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martes, 21 de enero de 2014

Sin valores, también a la vida quitó el valor

“El problema de Lenin era que creía que se podían conseguir cosas mediante la coerción, el terror y el asesinato. «Dictadura -y apréndase esto de una vez para siempre- significa poder ilimitado basado en la fuerza, no en la ley» (enero de 1918). «Es una gran equivocación creer que la NEP [Nueva Política Económica] pondrá fin al terror. Volveremos al terror y al terror económico» (marzo de 1922).Y así sucesivamente; hay docenas de declaraciones parecidas. Lenin, durante su primer día de mandato, prefirió no enterarse cuando el Segundo Congreso de los Sóviets abolió la pena de muerte. [Nota al pie: Restablecida por el gobierno provisional de Kerenski para castigar las deserciones del frente. Los bolcheviques habían hecho campaña anteriormente con la consigna «Abajo la pena capital, restablecida por Kerenski».] «Bobadas -decía Lenin-: ¿cómo se puede hacer una revolución sin ejecuciones?» Pensar de otro modo era «debilidad intolerable», «ilusión pacifista», etc. Hacía falta la pena capital o no sería una revolución «de verdad», como la francesa (pero no como la inglesa, la de Estados Unidos ni, desde luego, la rusa de febrero de 1917). Lenin quería ejecuciones; tenía el corazón puesto en las ejecuciones. Y las tuvo. Se ha sugerido la posibilidad de que en el período 1917-1924 muriera más gente a manos de la policía política que en todos los frentes de la guerra civil.
Dicho escuetamente: con Lenin, el «valor de la vida humana se vino abajo», en palabras de Alain Brossat. Y así quedó zanjado el asunto durante treinta y cinco años.”

Tal día como hoy, unos conmemoran el nonagésimo aniversario del fallecimiento de Vladimir Ilich Uliánov, Lenin.

Otros, en cambio, aunque su régimen continuara, celebramos el fin de su inicio.

(Lo más triste es que, hoy en día, el “valor de la vida humana” sigue en manos de la “política”.)

Créditos:
Extracto de la sección Diez tesis sobre Ilich (en concreto, se trata de la resis X), en la primera parte, El hundimiento del valor de la vida humana, de Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, obra de 2002 de Martin Amis, según traducción de 2004 de Antonio-Prometeo Moya, para la edición de la obra publicada por Anagrama con el número 577 de su colección Panorama de Narrativas (pp. 42-43), de la biblioteca del autor.

viernes, 16 de abril de 2010

Lo difícil que resulta limpiar el lodo

Con independencia del calendario vigente en cada sitio, era un 22 de abril de 1870 en algún lugar, cuando en Simbirsk, que bastantes años más tarde pasó a llamarse Ulyanovsk, nació el más famoso de los Ulyanov, claro: Vladimir Ilyich Ulyanov, más conocido por su alias de Lenin.

“Lenin (19 de marzo de 1922):
«Ahora y sólo ahora, cuando en las zonas afectadas por el hambre hay antropofagia y las carreteras están pavimentadas con cientos de cadáveres, si no miles, es cuando podemos (y por lo tanto, debemos) insistir en la apropiación de los objetos de valor [de la Iglesia], con la energía más implacable y despiadada, sin reparar en medios para aplastar toda resistencia […] Un momento como el del hambre y la desesperación es único para crear entre las masas campesinas en general una disposición que nos garantice su simpatía o en cualquier caso su neutralidad […] Debemos declarar ahora [al clero] una guerra decisivia y despiadada, y someter su resistencia con una brutalidad que no olviden durante décadas […] Cuantos más representantes de la burguesía y el clero reaccionarios consigamos ejecutar en este asunto, mejor.»

Los archivos eclesiásticos indican que aquel año mataron a 2.691 sacerdotes, 1.962 monjes y 3.447 monjas. Durante una carestía anterior, la de 1891, en la que murió medio millón de personas, la lucha contra el hambre fue una prioridad nacional. En la capital de Samara (Kuíbishev), sólo un intelectual, un abogado de veintidós años, se negó a participar en la campaña y, desde luego, fue denunciado públicamente. Era Lenin. Tuvo la ‘valentía’, como dijo un amigo suyo,
«de decir a los cuatro vientos que aquella carestía tendría muchos resultados positivos […] El hambre, explicó, por destruir la desfasada economía campesina, sería […] el preludio del socialismo […] el hambre destruiría asimismo la fe no sólo en el zar, sino también en Dios.»

El hambre pertenece a la tetrarquía comunista; los otros tres elementos son el terror, la esclavitud y, evidentemente, el fracaso, el sempiterno e incorregible fracaso.
”

Estas desgracias y maldades llegaron a materializarse “gracias” a que un 16 de abril, pero de 1917, Lenin cruzaba la frontera y regresaba a Rusia, en plena I Guerra Mundial, merced a la financiación de alemanes que querían la retirada de Rusia de la Gran Guerra. Este objetivo se consiguió, con el resultado conocido, poco después, de la revolución de octubre y el establecimiento del régimen totalitario soviético y comunista.

Si para la financiación alemana podía encontrarse una explicación, pues al fin y al cabo estaban en guerra ambos países, lo que me resulta más difícil es encontrarla para la otra financiación que tuvo Lenin: la de procedencia estadounidense.

Pocas veces puede aplicarse de una manera más trágica, en la Historia, eso de que “de aquellos polvos, vienen estos lodos”.

Y por desgracia, se sigue demostrando que una de las cosas que más cuesta de limpiar es el barro, el lodazal en que se está convirtiendo este, cada vez más asolado, solar patrio.


Créditos:
Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, de Martin Amis, editado por Anagrama. Primera parte: El hundimiento de la vida humana. Apartado Diez tesis sobre Ilich, tesis V (pp.38-39). Fotografías tomadas también del libro, mostrando a unos campesinos abocados a la antropofagia en 1920, y a Lenin disfrazado en julio de 1917.

Fotograma de Santiago Carrillo Solares, del vídeo enlazado, con declaraciones del pasado 14 de abril.

lunes, 29 de marzo de 2010

Cuando la carga de la prueba es una carga

“Por decirlo claramente: Lenin legó a sus sucesores un Estado policíaco que marchaba a toda máquina. La independencia de la prensa desapareció a los pocos días del golpe de Estado de octubre. El código penal se revisó en noviembre-diciembre (y ya tenemos la dúctil y maleable categoría de «enemigo del pueblo»: «todos los individuos sospechosos [sic] de sabotaje, especulación y oportunismo podrán ser detenidos inmediatamente»). Los embargos de provisiones comenzaron en noviembre. La Checa (policía política) estuvo lista en diciembre. Se abrieron campos de concentración a principios de 1918 (y empezaron a utilizarse los hospitales psiquiátricos como centros de reclusión). Luego llegó el terror sin rodeos: las ejecuciones por cupos; la «responsabilidad colectiva», por lo que la familia e incluso los vecinos de los enemigos del pueblo, o presuntos enemigos del pueblo, se tomaban como rehenes; y el exterminio, no sólo de los adversarios políticos, sino también de grupos sociales y étnicos, por ejemplo los kulaki, que eran los agricultores acomodados, y los cosacos (la «descosaquización»). Las diferencias entre el régimen de Lenin y el de Stalin fueron cuantitativas, no cualitativas. La única novedad original de Stalin fue el descubrimiento de otro estrato social al que había que purgar: los bolcheviques”

Este tipo de régimen tenía como principal guía “jurídica”, podríamos resumirlo así, que cualquier ciudadano «sospechoso» debía demostrar su inocencia, ahorrándole al Estado el trabajo de demostrar la culpabilidad.

Está claro que esta práctica «jurídica» no es la que se encuentra implantada en España, ¿verdad? Sin embargo, la guía procedimental que la mueve sí ha tenido cierto asiento en estos lares.

Hace tiempo comenté sobre el hecho de que fuera un Ministro ¡del Interior! quien pidiera a un acusado que demostrara su inocencia. Ahora, en cambio, quien pide, “si puede”, que demuestre su inocencia a un acusado, es un ex Ministro ¡del Interior!

Ciertamente, podría decirse, como en la tierra de éste último, sobre las diferencias entre estos políticos de distintos partidos, que creer, no creo que haya diferencias, pero haberlas, haylas.

Lo que pasa es que yo no soy de aquella tierra, y por tanto, me quedo, sólo, con la primera parte de la famosa expresión.

Créditos:

Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, de Martin Amis, editado por Anagrama. Primera parte: El hundimiento de la vida humana. Apartado Diez tesis sobre Ilich, tesis VIII (pp.41-42)

Fotograma de Libertad Digital Televisión

sábado, 13 de marzo de 2010

… como paz dejas.

Hace un tiempo comenté sobre la definición de democracia que dio Churchill haciendo uso de la figura del lechero.

En su momento, al menos en Inglaterra, supongo, este profesional hacía su cometido repartiendo a domicilio las botellas de leche en esas horas indefinidas del alba, aurora y amanecer.

Un aliado sobrevenido de Mr. Churchill se encargó de demostrar que bajo el régimen soviético, no solo los lecheros trabajaban a esas horas.

En la obra de Martin Amis Koba el Temible, ya conocida en estas páginas, en el apartado “La politización del sueño”, podemos leer los comentarios del autor sobre la conducta de un refugiado que se alojaba en su casa (más bien, la de sus padres), consecuencia de lo sucedido en Rusia:

“A principios de los años cincuenta se le ocurrió decir, delante de alguien en quien pensó que se podía confiar, que estaba harto de ver al «cerdo seboso» de Georgui Malenkov (primer ministro de la URSS, 1953-1955). Los agentes de «los Órganos» fueron a buscarlo a medianoche. Lo condenaron a ocho años, que debía cumplir en un campo del norte, Vorkutá, un nombre que significa para un ruso tanto como Dachau para un judío. O quizá más. (…)
Cuando se lo llevaron a las tres de la madrugada, lo último que dijo Tibor
[Szamuely] a su mujer fue: «Escribe a tu madre». Solía jactarse de haber sido el único prisionero liberado por Stalin; por Stalin en persona. Por lo visto, la madre de Nina Szamuely tenía una estrecha amistad con el dictador estalinista húngaro Matyas Rakosi. El estalinista, como estaba mandado, llamó o cablegrafió a Stalin; (…) Y Tibor, por una serie de cabriolas y casualidades maravillosas, huyó a la Inglaterra que había visitado de pequeño. Huyó con su mujer, sus dos hijos y además (todo un golpe) con su amplia e insustituible biblioteca. Así pues, una historia feliz, me dije: una historia feliz.
(…)
Tibor se levantaba siempre muy tarde y Kingsley
[Amis, padre de Martín Amis] se quejó de ello en cierta ocasión hablando con Nina. Ésta le dijo que su marido necesitaba ver las primera luces del alba para pensar en dormirse. Incluso en Inglaterra. Necesita, dijo, «estar completamente seguro de que no irán a buscarlo esa noche».
Nosotros no lo entendemos y no hay ningún motivo por el que debamos entenderlo. Hace falta un poderoso esfuerzo de imaginación para tener una idea de lo que es un «miedo que para millones de personas resulta invencible – en palabras de Vassili Grossman –, ese miedo escrito en letras rojas en el cielo plomizo de Moscú, el miedo sobrecogedor al Estado»
” (pp. 27-29).

En el reciente viaje a Berlín recogí, no sé de dónde, un folleto del Instituto Cervantes. En él se puede apreciar una figura que yo diría se corresponde con la de Rafael Alberti (tengo que reconocer que no sé si sigue vivo o no, y además, no es algo que me preocupe en absoluto), y de la otra figura, mejor me callo, de momento.

En el libro que estoy actualmente leyendo (Campos de Flandes, de José Luis de Juan), en un momento en que el narrador tiene una conversación con un ruso (se desarrolla la acción en 2001), aquel tiene la siguiente reflexión:
“Stalin, un hombre al que Rafael Alberti, tras hablar con él unas horas, no duda en describir como alguien que rezuma ternura de sus ojos húmedos” (pág. 160)

Está claro que Alberti no era pariente de Stalin (sanguíneo, quiero decir; lo de “de sangre” se podría entender de otra manera), pero quien si presume de ello es su nieto, quien lleva cosa de medio año querellándose con todo el que se atreve a decir la verdad.

Como culminación de estas demencias y/o maldades, este miércoles, día 10, para una ocurrencia que tiene buena la UNESCO, a los socialistas españoles les produce sarpullidos reconocer el genocidio no ya soviético, sino sólo de Stalin.

El pasado día 5 se celebró el aniversario de la muerte de Koba, y la duda es si hay quien todavía le tiene miedo, o es que lamenta que no siga vivo “poniendo orden”.

martes, 7 de abril de 2009

Malasombra

A la salida del Museo del Prado hicimos lo habitual: cruzar el Paseo del Prado, entrar en el Thyssen-Bornemisza (o sea, el Thyssen), y comprar las entradas para la exposición temporal de turno, para en cuanto abrieran al día siguiente. De esta manera, tras desayunar con total tranquilidad, podemos dar el paseo con más tranquilidad aún, pues el Thyssen abre a las diez, no a las nueve como El Prado.

En este diario ya he dado dos avisos acerca de la exposición, por lo que ya toca hablar de ella, no sea que llegue el tercero.

Efectivamente, la exposición que fuimos a ver al Thyssen se titula “La sombra”, y de ella ya se ha dado referencia, por ejemplo, anteayer. Por tanto, obviaré los aspectos artísticos, y hablaré de otra cosa, en concreto, dos.



Primero, la segunda. Como acostumbran a hacer, la exposición se divide espacialmente en dos sedes, la propia del Thyssen, y la de la Fundación Caja Madrid. Solemos ser los primeros de la cola en la primera sede, pero luego ya no, por motivos obvios. Sin embargo, ello no es óbice para que con antelación se pueda ver, al menos, el exterior del edificio, como habíamos hecho nosotros el sábado, camino del restaurante para comer.

Y claro, se queda uno pensando: ¿hace falta un cartelón tan grande que oculte el edificio por completo? Además, curiosamente, el cuadro en cuestión, en el folleto, es el que está vinculado con la parte expuesta en el Thyssen.

Finalmente, lo que más me impactó, ¿qué se le va a hacer? Soy así.

La exposición se estructura en diversas salas, y, en el Thyssen, la primera “concebida a modo de introducción, está dedicada a ilustrar el mito de Butades”, según el cual, recordemos, su hija “habría trazado el contorno de su amante sobre una pared” (las citas son del folleto).

Pues bien, en esa primera sala, lo primero que se ve (al menos, por mi parte), es la obra que la cierra, “de los pintores contemporáneos Vitaly Kornar y Alexander Melamid, que retoma el mito de Butades para ironizar sobre los fundamentos clasicistas del Realismo Socialista”.

“Dar a entender lo contrario de lo que se dice”, es la ironía según la Academia. Pero eso funciona dentro de un contexto, y si no, se entiende justo lo que se dice. Y en un contexto como es la primera sala de la exposición, en el que la recreación del mito es tal cual, es decir, buscar la permanencia del amado, la primera impresión puede ser demasiado impactante.

Tal vez la ironía buscada no fuera sólo pictórica, sino total. Vale. La ironía busca un mínimo de sonrisa. Vale. Pero, en mi caso, no pude dejar de pensar en esa otra risa que, como he apuntado en otras ocasiones, nos ha contado Martin Amis.

jueves, 5 de marzo de 2009

Si está oxidado, también el acero quiebra

“A las 9.50 de la noche del 5 de marzo empezó a sudar copiosamente. La cara azul se le puso más azul. Svétlana miraba y esperaba. He aquí su despedida:

Durante las últimas doce horas la falta de oxígeno se agravó. Su cara y sus labios se ennegrecieron […] Su agonía fue terrible. Literalmente murió asfixiado ante nuestros ojos. Cuando ya parecía haber llegado el último momento, abrió los ojos y miró a todos los que estábamos en la habitación. Fue una mirada terrible, de locura o quizá de cólera, y llena de miedo a la muerte […] De pronto levantó la mano izquierda, como si señalara algo situado arriba y lo maldijera todo. Fue un gesto incomprensible y muy amenazador.

¿Qué hacía? Buscar a tientas su poder.

Stalin había muerto, pero aún no se había ido. Siempre le había gustado amontonar a la gente, apretujarla, no dejarle aire ni espacio ni recursos; siempre le había gustado recluirla y emparedarla, acorralarla y enjaularla: la «perrera» de recepción de la Lubianka, con tres presos por cada metro de suelo; Ivánovo, con 323 hombres en celdas ideadas para veinte, o Strajóvich, con 28 hombres en celdas pensadas para reclusiones individuales; o 36 en un solo compartimiento de tren, o un furgón celular tan abarrotado que los
urka ni siquiera podían meter la mano en bolsillo ajeno, o los zeki atados por parejas y amontonados como troncos en la parte trasera del camión, camino de la muerte… El día del entierro de Stalin, multitudes ingentes, presas de una consternación falsa y de un falso amor, desfilaron por Moscú en densidad peligrosa. Cuando, estando en una apretada multitud, nuestros movimientos dejan de ser nuestros y tenemos que esforzarnos por respirar, una triste idea se impone en medio de nuestro pánico y es que si sobreviene la muerte, llegará de la mano de la vida, del exceso de vida, de la sobreabundancia de vida. De todos modos, ¿qué hacían allí aquellas personas? ¿Llorarle? Aquel día murieron asfixiadas más de cien personas en las calles de Moscú. Así pues, Stalin, embalsamado en el ataúd, siguió haciendo lo que realmente sabía hacer: matar rusos.”

Tomado del libro de Martin Amis Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, publicado por Anagrama, según traducción de Antonio-Prometeo Moya; libro del que ya hemos hablado en este diario.

Stalin, el Hombre de Acero, finalmente, también quebró; oxidado desde muy al principio, el acero llegó a su límite. En cambio, los pueblos ruso, georgiano, ucraniano, bielorruso, cosaco, y en muchos otros sitios de Europa, de Asia, de África, de América, tardarían (y aún tardan algunos) en ver llegar el límite de los regímenes comunistas alentados, impuestos y apoyados por Stalin y, no olvidemos, sus sucesores o competidores (Nikita Jrushov, Leónidas Breznev, Mao Tse Tung, Pol Pot, Ernesto Guevara, Fidel Castro,...).

domingo, 1 de febrero de 2009

¿Previendo... del pasado?

Este pasado verano (de 2008, se entiende) leí el libro Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, del que ya he hecho una referencia en mi anotación sobre el aniversario del fallecimiento de Lenin.

Koba era el apodo de un muchacho georgiano llamado Iósif Vissariónovich , y se trataba “del protagonista de una novela popular de título sugestivo: El parricida; pero Koba no era el parricida del título. Lo más destacado de Koba es que era una figura a lo Robin Hood, azote de los ricos y benefactor de los pobres”. Tenía también otro apodo, Soso, diminutivo georgiano de Iósif, pues es el caso de que Iósif, como sus padres, sólo hablaba georgiano hasta que con ocho o nueve años empezó a aprender ruso.

Con veinte años, este muchacho pasó página, e inició su andadura en la Historia. Se cambió el apodo, y pasó ser conocido como "Hombre de Acero", es decir, Stalin.

La segunda parte del libro está propiamente centrada en la figura de Stalin (se titula "Cursillo sobre Iósif el Terrible"), y empieza con esta ilustrativa imagen (pág. 107, en la 4ª edición, septiembre de 2005):

“CENSO.
En 1937 hubo un censo nacional, el primero después del de 1926, que había dado una población de 147 millones. Extrapolando la tendencia de las cifras de los años veinte, Stalin dijo que esperaba un total de 170 millones. La Oficina del Censo dio 163 millones, una cifra que reflejaba las consecuencias de la política estalinista. Stalin mandó detener y fusilar a los de la Oficina del Censo. Las cifras reales del censo se mantuvieron ocultas, pero la oficina fue denunciada públicamente como nido de espías y saboteadores, a pesar de que había comunicado sus resultados a Stalin y no (por ejemplo) al
Times de Londres.
En 1939 hubo otro censo. Esta vez, la Oficina se las arregló para dar 167 millones, que Stalin en persona redondeó en 170.(...)
Los censistas de 1937 fueron fusilados por «traidores que reducían la población de la URSS».
Ya lo tenemos: el estalinismo es la perfección negativa
”

Más adelante, se dice (páginas 133-134):

“Los objetivos de Stalin estaban claros: la Colectivización intensiva, con la exportación de todo el grano, financiaría la industrialización a destajo y redundaría en una militarización suicida para fortalecer el Estado y el imperio «en un mundo hostil».(...)
Para que las cosas funcionaran necesitaba un enemigo y una urgencia. La urgencia fue una «crisis cerealística», declarada a raíz de la decepcionante pero no desastrosa cosecha de 1927. El enemigo fue el
kulak rural. [Los propiamente kulaki “eran usureros, prestamistas y «explotadores de los braceros», y casi todos desaparecieron durante el terror rural del Comunismo de Guerra. Como es lógico, durante la NEP, unos agricultores siguieron siendo más ricos que otros (alrededor del doble en los casos extremos)». Hay que recordar que tanto el Comunismo de Guerra como la NEP, se desarrollaron bajo el poder de Lenin](...)
Solzhenitsyn insiste («Esto es importantísimo, lo más importante») en que la deskulakización fue ante todo un medio de aterrorizar y obligar a someterse los demás agricultores: «Si no se les metía el miedo en el cuerpo, no había forma de quitarles la tierra que les había dado la Revolución ni de colocarlos en aquella misma tierra en calidad de siervos». (Y Molótov hablaba de asestar «tal golpe» a los kulaki que «los agricultores medios se pondrán firmes ante nosotros»)”

Como ya se reflejó en la anotación anterior, Lenin ya había recorrido un camino parecido, y se puede leer en las páginas 138-141:

“Aunque había diferencias, Stalin había llegado al mismo callejón sin salida que Lenin en 1921. Lenin había aceptado la derrota, la retirada y una solución de compromiso. En otras paalabras, aceptó la realidad. Stalin no. El campesinado no tenía ya ante sí a un frío intelectual. Tenía a un vehemente personaje popular cuya popularidad se deformaba y resquebrajaba con el calor del poder. No iba a aceptar la realidad. Iba a destruirla.(...)
Cuando Pasternak viajó al campo a principios de los años treinta para «recoger material sobre la nueva vida aldeana», cayó enfermo y no escribió ni una sola palabra durante un año. (...) Lo que vio «desbordaba los límites de la conciencia». No de
su conciencia. Lo que vio fue la materialización de la conciencia de otro, de la mente de otro, de la cólera de otro.
En el otoño de 1930, el ciclo de la violencia se convirtió en espiral: caleidoscópica y vertiginosa.
(...)
Tras enumerar, en una carta a Stalin, cinco torturas empleadas para obligar a los campesinos a revelar dónde estaban las reservas de cereal, el novelista Mijaíl Shólojov añadía: «Podría poner miles de ejemplos parecidos. No son "abusos" del sistema; es el sistema de recoger el cereal»(...)
¿Qué más pedía la cólera de Stalin? ¿Cómo podía ampliarse e intensificarse?(...) Empieza a ser una costumbre fusilar en masa a los niños huérfanos.(...) De súbito se detiene a 20.000 militantes y cuadros comunistas (por «complacencia criminal» en la represión), para aterrorizar a los aterrorizadores, para añadir terror al terror, y a continuación más terror, y luego más, hasta que Stalin, el gradualista, recurre a un terror atípico o nuclear: el hambre.
Conforme caían las cosechas, aumentaban las cuotas de requisa, con sólo un resultado posible, Stalin siguió hostigando a los campesinos hasta que no quedó nadie para sembrar la siguiente cosecha
”

Hace ochenta años hubo quien "no iba a aceptar la realidad". ¿Hoy también?. En el penúltimo párrafo transcrito, figura una frase, que pongo ahora, y que como los párrafos transcritos al principio de esta anotación, muestra cómo no se acepta la realidad... ni a quienes son contumaces en darse cuenta de ella.

“La Checa ejecuta a veterinarios y meteorólogos”

Y es que, por si este pasado mes de enero no hubiéramos tenido bastante en aeropuertos y carreteras y en casi toda España, empezamos febrero con serias amenazas.

Sólo cabe esperar que, tratándose de quien se trata, ni sea capaz de enterarse de la Historia, ni sea capaz de recordar sus tiempos pasados.

sábado, 24 de enero de 2009

The keys of the city

En este diario se celebran y conmemoran los nacimientos, o se recuerdan los fallecimientos, de personas que han tenido no sólo una gran trascendencia en el mundo, sino que dicha trascendencia ha sido positiva (en opinión de quien esto escribe).

Hoy toca, por contra, recordar el fallecimiento de una persona cuya trascendencia, en mi opinión, ha sido todo lo negativa que puede llegar a ser.

Y es que, aprovechando que hoy hace 85 años que a la ciudad de San Petersburgo le cambiaron el nombre y, en un espontáneo ejemplo de reconocimiento, pasaron a bautizarla como Leningrado, recordamos que tres días antes había fallecido (aunque algunos dicen que "lo fallecieron"), Vladimir Ilich, más conocido como Lenin.

Tal vez uno de los méritos por los que se justificaba el cambio de nombre de la ciudad, y que explicara ese subtítulo del artículo ("Soviet Congress in tears") fuera, tal y como se narra en Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, obra de 2002 de Martin Amis, según traducción de 2004 de Antonio-Prometeo Moya, para la edición de la obra publicada por Anagrama con el número 577 de su colección Panorama de Narrativas; fuera, como digo, el siguiente:

“Por lo general se cree que el uso del hambre como arma del Estado contra la población es una innovación introducida por Stalin (luego adoptada por Mao y otros dirigentes comunistas), pero el hambre leninista de 1921-1922 también tuvo sus aspectos terroristas. Las dos hambrunas tuvieron la misma causa: requisa alimentaria punitiva. Mientras que Stalin fomentó y consolidó el hambre total, Lenin permitió al final y a regañadientes la intervención norteamericana,que salvó más de 10 millones de vidas. Sin embargo, el hambre leninista se imbricó con el terror, al menos en Ucrania. Como dijo en 1927 el historiador H.H. Fisher: «El gobierno de Moscú no sólo no informó a la American Relief Administration de la situación en Ucrania, tal como había informado en el caso de regiones mucho más lejanas, sino que deliberadamente puso obstáculos.» Y Conquest añade: «La verdad es que entre el 1 de agosto de 1921 y el 1 de agosto de 1922 se sacaron de Ucrania 5 millones de quintales de cereal para repartirlos por otros lugares.» Durante toda su vida adulta, Lenin fue un admirador del hambre como elemento «radicalizador» (y secularizador) del campesinado. (...) Así pues, Stalin, en 1933, se limitó a demostrarse a sí mismo, una vez más, que era «el más capacitado discípulo de Lenin». Su única novedad cualitativa, al margen de las purgas del Partido, fue la farsa de los Procesos de Moscú. Podemos traer a colación el comentario de Solzhenitsyn sobre el juicio «de propaganda» de los socialistas revolucionarios de 1922: Lenin «casi casi estuvo allí».”

Y, como se sigue viendo, todavía hay quien lo sigue.