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sábado, 27 de julio de 2013

A medias hasta en el asta

Esta mañana he podido ver, también, banderas a media asta como señal de duelo y luto por los fallecidos en el accidente de tren del pasado miércoles en Santiago de Compostela.


Aunque…, bueno…, ya sabemos que la justicia necesita su tiempo para reaccionar.

Créditos:
Fotografías de la bandera de España a media asta en la antes llamada Capitanía General, y de la troika de banderas en el Palacio de Justicia, en Valencia, esta mañana, del autor.

viernes, 5 de octubre de 2012

No les libró estar a cubierto

“En White Hall me hablaron de las grandes pérdidas experimentadas por los libreros del cementerio de Saint Paul: alrededor de ciento cincuenta mil libras esterlinas. La mayor parte de ellos están en la más completa ruina.”

De este modo comenzaba Samuel Pepys la anotación correspondiente al 26 de septiembre de 1666, tres semanas después de que el Gran Incendio de Londres quedara (suficientemente) controlado.

Unos días después (el 5 de octubre), recordaba lo que la catástrofe había supuesto para los libros y libreros:
“Me encontré con un pariente de Mr. Kirton, mi librero, quien me describió la terrible situación de aquél, a causa del incendio. Ardieron más de ciento cincuenta mil libros. Con tal motivo, cree que actualmente la Nueva Biblia costará unas cuarenta libras.”

Para hacernos una idea del valor del dinero en aquella época, podemos leer en la anotación correspondiente al 23 de enero de (nuestro) 1665 lo siguiente:
“En las proximidades de Cádiz, o algo así, ocho de nuestras embarcaciones han librado batalla contra treinta y cuatro navíos holandeses. Echaron a pique al Rey Salomón, que valía ciento cincuenta mil libras o más y capturaron tres barcos mercantes. Desde la costa, los españoles se rieron en grande al ver que los holandeses huían para ganar la costa.”

Tiempo después, el 14 de enero de (nuestro) 1668, Pepys nos da, gracias a su librero, una buena descripción de lo sucedido:
“A casa de mi librero, Martin, quien me entregó el libro que esperaba de la China, con estampas muy raras. De allí, en coche,…”

Por desgracia, la edición de que dispongo es, en esta ocasión, demasiado resumida, por lo que hay que recurrir al original:
“So appointing another day for further part of my accounts, I with Gibson to my bookseller, Martin, and there did receive my book I expected of China, a most excellent book with rare cuts; and there fell into discourse with him about the burning of Paul’s when the City was burned; his house being in the church-yard. And he tells me that it took fire first upon the end of a board that, among others, was laid upon the roof instead of lead, the lead being broke off, and thence down lower and lower: but that the burning of the goods under St. Fayth’s arose from the goods taking fire in the church-yard, and so got into St. Fayth’s Church; and that they first took fire from the Draper’s side, by some timber of the houses that were burned falling into the church. He says that one warehouse of books was saved under Paul’s; and he says that there were several dogs found burned among the goods in the church-yard, and but one man, which was an old man, that said he would go and save a blanket which he had in the church, and, being a weak old man, the fire overcome him, and was burned. He says that most of the booksellers do design to fall a-building again the next year; but he says that the Bishop of London do use them most basely, worse than any other landlords, and says he will be paid to this day the rent, or else he will not come to treat with them for the time to come; and will not, on that condition either, promise them any thing how he will use them; and, the Parliament sitting, he claims his privilege, and will not be cited before the Lord Chief justice, as others are there, to be forced to a fair dealing.”

Otro problema que tuvieron los libros fue que con el incendio, el plomo de impermeabilización de las cubiertas de la iglesia se fundió, filtrándose y alcanzando hasta donde, resguardados, los libros confiaban salvarse.

Esta vez, pues, el plomo de los tipos móviles de la imprenta para los textos, se vio vencido por el plomo de las cubiertas.

Nota:
Como ya sabemos, las fechas son según el calendario juliano, entonces aún vigente en Inglaterra. Además, el cambio de año se celebraba no el 31 de diciembre sino el 24 de marzo, aunque con el tiempo esto quedaba para asuntos oficiales y la gente (el mismo Pepys, por ejemplo), “cambiaba” de año como los católicos.

Créditos:
Extractos de las anotaciones correspondientes a los días 26 de septiembre y 5 de octubre de 1666, 23 de enero de 1665, y 14 de enero de 1668 de los Diarios de Samuel Pepys, según traducción de Norah Lacoste, tomada de la edición de la obra realizada por Editorial Renacimiento en 2003 (pp. 274, 276, 180-181, y 337)
Extracto de la anotación correspondiente al día 14 de enero de 1667/68, tomado del sitio de internet The Diary of Samuel Pepys, gestionado por Phil Gyford.
Fotografía del nuevo San Pablo, si no entre libros, sí entre rosas, en septiembre de 2012, del autor.

martes, 18 de septiembre de 2012

Y el fénix comenzó a aletear

“Al acercarme al incendio, noté que éste había disminuido en intensidad, debido a la demolición de edificios y gracias a los socorros aportados por los obreros de los astilleros del Rey. En la iglesia vecina, sólo han ardido el cuadrante del reloj y una parte del pórtico. Desde lo alto del campanario, se presentó a mis ojos un espectáculo de desolación. Incendios por doquier: se consumían depósitos de aceite y azufre. Terminé por sentir miedo de permanener allí tanto tiempo y bajé lo más rápidamente posible. El fuego se extendía a lo lejos, infinitamente. En casa de Sir W. Pen comí un pedazo de carne fría, pues desde el domingo no había probado sino los restos de nuestro festín. Luego, partí a través de la ciudad. Calles enteras en cenizas. En la Bolsa, ni una estatua ni una columna quedaban en pie. Con mis suelas casi asadas a fuerza de caminar sobre carbones, llegué a Moorfields, atestado de infelices que se preocupaban de sus bienes. Es una suerte que haga buen tiempo, pues permanecen alli, a la intemperie, día y noche. Entré a beber algo y pagué dos peniques por un simple panecillo de un penique. De regresó, pasé por Cheapside y Newgate, totalmente destruidas, y delante de la mansión de los Joyce, abrasándose. Recogí, con la intención de conservarlo, un trozo de vidrio de la capilla, fundido y arrollado por el calor como un pergamino. Distinguí asimismo a un pobre gato, salido del agujero de una chimenea, con la piel íntegramente quemada y, sin embargo, vivo. Hemos alojado a los obreros de los astilleros en las oficinas y se les ha distribuido bebidas, pan y queso. Me acosté y dormí hasta medianoche. Es extraño lo largo que ha parecido el tiempo desde el domingo. Han sucedido tantas cosas y he dormido tan poco, que mi impresión es la de haber vivido una semana o aun más, e ignoro en qué día estamos.”

Está aceptado que el día 5 de septiembre de 1666 marcó el final del Gran Incendio de Londres. Como podemos leer, Samuel Pepys pudo de hecho recorrer gran parte de la ciudad incendiada donde el fuego ya no avanzaba sino que se consumía en los edificios que aún no estaban reducidos a cenizas.

“Me levanté a las cinco. Gracias a Dios, todo iba bien. En barca hasta el muelle de Saint Paul. Desde allí vi toda la ciudad incendiada. ¡Lamentable cuadro! Los techos de Saint Paul, hundidos y la masa del coro caída en la iglesia Santa Fe. Destruidos también el Colegio de Saint Paul, Ludgate, la calle Fleet, la residencia de mi padre, la iglesia y una buena parte del Temple. (…) Luego a casa de Sir W. Coventry, en Saint James. Estaba acostado en un lecho sin sábanas. Como yo y todo el mundo, había retirado su mobiliario. Confía en que este incendio no nos producirá disgustos, ya que el rumor público constinúa sospechando de los franceses y, por otra parte, el pueblo tiene grandes motivos de disconformidad. Pero las gentes están muy preocupadas poniéndose a salvo, ella y sus bienes, y por todas partes se observan milicias armadas.Me han dicho que nuestra flota fracasó en su búsqueda de los holandeses, pues el mal tiempo había separado a los adversarios. De allí al Cisne, a beber, y a casa., donde hallé todo en calma. Di la orden de limpiar la casa y me dirigí a Woolwich, donde almorcé con mi mujer. Volví tarde y me acosté en casa de Sir W. Pen, en una cama desprovista de cobijas y, por primera vez en mi vida, me metí en ella completamente desnudo. Dormí bastante bien. Pero, despierto o dormido, el fuego me inspira un pavor tal, que no tengo reposo en absoluto. La ciudad entera es un solo grito contra la estupidez del Lord Mayor, a quien se atribuye la responsabilidad del incendio.”

Dos días más tarde, Pepys ya pudo dar “la orden de limpiar la casa”, señal de que, en lo posible, la vida londinense comenzaba a regresar a sus rutinas diarias.

Pocos años después, cerca del fatídico punto de inicio del Gran Incendio se erigiría un monumento en recuerdo a lo sucedido y en conmemoración de la capacidad de reconstrucción de la ciudad. Ese monumento es, sin más palabras, EL monumento: The Monument.

Entre las rutinas diarias, estaba la libertad de prensa. De hecho, si bien el mismo domingo, día 2, The London Gazette había podido informar del inicio del Gran Incendio (“About two a clock this morning a sudden and lamentable fire brake out in the city, beginning not far from Thames Street, near London Bridge, which continues still with great violence and hath already burnt down to the ground many houses thereabouts”), no fue hasta el sábado día 8, cuando, restablecido suficientemente el comercio en la ciudad, y en particular, el suministro de papel para el periódico, pudo volver a realizar una nueva edición.

Curiosamente, el día 8 es el primer día en el que Samuel Pepys, en su Diario, ya no hace ninguna referencia al Gran Incendio.

[Día 8 en el calendario juliano aún vigente entonces en Inglaterra; día 18 en el calendario gregoriano ya vigente en el mundo católico.]

Créditos:
Extractos de las anotaciones correspondientes a los días 5 y 7 de septiembre de 1666, de los Diarios de Samuel Pepys, según traducción de Norah Lacoste, tomada de la edición de la obra realizada por Editorial Renacimiento en 2003 (pp. 269 y 270-271)
Fotografías del busto de Samuel Pepys, en los jardines de Seething Lane, de la placa colocada en la cara occidental de la base del Monumento, y del Monumento, llegando desde Eastcheap, de septiembre de 2012, del autor.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El nido de un fénix

“Día del Señor. Algunas de nuestras doncellas, que permanecieron despiertas hasta tarde efectuando los preparativos para la festividad de hoy, nos llamaron a eso de las tres para señalarnos un gran incendio que se divisaba en la City. Me levanté y me deslicé en camisón hasta la ventana. Calculé que sería en la parte de atrás de Market Lane, es decir, suficientemente lejos, por lo que volvía a acostarme. A las siete volví a levantarme para vestirme; el incendio se había calmado y parecía más alejado. Comencé a arreglar mi escritorio, que había limpiado a fondo ayer. Pronto Jane vino a decirme que más de trescientas casas se habían quemado durante la noche y que el fuego continuaba cerca del puente de Londres. Me apresté con el objeto de marchar a la Torre. De lo alto, contemplé las casas de ese costado del puente, en llamas. Un inmenso incendio se extendía más allá. Descendí, trastornado, y busqué al Teniente de la Torre, quien me explicó que aquello había comenzado esta mañana, en la panadería del Rey, en Padding Lane y que la iglesia de St. Magnus estaba ya destruida. En el muelle tomé una barca y pasé por debajo del puente. Allí asistí a escenas lamentables. Las gentes trataban de salvar sus bienes, los arrojaban sobre los muelles o los amontonaban en los botes. Unas palomas no se decidían a abandonar sus nidos y revoloteaban en torno a las ventanas y balcones hasta el momento en que caían, enrojecidas las alas. Al cabo de una hora, el fuego hacía estragos en todas las direcciones y nadie, hasta donde yo podía darme cuenta, intentaba extinguirlo. No se pensaba sino en colocar las cosas al abrigo y dejaban arder las casas. El viento, muy fuerte, empujaba el incendio hacia la City. Tras una sequía tan larga, todo era combustible, hasta las piedras de las iglesias. Me dirigí entonces a White Hall, al gabinete del Rey. Le conté –también al Duque–, lo que había presenciado, afirmando que si Su Majestad no ordenaba demoler los edificios, nada podría detener el incendio. Parecían muy impresionados. El Duque me encargó que fuera a buscar de su parte al Lord Mayor, para transmitirle sus órdenes. Añadió que se le suministrarían todos los soldados que requiriera. Encontré al Capitán Cocke, quien me prestó su carroza para viajar a St. Paul. Allí seguí por la calle Watling, colmada de gentes que llegaban cargadas de objetos: había hasta enfermos conducidos en su camas. Por fin hallé al Lord Mayor, extenuado, con un pañuelo al cuello. Cuando le transmití el mensaje del Rey, gimió como una mujer a punto de desmayarse: «Dios mío, ¿qué puedo hacer? Estoy agotado. No se me obedece. He dispuesto derribar las casas, pero el fuego nos gana en presteza.» Agregó que necesitaba tropas de refuerzo y que, en cuanto a él mismo, le faltaba reposo, pues había permanecido en pie toda la noche. Nos separamos. La gente estaba como loca. Nadie, nadie, trataba de apagar el fuego. Además, las casas están demasiado juntas en ese barrio, y llenas de material combustible, como la resina y el alquitrán, sin contar los comercios de aceite, de aguardiente y de vino, a lo largo del Támesis. Las iglesias, abarrotadas de objetos en vez de personas que, en ese momento, habrían debido escuchar misa, apaciblemente. Era ya mediodía y regresé a casa con el fin de recibir a mis huéspedes: Mr. Moone y Mr. Wood con su mujer, Bárbara, muy elegante. Mr. Moone había venido para conocer mi despacho, que ansiaba admirar. Desgraciadamente, estábamos trastornados por el incendio, sin saber qué pensar. No obstante, la comida resultó magnífica y la compañía tan alegre como era posible en semejantes circunstancias. Apenas terminado el almuerzo, salí con Moone y atravesamos la City a pie. Las calles, plenas de transeúntes, de caballos, de coches repletos. Desalojaban las casas de la calle Canning, donde, esta mañana, se habían puesto diversas cosas al abrigo. En el muelle de St. Paul tomé un bote para ir a ver el fuego, que había ganado más terreno y no parecía próximo a apagarse. Encontré al Rey con el Duque de York en barca: les acompañé un rato. Habían dado orden de abatir las casas rápidamente, pero no se podía hacer gran cosa, pues el fuego se propagaba con amenazante intensidad. Se confiaba en detenerlo río arriba y río abajo del puente, pero el viento lo dispersaba por la City. Barcos cargados de materiales diversos cubrían el río, donde flotaban también objetos de valor. Observé que en uno de cada tres barcos, por lo menos, se distinguía una espineta entre el mobiliario. Habiendo visto todo lo que se podía ver, me encaminé hacia White Hall; luego, de allí, al parque de St. James, donde hallé a mi mujer, Credd, Wood y señora. Volvimos juntos, en mi barca, y recorrimos el río, mirando el fuego, que aumentaba siempre, alimentado por el poderoso viento. Nos aproximamos todo cuanto el viento permitía. Sobre la superficie del Támesis, de cara al viento, se sentía uno casi quemado por una lluvia de chispas. Esto es estrictamente cierto. De suerte que varias casas se incendiaron así por chispas y pavesas encendidas. Cuando ya nos resultó intolerable mantenernos sobre el agua, fuimos a una pequeña cervecería de Bakside, donde permanecimos hasta el caer la noche. A medida que la oscuridad avanzaba, surgía por encima de los campanarios, entre las casas y las iglesias, tan lejos como alcanzaba la mirada, sobre la colina de la City, una horrible y maléfica llama, sangrienta, muy diferente de la llama clara de un fuego común. Al marcharnos, el incendio formaba un vasto arco de fuego de un extremo a otro del puente y, sobre la colina, un segundo arco de una milla de extensión, por lo menos. Me deshice en lágrimas ante tal cuadro. Las iglesias, las casas, todo llameaba a la vez, ¡El estrépito horroroso que producían las llamas y el crujir de las casas que se desplomaban! Ya en mi hogar, con el corazón oprimido, encontré a todos discurriendo y plañendo. El pobre Tom Hatter había venido a refugiarse con los escasos enseres que había logrado salvar. Lo invité a pasar la noche, A cada instante llegaban noticias de los progresos del incendio. Debimos, pues, embalar nuestras propias cosas y prepararnos a sacarlas. Bajo el claro de luna (el tiempo era bueno: seco y frío) transportamos una gran parte de mi mobiliario al jardín y el dinero a cajas de hierro, en el sótano, lo cual juzgamos seguro. Llevé a la oficina mis bolsas de oro, con mis papeles más importantes. Nos alarmamos tanto, que sir W. Batten trajo carretas del campo para levantar sus bienes esta misma noche. Mr. Hatter se recostó un rato, pero el infeliz no puedo descansar: tanto ruido ocasionábamos al mover los muebles.”

Créditos:
Anotación correspondiente al día 2 de septiembre de 1666, de los Diarios de Samuel Pepys, según traducción de Norah Lacoste, tomada de la edición de la obra realizada por Editorial Renacimiento en 2003 (pp. 264-266)
Imagen de View of the fire from across the Thames, en el Museum of London/Bridgeman Art Gallery, tomada de London rising: the men who made modern London, de Leo Hollis, según la edición de Walker&Company (Nueva York) de 2008

[Nota:
Como se habrán dado cuenta los lectores habituales de este diario, hoy no es ningún aniversario del inicio del Gran Incendio de Londres, ya que en 1666 en Inglaterra aún seguían con el calendario juliano, y por tanto, aún faltan 10 días para la efemérides.
Curiosamente, también fue un 2 de septiembre pero de 1752, el último día de aplicación del calendario juliano, pasando tras ese miércoles al jueves… 14 de septiembre.]