Recuerdo una anécdota que nos contó hace mucho tiempo un sacerdote amigo de la familia, formado y con inicio de la práctica del sacramento en los tiempos preconciliares, podría decirse.
El caso es que, encontrándose no sé dónde, coincidió con otro sacerdote, de vete tú a saber qué país europeo (supongo), con quien no podía conversar en español ni en el idioma materno del otro, circunstancias recíprocamente presentes en el compañero. Naturalmente, a pesar del resultado de Babel, no se arredraron, y sin necesidad de de que nadie les indicara nada, ni de que ninguna comisión resolviera lo mejor para ellos, su propio y libre albedrío les encaminó al entenderse sin mayores problemas. Para eso estaba la lengua franca del Imperio, y por extensión, de Europa: el latín.
Con el tiempo, es sabido, el latín se ha perdido, y donde aún quedaba, en la liturgia católica, también se perdió. Y con él, la música.
Nuestro amigo
Bate lo ha expresado en diversas ocasiones. Al final, alguien le ha oído, y se ha atrevido también a quejarse. Este pasado mes de abril
Joseph Cullen, director de música coral en la Orquesta Sinfónica de Londres, escribió un artículo lamentando la dejadez que tras el Concilio Vaticano II se había producido en la música litúrgica católica.
En la recientemente celebrada Jornada Mundial de la Juventud, en las celebraciones litúrgicas ha habido música, orquesta y coros que, en lo que he oído, han hecho una muy meritoria labor, especialmente al tratarse de ámbitos al aire libre. Sin embargo…
Sin embargo, creo que la inmensa mayoría de la inmensa multitud presente, desconocía los cánticos, precisamente porque su juventud sólo les habrá permitido apreciarlos o participar en ellos, en contadas ocasiones, con lo que, sí, es música, y claro, les suena, pero no la conocen. Y supongo que por muy mal que se module la voz, un cántico interpretado el domingo por dos millones de persones, conociéndoselo, habría puesto, como se dice, los pelos como escarpias. Y hubiera sido una muestra, otra más, de la unidad, voluntad y fuerza del catolicismo.
Pero eso sólo hubiera sido posible de haberlo conocido desde casa,… y en latín.
Y, un suponer, ¡qué distinta hubiera sido la Puerta del Sol si, como una sola voz, los peregrinos presentes hubieran podido reaccionar gloriando a Dios en el Cielo!