Mostrando entradas con la etiqueta Thomas Mann. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Thomas Mann. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de junio de 2013

Florido y hermoso, ¿mayo?

“¡Qué maravilla para la vista aquel verdor de los pastos después del blanco infinito! Había, además, otro verde que aún superaba en delicadeza y encantadora dulzura al de la hierba nueva. Eran los haces de agujas recién nacidas de los alerces. Hans Castorp, en sus obligados paseos, no podía evitar acariciarlos con la mano o frotar sus mejillas contra ellos, pues su frescura y su tierna suavidad eran irresistibles.


- Dan ganas de hacerse botánico –dijo el joven a su compañero–; ciertamente, se despierta el interés por esa ciencia por el mero placer que supone el despertar de la naturaleza después de un invierno aquí arriba. Eso que ves en la ladera de la montaña es genciana, y esto de aquí es un tipo de violeta que no conozco.Y aquí tenemos ranúnculos… Son todas muy parecidas dentro de la familia de las ranunculáceas, una planta preciosa, hermafrodita, por cierto. Mira, aquí hay un grupo de estambres y algunos ovarios, un androceo y un gineceo, según creo recordar. Me parece que acabaré comprándome algún libro de botánica para informarme un poco mejor sobre ese campo de la vida y de la ciencia. ¡Qué maravilla cómo se llena de colores la vida en primavera!
- En junio será mucho más bello –anunció Joachim–. La flora de estos prados es célebre.”


“El equinoccio de primavera había quedado atrás hacía tres meses, había llegado el solsticio de verano. Sin embargo, allí arriba, el año natural obedecía al calendario con cierto retraso: era ahora, en realidad, en estos días, cuando por fin reinaba un tiempo primaveral, una primavera aún fresca, ligera, sabrosa, carente de la pesadez del verano, con un resplandeciente cielo azul plateado y praderas tan cuajadas de flores multicolores como en los dibujos de un niño.
Hans Castorp encontró en las montañas las mismas flores que Joachim había colocado amablemente en su habitación a su llegada para darle la bienvenida: aquileas y campanillas, ahora eran las primeras y entonces habían sido las últimas de la temporada; un signo, para él, de que el año cerraba su ciclo. Toda suerte de formas  –estrellas, cálices, campanas… –, un prodigio de la vida orgánica, brotaban ahora entre la hierba nueva, de color esmeralda de los prados y las laderas de la montaña, llenando el aire soleado de olores y colores: macizos de glicinias y pensamientos silvestres, belloritas, margaritas, prímulas rojas y amarillas, mucho más grandes y hermosas de las que Hans Castorp creía haber visto nunca en el mundo de allá abajo, en la medida en que se había fijado en ellas; a ellas se sumaban las graciosas soldanelas, con esas campánulas que parecían rematadas en un volante, azules, púrpuras o rosadas, las flores típicas de aquella región.


Cogía de todas aquellas bellísimas flores y llevaba a su habitación ramos enteros, no sólo con fines decorativos, sino también más serios, pues se había propuesto un riguroso estudio de la botánica. Para ello se había hecho con un manual, una pequeña pala para extraer las plantas con raíz, un herbario, una potente lupa, y con todo esto se instalaba nuestro joven en la terraza, ya vestido de verano con uno de los trajes que había traído en la maleta desde el principio: un nuevo signo de que se había cumplido el ciclo del año.”

Ya llegó el 40 de mayo. Y, según parece, la primavera.


Y con ella, todas esas flores cuyo nombre desconozco, aunque, lo siento, no pueda hacer como Hans Castorp, y ponerme a estudiar botánica.




Créditos:
Extractos de La montaña mágica, de Thomas Mann,, según traducción de Isabel García Adanes (de 2005), tomados de la séptima reimpresión (septiembre de 2012) de la primera edición (abril de 2009), realizada por Edhasa como número 233 de su colección Pocket Edhasa (pp. 526-527 y 533)
Fotografías de diversas flores o conjuntos de flores, en distintas zonas de Valencia, la antevíspera del solsticio de verano de 2005, dela autor.

miércoles, 1 de mayo de 2013

De calendarios y vacaciones… mentales

“Eso había sido a principios de noviembre, en las proximidades de Todos los Santos.”

“Con todo, le parecía un poco prematuro hablar de Navidad antes del primer domingo de Adviento.”

“Hans Castorp no se hubiera sorprendido de que ya considerasen también la Navidad como una fecha pasada y hablasen directamente del Año Nuevo y el Carnaval...”

“La Pascua ya había pasado por el valle blanco, abril avanzaba y Pentecostés comenzaba a destacarse en el horizonte.”

Una de las características de La montaña mágica es el transcurso del tiempo, si bien, curiosamente, no se muestra por fechas concretas, sino, como muestran los ejemplos anteriores, por festividades (y, en su caso, por las estaciones del año).

Y teniendo en cuenta, además, que las festividades son, como se corresponde con una obra de un autor europeo, cristianas, es de temer que en cualquier momento se requiera de notas aclaratorias en las ediciones que se realicen en Bélgica.

Por cierto, salvo error, sólo se menciona en una ocasión una fecha concreta, y ni siquiera se refiere al día en que se sitúa la acción:
“- ¿Sabe que dentro de cinco días estaremos de nuevo a primero de mes? –oyó decir a Herminie Kleefeld dirigiéndose a dos jóvenes de su mesa (…)
- ¡Uno de octubre! Lo he visto en el calendario de la oficina.”

Y, desde luego, la que no se menciona es la del Primero de Mayo.

Actualización del 17 de mayo:
Si ayer fue jueves, esto no es Bélgica, sino Asturias.

Créditos:
Extractos de La montaña mágica, de Thomas Mann, según traducción de Isabel García Adanes (de 2005), tomados de la séptima reimpresión (septiembre de 2012) de la primera edición (abril de 2009), realizada por Edhasa como número 233 de su colección Pocket Edhasa (pp. 387, 389, 390, 502 y 317-318).

domingo, 17 de marzo de 2013

Lo/la corriente cerrando puertas

“(…) mientras dejaban los abrigos en las perchas del guardarropa, a la entrada del comedor. Luego entraron en la luminosa sala, de techo ligeramente abovedado, donde se oían el rumor de las voces y el golpeteo de los cacharros, y las criadas iban y venían llevando jarras humeantes.
(…)
De pronto, Hans Castorp se estremeció, irritado y ofendido. Acababan de dar un portazo, era la puerta de la izquierda que se abría directamente al vestíbulo; alguien había dejado que se cerrase sola o la había cerrado de golpe, y Hans Castorp odiaba aquel ruido desde hacía mucho tiempo. Tal vez ese odio provenía de su educación, tal vez constituía una idiosincrasia congénita; en suma, odiaba los portazos y la habría emprendido contra quien se permitiera darlos en su presencia. Además, la parte superior de aquella puerta era toda de pequeños cristales, lo cual hizo el impacto aún más ruidoso.
«¡Pero bueno! –pensó Hans Castorp, furioso–, ¿a qué viene ese maldito estrépito?»
Por otra parte, como en aquel momento la costurera le estaba dirigiendo la palabra, no tuvo tiempo de comprobar quién era el culpable. No obstante, unas arrugas aparecieron entre sus cejas rubias y su rostro se alteró con gesto de profundo desagrado mientras le contestaba.”

“Pasó una hora. Una hora normal, ni larga, ni corta. Al cabo de esta hora resonó un gong por toda la casa y el jardín, al principio lejos, luego más cerca, y finalmente, de nuevo lejos.
- El almuerzo – dijo Joachim, y se oyó cómo se levantaba.
También Hans Castorp dio por terminada su cura de reposo y entró en la habitación para arreglarse un poco. (…)
El comedor entero estaba inundado de un blanco resplandeciente: delante de cada cubierto había un vaso grande de leche, de medio litro al menos.
(…)
- Ahí vienen tus vecinos –le dijo Joachim en voz baja, inclinándose hacia él.
El matrimonio pasó muy cerca de Hans Castorp de camino a la última mesa de la derecha, la «mesa de los rusos pobres», (…) Hans Castorp los miró con una falta de consideración extraña en él y que a él mismo le pareció brutal; pero esa misma brutalidad le produjo de repente cierto placer. Sus ojos eran a la vez fríos y penetrantes. Cuando, al instante, la puerta de cristales de la izquierda se cerró con un enorme estrépito, al igual que durante el primer desayuno, Hans Castorp no se estremeció como antes, sino que tan sólo hizo una mueca de desidia; y, cuando fue a volver la cabeza hacia aquel lado, pensó que era demasiado esfuerzo y que no valía la pena. Así que tampoco esta vez pudo comprobar quién andaba dando portazos tan alegremente.”

Uno de los problemas que tiene el diseño del Templo de la Parroquia de los Mártires Valencianos son las puertas de acceso a la nave: son grandes, con marco metálico, que origina un molesto estruendo al llegar el correspondiente portazo cuando quien las franquea no acompaña suavemente su cierre.

Esto, naturalmente, sucede durante todas las misas, ya que la puntualidad no es algo que se prodigue. Como no suelo estar cerca de las puertas, no alcanzo a ver  quiénes proclaman así su llegada; ni tampoco me giro para averiguarlo ya que para ello se precisaría casi media vuelta, algo, como cabe entender, demasiado indiscreto.

De la misa de anoche sábado sólo recuerdo un portazo, pero se hizo notar, y resultó aún más molesto por cuanto coincidió con la interesante homilía del sacerdote, quien tuvo que hacer una pausa, digamos que a la espera de que se amortiguara el eco del inesperado ruido.

“No sabía cuánto tiempo había pasado. Cuando llegó el momento, sonó el gong. Pero todavía no marcaba la hora de la comida, sino que sólo recordaba que había que prepararse, como Hans Castorp sabía; así pues, permaneció tendido hasta que la vibración del metal retumbó y se alejó por segunda vez. (…)
La puerta de la cristalera volvió a dar un portazo –fue cuando comían el pescado–. Hans Castorp se estremeció, molesto, y con ansiosa rabia se dijo que esa vez tenía que conocer al culpable. No sólo lo pensó, sino que lo articuló en voz baja, tan en serio se lo había tomado.
- ¡Tengo que saberlo! –murmuró con una pasión tan exagerada que miss Robinson y la institutriz le miraron extrañadas.
Y, a tiempo, se volvió hacia la izquierda y abrió cuanto pudo sus ojos inyectados en sangre.”

En este caso, yo… tampoco me volví.

“- ¡Debería cerrar la puerta como Dios manda –dijo Hans Castorp.”

Sí, y sobre todo, en una iglesia, y, más aún, durante la Eucaristía, ¿no?

Créditos:
Extractos de los apartados Desayuno, Lucidez y ¡Una mujer, naturalmente!, del capítulo 3, según traducción de Isabel García Adanes (de 2005), de La montaña mágica, de Thomas Mann, tomados de la séptima reimpresión (septiembre de 2012) de la primera edición (abril de 2009), realizada por Edhasa como número 233 de su colección Pocket Edhasa (pp. 64-65 y 68-69, 99-100 y 101-102, y 109-112 y 114).
Fotografía de la puerta de bronce, obra de la escultora Cristina Iglesias, que desde octubre de 2007 da acceso a la ampliación del Museo del Prado en la zona de los Jerónimos, en agosto de 2010, del autor.

sábado, 23 de febrero de 2013

Preparando la escalada

“Un modesto joven se dirigía en pleno verano desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos Platz, en el cantón de los Grisones. Iba allí a hacer una visita de tres semanas.
Pero desde Hamburgo hasta aquellas alturas, el viaje es largo.”

El pasado día 6, en la sesión del Club de Lectura de Casa del Libro de Valencia, se confirmó que la siguiente obra que se comentaría sería La montaña mágica, de Thomas Mann. Y se comentaron diversos aspectos, a modo de aperitivio.

En primer lugar, claro, se confirmó que “el viaje es largo”: 1.051 páginas hasta el fin del índice en la edición que estoy manejando. Por ello, se marcaron tres etapas, es decir, tres sesiones del Club, que se corresponden con los capítulos 1-3, 4-5 y 6-7. La primera etapa, dentro de diez días, el 5 de marzo.

También se recomendó, ya que estamos en ese mundo, una serie de televisión Los Mann, la cual parece que refleja con bastante fidelidad el ambiente familiar del autor y de su familia.

Entrando ya en materia literaria, por parte de quienes ya habían leído la obra se insistió en varios aspectos de la obra que pueden, tal vez, frenar a quien no esté acostumbrado:
- por un lado, en la narración hay mucho retroceso en el tiempo.
- por otro, la obra es pródiga en la abundancia de detalles.

Cosa ésta última que veo que ya nos advierte el autor:
“La contaremos [la historia] en detalle, exacta y mninuciosamente; pues ¿cuándo ha dependido lo amena o lo larga que se nos hiciera una historia del tiempo que requiere contarla? Al contrario, sin temor al reproche de haber sido meticulosos en exceso, nos inclinamos a pensar que sólo es verdaderamente ameno lo que ha sido narrdo con absoluta meticulosidad.”

Aun así, la recomendación fue que no hay que quedarse en los detalles, sino captar el ambiente… ambiente mágico, se insistió.

(Eso sí, yendo un poco más a lo ‘prosaico’, sobre los detalles del ambiente, se destacó el correspondiente a los balnearios.)

Una cosa que sí fue objeto de comentario es la traducción. Según parece, La montaña mágica ha sufrido traducciones con resultados muy dispares (de hecho, en la edición que manejo se destaca en portada que se trata de una “nueva traducción”). Ya veremos, pues, qué tal resulta.

“Pero el viaje, que durante tanto tiempo transcurre con facilidad y en línea recta, comienza de pronto a complicarse. Hay paradas y contratiempos. En Rorschach, en territorio suizo, se vuelve a tomar el ferrocarril; pero sólo se consigue llegar hasta Landquart, pequeña estación alpina donde hay que cambiar de tren. Es un tren de vía estrecha, que obliga a una espera prolongada a la intemperie, en una comarca bastante desprovista de encantos; y desde el instante en que la máquina, pequeña pero obviamente de una tracción excepcional, se pone en movimiento, comienza la parte realmente arriesgada del viaje, iniciando una subida brusca y ardua que parece no tener fin. Pues Landquart aún se halla situado a una altura relativamente moderada;…”

En resumen, hay que cogerlo con cariño, sin agobios.

“… aquí comienza el verdadero ascenso a la alta montaña, por un camino pedregoso salvaje y amenazador.”

Créditos:
Extractos del inicio del capítulo 1, y de Intenciones del autor, texto a modo de prefacio, según traducción de Isabel García Adanes (de 2005), de La montaña mágica, de Thomas Mann, tomados de la séptima reimpresión (septiembre de 2012) de la primera edición (abril de 2009), realizada por Edhasa como número 233 de su colección Pocket Edhasa.