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jueves, 9 de enero de 2014

Alit lectio: Novedosos relatos de Misterio

“Tiene que haber sido una terrible equivocación. En ocasiones ocurre algo así. Habrá sido confundido con otra persona; seguro que lo han tomado por otro. Está siendo castigado por crímenes ajenos.”

Conociendo a la persona que escribió estas frases, tras ellas no puede sino seguir una investigación para exonerar al inocente y encontrar al culpable. Y es que estamos hablando de Agatha Christie.

Sin embargo, en esta ocasión  no es así; mejor dicho, no es exactamente así. En todo caso, tan importante en el relato es la ‘investigación’, como quien pronuncia las frases: la Virgen María.

Y es que nos encontramos con un grupo de seis breves relatos (junto con cinco poemas) cuya temática no es la habitual de su autora, lo que no quita que su marido los calificara como de los más encantadores de ella.

No es que sean relatos propiamente navideños, sino más bien, relatos con fondo religioso y con presencia, en su trama, de lo sobrenatural.

Uno de los relatos tiene por protagonista al pollino del Nacimiento. Otro, los problemas de una señora que no aprecia el trato con la gente, incapaz de sentir empatía con nadie. El cuarto, cómo se vive un problema familar. El quinto, el curioso planteamiento de un grupo de Santos en cuanto a su presencia en el Cielo.

El último de los relatos regresa al mundo evangélico, recreando cómo el apóstol Juan acogió a la Virgen María como madre, y ésta a aquél como hijo.

El primer relato, cuyo título da referencia al conjunto es, en su idea inicial, aterrador, y, en su desenlace, totalmente maravilloso. Y es que, siendo conocidas las tentaciones que se le ofrecieron a Jesucristo, el relato nos plantea una posible tentación a la Virgen María justo tras el Nacimiento de Jesucristo. Lo aterrador del relato es cómo la tentación se sustenta en la verdad, contundente, aunque muy rápidamente mostrada, lo que nos recuerda la cita de La Rochefoucauld:
“No hace tanto bien en el mundo la verdad como daño hacen sus apariencias.”

Y lo maravilloso del desenlace es cómo se destruye la tentación: simplemente, dedicando un poco de tiempo en ver ciertos detalles de esa verdad que tan contundente y rápidamente se ha mostrado con toda intención.

Un libro curioso, de cuyos relatos se puede obtener interesantes reflexiones, una de las primeras, lógicamente, es que en este mundo no todo es crimen. Ni siquiera en el mundo de Agatha Christie.

Créditos:
Extracto del relato Estrella sobre Belén, de Agatha Christie, según traducción Jesús Aguado, tomado de Estrella sobre Belén y otros cuentos navideños, editado por Confluencia, con ilustraciones de Javier Fornieles Ten, de la biblioteca del autor.
Cubierta del libro en cuestión.
Sexagesimocuarta reflexión moral, o máxima, de François de La Rochefoucauld, según traducción de Esther Benítez, tomada de la edición de las Máximas, realizada en 2012 por Akal como número 248 de su colección Básica de bolsillo, de la biblioteca del autor.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Alit lectio: El poder de la burogracia


Hace un tiempo tuve noticias sobre este libro, y antes de que dejara de existir (vamos, de que se agotara), he podido conseguir un ejemplar.

Se trata de La oficina en The New Yorker, una selección de viñetas publicadas en dicho periódico estadounidense, realizada en 2012 por Jean-Loup Chiflet, quien también la presenta con un prólogo, y que, con traducción de Manuel Aguayo, ha publicado (creo que en este pasado octubre), Libros del Asteroide.

El libro se estructura en 22 secciones, empezando, claro está, por “El lunes por la mañana”, y consiguiendo llegar a dos finales: “La jubilación” y “La vuelta del héroe”. Por en medio, todo lo que se nos ocurra que pueda haber en una oficina, desde el acceso (sea físico -“En la recepción”-, o laboral -“Entrevistas”-)


a eso tan importante en Estados Unidos, como son “Los despachos”; y, desde luego, “Los jefes”, con el supuesto “Arte de la dirección”, e incluso con “Los estrategas”.


La selección se reconoce impotente ante el inevitable tema de las reuniones: no basta con una, le tiene que dedicar dos secciones, “Reunidos” y “Reuniones de negocios”.

Naturalmente, no pueden faltar las secciones dedicadas a los dos grandes ejes sobre los que pivotan las empresas: “Recursos Humanos” y “El poder de la contabilidad”, que junto con los de mercados (“El marketing es una ciencia”) , han hallado un nuevo lenguaje, sea laboral, o sea la famosa «contabilidad creativa».


Por cierto, también encontramos referencias a eso tan manido de que nadie es imprescindible, pero luego, si no estás, se para la empresa.


El lector comprobará que el recorrido por las viñetas del libro le facilita hacer lo mismo, pero sin moverse, por los distintos departamentos de las empresas que conozca; sólo tendrá que cambiar las caras, ni siquiera las frases.

Un libro, pues, casi de texto en esas cosas de ADE y similares, aunque echo en falta que se identifique la fecha de la publicación de las viñetas, para así comprobar lo poco que ha cambiado el mundo.


Y bueno, aquí acaba mi recensión del libro.


Créditos:
Portada y diversas viñetas, tomadas de la selección realizada en 2012 por Jean-Loup Chiflet con el título La oficina en The New Yorker, publicada en 2013 por Libros del Asteroide, de la biblioteca del autor.
Las viñetas, publicada en su día en The New Yorker, son, por orden de aparición, y salvo error mío, de David Sipress, Peter Steiner (en la cubierta del libro), Sidney Harris, Danny Shanahan, David Sipress (otra vez), Tom Cheney, Whitney Darrow Jr. y James Stevenson.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Alit lectio: La observación es un buen hábito

“Se arrodilló de cara a Cadfael y se inclinó para abrazar el cuerpo de su padre. Cadfael se agachó para impedírselo, con una mano apoyada sobre la hierba bajo la axila derecha de Rhisiart.
- ¡No! ¡No toques nada! ¡Todavía no! Déjale solo, ¡tiene cosas que decirnos!
(...)
Se inclinó hacia el otro lado del cuerpo y comprobó lo mismo. ¡Curioso! ¡Muy curioso! Su mente tomó nota para estudiarlo más tarde porque había otros detalles que analizar.”

Estamos acostumbrados a pesquisas similares en tierras británicas, pero la particularidad de éstas es que tienen lugar en la Alta Edad Media.

“Era [fray Columbano] un joven muy apuesto y de excelente planta, cuya redonda e impresionante cabeza denotaba a las claras su pertenencia a una noble familia normanda. (...) ¡No se puede pertenecer a una noble cuna normanda sin destacar en todo! Fray Cadfael, que descendía de una antigua familia galesa sin pretensiones sobrehumanas, se compadecía de las víctimas de semejante trampa y toleraba con ecuanimidad a fray Columbano.”

“Pero el mozo es un alltud, ¡un forastero!
- ¿Sajón? –preguntó Cadfael.
- De cabello rubio. Sí, hoy le habéis visto.”

Como vemos, aún se mantienen las diferencias tras la llegada de Guillermo el Conquistador, y es que, la trama se desarrolla al principio del segundo tercio del siglo XII.

También vemos la presencia de frailes, lógicamente, pues el protagonista es Fray Cadfael, fraile benedictino en la Abadía de Shrewsbury, (“¿a que no imaginas que de joven participó en una cruzada? Estuvo con Godofredo de Bouillon en Antioquía, cuando los sarracenos se rindieron. Y se hizo a la mar cuando (...)”), por lo que los horarios y trabajos que acompañan la trama son acordes a ello.

“La tercera misa del día no era solemne y, a su término, los monjes benedictinos de la abadía de Shrewsbury se dirigían en procesión desde el coro hasta la sala capitular donde todos ocupaban ordenadamente su escaño, encabezados por el abad Heriberto.”

“Se vio obligado a regresar a tiempo para el capítulo, que, según decreto del prior Roberto, tenía que celebrarse diariamente como en la abadía, por muy breves que fueran los asuntos a tratar.”

“Fray Cadfael llevaba levantado desde mucho antes de prima.”

“Haremos vigilia en la capilla desde después de completas hasta prima.”

Aunque tampoco está demasiado presente la Liturgia de las Horas, pues sólo destacan en la trama vísperas y completas, escasas a prima, alguna referencia a maitines y creo que ninguna a laudes.

Otro aspecto que se aprecia en la novela es el papel favorecedor de la cultura eclesial en cuanto a la comunicación entre las personas:
“No es esencial tener a alguien que hable correctamente el galés dado que el obispo domina sin duda el latín.”

Aunque no siempre resultara suficientemente efectivo:
“Se quejó de no teneros a vos como intérprete porque a duras penas se entendían en latín.”

Aunque también es cierto que no es la cultura eclesial la única ayuda posible en cuestiones de idiomas:
“Era una excelente elección de palabras, pensó Cadfael, sorprendiéndose de que una galesa utilizara el inglés como si fuera su propia lengua o como si lo hubiera aprendido por amor.”

En la novela se van dando pinceladas sobre la sociedad y costumbres de la época:
“La denegación de hospitalidad estaba totalmente excluida. Los huéspedes eran sacrosantos y no debían ser interrogados sobre la duración de su estancia, por ruinosa que ésta pudiera resultar.”

“En las deliberaciones de los hombres libres, las mujeres no tenían parte, como es natural. Tampoco los siervos de la gleba, aunque podían influir indirectamente a través de los hombres libres con quienes mantenían relaciones de amistad.”

Y también religiosas:
“Podéis hacer lo que ella desea con plena tranquilidad de conciencia. La joven sólo pide perdón, y eso todo hombre puede otorgarlo, no absolución.”

“- Así lo haré, padre –contestó Peredur–. No quiero un inmerecido perdón. Acepto la penitencia de buen grado.
- Siendo así, no tienes que desesperar de la gracia.”

Con todos estos mimbres, la intriga se desarrolla, curiosamente, no en la misma Abadía de Shrewsbury o sus alrededores, sino en la parroquia de Gwytherin, en el cercano País de Gales, “donde era bien sabido que en el pasado los santos y santas abundaban tanto como las setas en otoño y eran tenidos en tan poco aprecio como éstas”.

Y se desarrolla bien, con el adecuado ritmo en la presentación de los personajes, de sus características e intereses, y de las pruebas, sospechosos, pistas e indicios, y dudas; incluso se practica una cuasi autopsia:
“Debió de haber previsto la necesidad de examinar el cuerpo pues lo había dejado desnudo. (…) La herida por debajo de las costillas ofrecía ahora un desagradable aspecto y tenía los bordes azulados (…)”

Naturalmente, no sólo al caso, sino también a otros distintos problemas, se da solución, de modo que “Cadfael se congratuló por haber conseguido hacer felices al mayor número de personas posible”.


* En el centenario del nacimiento de Edith Mary Pargeter (Ellis Peters) *

Créditos:
Cubierta y extractos de Un dulce sabor a muerte, de Ellis Peters, primera obra de la serie de Fray Cadfael, según traducción de María Antonia Menini, tomados de la segunda edición (noviembre de 1989) realizada por Grijalbo (pp. 102-103, 11-12, 65, 8, 14, 136, 7, 157, 33, 221, 54, 41, 71, 164, 203, 16-17, 152, 269), de la biblioteca del autor.

lunes, 26 de agosto de 2013

Alit lectio: … e ilustradoras cartas

“Soy un obispo que se ha impuesto al extraña tarea de escribir todos los meses, para El Mensajero de San Antonio, una carta a algún ilustre personaje.”

De este modo comienza Albino Luciani la carta que dirige a Charles Dickens, y con la que se inicia la recopilación de cuarenta cartas publicadas en la referida revista mensual (aunque no es la primera que escribió, sino de las últimas), entre mayo de 1971 y diciembre de 1974 (con ausencia de algún mes que otro).

El entonces Patriarca de Venecia dirige cada carta a un personaje (histórico o de ficción) de quien valora su ejemplo en la faceta sobre la que nos expone sus reflexiones.

“Analiza, con espíritu abierto, almas y cuerpos, lo divino y lo humano, sin prejuicios, con patriarcal tolerancia, animando continuamente el tema con ocurrencias imprevistas, anécdotas graciosas, agudezas de u típico humour inglés, facilitado por su amplio conocimiento de la literatura inglesa, al que se suma el conocimiento directo del alma popular [de hecho, la primera carta publicada es la dirigida a Mark Twain, y la segunda, la dirigida a Chesterton]. De esta forma logra el autor que el lector rompa a reír, en no pocas ocasiones, y tome de esta satisfacción impulsos para continuar la lectura, profundizando con el autor, sin esfuerzos cerebrales, los temas que se exponen y, sobre todo, convenciéndose de los motivos y de los ejemplos aducidos para liberar a los espíritus del aburrimiento, de la estupidez del mal, causa de tantos suicidios.
Por los temas abordados, y por los modos que el autor usa, percibe el lector libre la actualidad del cristianismo, sin el que la sociedad de hoy se deshace, si Dios no la apoya.”

Los temas, como se puede esperar, son numerosos: el matrimonio (Penélope), el enamoramiento juvenil y el sexo (Pinocho), las equivocaciones (el Club Pickwick), la enseñanza (San Bernardino de Siena o Quintiliano, aunque es tema recurrente con otros personajes), el feminismo (Carlos Goldoni), la catequesis (Félix Dupanloup), la conversación (José Joaquín Belli), aspectos sociales y económicos (Charles Dickens o Guillermo Marconi),… además de abordar cuestiones propias del cristianismo.

Curiosamente, o no, se da la circunstancia de que la carta más extensa (como el doble de la longitud habitual entre las otras), y que, además no es una, sino un cruce de correspondencia, es en la que, a través de la persona de San Bernardo de Claraval, aborda el problema del buen gobierno.

Lógicamente, con tantos escritos, no puede decirse que todos alcancen la misma intensidad, pero sí consiguen transmitir “su optimismo, firmemente anclado en Cristo, [con] una hilaridad original, fresca, alborozada, que tiene tanto más valor cuanto mayor es el peso con que nos agobia la presnte cultura nebulosa, tan altanera como envanecida”.

El libro finaliza con la carta que escribe a Jesús, que tampoco es la última de las publicadas, la cual concluye así:
“Estoy acabando de escribir esta carta. Nunca me he sentido tan descontento al escribir como en esta ocasión. Me parece que he omitido la mayoría de las cosas que podían decirse de Ti y que he dicho mal lo que debía haber dicho mucho mejor. Sólo me consuela esto: lo importante no es que uno escriba sobre Cristo, sino que muchos amen e imiten a Cristo.
Y, afortunadamente –a pesar de todo–, esto sigue ocurriendo también hoy.”

Lo que, afortunadamente, no supone una conclusión.

(En el trigésimo quinto aniversario de la proclamación de Albino Luciani como Papa, con el nombre de Juan Pablo I.)

Créditos:
Sobrecubierta, extractos del Prefacio a la edición original de enero de 1976, de Igino Giordani, y extractos de las cartas que dirigió a Charles Dickens (bajo el título Estamos en las últimas… y publicada en febrero de 1974), y a Jesús (Escribo temblando, publicada en mayo de 1974), tomados de la recopilación Ilustrísimos señores, según traducción de José L. Legaza, José L. Zubizarreta, Manuel García Aparisi y Gonzalo Haya, en edición de Biblioteca de Autores Cristianos del 7 de diciembre de 1978, de la biblioteca del autor.

viernes, 16 de agosto de 2013

Alit lectio: Éste, con su perrito


Si hay un dibujante de cuyas viñetas la descripción siempre incluye un elemento identificativo, es Joaquín Xaudaró. Y el elemento en cuestión es, como se habrá podido deducir, el perrito.

Un perrito que en el primer tercio del pasado siglo XX ha sido testigo de muchas de las vicisitudes que acompañaban la vida de los españoles de entonces, como ya se ha mostrado en alguna que otra anotación en este diario.

Así, por ejemplo, la cultura estaba presente (o ausente, según se vea), en sus modalidades artísticas
…









o de enseñanza e instrucción (aunque no sólo los pasteleros castigaran la ortografía).
…









Un aspecto curioso es la insistencia que hace Xaudaró en temas de salud, con mucha importancia para la higiene personal, e incluso para el seguimiento pediátrico de los niños,
…









aprovechando, como hemos visto, la ocasión para criticar problemas económicos.

Y es que la economía no podía faltar mostrando lo difícil que se estaba poniendo el famoso coste de la vida (aunque siempre hubiera alguien que abogara por unos buenos salarios)
…









con las consecuencias en la economía doméstica o en la situación social.
…









Por unas cosas u otras, la escasez parece que era algo habitual, bien en las infraestructuras (agravada por las sequías, por ejemplo), o bien en los servicios (la famosa cuestión de la comida en las pensiones, residencia real de tanta gente durante tantos años).
…









Y siempre, la losa de los impuestos.
…









Pero ni ellos, ni los conflictos mundanos, o, incluso, amorosos,
…









pudieron impedir disfrutar de las fiestas, de las modas,
…









ni del progreso, fuera técnico, o social (con sus vacaciones y todo).
…









En su día conseguí un ejemplar de un volumen de Chistes de Xaudaró, editado por Prensa Española. Como el ejemplar había sido re-encuadernado no sé si en alguna hoja junto a las tapas originales figuraba más información, por lo que sólo puedo deducir que se trata del tercero (pues se anuncia el cuarto), y que la fecha de publicación, por una referencia en una viñeta, sería 1930 o muy poco después.

En el volumen se recoge un total de 479 viñetas que, efectivamente, constituyen un tratado gráfico sociológico de una parte importante de aquella España.

Un pero es que no se indica la fecha de publicación de las viñetas, lo que impide situar las mismas en su concreto momento histórico y consiguiente situación social.

El otro pero no es del libro ni de la obra, sino de la actualidad, y es lo difícil que resulta disponer de maravillas del humorismo gráfico español como es el caso, por la escasa recuperación que se hace de él, tal vez, quién sabe, para evitar comparaciones con el actual.

Y eso que nos perdemos.

Créditos:
Viñetas y firma tomadas del libro en cuestión, de la biblioteca del autor.

miércoles, 30 de enero de 2013

Alit lectio: Unas crónicas en Marte… pisando tierra

“- Siempre quise ver un marciano –dijo Michael–. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
- Ahí están –dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.
Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.”

En el verano de 1946 se publicaba en la revista Planet Stories el relato de Ray Bradbury titulado El picnic de un millón de años, que con el tiempo formaría parte de Crónicas marcianas, recopilación de relatos publicada en 1950.

“Más arriba de los pueblecitos, esparcidas como guijarros, se veían unas quintas. En donde habían encontrado un prado o un arroyo, las antiguas familias marcianas habían construido una piscina de mosaicos, una biblioteca y un patio con un surtidor.”

Los 27 relatos del libro nos muestran el desarrollo de la relación entre la sociedad terrestre y la marciana en un periodo de tiempo que se sitúa entre enero de 1999 y octubre de 2026. La naturaleza de los relatos es muy diversa, tanto en extensión como en ubicación, y, especialmente, en las características de los personajes.

El libro comienza con una breve descripción del despegue del cohete que lleva la primera expedición terrestre a Marte, aunque esto se deduce por el contexto del libro pues la descripción se centra en mostrar cómo el calor de los gases de combustión que emite el cohete mientras está en la plataforma llena la atmósfera vecina, y convierte el invierno nevado de enero de 1999 en Ohio en “el verano del cohete”.

Este inicio del libro ya nos da una idea de que, aunque encuadrado en el género de ciencia-ficción, su objetivo no es mostrarnos grandes desarrollos científicos y tecnológicos. De hecho, apenas se dan detalles que muestren el avance tecnológico tanto de la sociedad terrestre como de la marciana, sea en tecnología espacial:
“- ¿Cómo diablos van a viajar? ¿Cómo van a llegar a Marte?
- En cohetes –dijo el viejo Quatermain.
- ¡Malditos aparatos! ¿Pero acaso tienen cohetes?
- Los habrán construido con sus ahorros.
- No sabía nada,
- Parece que supieron guardar el secreto, y los armaron ellos mismos… Quizá en África.”

sea en tecnología más doméstica:
“El horno emitió un siseante suspiro, y ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de jamón, dos tazas de café y dos vasos de leche fría brotaron de su cálido interior.”

Las crónicas nos muestran otros aspectos sociales, muy distintos. Por ejemplo, la ansiedad de algunos ante un futuro poco prometedor, viendo el viaje a Marte como una salvación:
“Quería ir a Marte en el cohete. Bajó a la pista en las primeras horas de la mañana y a través de los alambres les dijo a gritos a los hombres uniformados que quería ir a Marte. Les dijo que pagaba impuestos, que se llamaba Pritchard y que tenía el derecho de ir a Marte. ¿No había nacido allí mismo en Ohio? ¿No era un buen ciudadano? Entonces, ¿por qué no podía ir a Marte? (…) Él y otros miles como él, todos los que tuvieran un poco de sentido común, se irían a Marte. Ya lo iban a ver. Escaparían de las guerras, la censura, el estatismo, la conscripción, el control gubernamental de esto o aquello, del arte o de la ciencia. ¡Que se quedaran otros! Les ofrecía la mano derecha, el corazón, la cabeza, por la oportunidad de ir a Marte ¿Qué había que hacer, qué había que firmar, a quién había que conocer para embarcar en un cohete?”

o bien, cómo, por muy lejos que uno esté, hay que respetar la ley:
“- Hemos venido del tercer planeta, la Tierra, en un cohete. Y hemos descendido aquí, en el cuarto planeta, Marte...
- Esto es – explicó la mujer como si le hablara a un niño – (…). Ahora, váyanse. Adiós.
Y se alejó rápidamente, pasando los dedos por entre los abalorios de la cortina.
Los tres hombres se miraron.
- Propongo que rompamos la tela metálica – dijo Lustig.
- No podemos hacerlo. Es propiedad privada. ¡Dios santo!”

… o no:
“Y cuando todo estuvo perfectamente catalogado, cuando se eliminó la enfermedad y la incertidumbre, y se inauguraron las ciudades y se suprimió la soledad, los sofisticados llegaron de la Tierra. Llegaron en grupos, de vacaciones, para comprar recuerdos de Marte, sacar fotografías o conocer el ambiente; llegaron para estudiar y aplicar leyes sociológicas; llegaron con estrellas e insignias y normas y reglamentos, trayendo consigo parte del papeleo que había invadido la Tierra como una mala hierba, y que ahora crecía en Marte casi con la misma abundancia. Comenzaron a organizar la vida de las gentes, sus bibliotecas, sus escuelas; comenzaron a empujar a las mismas personas que habían venido a Marte escapando de las escuelas, los reglamentos y los empujones.
Era por lo tanto inevitable que algunas de esas personas contestaran con otros empujones…”

Y entre empujones a la naturaleza, y a la civilización:
“- Cuénteme algo de esa civilización – dijo señalando con la mano las ciudades de la montaña.
- Sabían vivir en contacto con la naturaleza, comprendían la naturaleza. No trataron de ser sólo hombres, y no animales. Cuando apareció Darwin cometimos ese error. Lo recibimos con los brazos abiertos, como a Huxley y a Freud, deshaciéndonos en sonrisas. Luego descubrimos que no era posible conciliar las teorías de Darwin con nuestras religiones, o por lo menos así lo pensamos. Quisimos derribar a Darwin, Huxley y Freud. Pero eran inconmovibles. Y entonces, como unos idiotas, intentamos destruir la religión. Lo conseguimos. Perdimos nuestra fe y el sentido de la vida. Si el arte no era más que la sublimación de un deseo frustado, si la religión no era más que un engaño, ¿para qué la vida? La fe lo explicaba todo. Luego todo se perdió, junto con Freud y Darwin. Fuimos, y somos todavía, un pueblo extraviado.
- ¿Y los marcianos encontraron el camino? - preguntó el capitán.
- Sí. En Marte la ciencia y la religión se enriquecieron mutuamente, sin contradecirse.”

los relatos nos acaban mostrando el desarrollo del contacto entre la Tierra y Marte, con una imagen que supongo intencionada por el autor: el primer relato publicado es el último tanto en su situación cronológica como en la recopilación.

Así, pues, cabría entender que las crónicas marcianas reflejan lo que podría decirse un ciclo vital planetario.

(Aunque para saber qué sucede en la Tierra y qué sucede en Marte, haya que leer las crónicas, no esta reseña.)

Créditos:
Cubierta y extractos de Crónicas marcianas, según traducción de Francisco Abelenda, tomados de la octava reimpresión (diciembre de 1985) de la primera edición (septiembre de 1975) realizada por Minotauro (pp. 237, 86, 129-130, 220, 50, 58, 143-144, 89-90)

miércoles, 2 de enero de 2013

Alit lectio: Todo otro viaje

“En el tebeo la historia queda muy clara, y la división de la historia en tres partes está bien realizada.
Sin embargo, en el tebeo acortan muchas partes de la historia. Por ejemplo, la batalla de los Cinco Ejércitos, en el libro dura unas diez páginas, y en el tebeo, dos.
Los dibujos, la verdad, es que no están ni muy bien dibujados ni muy mal.”

(Comentario de mi hijo sobre la adaptación gráfica del libro del momento, El hobbit, que también acaba de leer.)

Créditos:
Cubiertas de los tres volúmenes en que se plasmó la adaptación gráfica de El hobbit, de J.R.R. Tolkien, realizada por Charles Dixon con ilustraciones de David Wenzel, y publicada con traducción de Lorenzo Díaz, por Norma Editorial en 1991.
Viñeta que ilustra el primer encuentro entre Gandalf el Gris y Bilbo Bolsón, con la discusión lingüística que entablaron.

martes, 1 de enero de 2013

Alit lectio: Todo un viaje

“Se centra en la aventura de un hobbit.
Al principio, cuando explica qué es la Tierra Media, los hobbits, etc. , es un poco aburrido. Hay una barbaridad de personajes, sobre todo de enanos; es muy difícil aprenderse todos los nombres de todos los personajes.
El libro no es demasiado largo, ya que tiene 315 páginas exactamente, pero la historia es largo y corta: corta, porque hacen las cosas muy pronto; y larga, porque siempre hay algo detrás que hace que sea más larga. Por ejemplo, matan al dragón y hay una batalla que ocupa 80 páginas.
Hay mucho movimiento y muchos paisajes muy bien detallados, pero al final, uno con tanto personaje, paisaje y movimiento acaba mareado.
Lo que no entiendo es que dure todo un año y la de El Señor de los Anillos que parece más importante y mucho más larga dure solamente un año.
En resumen, un libro muy entretenido y divertido, con una buena historia.”

(Comentario de mi hijo sobre el libro del momento, El hobbit, que acaba de leer.)
corta

Créditos:
Sobrecubierta de El hobbit, de J.R.R. Tolkien, en la edición de noviembre de 1985 (séptima reimpresión), de Minotauro.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Alit lectio: Llegó el ovillo

Hace un mes finalicé la lectura de El hilo invisible, que había recibido poco antes, y desde entonces estoy pensando en cómo hacer la reseña del libro.

Y es que se trata del conjunto de los relatos premiados en el I Concurso Literario Católico Vita Brevis, y por tanto, cada relato es hijo de su padre y de su madre: uno es bastante breve, otro es bastante largo; uno es un relato coral, otro más familiar, aquél, unipersonal; hay leyenda revisada, e historia rememorada; éstos, se desarrollan en un ambiente rural, en aquéllos, su entorno es urbano; cuitas del día a día, y catástrofes naturales; en uno, hay presencia animal, como muestra de los humanos; en otro, hay presencia humana, como muestra de animales monstruosos;…

(Un breve resumen de cada relato figura en la noticia donde se informa de los premiados, por lo que hago gracia de ellos.)

En toda esta variedad, es inevitable que los haya que me gusten más o menos (aunque ninguno me disgusta); que los entienda mejor o peor (tengo que reconocer que con el relato de Manuel Valderrama Conde, Tres páginas, dos voces, un hexágono, necesito lecturas adicionales, no sólo del relato); que los retenga en la memoria o que estén algo desdibujados; que me hayan impactado más o que apenas me hayan afectado.

Sobre los estilos de cada relato, por ejemplo, el de Jorge Durán en El negrito, más que entrecortado, como se indica en el artículo, yo diría que es de pincelada corta y precisa; Joaquín Gómez Carrillo en su El retrato de la Señorita Madre consigue dar los detalles justos para crear la atmósfera de y en la casona (la mención al Sidol ya muestra que toda la descripción es verdad); tanto Yolanda Obregón García, en El muñeco, que nos devuelve a la infancia con los amigos y los juguetes, como Christian Peña, en El Danger, historia de un redimido, cuya infancia es la que acoge animales desamparados, y Lola Sánchez Lázaro-Carrasco, en Catalina, con una infancia real, sólo en cuanto a la edad, consiguen dar las expresiones y detalles para realmente oír al niño que nos cuenta el relato.

Y agobios y angustias hay muchos, y a fe que los vivimos leyéndolos: Eugenio Rey Huerta en Un ovillo de lluvia, la angustia de quien espera; José Manuel Genovés Artal en Miguel, la de quien no puede esperar; Elena Marqués Núñez en 1947, la angustia y el agobio de quien no tiene tiempo para todo lo que hay que hacer; Dacio R. Medrano en El último hombre, en cambio, los de quien tiene el tiempo justo para sólo una cosa.

Tal vez los que menos me hayan atraído sean los relatos de Ruben Martín Camenforte, Los últimos días del seudónimo Gian Falco, porque me costó captar la situación; de Alejandro Sanz Peinado, El puticlub, porque veo un tanto forzada la secuencia narrativa; y José María Pérez Chaves, El engaño de Afrodita, porque el giro que da al relato legendario sucede demasiado tarde en el contexto conocido de la historia (muy bien narrada por otra parte) como para resultar creíble.

Hay relatos que tocan temas de actualidad (desde el punto de vista periodístico, se entiende), y así, de una manera sencilla, Ana Lasanta, en El candidato, reclama unos políticos muy distintos a los que hay; The Whiskerer en La taberna tomada, denuncia el avasallamiento de la personalidad propia (a costa del multiculturalismo, ¿por ejemplo?); y Raquel Andrés Durà en Frío, muestra los peligros de que una familia quede en una mera coincidencia de personas en una vivienda.

En esta muestra de la actualidad, dejo para el final el relato de Alberto de Frutos Dávalos, La colina mil uno, aunque se sitúe en Ruanda en 1994. Podría decirse que el relato acaba inverosímilmente bien, pero es normal esta sensación en un mundo que apenas deja sitio para la esperanza. Lo que lamento es no poder asegurar que esa esperanza podamos hallarla en un conflicto mucho más cercano a nosotros, como es la situación actual en Vascongadas.

Nota:
De los relatos de Bruno Moreno Ramos (Una decisión en conciencia), editor de Vita Brevis, e impulsor del concurso; Mario Crespo (Tener una tía monja), editor del libro; Juan Antonio Ruiz, LC (¡Adiós, Alonso!), articulista de InfoCatólica; Eleuterio Fernández Guzmán (El discípulo), bloguero de InfoCatólica; y Luis Fernando Pérez Bustamante (El hombre de corazón torcido), director de InfoCatólica, no digo nada que luego todo se sabe.

Nota final:
Tal vez al hilo del lema final del libro, puedo publicar esta anotación precisamente este día: Laus Deo Virginique Matri.

Créditos:
Portada del libro El hilo invisible, editado por Vita Brevis.

domingo, 27 de mayo de 2012

Alit lectio: Hoy toca cambio

«La gente decía que este libro estaba muy bien, y después de leerlo, la verdad es que coincido con ellos. Este libro es uno de los pocos que me han gustado durante este año.
Al principio del libro los mitos continúan la historia anterior, pero si leemos más se puede ver que son mitos sueltos, sin ninguna relación en lo que cuentan.
Describe a los dioses como todopoderosos, amables, clementes, responsables… pero también tienen una actitud egoísta y avariciosa, pues cogen lo que les da la gana, y sólo piensan, algunas veces, en ellos mismos.
Algunas de las muchas historias que se cuentan en las Metamorfosis ya las conocía, por ejemplo, la de Ícaro, pero la mayoría eran nuevas para mí.
Este libro es muy corto comparado con el original, ya que el original tiene 600 páginas aproximadamente. A mí me daría igual que para verano nos mandaran un libro de las mismas páginas, pues prefiero un libro largo que me guste, que un libro corto que no me guste.»

Créditos:
Opinión personal de mi hijo en el trabajo de 2º ESO de Lengua y Literatura, sobre las Metamorfosis de Ovidio.
Portada de Metamorfosis, de Ovidio, en la edición de Vicens Vives de la adaptación de la obra original realizada por Agustín Sánchez Aguilar con ilustaciones de Alan Lee.

sábado, 12 de mayo de 2012

Alit lectio: Quien guarda el tiempo, lo tiene para siempre

“SE NECESITAN hombres de 21 a 40 años, preferibles solteros, militares o técnicos experimentados, buen aspecto, para trabajo muy bien pagado, con viajes al extranjero. Preséntense en la Compañía de Estudios de Ingeniería. 305 E, núm. 45, de 9 a 12 y de 2 a 6.”

Atendiendo a este anuncio, Manse Everard se presentó cierto veraniego día de 1954, tuvo una breve conversación, aceptó someterse a unas pruebas de idoneidad, y:
“- ¡Ah, por fin! ¿Sabe usted que he tenido que rechazar a veintidós candidatos? Pero usted sirve. Definitivamente, usted sirve.
- ¿Para qué?
Y Everard, al decir esto, se echó hacia delante, sintiendo que su pulso se aceleraba.
- Para la Patrulla. Va a ser una especie de policía.
- ¿Sí? ¿Dónde?
- Por doquier. Y en todo momento. Prepárese: va a tener peleas. Mire usted: nuestra compañía, aunque bastante legal, es sólo un frente de batalla y una fuente de ingresos. Nuestra verdadera ocupación es patrullar el tiempo.”

Con este inicio y posterior aclaración, comienza Guardianes del tiempo, relato de Poul Anderson publicado en 1955 con el que inició un conjunto de narraciones acerca de una organización que se ocupaba de que la historia fuese la que había sido.

“El viaje a través del tiempo – empezó Kelm en el salón de lectura – se descubrió cuando se iniciaba la Gran Herejía Corita (…) El efecto tiempo fue casual producto de una investigación que buscaba medios para el transporte instantáneo, y, como algunos de ustedes comprenderán, requiere, para su demostración matemática, una serie infinita de funciones discontinuas, como ocurría en los viajes del pasado.(…)
Naturalmente, el grupo que descubrió esto, los Nueve, se dio cuenta de las posibilidades que ello encerraba, y que no sólo eran comerciales (tráfico, minería y otras empresas, que pueden imaginar fácilmente), sino que procuraban la probabilidad de asestar un golpe de muerte a sus enemigos. Ya comprende: el tiempo es variable; se puede cambiar el pasado…”
(…)
Los Nueve vieron la posibilidad de retroceder en el tiempoy evitar que sus enemigos de siempre les tomaran la delantera, y aun impedir que naciesen. Mas entonces surgieron los Danelianos.
(…) Los Danelianos son parte del Futuro, nuestro Futuro (más de un millón de años después de mí); época en la que el hombre habrá evolucionado, llegando a ser algo… indescriptible. (…) El viaje por el tiempo era ya cosa antigua cuando aparecieron: había habido incontables oportunidades para que retoñaran la estupidez, la ambición y la locura, y trastornaran la Historia de cabo a rabo. No deseaban impedir los viajes (que, al fin, eran parte del complejo que nos había llevado hasta ellos), sino regularlos. Se evitó que los Nueve llevaran a cabo sus planes y se creó la Patrulla, para vigilar los callejones extraviados del Tiempo. Trabajará cada uno de ustedes, principalmente, en su Era propia, a menos que se gradúe para actuar intertemporalmente. Vivirán ustedes su vida ordinaria con sus familiares, amigos, etc., como es corriente. (…) Pero han de estar siempre alerta. (…) En ciertos casos, la Patrulla aceptará los hechos consumados y se ocupará de contrarrestar las influencias que, en períodos posteriores, pudieran desviar a la Historia del cauce anhelado. ¡Les deseo suerte a todos ustedes!”

En el relato Guardianes del tiempo, Anderson nos presenta la primera misión de Manse Everard, a caballo entre la Inglaterra Victoriana y un intento de cambiar la Historia en la Inglaterra inmediatamente posterior a la caída del Imperio Romano. Y además, incluso con la intervención de un daneliano, con el cambio de la historia personal de un miembro de la Patrulla del tiempo, como ejemplo de los problemas, dificultades y desafíos personales que supone el poder que conlleva el viaje en el tiempo.

El segundo relato se apoya en una curiosidad (tal vez, anécdota o cotilleo) histórica: el oscuro origen de Ciro, todopoderoso Rey de Persia:
“After the birth of Cyrus the Great, Astyages had a dream that his Magi interpreted as a sign that his grandson would eventually overthrow him. He then ordered his steward Harpagus to kill the infant. Harpagus, morally unable to kill a newborn, summoned the Mardian Mitradates (which the historian Nicolaus of Damascus calls Atradates), a royal bandit herdsman from the mountainous region bordering the Saspires, and ordered him to leave the baby to die in the mountains. Luckily, the herdsman and his wife (whom Herodotus calls Cyno in Greek, and Spaca-o in Median) took pity and raised the child as their own, passing off their recently stillborn infant as the murdered Cyrus.”

En Valiente para ser rey (1959), en un momento de la Historia, el bebé Ciro es realmente asesinado, siendo providencial para el gobierno medo la súbita aparición de un patrullero quien asume la personalidad de Ciro.

“Mira Manse: hace dieciséis años existió una situación de la que ha derivado todo lo que ha seguido, no por capricho, sino por la pura lógica de los hechos. Supongamos que yo no me hubiese dejado ver aquel día. ¿No podía Harpago haber encontrado otro supuesto Ciro? La identidad del rey no importa nada. Otro Ciro hubiera obrado de modo diferente al mío en mil detalles. Pero si no era tonto rematado o loco, y, por el contrario, fuera razonablemente capaz y honesto –concédeme al menos que yo lo sea–, entonces su carrera hubiera sido igual a la mía en todos los detalles importantes, los que llegan a reflejarse en los libros de Historia. Eso lo sabes tan bien como yo. Excepto en los puntos fundamentales, el tiempo siempre vuelve a su propia forma. Las pequeñas diferencias se borran con los días o los años. Sólo puede restablecerse la huella de los momentos clave, y su efecto se perpetúa en lugar de desvanecerse. ¡Tú lo sabes!”

El tercer relato (El único juego entre los hombres, de 1960) nos muestra que fueron los mongoles (no los chinos) quienes llegaron a América: un patrullero, casualmente, comprueba que unas naves mongolas habían llegado al noroeste de Estados Unidos, a la costa del Pacífico, y que el desarrollo de la expedición no hace presagiar fracaso alguno:
“Cuando yo informé, las órdenes que me dieron procedían del Cuartel General daneliano. Ninguna explicación ni excusa. La orden escueta era ésta: arreglar aquel desastre. ¡Revisar la Historia por mí mismo!”

Aunque el hecho histórico no estaba registrado, tampoco se apreciaba una interferencia extratemporal; es decir, el suceso fue real:
“Por lo que sabía la corte china, se había enviado una expedición que nunca regresó y Kublai [Khan] pensaba que no valía la pena enviar otra. El informe sobre ello estaba en los archivos imperiales, pero fue destruido durante la revolución Ming, que expulsó a los mongoles, y la historiografía olvidó el incidente.
(…) Como recordarás, [el informe] sólo menciona que cuatro buques, al mando del Noyon Toktai y el escolar Li Tai-Sung, fueron enviados a explorar las islas que hay más allá de Japón.”

En este caso, simplemente, la orden no era averiguar cuál fue la causa del fracaso de la expedición, sino que la Patrulla tenía que hacer que fracasara.

Finalmente, en el cuarto relato, «Delenda est…» (1955), sí se produce lo que esperábamos, un cambio real en la Historia.

En esta ocasión, el momento crucial es la Batalla del Ticino, donde “Escipión resultó herido en la batalla y no pereció gracias a la intervención de su hijo también llamado Publio Cornelio Escipión (el futuro vencedor de Aníbal)”.

Todo el relato es una descripción de la Historia totalmente diferente, hasta que Manse Everard consigue deducir que hubo un desarrollo diferente de la batalla, confirmando después que fue por la intervención de unos viajeros del tiempo.

En este relato Anderson nos muestra el problema científico del viaje en el tiempo, y la ventaja de la literatura:
“La Patrulla y los danelianos han sido borrados. (No me pregunte por qué no lo fueron siempre ni por qué es ésta la primera vez que volvemos de un remoto pasado para encontrar cambiado el futuro. No entiendo las paradojas del tiempo mudable. Lo hemos hecho: eso es todo.)”

En resumen, un grupo de relatos (que se corresponden con la primera recopilación de 1960) que juega inteligentemente con los huecos que ofrece la Historia, planteando explicaciones alternativas que muestran lo cerca que, se diga lo que se diga, ha estado la Historia de ser otra muy distinta.

Créditos:
Portada de Guardianes del tiempo (y extractos, según la traducción de Manuel de la Escalera, de los relatos Guardianes del tiempo, Valiente para ser rey, El único juego entre los hombres y «Delenda est…»), conjunto de relatos de Poul Anderson, en edición de Orbis, de 1985, como número 40 de la colección Biblioteca de Ciencia Ficción (pp. 11, 14, 17-19, 82-83, 106, 105-107, 106 y 149).

jueves, 26 de abril de 2012

Alit lectio: Carta a un policía

“Apoyándose en el codo para incorporarse, cogió la carta del padre Baddeley del cajón de la mesita y la leyó atentamente por vez primera. El anciano debía de rondar los ochenta; ya no era joven cuando, hacía treinta años, llegó a la aldea de Norfolk en calidad de ayudante del padre de Dalgliesh, tímido, incapaz, enloquecedoramente ineficaz, aturdido por todo menos por lo fundamental, pero siempre fiel a sus  firmes creencias. Era sólo la tercera carta que Dalgliesh recibía de él. Estaba fechada el 11 de septiembre y dirigida a:
Mi querido Adam:
Sé que tienes mucho trabajo, pero te agradecería grandemente que vinieras a verme, pues querría pedirte consejo profesional sobre un asunto.”

Curiosamente, por casualidad o no, la recepción por parte de Adam Dalgliesh, comandante de Scotland Yard, de una carta desencadena la trama de la novela La torre negra… la cual recibí yo por correo hace un tiempo.

“Dalgliesh recordó la conversación tan claramente como si él fuera todavía aquel muchacho de diez años y el padre Baddeley, un hombre maduro que ya aparentaba una edad indefinida, estuviera sentado aquí ante su escritorio.
- ¿Entonces no es más que un diario corriente, padre? ¿No trata de su vida espiritual?
- Esto es la vida espiritual, las cosas corrientes que se hacen todos los días.”

Se trata de una novela policíaca… pues el protagonista es un policía. Y es que, en realidad, todo el transcurso de la trama es una acumulación de circunstancias que son sospechosas únicamente porque coinciden en el entorno en el que vive el padre Baddeley a quien el comandante Dalgliesh no llega a ver pues había fallecido once días antes.

“- Supongo que para su trabajo la hora de la muerte siempre es importante y por eso está acostumbrado a averiguar ese dato, pero, ¿acaso importa en la vida real? Lo que importa es que uno muera en estado de gracia.”

La novela se inicia con la buena noticia para el comandante Dalgliesh de que no padece leucemia. Esta cercanía a la muerte, afortunadamente superada, tal vez es la que marca en la trama una continua presencia de la religión, no sólo por la, ya espiritual, del padre Baddeley, sino por las actitudes del pequeño núcleo humano que constituye Toynton Grange, residencia privada para personas imposibilitadas, en donde era capellán el padre Baddeley.

“- Es un sitio pequeño, no una de esas instituciones enormes e impersonales. El que lo lleva está muy bien considerado y fundamentalmente es una organización religiosa. Anstey no es católico, pero van con frecuencia a Lourdes. Eso te gustará; quiero decir que a ti siempre te ha interesado la religión. Es uno de los temas en los que no hemos coincidido. Seguramente yo no comprendía tus necesidades como debiera.
Ahora podía ser indulgente con ese pequeño punto flaco. Se le había olvidado que le había enseñado a pasar sin Dios. Su religión había sido una de esas posesiones de las que, sin darle importancia, sin comprenderlas ni valorarlas, la había despojado. (…) No podía fingir que le había costado gran esfuerzo renunciar a aquellas ilusiones reconfortantes que le habían inculcado en la escuela primaria de St. Matthew, que había asimilado tras las cortinas de terylene de la sala de estar de su tía, en Alma Terrace, Middlesbrough, con sus imágenes sagradas, su fotografía del papa Juan y la bendición papal  enmarcada de la boda de su tía y su tío. Todo aquello formaba parte de una infancia de huérfana, plácida, no desgraciada, que ahora le resultaba tan distante como una orilla extranjera una vez visitada. No podía regresar porque ya no conocía el camino.”

“Dalgliesh sugirió que, en cualquier circunstancia, era sorprendente que Anstey no se hubiera convertido al catolicismo. Millicent constestó con vehemencia:
- Entonces se debatió en una intensa batalla espiritual. –Su voz se hizo más grave y empezó a vibrar con un eco de fuerzas cósmicas enzarzadas en la lucha mortal–. Pero yo me alegré de que decidiera permanecer fiel a nuestra Iglesia. Nuestro padre –su voz retumbó con semejante acceso de fervor exhortatorio que Dalgliesh, sobresaltado, se imaginó que iba a lanzarse a una plegaria dirigida al Señor– se hubiera disgustado muchísimo. Era un gran feligrés, comandante Dalgliesh, de la Iglesia evangélica, naturalmente, No, yo me alegré de que Wilfred no nos abandonara.”

P. D. James nos describe la vida y las inquietudes de las personas que gestionan, residen y colaboran en Toyton Grange poco a poco, centrando en cada momento la atención en una de ellas hasta que tenemos el cuadro completo, incluyendo las desavenencias que con mayor o menor intensidad hay entre todos ellos. Y consigue con sus descripciones físicas, de ambiente o de ánimo, que nos interesemos, con sus “cosas corrientes”, por esa “vida espiritual” de la pequeña comunidad.

Como hemos comentado, la novela es policíaca porque el protagonista es policía. De hecho, también el comandante Dalgliesh viene a reconocerlo así:
“Hubiera sido muy fácil recoger sus cosas y marcharse al piso de Londres. Allí, por encima del Támesis en Queenhythe, estaría fresco y libre. (…) Nada lo retenía en Toynton; se lo repetía con testaruda insistencia mientras descansaba la cabeza en el frescor del pequeño cristal cuadrado que colgaba sobre el fregadero y que debía de haberle servido de espejo para afeitarse al padre Baddeley. Probablemente era alguna caprichosa secuela de la enfermedad lo que le volvía a la vez tan indeciso y tan reacio a marcharse. Para haber decidido no regresar a las pesquisas, estaba haciendo una buena imitación de una persona entregada a su trabajo.”

Y sin embargo,… hay caso.

Créditos:
Portada y extractos de La torre negra, novela de P.D. James, según traducción de Mª José Rodellar, tomados de la edición de octubre de 2011 realizada por Ediciones B para el sello Zeta Bolsillo (pp. 15-16, 32, 89, 60, 200-201, 230-231).