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lunes, 9 de septiembre de 2013

Y ahora, ¿dónde los pongo?: Más historias

Bueno, algunas son fábulas.









Y otras son sobre escritores que fabularon un poco…








… o, quién sabe, mucho.










Las hay amplias en el tiempo y espacio, y más cercanas y locales.








Y, en estos tiempos, no podían faltar sobre España y los españoles.

Créditos:
Cubiertas y sobrecubiertas de los libros en cuestión.

jueves, 3 de enero de 2013

Cuántas vicisitudes para… empezar en un agujero


«De hecho, soy un hobbit en todo menos en el tamaño.», le dijo una vez a alguien que lo entrevistaba y había notado la semejanza. «Me gustan los árboles, los jardines, las tierras agrícolas no mecanizadas; fumo en pipa y gozo con la comida buena y sencilla –no con la refrigerada–, pero detesto la cocina francesa. Me gustan los chalecos y hasta me atrevo a usarlos en estos tiempos aburridos. Soy muy aficionado a las setas frescas, tengo un sentido del humor muy sencillo (que incluso mis críticos más favorables encuentran agotador). Me acuesto tarde y, si es posible, también me levanto tarde.

John Ronald Reuel Tolkien, primer hijo de Arthur y Mabel Tolkien, nació una cálida manaña de domingo de 1892; fue un parto difícil.

J.R.R. Tolkien nació el 3 de enero de 1892. Era pequeño y enfermizo. Su salud fue motivo de suma preocupación. De niño, reaccionaba mal al calor y a la falta de humedad, aunque el clima de Bloemfontein se consideraba saludable para quienes tuvieran problemas respiratorios; todavía es lugar de descanso para inválidos y convalecientes.

El único hermano de Tolkien, Hilary, nació en febrero de 1894; también resultó un niño enfermizo. A los tres años de edad, Tolkien aún no superaba su delicado estado de salud; tampoco mostraba señales de que fuera a mejorar. Entonces, después de mucho pensarlo, se decidió que Mabel Tolkien volvería a Inglaterra con sus hijos. Regresaría con ellos si consideraba que ya estaban lo bastante fuertes para soportar ese clima cálido y seco, o bien se quedaría en Inglaterra a la espera de que Arthur Tolkien renunciara a su cargo en el banco de Bloemfontein y encontrara un trabajo semejante en Birmingham.
En abril de 1895, con suma reticencia, la familia Tolkien se separó. Separarse de su padre a tan tierna edad y en circunstancias tan tensas fue una experiencia dolorosa para Tolkien. Un recuerdo especialment epenoso: el que pintaran, cuidadosamente, A. R. Tolkien en el gran baúl de viaje. Con asombrosa intuición y no menor madurez para sus años, el joven Tolkien advirtió entonces que jamás volvería a ver a su padre.

Se establecieron en Sarehole, un pueblo rural en las afueras de Birmingham. (…)
Sarehole, en la última década del siglo diecinueve, era como una isla de tradición a punto de quedar sumergida en un vasto mar de cambios. (…) Unos pocos bolsones de la vieja Inglaterra rural del siglo diecinueve se resistían tenazmente y se aferraban a las viejas costumbres.

El cambio de clima, aparentemente, ayudó a Tolkien y a su hermano Hilary a mejorar de salud. A los siete años, Tolkien era robusto y alto para su edad. Le gustaba jugar en la calle y dar largas caminatas por el campo. Era un niño tímido, algo desgarbado. Nunca consiguió amigos íntimos; (…).
Todo lo de Sarehole fascinaba a Tolkien. Compraba caramelos a una mujer desdentada que atendía el kiosco de la aldea y le gustaba contemplar al viejo molinero mientras convertía trigo en harina y a los campesinos mientras trabajaban en los campos. Sus frecuentes caminatas por la campiña –costumbre establecida y estimulada por su madre– le inculcaron un amor profundo, reverente, por la naturaleza. A Sarehole no la perturbaban ni fábricas ni motores ni subdivisiones de suburbio ni trastornos sociales; era un escenario idílico para crecer.

Tanto Sarehole como Bloemfontein marcaron profundas huelas e impresiones en Tolkien:
Sarehole fue la visión de Tolkien del «paraíso perdido». En cierta ocasión relató que tuvo «una extraña sensación de volver a casa cuando, a los tres años, llegó por primera vez a ese pueblo de Warwickshire. Sarehole tenía «buenos arroyuelos, olmos y piedrecillas» la rodeaban campos abiertos y granjas, aunque en la distancia se alcanzaban a ver los humos de Birmingham. Se cree que Shakespeare visitó Sarehole en sula juventud y que no había cambiado mucho desde entonces.

Bloemfontein, al parecer, produjo una honda impresión en el joven Tolkien. Durante toda la vida recordó con suma precisión muchos fragmentos de esos primeros años. Tolkien creía que el hecho de haber nacido en Sudáfrica y ser desarraigado muy joven con el traslado a Inglaterra ayudó a estimularle la imaginación y la memoria. El contraste entre la desierta llanura africana y las amables y verdes colinas de Inglaterra parece haber disparado creatividad y precocidad.

Es sabido que las facultades de imaginación, memoria, creatividad y precocidad necesitan de la disciplina para dar frutos; sin embargo…
Era un escritor desorganizado, un postergador incorregible, un trabajador de notoria lentitud, una persona que se creaba sus propias distracciones. Cuando intentaba escribir, solía divagar y dibujar, o trabajar en lenguas élficas o practicar caligrafía con trazos meticulosos, negros, casi ilegibles. Confiaba, por otra parte, en que alguna visita de amigos o de parientes pudiera liberarlo y le permitiera dejar de lado el trabajo.

Por lo que no resulta extraño que…
«In a hole in the ground there lived a Hobbit» [«En un agujero en el suelo vivía un hobbit»], eso es lo que el profesor J. R. R. Tolkien escribió un día en una hoja de papel, cansado de corregir exámenes de inglés antiguo de sus estudiantes de la Universidad de Oxford. Siempre les contaba cuentos a sus hijos y esta frase le pareció un buen principio para el de esa noche, así que lo apuntó en un cuaderno y, acto seguido, continuó con su trabajo.

Y de este modo, gracias a una ‘distracción’,…
Muchos años después más tarde, Sarehole se transformaría en la amada Shire [Comarca] de Tolkien y sus habitantes en los hobbits. (…) «La Comarca», confesó Tolkien, «se parece mucho a la clase de mundo en el cual por primera vez fui consciente de las cosas».

Créditos:
Detalle de la fotografía de la cubierta, y extractos del Prólogo. El viejo profesor y del primer capítulo El Joven. 1892-1911, de la obra J.R.R. Tolkien. El arquitecto de la Tierra Media, de Daniel Grotta, según traducción de Óscar Luis Molina, tomados de la segunda edición publicada por Editorial Andrés Bello, en febrero de 2002 (pp. 13, 21, 27, 29, 29-30, 31-32, 30, 27, 15 y 32).
Inicio del relato El presidente Eisenhower y la rebelión de un hobbit, de Santiago Posteguillo, incluido en la obra La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, editada, por primera vez, en septiembre de 2012 por Planeta (pág. 159).

miércoles, 2 de enero de 2013

Alit lectio: Todo otro viaje

En el tebeo la historia queda muy clara, y la división de la historia en tres partes está bien realizada.
Sin embargo, en el tebeo acortan muchas partes de la historia. Por ejemplo, la batalla de los Cinco Ejércitos, en el libro dura unas diez páginas, y en el tebeo, dos.
Los dibujos, la verdad, es que no están ni muy bien dibujados ni muy mal.

(Comentario de mi hijo sobre la adaptación gráfica del libro del momento, El hobbit, que también acaba de leer.)

Créditos:
Cubiertas de los tres volúmenes en que se plasmó la adaptación gráfica de El hobbit, de J.R.R. Tolkien, realizada por Charles Dixon con ilustraciones de David Wenzel, y publicada con traducción de Lorenzo Díaz, por Norma Editorial en 1991.
Viñeta que ilustra el primer encuentro entre Gandalf el Gris y Bilbo Bolsón, con la discusión lingüística que entablaron.

martes, 1 de enero de 2013

Alit lectio: Todo un viaje

Se centra en la aventura de un hobbit.
Al principio, cuando explica qué es la Tierra Media, los hobbits, etc. , es un poco aburrido. Hay una barbaridad de personajes, sobre todo de enanos; es muy difícil aprenderse todos los nombres de todos los personajes.
El libro no es demasiado largo, ya que tiene 315 páginas exactamente, pero la historia es largo y corta: corta, porque hacen las cosas muy pronto; y larga, porque siempre hay algo detrás que hace que sea más larga. Por ejemplo, matan al dragón y hay una batalla que ocupa 80 páginas.
Hay mucho movimiento y muchos paisajes muy bien detallados, pero al final, uno con tanto personaje, paisaje y movimiento acaba mareado.
Lo que no entiendo es que dure todo un año y la de El Señor de los Anillos que parece más importante y mucho más larga dure solamente un año.
En resumen, un libro muy entretenido y divertido, con una buena historia.

(Comentario de mi hijo sobre el libro del momento, El hobbit, que acaba de leer.)
corta

Créditos:
Sobrecubierta de El hobbit, de J.R.R. Tolkien, en la edición de noviembre de 1985 (séptima reimpresión), de Minotauro.

domingo, 21 de octubre de 2012

Aquí un amigo: Bueno, uno, no, muchismos.

En BiblioCafé, los libros adquieren vida propia: se cambian de estante; los de devolución, se esconden; se 'suicidan' cuando nadie los quiere comprar, y se tiran del estante.

Esta introducción de José Luis Rodríguez, responsable de BiblioCafé, anunciaba una prometedora tarde  pues a continuación tenía lugar la presentación del último libro de Santiago Posteguillo por parte de… Santiago Posteguillo.

Conocido por sus novelas históricas ambientadas en la Roma republicana e imperial, Santiago Posteguillo es, en primer lugar, profesor en la Universidad Jaime I de Castellón, pero no de Historia Antigua ni de Latín, sino de Literatura inglesa y estadounidense. Y sobre esta faceta suya comenzó hablando.

Y es que su último libro va de libros, de sus autores, de sus épocas,… en definitiva, de la vida de unos y otros. Pero a esto, ya llegaremos. Volvamos al principio.

Contó que en un curso (voluntario) de literatura que estudió en la universidad, allá en Estados Unidos, aprendió la metodología del Dr. Kraft, que muy sucintamente nos explicó:
En primer lugar, para abrir boca, Faulkner y su El ruido y la furia. Para situarnos, explicó que Vargas Llosa dijo de esta novela que era el único libro en el que, para poder seguirlo, tuvo que ir tomando apuntes.

Luego, llegaba Conrad, con Lord Jim. Centrémonos sabiendo que el autor utilizaba el polaco con la familia, el francés para viajar, y el inglés para la literatura, “es decir, lo normal”.

Y no era sino después cuando llegaba una lectura más asimilable: Hemingway con su En nuestro tiempo.

Ya cuando tuvo confianza (“y con la nota puesta”, importante detalle) Santiago Posteguillo pudo resolver las dudas acerca del procedimiento gracias a este breve diálogo con el Profesor Kraft:
- ¿Ha pensado hacerlo al revés?
- ¡Jamás! Haciéndolo así se borran todos a los que no les gusta la literatura.

Ilusionado con la metodología (“Algo de razón tendría cuando sobrevivimos al curso sólo 12”), Santiago Posteguillo pensó en aplicar el procedimiento en sus clases en la Universidad, pero… en la Jaime I la asignatura de Literatura inglesa y estadounidense es… obligatoria. Y, además, comienza cronológicamente, es decir, con el Beowulf.

Por tanto... él empieza con El señor de los anillos y Gandalf (momento en el que nos apuntó la eterna cuestión de plagio frente a intertextualidad).

Y acaba leyendo en anglosajón el Beowulf.

Ya entrando en el libro, Santiago Posteguillo comentó diversos capítulos del mismo, y, haciendo como antes, es decir, volviendo al principio, nos expuso lo significativo (el adjetivo es mío) del hecho de que se desconoce quién inventó el fuego y quién la rueda, pero sí se conoce quién inventó el orden alfabético (para saberlo, mejor leer el libro).

La técnica narrativa que utiliza en los relatos es sencilla: “Juego a la intriga con el lector”, con un inicio novelado, que luego aclara.

Así, por ejemplo, en el relato sobre Shakespeare y la autoría de las obras a él atribuidas, sobre lo que zanjó todas las dudas: “Creo que no se sabe, pero me da igual”, pues lo importante son sus obras.

Sobre el curioso título del libro, nos remitió al relato en cuestión, recordándonos que durante la famosa estancia en la casa que Lord Byron tenía en Suiza, Percy Shelley leía en voz alta a sus compañeros el Quijote, y que Mary Shelley, su esposa, aprendió español precisamente  (al igual que Pushkin) para poder leerlo sin traducción interpuesta.

Nos mostró su especial cariño a Dostoievski de quien recrea en un relato su capacidad para terminar Crimen y castigo por la mañana y escribir ex novo El jugador por la tarde. Aunque, eso sí, precisó ayuda, no económica (que no hubiera conseguido por sus numerosas deudas, fruto de su ludopatía compulsiva), sino taquigráfica (en la persona de Anna Grigorievna Snitkina), para poder escribir todo lo rápido que su genio le inspiraba.

Santiago Posteguillo nos recordó también la disputa interna que hubo en España acerca de las propuestas para el Premio Nobel a favor, bien de Benito Pérez Galdós, bien de Ángel Guimerá, con el resultado de que ni uno ni otro. Introdujo el tema con el curioso hecho de que en Valencia, las calles que llevan el nombre de dichos literatos confluyen, cosa que no sucedió en los esfuerzos por apoyar la concesión del Premio para ambos. Y es que, en conclusión, “cuando los políticos se meten en otras aguas, naufragamos”.

El pequeño paseo entre los relatos del libro acabó, como no podía ser de otra manera, en otro principio: “Los adultos nos empeñamos en decirles a los niños qué libros deben leer”. No así es J.K. Rowling y su Harry Potter: “la chispa es que no trata a los chavales como idiotas”.

El libro consta de 24 relatos, pero… “no está Blasco Ibáñez”, le dijo Antonio Penadés, quien acompañaba en la presentación a Santiago Posteguillo.
Y muchos más. No se trata de un libro de 1.000 páginas de historia de la literatura”. Se quería “algo ágil”, y, claro, “hay que cortar”. Recordó sobre Blasco Ibáñez Tiempo de valientes, la reciente novela de Basilio Trilles. Y sobre la importancia literaria de Blasco Ibáñez señaló que en 1919 el libro más vendido en EEUU era de Blasco Ibáñez (aunque él no dijo cuál, lo digo yo: Los cuatro jinetes del Apocalipsis).

Pero (¿otro pero?) aún hay esperanza: “me están pinchando para continuar”.

El último relato del libro acaba recordándonos que la historia de la literatura empieza mucho antes que la escritura, es decir, con el cuento y la tradición oral.

Lo que es una forma de decir que ya he escrito bastante.

Del libro y de su presentación. Del autor sólo recogeré lo que comentó Antonio Penadés:
Me hubiera gustado tenerlo por profesor de literatura, pero lo tengo como amigo, lo que es mejor.

Créditos:
Fotografías de la presentación de La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, acto y libro de Santiago Posteguillo, en BiblioCafé este pasado miércoles día 17.
Imagen del cartel publicitario, tomada de la página de facebook de BiblioCafé.
Imagen de la ilustración de inicio del relato Veintiséis días, dedicado a Dostoievski, obra de alademosca, tomada del libro en cuestión.

sábado, 12 de marzo de 2011

Leyendo de un par de películas

Hace tiempo, en un blog amigo, pudimos leer la afortunada expresión de Guido Finzi cuando, sobre una novela, nos comentó que “yo sólo leí la película”.

Hay ocasiones en que las adaptaciones cinematográficas mejoran los relatos en que se basan. Tranquilos, no es éste el tema de la anotación de ahora, salvo en lo que respecta a momentos o escenas concretos.

Hace muchos años leí, tras haber visto la película (la original, se entiende), El planeta de los simios. Una de las escenas de la película más decisivas para el desarrollo argumental es el momento en el que Taylor, el protagonista humano, ante un numeroso grupo de chimpancés que lo han conseguido recapturar tras su fuga, ¡habla!



En la novela, en un entorno muy distinto, aunque también prisionero de los primates, Ulises Mérou, el protagonista, nos relata cómo fue la primera vez que habló ante unos simios:
El [gorila] que me traía la comida no tenía aspecto de malo. Al ver mi tranquilidad, incluso me dio un golpecito en la espalda, en un gesto amistoso. Yo lo miré fijamente y luego, llevándome la mano al pecho me incliné ceremoniosamente. Al levantar la cabeza, vi en su semblante una viva expresión de sorpresa. Entonces le sonreí poniendo en la sonrisa toda mi alma. Estaba a punto de salir y se detuvo desconcertado profiriendo una exclamación. Por fin había logrado hacerme notar. Queriendo confirmar mi éxito a base de desplegar toda mi capacidad, pronuncié, con bastante estupidez, la primera frase que me pasó por la cabeza:
- ¿Cómo está usted? Soy un hombre de la Tierra. He hecho un largo viaje.
El sentido no tenía importancia. Bastaba hablarle para revelarle mi verdadera naturaleza. Ciertamente, había logrado mi objetivo. Nunca la cara de un mono reflejó tanta sorpresa. Se quedó sin respiración y con la boca abierta, igual que su compañero. Los dos empezaron una rápida conversación en voz baja, pero el resultado no fue el que yo esperaba. Después de haberme observado con aire suspicaz, el gorila retrocedió rápidamente, salió de la jaula y la cerró con mayor cuidado que antes. Los dos monos se giraron entonces mutuamente y empezaron a reir a grandes carcajadas. Yo debía ser para ellos un fenómeno verdaderamente único porque no acababan de regocijarse a mis expensas. Lloraban de tanto reir y uno de ellos tuvo que dejar en el suelo la marmita que llevaba para sacar el pañuelo.


Años más tarde leí, y he visto las películas en su momento, El señor de los anillos. Uno de los momentos importantes en El retorno del Rey es cuando se abre la Puerta Negra.
Los tambores redoblaron, y las hogueras se encendieron. Los poderosos batientes de la Puerta Negra se abrieron de par en par, y una gran hueste se precipitó como las aguas turbulentas de un dique cuando levantan una compuerta.
Los Capitanes del Oeste volvieron a montar y se retiraron al galope, y un aullido de burlas brotó del ejército de Mordor. Una nube de polvo oscureció el aire, y desde las cercanías vino marchando un ejército de Hombres del Este que había estado esperando la señal oculto entre las sombras del Ered Lithui, junto a la torre más distante. De las colinas que flanqueaban el Moranon se precipitó un torrente de orcos. Los hombres del Oeste estaban atrapados, y pronto en aquellos montes grises unas fuerzas diez y más veces superiores los envolverían en un mar de enemigos. Sauron había mordido la carnada con mandíbulas de acero.
Poco tiempo le quedaba a Aragorn para preparar la batalla. En una misma colina estaban él y Gandalf, y allí enarbolaron el estandarte, hermoso y desesperado del Árbol y las Estrellas. En la colina opuesta flameaban los estandartes de Rohan y de Dol Amroth, Caballo Blanco y Cisne de Plata. Un círculo de lanzas y espadas defendía las dos colinas. Pero al frente, en dirección a Mordor, allí donde esperaban la primera embestida violenta, estaban los hijos de Elrond a la izquierda, rodeados por los Dúnedain, y a la derecha el Príncipe Imrahil con los apuestos caballeros de Dol Amroth, y algunos hombres escogidos de la Torre de la Guardia.
Soplaba el viento, cantaban las trompetas, y las flechas gemían; y el sol que ahora subía hacia el sur estaba empañado por los vapores infectos de Mordor; brillaba remoto, tétrico y bermejo, como a la hora postrera de la tarde, o a la hora postrera de la luz del mundo. Y a través de la bruma cada vez más espesa llegaron con sus voces frías los Nazgûl, gritando palabras de muerte. Y entonces la última esperanza se desvaneció.


En parte, lo que sigue es cómo se vio cinematográficamente, en parte, lo descrito.



Ahora ya sólo queda, si se quiere, comparar.

Nota:
Se admiten pedidos para intentar traer a estas páginas dicotomías similares. Serán atendidos por riguroso orden de… atención.

Créditos:
Portada y transcripción parcial del capítulo XII, de El planeta de los simios, de Pierre Boulle , según traducción de Joaquín Rodríguez, publicado como número 436 de la colección Reno, de Ediciones G.P., tomadas de la tercera edición, de mayo de 1977.

Portada y transcripción parcial del capítulo 10 La Puerta Negra se abre, del Libro Quinto, primero de El retorno del Rey, tercer volumen de El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, según la traducción de Matilde Horne y Luis Domènech, publicado por Minotauro, tomadas de la sexta reimpresión de la obra, de junio de 1985.

sábado, 3 de enero de 2009

De diamantes y anillos: un orfebre literario

En aquellos días, la capital del Estado Libre de Orange era Bloemfontein, y a pesar de que el nombre de la ciudad se preste a cierto optimismo, pues en afrikaans y holandés significa “fuente de flores”, lo cierto que es que las negociaciones que allí tuvieron lugar entre el Gobierno de Su Majestad y las repúblicas bóers, habían fracasado, lo que condujo al desencadenamiento de la posteriormente conocida como “Guerra de los Bóers”.

El 14 de abril del año 1900, llegaba a Bloemfontein cierto periodista, que cubría para el Morning Post de Londres, la referida guerra. Las crónicas de la guerra aparecidas en el periódico hasta el mes de marzo, se publicarían un mes después (el 15 de mayo) en un primer volumen De Londres a Ladysmith; el 31 de marzo fechaba la carta que suponía el inicio del seguimiento de la segunda parte del desarrollo de la guerra, que, en octubre, ya de regreso en Inglaterra, finalmente adoptaría la forma de un segundo libro (La marcha de Ian Hamilton). Mes y medio después, el autor de los libros cumplía, tan solo, 26 años. En la edición completa de sus obras, con motivo del centenario de su nacimiento, las dos obras fueron editadas como un solo volumen bajo el título de La guerra de los Bóers, formato que se ha mantenido desde entonces.

Este viaje desde Sudáfrica hacia Inglaterra, también fue realizado, pero cinco años antes, por un niño de tres años con problemas de salud, al que acompañaban su hermano, de sólo un año, y su madre, mientras su padre permanecía, continuando su trabajo para el Banco de Inglaterra, en esa misma ciudad de Bloemfontein donde habían nacido ambos niños.

Treinta y un años después, ese niño, publicaba una novela, dirigida al público juvenil. Doce años después tenía terminada una continuación de la misma, ya también dirigida hacia el público adulto, aunque fuera publicado, en forma de trilogía, seis años después. Póstumamente, editado por su hijo, se publicó un volumen que recogía todo lo sucedido con anterioridad as lo reflejado en dichas obras.



Así pues, desde hace poco más de setenta años disfrutamos de la obra literaria de este caballero, del que hoy se cumplen sus primeros 117 años (es decir, seis años más que los que cumplía su personaje Bilbo Bolsón al empezar su trilogía), y cuyo nombre es John Ronald Reuel Tolkien, más conocido como J.R.R. Tolkien, como ya suponía la mayoría de los lectores de esta anotación.