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viernes, 21 de diciembre de 2012

Trópico de Capricornio

Austral, la primera colección de bolsillo de habla hispana, inició su andadura en Argentina en 1937 de la mano del editor Gonzalo Losada y con La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset, como primer título. En plena guerra civil española, la colección Austral nace con una clara vocación de acercar al gran público las mejores obras de todos los tiempos y su trayectoria es un reflejo de la historia cultural de nuestro país en los siglos XX y XXI.
(…) Dos de los más prestigiosos pensadores de la época fueron nombrados asesores de la colección: José Ortega y Gasset (Letras) y Julio Rey Pastor (Ciencia y Técnica).
(…)
Desde sus inicios, uno de los rasgos distintivos de Austral ha sido el diseño de sus cubiertas que, con diferentes variaciones a lo largo de sus setenta y cinco años de vida, ha formado parte del imaginario colectivo de varias generaciones. Su creador fue Attilio Rossi, quien, tras estudiar varias editoriales de la competencia (en especial, la británica Penguin), desarrolló un diseño de colección que incluía una cubierta, con el texto impreso en marrón sobre un fondo blanco, y una sobrecubierta, con un fondo tramado con un color que distinguía el género. Se decidió que el logo representara un animal, en línea con lo que estaba en boga en aquel momento. Finalmente, y tras descartar la opción del oso polar por recomendación del mismísimo Jorge Luis Borges (a partir de la observación de la inexistencia de este tipo de plantígrado en la Antártida), se optó por una evocación del símbolo de Capricornio.
El conjunto se convirtió en un hito del diseño hispánico de la primera mitad del siglo XX; una prueba de ello es la vigencia del mismo, que se mantuvo intacto durante cuarenta y ocho años.

Hace algo más de un mes descubrí la edición de unos Cuadernos de notas, es decir, unos cuadernos con hojas en blanco simplemente para tomar notas (y con citas literarias cada cuatro páginas), que mostraban en su cubierta el clásico diseño original para la sobrecubierta de la Colección Austral. Estos cuadernos tienen una breve Introducción donde se cuenta algo de la historia de la colección, de la que se ha extraído el texto con que se inicia esta anotación.

Los colores de la sobrecubierta acabaron siendo nueve, el último, el marrón dedicado a la Ciencia y técnica. De hecho, este género no figura relacionado en la sobrecubierta del ejemplar de Estudios literarios, de Ramón Menéndez Pidal, del que tengo una segunda edición, del 10 de junio de 1939, por lo que se trata del más antiguo, a fecha de hoy, de mi ‘selección’ de la Colección Austral.

Los otros ocho colores, de los que toman nombre las series en que se organiza la colección, son: azul, para Novela y cuentos en general; verde, para Ensayos y filosofía (curiosamente, figura en segundo lugar en la relación de las solapas, aunque fue el color con el que se ‘estrenó’ al colección); naranja, para Biografías y vidas novelescas; negro, para Viajes y reportajes (género poco frecuente, del que, sin embargo, tengo un volumen); amarillo, para Libros políticos y documentos del tiempo (o sea, Historia); violeta, para Poesía y teatro; gris, para los Clásicos (entendidos hasta el siglo XVII); y rojo, para Novelas policíacas, de aventuras y femeninas (aspecto éste último que no se menciona en la antedicha Introducción.

Con el tiempo, la sobrecubierta desapareció, y el diseño lo heredó la cubierta.


En honor a los méritos conseguidos, en la ordenación de libros que estoy intentando hacer en casa, los ejemplares de la Colección Austral, como los de El libro de bolsillo, tienen su propio lugar reservado, con independencia de autores o temas.

Con el tiempo, también la colección desapareció, siendo sustituida por una Nueva Austral. Pero esto, ya, es otra… colección.

Créditos:
Imágenes de las cubiertas del Cuaderno de notas y del ejemplar de la Colección Austral mencionados.
Extracto de la Introducción que figura en el Cuaderno de Notas en cuestión.
Fotografía de los ejemplares de la Colección Austral que figuran en mi biblioteca.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Un ratón muy, muy… cercano

Es sabido que los personajes propios de Disney, como el Pato Donald o Mickey Mouse, han vivido aventuras de muy diversa naturaleza, ambiente e incluso época. Entre ellas, no podían faltar, por supuesto, aventuras espaciales como la que la familia Pato vivió con el nombre de Los apaches del asteroide según pudimos leer hace cuarenta años en la Colección Dumbo.

Por tanto, era cuestión de tiempo que en vez de ir los personajes Disney al espacio, fuera éste quien llegara a Disney. Y ya ha sido así.

Aunque, todo hay que decirlo, ya hace algo más de un año que alguien visitó las instalaciones del Parque de Anaheim. ¿Querría comprobar su nueva casa?


Créditos:
Cubierta del volumen de Los apaches del asteroide (segunda edición, en 1971), de la biblioteca del autor.

jueves, 30 de agosto de 2012

Otra colección… de años

Ayer por la tarde vi en el escaparate de un kiosco la primera entrega de una de las nuevas colecciones para esta temporada.

Se trata de una reedición de la colección Dumbo, unos libritos, de unas 80 páginas, con historietas de Walt Disney, por lo común, dos historias largas (la primera dando nombre al álbum; por eso el ‘y…’ en la cubierta), y otro par o tres más cortas. En algún número que otro, la primera de las historietas principales se correspondía con una de las películas ya clásicas de dibujos animados (Merlín el encantador, 101 dálmatas,…)

En todo caso, los personajes eran los propios de Disney: el Pato Donald y su familia (especialmente sus sobrinos y el Tío Gilito); Mickey Mouse junto con Goofy (en aventuras policíaco-detectivescas –bien ayudando al Sargento O’Hara o bien a través de Ojo avizor, su propia agencia de detectives); y otros personajes ‘menores’ como el Lobo y los Cerditos,…

En ocasiones, la aventura principal, a través de su título, hacía un guiño a la literatura ‘seria’, como es el caso de Las minas del Rey Salomón, o de El Rey del Mar, libros que fueron los primeros que tuve con este título, mucho antes que las obras genuinas, fuera en adaptaciones resumidas en inglés, o íntegras traducidas.

También había guiños a personajes casi legendarios, como en este volumen titulado Gilito de Arabia.

La colección la editaba Ediciones Recreativas S.A. (E.R.S.A.) y más que de libros era más bien de revistas, pues estaba registrada en la Dirección General de Prensa, con el número 18 del R.P.I., y por eso, en las primeras publicaciones, figuraba como Depósito Legal el M. 2845-1958, aunque el inicio de la colección debió de ser en 1967 o algo antes. La misma editorial lanzó también la colección Películas, gruesos volúmenes con recopliación también en formato de tebeo de las clásicas películas de Walt Disney, aunque al poco incluyó a la ‘competencia’, Hanna-Barbera.

Los primeros ejemplares que tengo de la colección (de 1968 y 1969), costaban la friolera de 35 pesetas, mientras que en los siguientes (años 1970 y 1971), ya figura en la contraportada el importe de 40 pesetas. El importe de la colección de esta temporada no sé cuál es, pero posiblemente sea, proporcionalmente hablando entre ambas épocas, bastante superior al de entonces.

Lo que sí que me figuro es el mercado objetivo de la colección: visto los gustos del actual segmento infantil, no puede ser sino los padres de los niños de ahora, es decir, los que eran niños cuando se lanzó la colección original, hace más de cuarenta años. Igual que la colección de Bruguera, ya conocida en estas páginas, Joyas literarias juveniles.

[Nota:
Después de ver la introducción en la portada de Salvat para la colección, no es cuestión de figurarse nada: la misma publicidad habla de “tu infancia” y “tu niñez”.]

Y la duda que esto plantea es la siguiente:
¿De verdad está tan mal la cosa (económica, artística y socialmente, incluso), que sólo cabe refugiarse en la nostalgia de la infancia?

Créditos:
Cubiertas de los volúmenes de Las minas del Rey Salomón (segunda edición, en 1970), El Rey del Mar (ediciónsin identificar, también en 1970) y Gilito de Arabia (edición sin identificar,ya en 1971), de la biblioteca del autor.

martes, 21 de agosto de 2012

Siete mares eran pocos

Uno de los primeros libros que recuerdo haber leído es Un drama en el océano Pacífico, de Emilio Salgari, en edición de Ediciones Petronio, de allá por el año 1972. En esas fechas, también publicaron en la misma colección Los piratas de Malasia, obra que se integró en la biblioteca de mi hermano, y en la que descubrimos a Sandokán.

Una idea, más allá del volumen de ventas o lecturas, de la importancia de Emilio Salgari en la literatura juvenil del último siglo (salvo, por desgracia, estos años más cercanos), es que en la reciente colección Joyas literarias juveniles, en la que cada volumen recoge, en forma de tebeo, tres novelas de la literatura universal, el primero está dedicado a Julio Verne, el segundo a Robert Louis Stevenson, y el tercero es, ya, para Emilio Salgari.

Curiosamente, la primera novela de ese volumen, que figura con el título de Sandokán, y que en realidad es Los tigres de Mompracem, es la única que tengo de Salgari en El Libro de Bolsillo, casi diez años después de las que he comentado (fue un regalo de los Reyes en 1982).

Curiosamente también, otro día de Reyes, pero de 2001, tuve como regalo una edición de El Rey del Mar, que es la continuación de la ya mencionada Los piratas de Malasia, y que, salvo error, es el último libro de Salgari que he adquirido.

Y una vez cerrado el círculo, podemos celebrar hoy el sesquicentenario del nacimiento en Verona de Emilio Salgari.

Aunque no está claro que conociera nada de los escenarios y caracteres que reflejaba en sus novelas, éstas han conseguido entretenernos y divertirnos, haciéndonos olvidar, y tal vez también a él, que su vida sí fue una aventura personal y familiar… pero triste.

Créditos:
Cubierta del volumen número 3 de la nueva colección Joyas literarias juveniles, publicada por Editorial Planeta entre 2009 y 2010, reproduciendo la de Antonio Bernal Romero para el número independiente de Sandokán, en la colección original, en 1976.
Cubierta (de Daniel Gil) de Los tigres de Mompracem, de Emilio Salgari, publicado en 1981 como número 809 de la colección El Libro de Bolsillo, de Alianza Editorial.
Fotografía de Emilio Salgari, tomada de la Wikipedia.

domingo, 19 de agosto de 2012

El libro, tal vez, pero la estantería…

Hoy he terminado de fichar por completo los libros que tengo de la colección El Libro de Bolsillo, realizada en su día por Alianza Editorial. El total, salvo error u omisión, asciende a 110.

Naturalmente, los hay que compré en su día como novedad, o, también, del fondo de librería (en la época en que el fondo podía disponer de libros editados, incluso, diez años antes). Conociéndome, es lógico que haya también numerosos ejemplares conseguidos en Ferias de Libro Antiguo o librerías de viejo.


En la fotografía se puede observar, ordenados por número en la colección, desde el primero, Unas lecciones de Metafísica, de José Ortega y Gasset, hasta los números 485 y 495, los dos tomos en que se dividió Flecha en el azul, el primer volumen de la autobiografía de Arthur Koestler.

Una cosa que se puede observar es que el lomo de los libros y la impresión en ellos, no era el mero blanco y negro que se consolidó más adelante: destacan los colores, bien en el lomo, bien en la tipografía del título y autor.

La ordenación sigue luego con los ejemplares entre el 501 y el 1.000, y los números posteriores a éste. El último es la Biblioteca Mitológica, de Apolodoro, que es el 1.604.

No sabría decir ahora cuántos de todos ellos he leído total o parcialmente, pero sí puedo asegurar que NINGUNO… lo he escrito yo.

Créditos:
Fotografía del estante con los libros del tramo 1-500 de la colección El Libro de Bolsilo, de hoy, del autor ambos, los libros y la fotografía.

miércoles, 7 de marzo de 2012

¡A la Feria, a la Feria!

Hace una semana, con el preceptivo paseíllo despejando la plaza, o, en este caso, el bulevar, la Alcaldesa de Valencia inauguró la XXXV Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, de nuevo en vísperas de Fallas.

Aún no he pasado por ella (ni ella por mí, que diría el otro), así que traigo esta anotación con una excusa ‘antigua o de ocasión’.

Echando cuentas, la primera celebración de la Feria en cuestión fue en 1978. Sin embargo la primera vez que sí pasó ella por mí, salvo error, fue en la cuarta edición, en 1981, y casi al final, pues eran plenas Fallas, en concreto, los días 14 y 16. Los dos libros son los que acompañan estas líneas, de la famosa, entonces, colección Libro Clásico de Bruguera (ediciones de 1973 y 1975, respectivamente).

Sin embargo, el éxito de la Feria tardó en llegar. En 1982, hace 30 años, no tengo registrada ninguna compra, al igual que en 1983. Pero en 1984 ya fueron 14 libros, 8 de ellos el mismo día de San José.


(Por cierto, en esta ocasión sí figura la Feria en la Agenda del Ayuntamiento.)

Créditos:
Portadas de los dos libros en cuestión.

domingo, 8 de enero de 2012

Un justo joyero de tamaño ajustado

Al inicio de la temporada 2009-10 publiqué una anotación en la que, entre otras cosas, hablaba del lanzamiento entonces de la colección Joyas literarias juveniles.

En los comentarios a la anotación se dijeron un par de cosas que quiero traer a colación ahora:

El problema de estas colecciones es la distribución. Como en algún momento el kiosco "falle", dejan de suministrarle y ya puede interesarte la entrega siguiente, que te quedas sin ella.

Esto decía yo en un comentario, y a las pruebas me remito: mi kiosquera de cabecera cierra durante el mes de agosto, semana arriba, semana abajo, según caiga el calendario; consecuencia de ello es que las entregas que le distribuyen quedan ‘suspendidas’ hasta que en septiembre se reanima la actividad.

En el caso de esta colección, es lo que me sucedió, con el resultado de que si bien compré los últimos números (60 y 61) el 13 de noviembre de 2010, no fue hasta después de Reyes (en concreto, hoy hace un año), cuando llegaron los atrasados del verano, aunque sólo casi todos, pues el último ejemplar lo conseguí el 5 de marzo de 2011.

Otro aspecto comentado que traigo aquí es el que hizo S.Cid:
Estuve sopesando la posibilidad de hacer la colección y en un tris de lanzarme a ello, pero me echó atrás el problema del que hablamos el otro día y cuyo nombre es "espacio", o mejor dicho: "falta de espacio".

Es cierto que una colección completa impone, pero ésta en concreto, no tanto: ocupa exactamente 75 cm, es decir, justo una balda de una estantería de las normales. En todo caso, más visual que este dato cuantitativo, es este otro visual: la colección completa cabe en ¡sólo una foto!

¡Y qué bien luce!

Nota final:
Entre las diversas joyas que me he estado encontrando estas semanas pasadas, hay un ejemplar de la colección original. Casualidad o no, el ejemplar es el correspondiente a David Copperfield, de Charles Dickens, con adaptación literaria de José Antonio Vidal Sales, puesta en ilustraciones por Alfonso Cerón Núñez. Se trata ya de la tercera edición de Bruguera, con fecha de hace casi 36 años (26 de enero de 1976).

¡Ah! Y es el número 8 de la colección. Como hoy, y como hace un año.

Créditos:
Fotografía de Joyas literarias juveniles, colección completa, en un estante de casa, del autor.
Portada del ejemplar David Copperfield, de la colección original, de 1976 (ilustración de Antonio Bernal Romero).

lunes, 26 de diciembre de 2011

Ellos fueron los primeros

Hace tiempo, publiqué una anotación sobre las colecciones de bolsillo, donde no pude dejar de mencionar El libro de bolsillo, de Alianza Editorial. En el catálogo de 1985 que a pesar de todo aún tengo en casa, figura para dicha colección hasta el número 1102, con diez obras más en cartera, aunque es cierto que faltan algunos números de entre los primeros (por ejemplo, el segundo, que era Mozart, de Fernando Vela).

Ayer, aprovechando la falta de prisas que supone la reunión familiar con motivo de la comida de Navidad, hice una muy completa recolección de libros que tenía en casa de mis padres, principalmente, los de la colección citada, aunque por problemas de bolsas o, por mejor decir, de capacidad porteadora de mis brazos (había decidido hacer los trayectos de ida y vuelta andando), aún tuve que dejar unos pocos ejemplares como mudos testigos de los sucedido.

El objetivo es colocar, en mis famosas baldas, todos los libros de la colección juntos, sin diferenciar autores o temas, en honor a lo histórico de la misma, y también de los libros, ya que el primero de ellos lo compré hace poco más de 33 años (en concreto, el 29 de noviembre de 1978). Aunque antes, he empezado a completar los datos oportunos de las fichas correspondientes en la base de datos de libros que tengo en el ordenador.

De esta forma, me he dado cuenta de que la famosa cubierta de los libros, obra de Daniel Gil (al menos en los tropecientos últimos volúmenes), no siempre aparece acreditada, y donde lo hace no es en el interior, junto con el resto de datos de la edición, sino en la contraportada.

Y por otro lado, se me ha ocurrido comprobar el orden de compra de los libros de la colección, y una vez averiguado, he aquí el mismo, para los diez primeros, en esta anotación sobrevenida.

En caso de que alguien se dé cuenta de que sólo figuran ocho, le diré que tiene toda la razón: tengo en paradero actualmente desconocido, y por tanto, con una orden internacional de busca y captura, el ejemplar de San Manuel Bueno, Mártir, de Miguel de Unamuno, precisamente el primer libro de la colección que compré, y Los quinientos millones de La Begún, de Julio Verne, el séptimo en orden de compra.

Las elucubraciones acerca de lo que se pueda desprender de qué libros son o dejan de ser, si se tercia pertinentemente, son ya objeto de la sección de Comentarios.




Créditos:
Portada del catálogo de colecciones de Alianza Editorial, del año 1985.
Portadas de los libros en cuestión (salvo los dos mencionados).

martes, 1 de noviembre de 2011

Quien busca, algo encuentra

Una de las prestaciones que ofrece Blogger es cómo llega la gente a las páginas de un blog.

Hace unos días comenté entre amigos, que me había llamado la atención, sobre este particular, que en varias ocasiones el origen era la búsqueda en Google con las palabras “Santísima Trinidad”, y decía que era extraño que con tan pocas palabras alguien hubiera tenido la paciencia de buscar hasta la página tropecientos, en la que saldría la referencia a este blog.

Hoy he visto que nuevamente ha sido visitado este diario con el mismo motivo, aunque la búsqueda era más precisa: “Santísima Trinidad navío” (aunque sin tildes).

Y, comprobándolo, he visto que el resultado obtenido podría haber sido la imagen de la bandera de España que ondeaba en el navío Santísima Trinidad durante el combate de Trafalgar, imagen que forma parte de la anotación No es cuestión de trapos, de hace dos años.


Esta referencia aparecía en la quinta página de resultados, es decir, aún puede encontrarse… que es lo que parece haber sucedido.

Pues nada. Espero que, a quien fuera, le resultara interesante y útil.

Créditos:
Imagen de la maqueta del navío Santísima Trinidad, mandada realizar por el Marqués de la Ensenada en el siglo XVIII, tomada del primer fascículo de una colección de kiosco de hace cuatro años.

domingo, 16 de octubre de 2011

Más acá

Hace mes y medio hubo un comentario un poco críptico… que anteanoche quedó resuelto.

Ya no está Plus Ultra, sino bien acá.

Muchas gracias a quien lo hizo posible.

Pero te debo una ;-)

domingo, 25 de septiembre de 2011

Sigamos un poco más allá

Hace un mes publiqué una anotación, comentando la anécdota vivida en relación con una colección de quiosco de aviones históricos. La principal virtud de dicha anotación es que consiguió excitar el celo escribidor de quien tan bien escribe, pudiendo así disfrutar de unas breves pero intensas líneas.

Es sabido que el lema Plus Ultra resultó como consecuencia de comprobar, con los viajes oceánicos de Cristóbal Colón a América, que Hércules estaba equivocado, y que, en vez de ser cierto aquello que adornaba sus famosas columnas, de Non Plus Ultra, la realidad había mostrado que sobraba el Non.

De este modo, las columnas se quedaron con una palabra cada una, es decir: Plus Ultra.

Constancia de ello hay en el Real Alcázar de Sevilla, y aunque en la foto se vean, no diré yo que tengo casi cinco Plus Ultras, pero sí puedo decir que la reproducción, aunque sea sólo una y no vuele, al menos, es del Plus Ultra original.

Créditos:
Fotografía del pavimento de una de las salas del Real Alcázar de Sevilla, en enero de 2011, del autor.
Imagen de imán de nevera, con la reproducción del motivo Plus Ultra, recuerdo del Real Alcázar de Sevilla.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Un clásico… con humor

Esta semana me ha llegado por correo postal un folletito de RBA informándome de diversas colecciones a las que poder suscribirme. Entiendo que serán todos lanzamientos de este nuevo curso, porque algunas de ellas las he visto en quioscos.

Lo que sí es cierto es que hay una colección que no es nueva, aunque haya quien esté detrás de un volumen de la misma desde la Virgen de la Paloma del pasado año.

Por tanto, si le resulta útil esta información, y así no tiene que elucubrar, indagar, deducir, comprobar qué domingo es el que le interesa…

Créditos:
Imagen de la hoja correspondiente a la colección Clásicos del humor.

domingo, 28 de agosto de 2011

Más libros… o no

Hablando de colecciones de quisco, tal día como hoy, pero de hace cuatro años, salía la Biblioteca César Vidal.

Lo digo para que, si alguien se perdió los primeros números, aún llegue a los últimos, pues supongo que, siendo los cienes y cienes que son, todavía deberá de estar vigente la colección.

Eso sí, estaba publicada por Planeta, esa editorial catalana a la que aún César Vidal no ha encontrado tiempo para darle la independencia.

Créditos:
Imagen del anuncio publicado en El Mundo el 28 de agosto de 2011.

jueves, 25 de agosto de 2011

Coleccionando historia… al vuelo

Hace unos catorce meses, contestanto a una pregunta suya, anticipé a S.Cid que publicaría una anotación sobre cierto tema. Pues bien, ya ha llegado el día.

El origen de todo estaba en las trazas de color rojo que asoman por la derecha de la fotografía con que ilustro mi perfil en este diario: en efecto, se trata de los extremos de las alas derechas del Fokker Dr. I Dreidecker, lógicamente en su versión de juguete, modelo de avión conocido, únicamente, por ser el que pilotaba, al final de su vida, Manfred von Richthofen, más conocido como el Barón Rojo por el color con que identificaba su avión.

Este avioncito, así como el otro que aparece en la foto, y dos más, es decir, una escuadrilla de cuatro aparatos, forma parte de una colección de quiosco de aviones históricos. Creo recordar que acompañaba al aparato un fascículo (obviamente no se trataba de su manual de instrucciones), aunque ahora no sé por qué rincón de la casa se encontrarán.

Naturalmente, el primero que salió a la venta fue el Fokker Dr. I para excitar el celo coleccionista de la gente, cosa que, parcialmente, se consiguió en mi caso. Otro que conseguí fue el Autogiro de La Cierva, y de los otros dos ahora no recuerdo el fabricante.

El caso es que me iba a plantar en cuanto saliera el Plus Ultra, y sucedió algo parecido, pero al revés: fué él quien me dio plantón. Al quiosco dejaron de llegarle nuevos ejemplares de la colección.

Al poco, sabiendo cómo se las gastan en estas colecciones, llamé al teléfono de la editorial para preguntar. Y me contestaron, muy amablemente, y muy extrañados, que se trataba de una colección de hacía unos años que ya no se distribuía, por lo que no entendían cómo habían llegado esos ejemplares al quiosco.

Les dije que el quiosco no era ‘cualquiera’ sino el de uno de los centros de El Corte Inglés, aquí en Valencia, con lo que su extrañeza aumentó, si bien ello no supuso ningún incremento en la nula esperanza que me había dado acerca de conseguir el Plus Ultra. De este modo, devolví la razón a Hércules, y repuse el Non en el lema.

Y hasta aquí la anécdota. Tal vez fuera mejor así, porque uno empieza con una pieza de una colección, sigue con otra, y al final uno ya no sabe cómo acaba: si como algunos lectores de Libertad Digital, o si como cierto personaje de una novela.

¡Ah, que no se me olvide! Ya han empezado a llegar las nuevas colecciones de quiosco de esta temporada: aparte de libros (hay una de policíacos), hay, de momento, de abanicos (cara al invierno, claro), y la maqueta de un Citroën 2CV Charleston.

Créditos:
Fotografía de la maqueta de un Fokker Dr. I en el aeropuerto de Tegel, Berlín, en enero de 2010, del autor.
Fotografía de los aviones históricos de colección que tengo.

sábado, 27 de febrero de 2010

Cromos o libros: ¿cambiamos o nos mantenemos como entonces?

A principios de julio pasado, hice una pequeña reseña sobre la novela que acababa de leer (La fórmula preferida del profesor). Unas semanas después, como siempre, buscando otra información, me encontré en la página de internet de Nature una reseña a dicha novela, titulada en inglés The Housekeeper and the Professor, es decir, La asistenta y el profesor. Aunque ambos títulos son ciertos (ignoro la traducción exsacta del japonés), también es cierto que con el título en inglés difícilmente la hubiera comprado de haberla visto en la clásica mesa de novedades (en cualquier caso, la compré por una reseña que había leído, lo que hubiera hecho en cualquier caso con independencia del título; en resumen, la hubiera comprado, sí o sí).

En esta reseña de Nature se decía: “The Housekeeper and the Professor does for number theory what Jostein Gaarder's best-seller Sophie's World (Aschehoug, 1991) did for the history of philosophy, but with a far lighter touch”. Para leer el resto de la crítica hay que suscribirse a Nature, cosa que yo no he hecho, pero dejo total libertad para hacerlo a quien estas líneas lea (si luego nos lo cuenta, también se lo agradeceremos); crítica sobre la cual, por cierto, se publicó en septiembre una carta señalando que incurría en ciertos errores (pero también hay que suscribirse, y también se lo agradeceremos a quien nos lo cuente).

En la reseña que yo hice (ésta sí es gratis), una de las cosas que decía era: «Curiosamente, lo único que conocemos por su nombre (aparte de un jugador de béisbol), son fórmulas y teoremas matemáticos.»

Y una de las cosas que se cuenta en relación con el jugador de béisbol en cuestión, es:
Aunque habíamos decidido regalarle un cromo de Enatsu, llegado el momento, nos dimos cuenta de que no era tan fácil como pensábamos. El profesor tenía casi todos los cromos de Enatsu de la época de los Tigers, es decir, anteriores a 1975. (…)
Primero, Root y yo compramos las revistas especializadas en cromos de béisbol (fue un descubrimiento el hecho de que se vendieran esas cosas en las librerías), y estudiamos qué tipo de cromos había, cuánto valían aproximadamente, y a dónde debíamos ir para conseguirlos. De paso, aprendimos mucho acerca de la historia de los cromos de béisbol, acerca de los coleccionistas o las condiciones de conservación, etc. Los fines de semana recorríamos todas las tiendas posibles con ayuda de la lista de tiendas de cromos que venía al final de una revista. A pesar de todo, no obtuvimos ningún fruto.
Las tiendas de cromos siempre se situaban en algún piso de edificios comerciales viejos, ocupados por usureros, agencias de detectives privados o consultas de videntes. Todos esos edificios nos deprimían con sólo subir al acensor, y sin embargo, una vez entrábamos en las tiendas de cromos, eran verdaderos paraísos para Root.
” (pp. 256-257)

Tiendas no sé, pero mercadillos donde sí se realiza este tipo de comercio son habituales. En Madrid, por ejemplo, supongo que seguirá en el Rastro, al final de la Ribera de Curtidores, en la Ronda de Toledo, por donde me paseé un domingo temprano (aún estaban montando muchos de los puestos), de hace unos treinta meses.

En Valencia, este mercadillo se celebra también los domingos por la mañana, cerca de la Plaza Redonda, al otro lado de la calle San Vicente, en un ensanche que le han dado por llamar plaza, con un nombre que apenas conoce la gente, aunque sí al homenajeado: Mariano Benlliure.

Todo esto viene a cuento porque me trajo recuerdos de mi infancia, en Requena, época en que, al menos allí, no existía un mercadillo como tal para los cromos, quedando como alternativa la economía de trueque. Eso sí, el trueque no era uno por uno, sino que existían unos “precios”, de modo que según los cromos resultaran más escasos o de difícil consecución, mayor era el número de cromos por el que se canjeaban.

Y esto último me conduce a que uno de los regalos que me dejaron los Reyes Magos, consecuencia de una confusión entre listas de ‘ya sí’ y de ‘todavía no’, fue precisamente este libro de Yoko Ogawa.

Como el proveedor de los Reyes era mi mismo proveedor de libros, la coincidencia, naturalmente, se resolvió con un cambio, como hace muchos, muchos años, hacía con los cromos.