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jueves, 31 de octubre de 2013

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Aunque la pregunta no es de ‘ahora’

Y es que hay libros que hace tiempo que llegaron, pero no han aparecido por aquí.










A pesar de la tardanza, no hay especial problema, pues tampoco puede decirse que las obras sean absolutas novedades.







Aunque en parte sí, pues aún no las he leído.








¡Ah! Aunque lo sea, yo no soy aquel excéntrico.

Créditos:
Cubiertas de los libros en cuestión.

domingo, 9 de junio de 2013

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Diez días… y sin ir por ella

A las once de la mañana se abrirán las casetas en este décimo día de la 72ª edición de la Feria del Libro de Madrid.

Y yo, sin aparecer por ella.




Claro que ya había hecho buena provisión de libros, incluso antes de que fuera inaugurada, aprovechando el hueco desde el final de la de Valencia.





También es cierto que hay mucho para leer y hay que ir eligiendo. No están los tiempos para que el viento se nos lleve los buenos cuentos, y nos deje, arrastrándolas, las hojas de los periódicos.

Pero bueno, no será por falta de horario ni, espero, de vida.

Créditos:
Imágenes de las cubiertas y sobrecubiertas de los libros en cuestión.

sábado, 20 de agosto de 2011

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Agosto, Historia en rostro



Créditos:
Portadas de las últimas adquisiciones.

sábado, 28 de agosto de 2010

Y ahora, ¿dónde los pongo?: En cambio, estas prensas ya están frías

Aprovechando la comodidad de la tarde, me acerqué, como cabía esperar, por mi librería de cabecera, París-Valencia. Sin embargo, por lo que se pudo apreciar, la gente en general no consideró que la tarde tuviera una cierta comodidad, estando las calles poco ocupadas, y menos aún, la librería. Según parecía, hacía calor.

Quienes en cambio estaban ya frías eran las prensas en que se imprimieron numerosos libros de las mesas de ofertas. Curioseando entre ellos, me encontré un ejemplar de noviembre de 1998, cosa razonable de esperar, pero también otros dos de abril y octubre de 2007, ejemplo nuevamente de la breve vida de la producción editorial, en la que rauda y veloz llega la aplicación drástica de la draconiana política de saldos de las editoriales (por no hablar de la guillotina, aunque sea para el papel).

Los libros rescatados de tan cruel destino fueron, respectivamente, los que a continuación se muestran.



Nota: el último, por ejemplo, a 2,95 euros cuando tiene marcado en la contraportada 18 euros.

jueves, 25 de junio de 2009

De cuando el tren de la Historia entró en agujas

La editorial Acantilado está realizando una importante labor de recuperación de la literatura europea de entreguerras. Y, como no podía faltar, de numerosos autores y obras de Centroeuropa, especialmente protagonistas, a su pesar, en ese primer tercio de siglo.

Uno de estos autores es Joseph Roth, quien, como muchos otros, sin moverse de su casa, acabó siendo ciudadano de tres, cuatro, cinco,… países, hasta que, también como muchos otros, afortunados ellos (él en París en 1939), pudieron morir en el exilio.

Este pasado fin de semana he leído su novelita Jefe de estación Fallmerayer, en la colección Cuadernos del Acantilado (como ejemplo de lo expresado más arriba, es el número 32 de la colección, y está precedido por otros tres del mismo autor más otro de Stefan Zweig). La traducción es de Berta Vias Mahou, se entiende que expresamente para esta primera edición de noviembre de 2008.

Como se reseña en la solapa de la cubierta “la amarga experiencia del derrumbamiento del mundo de los Habsburgo y sus consecuencias psicológicas, así como la obligada emigración de los judíos de Europa central hacia Occidente, fueron desde el inicio los temas centrales en su obra”. Lamentablemente, no se expresa la fecha de redacción de la novelita, la cual seguro que reforzaría lo reseñado.

El recuerdo del mundo de los Habsburgo, como mezcla de orden y costumbres, con una estructura social finamente ajustada y equilibrada entre las distintas clases sociales, con sus derechos y deberes, y con sus ilusiones, triviales… o no; este mundo se puede ver delicadamente descrito, por ejemplo, en este párrafo al principio de la novelita:

“Un día de marzo del año 1914, Adam Fallmerayer se encontraba sentado, como de costumbre, en su despacho. (…)
Llovía, y el aire era templado. El jefe de estación Fallmerayer nunca había presenciado una llegada tan temprana de la primavera. Los trenes expreso que se dirigían hacia el sur, a Merano, a Trieste, a Italia, no paraban jamás en su minúscula estación. Pasaban a una velocidad desenfrenada por delante de Fallmerayer, quien, dos veces al día, saludando con su resplandeciente gorra de color rojo, se apostaba en el andén. Casi degradaban al jefe de estación a la categoría de guardavías. Los semblantes de los pasajeros en las amplias ventanillas se desvanecían en una papilla de color blanco grisáceo. El jefe de estación Fallmerayer jamás había podido ver el rostro de un pasajero de viaje hacia el sur. Y el sur era para el jefe de estación algo más que simplemente una indicación geográfica. El sur era el mar, un mar hecho de sol, libertad y dicha.
”

Pero, al poco,…
“La mujer y las niñas regresaron [de unas vacaciones]. El mes de julio llegó a su fin.
Entonces se produjo la movilización general.
”

No llegó, simplemente, una guerra más: se trataba de la Gran Guerra. Y no sólo.