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jueves, 17 de octubre de 2013

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Viejos y antiguos, pero en estantes actuales

En el recorrido que hace justo una semana hice a lo largo de la Feria de Otoño, me llamaron la atención una biografía y unas memorias, con casi diecinueve siglos de separación entre los hechos históricos.




Sí me intrigó la abundancia en varias de las casetas de la Feria, de ejemplares muy variados y antiguos, de la famosa colección Austral.






Lo que me permitió sumergirme brevemente en ellos.





Bueno, y creo que no hace falta decir cuál fue el que compré en la librería valenciana.

Créditos:
Imágenes de las sobrecubiertas (y de una página interior con el título y autor), de los libros en cuestión.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Y ahora, ¿dónde los pongo?: El peligro del yaque

Uno de los peligros de visitar una librería es el yaque, es decir, ya que estás, mira a ver qué hay que sea interesante llevarte.





Si ya resulta peligroso cuando te encuentras que hay un saldo extraordinario en el que ojeas, hay una ocasión en que resulta muchísimo más peligroso.




Y es cuando vas en busca de libros, en mi caso, para mi hija.

Pues el caso es que al buscar, se hace un recorrido completo de los estantes donde están los libros buscados, y, claro, como bien se sabe, «el que busca, halla», y halla tanto aquello que venía a buscar (si está), como lo que se encuentra en el yaque de la búsqueda.

En resumen, lo clásico.





Bueno, y también está el riesgo de pasar por la puerta y fijarse en el escaparate.


Créditos:
Cubiertas de los libros en cuestión.

domingo, 21 de octubre de 2012

Aquí un amigo: Bueno, uno, no, muchismos.

“En BiblioCafé, los libros adquieren vida propia: se cambian de estante; los de devolución, se esconden; se 'suicidan' cuando nadie los quiere comprar, y se tiran del estante.”

Esta introducción de José Luis Rodríguez, responsable de BiblioCafé, anunciaba una prometedora tarde  pues a continuación tenía lugar la presentación del último libro de Santiago Posteguillo por parte de… Santiago Posteguillo.

Conocido por sus novelas históricas ambientadas en la Roma republicana e imperial, Santiago Posteguillo es, en primer lugar, profesor en la Universidad Jaime I de Castellón, pero no de Historia Antigua ni de Latín, sino de Literatura inglesa y estadounidense. Y sobre esta faceta suya comenzó hablando.

Y es que su último libro va de libros, de sus autores, de sus épocas,… en definitiva, de la vida de unos y otros. Pero a esto, ya llegaremos. Volvamos al principio.

Contó que en un curso (voluntario) de literatura que estudió en la universidad, allá en Estados Unidos, aprendió la metodología del Dr. Kraft, que muy sucintamente nos explicó:
En primer lugar, para abrir boca, Faulkner y su El ruido y la furia. Para situarnos, explicó que Vargas Llosa dijo de esta novela que era el único libro en el que, para poder seguirlo, tuvo que ir tomando apuntes.

Luego, llegaba Conrad, con Lord Jim. Centrémonos sabiendo que el autor utilizaba el polaco con la familia, el francés para viajar, y el inglés para la literatura, “es decir, lo normal”.

Y no era sino después cuando llegaba una lectura más asimilable: Hemingway con su En nuestro tiempo.

Ya cuando tuvo confianza (“y con la nota puesta”, importante detalle) Santiago Posteguillo pudo resolver las dudas acerca del procedimiento gracias a este breve diálogo con el Profesor Kraft:
“- ¿Ha pensado hacerlo al revés?
- ¡Jamás! Haciéndolo así se borran todos a los que no les gusta la literatura.”

Ilusionado con la metodología (“Algo de razón tendría cuando sobrevivimos al curso sólo 12”), Santiago Posteguillo pensó en aplicar el procedimiento en sus clases en la Universidad, pero… en la Jaime I la asignatura de Literatura inglesa y estadounidense es… obligatoria. Y, además, comienza cronológicamente, es decir, con el Beowulf.

Por tanto... él empieza con El señor de los anillos y Gandalf (momento en el que nos apuntó la eterna cuestión de plagio frente a intertextualidad).

Y acaba leyendo en anglosajón el Beowulf.

Ya entrando en el libro, Santiago Posteguillo comentó diversos capítulos del mismo, y, haciendo como antes, es decir, volviendo al principio, nos expuso lo significativo (el adjetivo es mío) del hecho de que se desconoce quién inventó el fuego y quién la rueda, pero sí se conoce quién inventó el orden alfabético (para saberlo, mejor leer el libro).

La técnica narrativa que utiliza en los relatos es sencilla: “Juego a la intriga con el lector”, con un inicio novelado, que luego aclara.

Así, por ejemplo, en el relato sobre Shakespeare y la autoría de las obras a él atribuidas, sobre lo que zanjó todas las dudas: “Creo que no se sabe, pero me da igual”, pues lo importante son sus obras.

Sobre el curioso título del libro, nos remitió al relato en cuestión, recordándonos que durante la famosa estancia en la casa que Lord Byron tenía en Suiza, Percy Shelley leía en voz alta a sus compañeros el Quijote, y que Mary Shelley, su esposa, aprendió español precisamente  (al igual que Pushkin) para poder leerlo sin traducción interpuesta.

Nos mostró su especial cariño a Dostoievski de quien recrea en un relato su capacidad para terminar Crimen y castigo por la mañana y escribir ex novo El jugador por la tarde. Aunque, eso sí, precisó ayuda, no económica (que no hubiera conseguido por sus numerosas deudas, fruto de su ludopatía compulsiva), sino taquigráfica (en la persona de Anna Grigorievna Snitkina), para poder escribir todo lo rápido que su genio le inspiraba.

Santiago Posteguillo nos recordó también la disputa interna que hubo en España acerca de las propuestas para el Premio Nobel a favor, bien de Benito Pérez Galdós, bien de Ángel Guimerá, con el resultado de que ni uno ni otro. Introdujo el tema con el curioso hecho de que en Valencia, las calles que llevan el nombre de dichos literatos confluyen, cosa que no sucedió en los esfuerzos por apoyar la concesión del Premio para ambos. Y es que, en conclusión, “cuando los políticos se meten en otras aguas, naufragamos”.

El pequeño paseo entre los relatos del libro acabó, como no podía ser de otra manera, en otro principio: “Los adultos nos empeñamos en decirles a los niños qué libros deben leer”. No así es J.K. Rowling y su Harry Potter: “la chispa es que no trata a los chavales como idiotas”.

El libro consta de 24 relatos, pero… “no está Blasco Ibáñez”, le dijo Antonio Penadés, quien acompañaba en la presentación a Santiago Posteguillo.
“Y muchos más. No se trata de un libro de 1.000 páginas de historia de la literatura”. Se quería “algo ágil”, y, claro, “hay que cortar”. Recordó sobre Blasco Ibáñez Tiempo de valientes, la reciente novela de Basilio Trilles. Y sobre la importancia literaria de Blasco Ibáñez señaló que en 1919 el libro más vendido en EEUU era de Blasco Ibáñez (aunque él no dijo cuál, lo digo yo: Los cuatro jinetes del Apocalipsis).

Pero (¿otro pero?) aún hay esperanza: “me están pinchando para continuar”.

El último relato del libro acaba recordándonos que la historia de la literatura empieza mucho antes que la escritura, es decir, con el cuento y la tradición oral.

Lo que es una forma de decir que ya he escrito bastante.

Del libro y de su presentación. Del autor sólo recogeré lo que comentó Antonio Penadés:
“Me hubiera gustado tenerlo por profesor de literatura, pero lo tengo como amigo, lo que es mejor.”

Créditos:
Fotografías de la presentación de La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, acto y libro de Santiago Posteguillo, en BiblioCafé este pasado miércoles día 17.
Imagen del cartel publicitario, tomada de la página de facebook de BiblioCafé.
Imagen de la ilustración de inicio del relato Veintiséis días, dedicado a Dostoievski, obra de alademosca, tomada del libro en cuestión.

domingo, 13 de mayo de 2012

Abandonados a mirar, por no actuar

“En época pasada, aunque no remota, el Mercado de Valencia tenía una leyenda, que corría como válida en todos sus establecimientos, donde jamás faltaban testigos dispuestos a dar fe de ella.
Al llegar el invierno, aparecía siempre en la plaza algún aragonés viejo llevando a la zaga un muchacho, como bestezuela asustada. Le habían arrancado a la monótona ocupación de cuidar las reses en el monte, y le conducían a Valencia para «hacer suerte», o, más bien, por librar a la familia de una boca insaciable, nunca ahíta de patatas y pan duro.
El flaco macho que los había conducido quedaba en la posada de Las Tres Coronas, esperando tomar la vuelta a las áridas montañas de Teruel; y el padre y el hijo, con traje de pana deslustrado en costuras y rodilleras y el pañuelo anudado a las sienes como una estrecha cinta, iban por las tiendas, de puerta en puerta, vergonzosos y encogidos, como si pidiesen limosna preguntando si necesitaban un criadico.
Cuando el muchacho encontraba acomodo, el padre se despedía de él con un par de besos y cuatro lagrimones, y en seguida iba por el macho para volver a casa, prometiendo escribir pasados unos meses; pero si en todas las tiendas recibían una negativa y era desechada la oferta del criadico, entonces se realizaba la leyenda inhumana, de cuya veracidad dudaban muchos.
Vagaban padre e hijo, aturdidos por el ruido de la venta, estrujados por los codazos de la muchedumbre, e insensiblemente, atraídos por una fuerza misteriosa, iban a detenerse en la escalinata de la Lonja, frente a la famosa fachada de los Santos Juanes. La original veleta, el famoso Pardalot, giraba majestuosamente.
- ¡Mia, chiquio, qué pájaro!... ¡Cómo se menea!... –decía el padre.
Y cuando el cerril retoño estaba más encantado en la contemplación de una maravilla nunca vista en el lugar, el autor de sus días se escurría entre el gentío, y al volver el muchacho en sí, ya el padre salía montado en el macho por la Puerta de Serranos, con la conciencia satisfecha de haber puesto al chico en el camino de la fortuna.
El muchacho berreaba y corría de un lado a otro llamando a su padre. «¡Otro a quien han engañado!», decían los dependientes desde sus mostradores, adivinando lo ocurrido; y nunca faltaba un comerciante generoso que, por ser de la tierra y recordando los principios de su carrera, tomase bajo su protección al abandonado y le metiese en su casa, aunque no le faltase criadico.
La miseria del lugar, la abundancia de hijos y, sobre todo, la cándida creencia de que en Valencia estaba la fortuna, justificaban en parte el cruel abandono de los hijos. Ir a Valencia era seguir el camino de la riqueza, y el nombre de la ciudad figuraba en todas las conversaciones de los pobres matrimonios aragoneses durante las noches de nieve, junto a los humeantes leños, sonando en sus oídos como el de un paraíso, donde las onzas y los duros rodaban por las calles, bastando agacharse para cogerlos.”

De este modo nos cuenta Vicente Blasco Ibáñez en Arroz y tartana la leyenda del abandono de niños de las tierras pobres de Aragón en general, y de Teruel en particular, en medio de la bulliciosa y rica ciudad de Valencia, en la esperanza de que encontraran mayor fortuna que en su propio hogar.

Satisfechos de que de estas escenas ya sólo supiéramos leyendo páginas de nuestra literatura, a principios de año también leímos, pero esta vez en prensa, en InfoCatólica en concreto, que en Grecia estaban empezando a suceder casos similares:
“[Georgios Protópapas, director de Aldeas Infantiles SOS en Grecia] matiza que "los casos de abandonos de niños a las entradas de iglesias o en las maternidades es muy limitado".
En la mayoría de los casos se trata de familias depauperadas por la crisis que dejan a sus hijos en los centros de acogida durante una temporada, a la espera de que mejore la situación económica.”

Sin embargo, esta matización de inicios de año ha pasado, tras el invierno, a ser una mayor realidad, como se pudo leer hace una semana en La Gaceta:
“La crisis ha disparado el abandono de niños en Grecia. Cada vez son más padres los que dejan a sus hijos a las puertas de una ONG infantil por no tener recursos para darles de comer.
Desde la ONG Children Grecia aseguran que jamás han visto nada parecido. En el último año han tenido 380 solicitudes de padres que les han pedido que se hagan cargo de sus hijos. Un 300% más que hace un año.
En esta ONG han pasado de acoger a chicos problemáticos a pequeños cuyos padres en paro y sin recursos no puede ni alimentarles.”

Está claro que sólo 380 casos no califican una población de once millones de personas. Pero es un síntoma, más aún, ante la posibilidad de que haya muchos casos más sin saber, anónimos como los del Pardalot de San Joan.

Por cierto, no sé dónde estaría la posada de la novela, pero es muy probable que el pobre padre, en su camino desde la Lonja hasta la entonces Puerta de Serranos pasara por delante de la Basílica de la Virgen de los Desamparados.

Créditos:
Fotografía de la iglesia de los Santos Juanes, a principios del siglo XX, con los toldos de los puestos del mercado antes de la construcción del Mercado Central, del archivo actual de Levante-El Mercantil Valenciano, tomada de Memoria Gráfica de Valencia, editada por fascículos en 1998 por el referido periódico (pág. 250).
Texto de Arroz y tartana, de Vicente Blasco Ibáñez, tomado de internet.

miércoles, 15 de junio de 2011

Y ahora, ¿dónde los pongo?: ¡Al hueco!

Comenté el otro día que había conseguido un libro nuevo: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, con el que puedo ocupar un hueco en la nueva distribución y ordenación de libros que finalmente, más o menos, he conseguido.

El problema es que el libro, de por sí, ya ocupa varios huecos, pues la edición es de 24x34 cm.

Menos mal que para investigar, deducir y llegar a conclusiones, he podido esta misma mañana encontrar una edición calentita (por lo de recién publicada, no por el calor que ha hecho hoy, que también) de nuestro ya viejo conocido Chesterton.

Pero creo que, aunque va de libros, no se refiere exactamente a lo que ahora necesito.

Créditos:
Portadas de los libros referidos.