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domingo, 16 de junio de 2013

Hablando de ciencia ficción (I): Cuestión de género

Como siempre, el problema es saber de qué se habla cuando se habla de algo, en este caso, la ciencia ficción.

Y es que con esta denominación, ¿a qué nos referimos? Es más, ¿no está resultando el género -sea lo que sea- demasiado hibridado?, pues recientemente se observa mucha mezcla con otros géneros: policíaco, fantástico, incluso vampiros,…

La fabulación sobre otras sociedades, en cuya descripción se hace hincapié en aquello que las convierte en un mundo mejor que el contemporáneo de quien la escribe, es una constante en la literatura, recordemos Utopía [obra de Santo Tomás Moro que, además, dio el nombre a esas sociedades].

Por ello, este planteamiento no es un carácter diferencial de la ciencia ficción, ni siquiera cuando la fabulación se sitúa en un futuro. Lo que es propio en ella, y novedoso en la tradición literaria, es «el entronque con la ciencia», «lo importante es el encuentro con la ciencia y la tecnología».

Sin embargo, «no por ello ha logrado un renombre 'intelectual'», la literatura de ciencia ficción parece que «no tiene mayor importancia. ¿Por qué?».

Ese renombre, en cambio, sí lo ha conseguido la literatura policíaca. En efecto, «la trama policíaca nos habla de la condición humana y la sociedad en que se vive, como la tradición literaria», como la literatura normal, podríamos decir. Así, no resulta extraño que se presente un caso como el de Zadig, de un autor ‘de prestigio’ como es Voltaire, personaje que bien puede calificarse como «un precedente de Conan Doyle» [ver, por ejemplo, el proceso de deducción de lo que no ha visto a partir de lo que ha observado que se recoge en el capítulo III El perro y el caballo, aunque con resultados distintos a los del detective inglés].

¿Por qué, pues, la diferencia? Tal vez la propia historia de la ciencia ficción nos dé una idea.

La divulgación de las ideas de la Ilustración llevó a la creencia de que «la ciencia tiene explicación para todo», y, en cierto modo, hizo que la ciencia sustituyera a la religión. Esta circunstancia propiciaría la redacción de Frankenstein, o el moderno Prometeo, obra de Mary W. Shelley donde, mediante el acto de crear vida, se muestra precisamente esa sustitución. [Entonces, el concepto de ‘ciencia ficción’ no existía, por lo que no deja de ser motivo de reflexión que la novela haya sido calificado siempre como ‘de terror’.]

A finales de siglo, en los pioneros rusos de la ciencia ficción ya «la ciencia es la salvadora de la sociedad». [Mientras tanto, el desarrollo de este género nos trae a la memoria las figuras de Julio Verne y de H.G. Wells, quienes se encuentran en una situación intermedia, es decir, el uso de la ciencia puede resultar tanto positivo como negativo para la sociedad (Nemo, La Begún, Moreau,…).]

Una circunstancia social acerca de la ciencia ficción es que ésta se desarrolla en «épocas pre-revolucionarias e inmediatamente post», como el caso de Shelley tras la Ilustración y la Revolución Francesa, o los referidos pioneros rusos [o Wells] durante las convulsiones del cambio de siglo. «Pero sobretodo en EE.UU. entreguerras».

La especial característica de este boom es que se produjo en revistas específicas del género. [Y aunque eso tuvo su lado bueno, podía publicar (casi) cualquiera], «el problema es que en las revistas se metía de todo: el que más imaginación tuviera, mejor», criterio condicionado por que el segmento al que se dirigían era el «público adolescente». [De ahí, el prejuicio y también realidad en la ciencia ficción de que] «en multitud de ocasiones no presenta suficiente calidad literaria». No obstante, la publicación en estas revistas supuso un «entrenamiento importante para Asimov, Silverberg,... [pues] empezaron ahí su oficio». Por el propio entorno de publicación, «tardaron [en llegar] las novelas, eran más de relatos».

Pero llegaron.


La trilogía de la Fundación («es la biblia») « no sólo está bien escrita sino que la trama absorbe».

«A partir de ahí empezó el interés por la calidad literaria.»

Un problema que presenta el género es precisamente una de las características que se han comentado: la ciencia y la tecnología. Son numerosas las obras que muestran «más interés por los inventos (p.e. formas de viajar) que [por] el reflejo de la sociedad”. Y, con esta perspectiva se plantean «¿cómo puede ser el futuro? [Pues bien,] tecnológicamente, los hay que aciertan y los que no». El problema con los inventos [y con aquello de que ‘cualquier tecnología suficientemente avanzada, siempre parece magia’, paradójicamente,] es que «hoy en día tenemos la tecnología tan al alcance que pierde la magia». Y aún así, entre tantos inventos inventados, resulta «curioso que gente con conocimientos técnicos no fabularan sobre el concepto de internet».

En general, «sigue faltando el aspecto humano y social». Tal vez por que, aceptando la distinción entre ciencias y letras (sabiendo que «es distinción falsa»), «la predicción de las ciencias 'duras' es impresionante; las letras, no». [Tal vez por eso, la respuesta que se dé a ‘¿cómo puede ser el futuro?’ desde una visión de la sociedad siempre será cuestionable, y casi nunca falsable, con toda la inquietud que ello supone.]

En resumen:
«Pérdida de la magia, sociedad humana... ¿merece la pena seguir escribiendo ciencia ficción hoy en día? Sí.»

No hay que dejar perder la gran «ventaja [de que] al alejarse, permite ver con mayor perspectiva lo que puede ser un mundo en un futuro. Con la cercanía, estamos perdidos, no se aprecia bien».

Sí, «aún es asignatura pendiente la integración como literatura: sigue sin estar bien considerada», «aún no ha llegado el escritor que haya hecho la unión de la LITERATURA junto con la ciencia ficción».

Pero recordemos, como señal de esperanza, que «entre la intelectualidad, sólo Borges y Bioy Casares reivindicaron el género policíaco y la ciencia ficción».

[El primero ya está reconocido; la segunda, juega en casa: el futuro.]

Créditos:
Reseña (parcial) del encuentro celebrado de Casa del Libro, en el Paseo de Ruzafa, en Valencia, el pasado 16 de mayo, charla y debate sobre Escribir ciencia ficción hoy, con la participación de Santiago González Carriedo.
Cubiertas de varias de las obras mencionadas, de la biblioteca del autor.

Nota:
La anotación es una elaboración a partir de los apuntes tomados por el autor durante el evento (salpimentados por lo que aún queda en su memoria).
Los textos en cursiva entre comillas latinas, aunque son transcripción literal de los apuntes, no necesariamente son una literalidad de lo manifestado.
Los textos entre corchetes son del autor, adicionales a los apuntes, y complementarios a los mismos, durante la redacción de la anotación.

lunes, 4 de febrero de 2013

No hay lugar… a intereses

“Cuando en otro país se refieren al interés público, se preocupan solamente de los intereses privados.”

Créditos:
Extracto del capítulo IX De las religiones de los utópicos, de la segunda parte de la obra Utopía, de Santo Tomás Moro, según traducción de F.L. Cardona y T. Suero, para Editorial Bruguera, tomado de la edición realizada por Sarpe, como número 17 de su colección Los grandes pensadores, en 1983 (pág. 172).

martes, 29 de enero de 2013

El tiempo pasa, pero algunos planteamientos permanecen

“[Los utópicos] se preocupan con el mayor cariño de los enfermos, y no se ahorra nada de lo que pueda ser bueno para lograr su curación, sean alimentos o medicinas. A los que sufren alguna dolencia incurable nunca les dejan solos y tratan de hallar lo que les consuele un poco, y les dan todo lo que precisen para aliviar su dolencia. Si, además, el mal es incurable y muy doloroso, los sacerdotes y magistrados influyen en el enfermo, puesto que no puede rendir ningún provecho y es una carga para los demás y para sí mismo, para que acepte la muerte con resignación, y evite la propagación de la infección y la peste, librándose de los suplicios que soporta. Con la muerte pondrá fin a su tormento. Esto es el consejo que dan los sacerdotes que interpretan la voluntad del Creador; seguirlo será una buena y piadosa obra. Los convencidos se dejan morir voluntariamente, no comiendo, o, sin que se aperciban, se les priva de la vida mientras duermen. Esta conducta no se impone a nadie, y a los que rehúsan seguirla se les prestan los mayores cuidados, pero se honra a los que por esa razón renuncian vivir. Si alguien se priva de la vida sin justificación, o sin el visto bueno de los sacerdotes o del Senado, es considerado indigno, y no lo entierran, sino que arrojan el cadáver a un pantano.”

Utopía, como bien sabemos, era una isla. Y a tenor de las declaraciones de un ministro japonés hace una semana, debe de situarse muy cerca del Japón… si no se trata de la misma isla de Hondō.

Créditos:
Extracto del capítulo VII De los esclavos, de la segunda parte de la obra Utopía, de Santo Tomás Moro, según traducción de F.L. Cardona y T. Suero, para Editorial Bruguera, tomado de la edición realizada por Sarpe, como número 17 de su colección Los grandes pensadores, en 1983 (pp.133-134).

lunes, 28 de enero de 2013

No hay lugar... a consejos ¿O sí?

“Entonces yo dije:
- Amigo Rafael, por lo que habéis manifestado, no deseáis ni bienes ni poder, y yo no considero ni aprecio menos a un hombre como vos que a los que disponen de las máximas facultades de la Tierra. Pero opino que procederíais conforme con vuestra manera de ser espléndida, y también sería resolución digna de un filósofo que, sacrificando vuestra comodidad personal, dedicaseis vuestro ingenio y vuestra actividad a los negocios públicos, cosa que podríais realizar con gran provecho, entrando a formar parte del consejo de algún príncipe, donde creo que vuestros razonamientos serían siempre justos y honrados. Pues ya sabéis que el poderío de un príncipe es semejante a una fuente, de donde manan constantemente sobre el pueblo todos los beneficios y todos los perjuicios. Verdaderamente vos poseéis una ciencia tan perfecta, aunque carezca de experiencia, y una experiencia sin ciencia tan grande, que podríais ser un magnífico consejero de cualquier rey.
- Os habéis confundido dos veces, amigo Moro –me contestó–, por lo que atañe a mí y a este asunto. Carezco de las virtudes que me otorgáis, y en el caso de poseerlas y de desistir de mi bienestar, no servirían para asuntos de Estado. Primeramente, porque los príncipes se inclinan más por los asuntos militares, de los cuales no sé nada ni deseo saber, que a las artes bienhechoras de la paz, y se preocupan más de conquistar, por buenas o malas artes, nuevos reinos que de regir adecuadamente los que ya poseen. Además, los consejeros de los monarcas, o poseen tanto saber que no es necesario que sigan las opiniones ajenas, o piensan poseer tanto saber que no las admiten, excepto las tonterías que mencionan los privados del monarca, a las cuales dan su consentimiento, alabándolas creyendo obtener su afecto. Y es que la naturaleza proporcionó a todos los hombres el aprecio de sus propias obras. De forma que su polluelo sonríe al cuervo y a la mona le agrada su pequeñuelo.
«En similar compañía, donde unos rechazan las opiniones ajenas y los demás sólo conceden méritos a las suyas, si alguien presenta como ejemplo lo que leyó, que se verificó en tiempos pasados o lo que observó en tierras lejanas, los que le escuchan actúan como si hubieran de perder su fama de sabios, e incluso como si hubieran de ser considerados por necios, a menos de hallar algún fallo en la opinión ajena.»”

Hoy se ha publicado que el actual Presidente del Gobierno de España tiene 578 asesores. Eso sí, 51 menos que los 629 de que 'disfrutó' el anterior.

Créditos:
Extracto de la primera parte de la obra Utopía, de Santo Tomás Moro, según traducción de F.L. Cardona y T. Suero, para Editorial Bruguera, tomado de la edición realizada por Sarpe, como número 17 de su colección Los grandes pensadores, en 1983 (pp.39-40).

domingo, 20 de enero de 2013

No hay lugar… a dudas

“Sería demasiado extenso contar todas las cosas que Rafael nos narró acerca de lo que observó en cada uno de los países que recorrió y tampoco es ésta la finalidad de la presente obra. Tal vez en otro libro lo relataremos con todo detalle y expondremos lo que es necesario saber, como son las leyes y las ordenanzas rectamente dictadas observadas por aquellos pueblos para vivir de forma más perfecta. Efectivamente, le preguntamos ávidamente sobre tales cosas, y él, con toda amabilidad, satisfizo nuestra curiosidad. No pensamos en ningún instante en los monstruos, los cuales ya son muy sabidos. Pues las rapaces Escilas y Celenos, los lestrigones antropófagos, y los otros grandes portentos de igual especie, se hallan casi en todas partes, y, en cambio, ciudadanos inteligentemente regidos es muy difícil hallarlos.”

A finales de 1516, se publica en Lovaina la obra De optimo statu reipublicae deque nova insula Utopia, más conocida, abreviando, como Utopía.

A punto de cumplirse el medio milenio de su publicación, bien puede decirse que estas consideraciones de Santo Tomás Moro no sólo no han perdido vigencia, sino que, tristemente, son de plena actualidad.

Créditos:
Extracto de la primera parte de la obra Utopía, de Santo Tomás Moro, según traducción de F.L. Cardona y T. Suero, para Editorial Bruguera, tomado de la edición realizada por Sarpe, como número 17 de su colección Los grandes pensadores, en 1983 (pp.36-37)