación de Guerra de 1986, en edición de DeBols!llo.
Fotogramas de la película El diario de Ana Frank, dirigida en 1959 por George Stevens.

domingo, 11 de abril de 2010

En ningún tiempo… si luchamos por ello

Como ya comenté en su día, tengo un pequeño juego con mi proveedor oficial de libros, haciendo uso de unas listas de libros que constan tanto de libros propiamente encargados, como de libros que se proponen, cuya elección recae en mi librera.

En la lista de la que hablo en la referida anotación, figuraba un libro que, en ese momento, se encontraba si no descatalogado, sí fuera de los circuitos normales de distribución. Consecuencia de ello fue que me quedé sin él, claro.

El pasado martes, regresando hacia casa con mi hijo, desde el centro de Valencia, pasamos junto a una tienda especializada en tebeos, cómics, historias gráficas, o como queramos llamarlos, así como en material vinculado a ellos, como por ejemplo, figuras, carteles y juegos de cartas. Mi hijo quiso entrar para ver si encontraba algo que le gustaba, y… yo fui detrás de él. Con el resultado de que nada más entrar, vi sobre el expositor el libro que no pude comprar hace casi cuatro años.

En mayo del pasado año, recibí un pedido que había hecho poco antes a Barnes&Noble. Uno de los libros del pedido era Hitler triumphant. Alternative decisions of World War II, volumen a cargo de Peter G. Tsouras, recopilatorio de diversos trabajos que recrean el “What if…?” centrado en situaciones que hubieran podido conducir a un triunfo de Hitler en la II Guerra Mundial, redactados por historiadores militares, como es también el editor del volumen. Cada trabajo desarrolla una situación histórica real, y la desarrolla considerando que se tomaron unas decisiones en vez de otras, con el resultado ya dicho. Se finaliza el trabajo volviendo a la realidad, comentando las diferencias entre ésta y lo narrado.

Este resultado imaginario, aquí planteado en un terreno militar por historiadores militares, se presentan novelado en la novela de Philip K. Dick que lleva por título The Man in the High Castle, escrita en 1962 y ganadora al año siguiente del premio Hugo, aun no siendo propiamente una novela de ciencia-ficción.

En España, el título de la novela fue traducido como El hombre en el castillo, y este año 2010 ha sido nuevamente editado por Minotauro en su colección Clásicos Minotauro. Esta novela es precisamente la que pude comprar el martes, casi cuatro años después. Y anoche empecé a leerla.

En el escenario que plantea Dick los vencedores de la II Guerra Mundial, en 1947, son Alemania y Japón, con la consecuencia de que los Estados Unidos han sido ocupados por la potencias vencedoras, repartiéndose entre ellas el territorio.

La novela empieza en 1962, justo el año de su publicación, en San Francisco, bajo el dominio japonés. Uno de los personajes, convencido de que va a ser despedido de su trabajo, se plantea el exilio:

Podía, por ejemplo, irse a vivir a los Estados de las Montañas Rocosas. Pero esas gentes tenían cierta relación con los Estados del Pacífico y eran capaces de atender una solicitud de extradición. ¿Y el Sur? Se estremeció. Oh, eso no. Allí, la posición de los hombres blancos era superior, pero no quería esa clase de posición.
Y además el Sur tenía una cantidad de lazos económicos, ideológicos, y otros poco conocidos con el Reich. Y Frank Frink era judío.


En su momento se recordó en estas páginas la liberación del campo concentración y exterminio de Auschwitz/Bikernau (cuyo letrero fue recuperado a los pocos días de ser robado)

Y es que las situaciones imaginadas, sea por historiadores sea por novelistas, no se han producido, y se han quedado en el terreno de la ucronía. Sin embargo, estos trabajos pueden resultar muy útiles aun cuando sea sólo para ver lo cerca que se pudo estar de que la Historia cambiara por completo. Echo en falta, o al menos, no conozco, trabajos en la línea del “What if…?” que ilustren cómo hubiera podido evitarse el estallido de la II Guerra Mundial, pero de verdad, no en el estilo buenista de Neville Chamberlain.

Y es que estos trabajos nos podrían ilustrar sobre cómo actuar. Porque, aunque pueda resultar inconcebible, los hay que siguen trabajando para conseguir una reversión de la Historia, aunque sea parcial.

Frente a éstos, pues, nos toca insistir en la evidencia, y trabajar para que lo que aprenda la inmensa mayoría de la gente, por ejemplo, es que se necesitó de una terrible guerra para, entre otras cosas, hace justo 65 años, liberar el campo de concentración de Buchenwald.

Créditos:
Portada de Hitler triumphant. Alternative decisions of World War II, volumen a cargo de Peter G. Tsouras, editado por Greenhill Books, de Londres, en 2006.
Portada de El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, en edición de Minotauro, en 2010, y transcripción tomada del capítulo 1, según traducción de Manuel Figueroa.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Somos como todo el mundo,… todos

En su momento, publiqué una anotación sobre el recuerdo del Holocausto. En ella comentaba el robo del letrero que coronaba la entrada al campo de concentración de Auschwitz. Acompaño la imagen de la noticia publicada el día 19 de diciembre último en ABC.

Al final del cuerpo de la noticia se dice que “(el letrero) debe volver a su lugar para que, generación tras generación, el mundo recuerde que cuando la maldad y el horror se materializan en forma de totalitarismo, no conoce límites.

Un mes más tarde, publiqué otra anotación donde comentaba situaciones y hechos que venían a demostrar que el mundo ha decidido olvidar “la maldad y el horror”, y que en esta generación ya no es inhabitual (por no calificarlo de otra manera) la presencia de individuos que recuerdan lo sucedido, pero con nostalgia.

Uno de los libros que me traje de Berlín con motivo de mi reciente viaje, adquirido en el Jüdisches Museum, es Shoá – Enciclopedia del Holocausto, cuya portada adjunto, y en la que, como fondo, figura el cínico lema, en este caso, el del portón de Dachau.

Está claro que individuos como los nefastos protagonistas de las noticias de que me hacía eco en mi anotación de hace una semana son incapaces de aprender nada bueno leyendo dicha Enciclopedia, la cual, desgracidamente, aun con 584 páginas, solo da una mínima idea de lo que supuso el Holocausto.

No deja de tener una cierta frialdad la sucesiva enumeración de datos que es lo que implica una Enciclopedia. Pero es el frío del abismo.

Una pequeña aproximación a lo que ello supuso la podemos tener recordando todo aquello de lo que, en este mes de marzo recién iniciado, se cumple un aniversario:

1933:
- establecimiento del primer campo de concentración bajo el régimen nazi en Alemania, el de Dachau.
- dos meses después de llegar al poder el gobierno nazi, se empiezan a promulgar las primeras leyes antijudías, cumlminando con la Ley para la Restauración del Servicio Público Profesional, “la cual legalizaba el despido de empleados públicos ‘no-arios’, y también constituyó un precedente para la exclusión de judíos de otros cargos”.
- el Reichstag alemán cede su poder y autoridad al gobierno nazi.
- el día 31 llega el primer grupo de prisioneros al campo de concentración de Oranienburg, el cual “se hizo rápidamente famoso por los tratos extremadamente duros que sufrían los prisioneros”.
1938:
- invasión de Austria por las tropas del Reich nazi (día 11), posterior anexión (Anschluss), y clausura de las organizaciones judías y arresto de sus dirigentes.
1939:
- invasión de Checoslovaquia por las tropas del Reich nazi.
1940:
- establecimiento de Gusen, campo satélite de Mauthausen, “para compensar el crecimiento descomunal de éste”.
1941:
- Himmler ordena la construcción de la segunda sección de Auschwitz, conocida como Bikernau, propiamente ya, campo de exterminio.
- se establece un gheto en la parte sur de Cracovia, rodeado por un muro y una cerca de alambre de púa el día 20. “Los judíos que quedaban en la ciudad fueron confinados dentro de él, junto con varios miles provenientes de comunidades cercanas”.
1942:
- comienzan a llegar diariamente los trenes de prisioneros a Auschwitz (algunos días, varios trenes)
- el día 19 los nazis inician una operación de terror en el gheto de Cracovia, con la deportación a Auschwitz de medio centenar de los más destacasdos intelectuales del gheto.
1943:
- deportación de unos 2.000 trabajadores del gheto de Cracovia al campo de Plaszow, y posterior liquidación del gheto (días 13 y 14), asesinando en él a unas 700 personas y deportando a las restantes 2.300 a Auschwitz (en el verano de 1942 aún vivían en el gheto unas 12.000 personas)
- se interrumpen las deportaciones al campo de exterminio de Chelmno (primer campo en el que se utilizó de modo industrial el gas para exterminar a los prisioneros) “ya que todos los judíos en el Wathergau, con excepción de aquellos que aún quedaban en el gheto de Lodz, habían sido exterminados. El campo fue desmantelado”
1945:
- fallecen de tifus en Bergen-Belsen las hermanas Margot y Ana Frank.

Sin embargo, todo esto no es nada frente al testimonio de aquellos que lo sufrieron, como, por ejemplo, Primo Levi y Liana Millu.

Del libro de Primo Levi recojo dos textos, según traducción de Albert Fuentes:

Uno es el principio del artículo “Deportados. Aniversario”, publicado en abril de 1955, con motivo de cumplirse los diez años de la Liberación:
Pasados diez años desde la liberación de los Lager, resulta triste y significativo tener que constatar que, al menos en lo que concierne a Italia, el asunto de los campos de exterminio, lejos de haberse convertido en historia, se encamina al más completo olvido.
(…)
Es delicado, hoy, hablar de los Lager. Uno corre el riesgo de ser acusado de victimismo, o de amor gratuito por lo macabro, en la mejor de la hipótesis; en la peor, de mentir simple y llanamente, o quizá de atentar contra el pudor.
¿Puede justificarse este silencio? ¿Debemos tolerarlo los supervivientes? ¿Deben tolerarlo aquellos que, fulminados por el espanto y el rechazo, asistieron, entre golpes, insultos y gritos inhumanos, a la marcha de los vagones precintados, y, años más tarde, al regreso de los poquísimos supervivientes, quebrantados en cuerpo y espíritu? ¿Es justo que se considere cumplido el deber de prestar testimonio, deber que hasta hace poco se percibía como una necesidad y como una obligación inaplazable?
Sólo puede darse una respuesta. No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará? No por cierto los culpables y sus cómplices. Si faltase nuestro testimonio, en un futuro no lejano las proezas de la bestialidad nazi, por su propia enormidad, podrían quedar relegadas al mundo de las leyendas. Hablar, por tanto, es preciso.
Y sin embargo prevalece el silencio.


Y el otro es el final del artículo “Aquel tren con destino a Auschwitz”, publicado a mediados de 1979:
Esta es la experiencia de la que salí, y que me ha marcado profundamente; su símbolo es el tatuaje que todavía llevo en el antebrazo; mi nombre de cuando no tenía nombre, el número 174517. Me ha marcado, pero no me ha quitado el deseo de vivir; es más, me lo ha acrecentado, porque ha conferido un objetivo a mi vida, el de dar testimonio, a fin de que nada semejante ocurra de nuevo. Y éste es el objetivo que persiguen mis libros.

Estas obras ya las comentaré cuando, en vez de hojearlas, las lea, pero de momento, teniendo estremecedoramente presente lo que me comentó hace poco una persona (“En Europa ya se puede volver a morir por ser judío”), podemos finalizar con una evidencia, pronunciada por uno de los protagonistas de El camino del Norte, novela que estoy leyendo actualmente:

Pero si no decís que sos judío, nadie se da cuenta, somos como todo el mundo. Y es que somos de verdad como todo el mundo.

miércoles, 24 de febrero de 2010

¿Seguro que no es lo mismo?

En la última anotación recordaba la tragedia del Holocausto.

Lamentablemente, cuatro semanas después, se están produciendo sucesos que nos recuerdan los prolegómenos de la tragedia.

Ayer se publicaba la noticia de que en la tan civilizada Suecia, en concreto en Malmö, hace tiempo que vienen produciéndose diversos ataques contra la comunidad judía allí residente, generando tal miedo en ella que se estima en unas 30 familias las que ya han emigrado a otros puntos de Europa o incluso Israel.

Hoy, en cambio, no tenemos que irnos muy lejos: hemos conocido que a principios de mes en plena Castellana de Madrid una mujer atacó a un muchacho sólo por ser judío. Este muchacho también se plantea el exilio emigrando a Israel.

Junto al Jüdisches Museum de Berlín, formando parte de él, se encuentra el denominado Jardín del Exilio, en recuerdo tanto de las históricas diásporas como de la fundación del estado de Israel, a través de 49 pilares, resultado de los 48 del año de la fundación (1948), más uno por Berlín.

No olvidar lo sucedido hace años tiene por objeto aprender de ello para, precisamente, evitar que se repita. Sin embargo, parece que hay quienes no olvidan porque no quieren aprender nada.

Pues no olvidemos que es nuestra obligación aprender que el silencio de entonces acabó roto por gritos de horror, y que por tanto, ahora no hay que callar: sin gritos, pero firme y tajantemente, no sólo hay que condenar estas actuaciones sino dejar bien claro que sus autores nos tendrán activamente frente a ellos.

miércoles, 27 de enero de 2010

Aprender de lo inolvidable

Cuando hace cuatro meses, el pasado 27 de septiembre, penúltimo día de nuestra estancia en Venecia, me acerqué a la consigna del Museo Correr a recoger las bolsas que había depositado, consecuencia de las compras realizadas en la tienda del Palacio Ducal, la muchacha que me atendió me hizo un gesto aprobatorio respecto del libro que se apreciaba gracias a la parte transparente de la bolsa. La portada del libro es la que acompaña estas líneas.

Por el ghetto de Venecia, según parece el más antiguo de Europa, paseamos durante un rato nuestra primera mañana en Venecia. Allí, entre otros recuerdos u homenajes, se encuentra, en la calle Gheto Vechio (sic), la placa cuya foto adjunto, que, con “il ricordo dell’atrocissima offesa alla umana civiltà” llama, una vez más, “gli uomini tutti alla santa legge di Dio, ai sentimenti di fraternità e di amore che primo israele affermò fra i popoli”.

La atrocísima ofensa, como puede suponerse, fue el Holocausto desencadenado por el régimen nacionalsocialista contra la civilización humana, ensañándose especialmente con los judíos.

Una de las imágenes más significativas del mismo, incluso en su macabro cinismo, fue robada hace unas semanas (recuperada poco después): se trata del letrero que a la entrada del campo de concentración de Auschwitz y con el lema “El trabajo libera” («Arbeit Macht Frei»), recibía a quienes a él llegaban, aunque como estación de tránsito, para la inmensa mayoría, hacia Bikernau, ya propiamente, campo de exterminio.

En la guía visual editada por El País-Aguilar sobre Berlín, la reseña sobre el Centrum Judaicum, se inicia de la siguiente manera: “La entrada al Centro Judío se reconoce con facilidad por los policías que montan guardia frente a ella”. No sé quién habrá sido el redactor del texto, pero lo menos que se puede decir de esta frase es que es desafortunada.

Durante nuestras recientes estancias en Venecia y Berlín, salvo en los sitios excesivamente turísticos u oficiales, sólo hubo unas zonas donde observé la presencia destacada de la policía: en el ghetto veneciano y junto a centros judíos berlineses. Las fotos siguientes ilustran esta presencia, en Venecia, y en Berlín, en la Jüdisches Gemeindehaus, o Casa de la Comunidad Judía (donde, por cierto, una persona del centro nos preguntó, muy amablemente, sobre qué hacíamos en el patio privado del centro y qué fotos habíamos hecho).



La frase de marras de la guía es cierta (vimos cómo los policías se turnaban para entrar en calor a base de cafés en un bar cercano, ante el fresco que corría a las diez de la mañana), pero lo que describe no es anecdótico, sino realmente preocupante: setenta años después es necesario proteger, en Europa, centros judíos.

Sin embargo, tal vez haya quien se quede ya tranquilo con el hecho de que, coincidiendo con el aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz tal día como hoy de hace 65 años, se recuerda a las víctimas del Holocausto. Lo perpetrado contra la Humanidad vaciándola de la vida de más de seis millones de personas, más las de otros varios millones fallecidos durante la guerra, y muchos millones más afectados de por vida por ello, queda simbolizado artísticamente en la Grosse Hamburger Strasse, en su momento pleno barrio judío de Berlín, donde la destrucción por los bombardeos de la casa de los números 15 y 16, generó un hueco delimitado por las medianeras que se han mantenido en pie, y sobre las que se exponen placas referentes a los antiguos habitantes de la casa, con sus nombres y profesiones. La composición es obra de Christian Boltanski y se titula La casa desaparecida.

Quiera Dios que no tengamos que someternos nuevamente a una prueba semejante.