Mostrando entradas con la etiqueta Robert Graves. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Robert Graves. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de marzo de 2014

Continuamente empezando

Ya fuese porque había agraviado a Salmoneo, o traicionado el secreto de Zeus, o porque siempre había vivido robando y matando con frecuencia a inocentes viajeros -algunos dicen que fue Teseo quien puso fin a la carrera de Sísifo, aunque esto no se menciona entre las hazañas de Teseo-, el caso es que Sísifo recibió un castigo ejemplar. Los Jueces de los Muertos le mostraron un enorme bloque de piedra -del mismo tamaño que aquel en que se había convertido Zeus cuando huía de Asopo- y le ordenaron llevarlo rodando cuesta arriba hasta la cima de una montaña y soltarlo cuesta abajo en la otra ladera. Hasta ahora no ha conseguido hacerlo. Cada vez que está a punto de llegar a la cima, el peso de la desvergonzada piedra le obliga a retroceder, y la mole vuelve una vez más a la misma base. Allí la vuelve a tomar pesadamente y debe empezar de nuevo, a pesar de que el sudor empapa sus miembros y una nube de polvo se alza sobre su cabeza.

No sé por qué motivo, me viene a la memoria el mito de Sísifo, mejor dicho, su castigo, cada vez que me pongo a ordenar los libros en casa.

Sin ir más lejos, estos días… Mira, lo mismo me voy a Madrid, a ver la exposición en el Prado.

Créditos:
Extracto del apartado dedicado a Sísifo, en Los mitos griegos, obra de Robert Graves, según traducción de Esther Gómez Parro, tomado de la edición realizada por RBA para la colección distribuida en kioscos Grandes obras de la cultura (pág. 241), de la biblioteca del autor.
Imagen de la invitación recibida de Fundación Amigos Museo del Prado, en relación con la exposición Las Furias, representando un detalle de la obra Sísifo, óleo sobre lienzo de Tiziano, en el Museo del Prado, en Madrid (que es la misma obra que figura en la anotación Abstenerse sensibles del blog Miradas al fresco, en el periódico El Mundo, aunque en el pie se identifique de otra manera).

viernes, 24 de enero de 2014

Cazador… ¡fotografiado!

Orión, un cazador de Hiria, en Beocia, y el hombre más bello de todos los mortales, era hijo de Posidón y Euríale. Llegando un día a Hiria, en Quíos, se enamoró de Mérope, hija de Enopión y nieta de Dioniso. Enopión había prometido a Mérope en matrimonio con Orión si conseguía liberar a la isla de las peligrosas bestias salvajes que la infestaban, a lo cual él se dedicó con empeño llevando todas las noches a Mérope las pieles de los animales que había matado. Pero cuando al final acabó de cumplir su tarea, y la reclamó como esposa, Enopión sacó a relucir que había rumores de leones, osos y lobos rondando aún por las colinas y se negó a entregarle a su hija debido a que en realidad él mismo estaba enamorado de ella.
(…)
Después de visitar Delos en compañía de Eos, Orión regresó para vengarse de Enopión, al cual, no obstante, no pudo encontrar en ningún lugar de Quíos porque se estaba escondiendo en una cámara subterránea que le había construido Hefesto. Puso rumbo a Creta pensando que Enopión podía haber huido allí buscando la protección de su abuelo Minos, pero se encontró con Ártemis, que compartía con él su pasión por la caza, y enseguida le convenció para que se olvidara de la venganza y saliera a cazar con ella.
Para entonces Apolo ya se había enterado de que Orión no sólo no había rechazado la invitación de Eos a su lecho en la isla santa de Delos -la Aurora aún se ruboriza cada día al recordar esta indiscreción-, sino que además se jactaba de que iba a liberar toda la tierra de animales salvajes y monstruos. Así pues, temiendo que su hermana Ártemis pudiera resultar tan voluble como Eos, Apolo se dirigió a la Madre Tierra y, cotilleándole la vanidad de Orión, consiguió que un monstruoso escorpión lo persiguiera. Orión atacó al escorpión primero con flechas, luego con su espada, pero, al darse cuenta de que su coraza resistía cualquier arma de los mortales, se tiró al mar y nadó en dirección a Delos, donde esperaba que Eos le protegiese. Entonces Apolo llamó a Ártemis: «¿Ves esa cosa negra que se ve ahí en el mar, a lo lejos, cerca de Ortigia? Es la cabeza de un villano llamado Candaón, que acaba de seducir a Opis, una de tus sacerdotisas hiperbóreas. ¡Te desafío a que lo atravieses con una de tus flechas!». Candaón era el apodo beocio de Orión, pero Ártemis no lo sabía. Apuntó certeramente, disparó, y, cuando salió nadando para recoger su presa, descubrió que había atravesado a Orión por la cabeza. Con gran dolor imploró a Asclepio, hijo de Apolo, que lo reviviera, y él accedió, pero fue destruido por el rayo de Zeus antes de que pudiera completar su tarea. Entonces Árternis colocó la imagen de Orión entre las estrellas, eternamente perseguido por Escorpión. Su alma había descendido ya a los Campos de Asfódelos.

Créditos:
Extracto del apartado dedicado a Orión, en Los mitos griegos, obra de Robert Graves, según traducción de Esther Gómez Parro, tomado de la edición realizada por RBA para la colección distribuida en kioscos Grandes obras de la cultura (pp. 169-171), de la biblioteca del autor.
Fotografía del cuerpo central, el más identificativo de la constelación de Orión, con (de norte a sur y de este a oeste -o sea, de arriba a abajo, y de izquierda a derecha-), Betelgeuse y Bellatrix, en los hombros; las Tres Marías en el cinturón; y Saiph y Rigel, pie -levantado- y rodilla, respectivamente; y, entre éstas y el cinturón, las Nebulosas M43 de De Mairan, y M42, de Orión, más brillante; esta noche, del autor.

lunes, 20 de agosto de 2012

Sí, scripta manent, pero...

Cuando ambos escritores se paseaban por el jardín, [Thomas] Hardy se detuvo en un rincón del invernadero y le contó [a Robert Ranke-Graves] que en cierta ocasión estaba podando un árbol cuando de pronto le vino una idea para un relato, la mejor que le hubiera venido jamás, y se le había ocurrido casi completa, con todos los personajes, escenarios e incluso una parte de los diálogos. Pero como en ese momento no tenía consigo lápiz ni papel y tenía que apuntalar bien el árbol antes de que el tiempo cambiara, no pudo anotar nada. Cuando estuvo otra vez sentado a su escritorio y quiso escribir la historia, todo había desaparecido. «Lleve usted siempre consigo lápiz y papel –dijo Hardy, y añadió–: Por supuesto que ya no podría escribir la historia, aunque se me ocurriera de nuevo. La época de escribir novelas ha pasado para mí. Pero a menudo pienso en lo buena que fue aquella idea.»

Hace mucho tiempo, los Reyes Magos me dejaron en casa de la mayor de mis hermanas una libretita que entendimos que era para que apuntara en ella las ideas que se me fueran ocurriendo para cuentecillos y relatos.

El problema es que la goma que abraza las tapas junto con las hojas sigue en la misma posición de entonces.

Créditos:
Extracto del capítulo Libros que nunca fueron escritos, de la obra de Alexander Pechmann La Biblioteca de los Libros Perdidos, según traducción de Juan José del Solar, en edición de enero de 2011 de Edhasa (pp.107-108).

lunes, 26 de diciembre de 2011

Ellos fueron los primeros

Hace tiempo, publiqué una anotación sobre las colecciones de bolsillo, donde no pude dejar de mencionar El libro de bolsillo, de Alianza Editorial. En el catálogo de 1985 que a pesar de todo aún tengo en casa, figura para dicha colección hasta el número 1102, con diez obras más en cartera, aunque es cierto que faltan algunos números de entre los primeros (por ejemplo, el segundo, que era Mozart, de Fernando Vela).

Ayer, aprovechando la falta de prisas que supone la reunión familiar con motivo de la comida de Navidad, hice una muy completa recolección de libros que tenía en casa de mis padres, principalmente, los de la colección citada, aunque por problemas de bolsas o, por mejor decir, de capacidad porteadora de mis brazos (había decidido hacer los trayectos de ida y vuelta andando), aún tuve que dejar unos pocos ejemplares como mudos testigos de los sucedido.

El objetivo es colocar, en mis famosas baldas, todos los libros de la colección juntos, sin diferenciar autores o temas, en honor a lo histórico de la misma, y también de los libros, ya que el primero de ellos lo compré hace poco más de 33 años (en concreto, el 29 de noviembre de 1978). Aunque antes, he empezado a completar los datos oportunos de las fichas correspondientes en la base de datos de libros que tengo en el ordenador.

De esta forma, me he dado cuenta de que la famosa cubierta de los libros, obra de Daniel Gil (al menos en los tropecientos últimos volúmenes), no siempre aparece acreditada, y donde lo hace no es en el interior, junto con el resto de datos de la edición, sino en la contraportada.

Y por otro lado, se me ha ocurrido comprobar el orden de compra de los libros de la colección, y una vez averiguado, he aquí el mismo, para los diez primeros, en esta anotación sobrevenida.

En caso de que alguien se dé cuenta de que sólo figuran ocho, le diré que tiene toda la razón: tengo en paradero actualmente desconocido, y por tanto, con una orden internacional de busca y captura, el ejemplar de San Manuel Bueno, Mártir, de Miguel de Unamuno, precisamente el primer libro de la colección que compré, y Los quinientos millones de La Begún, de Julio Verne, el séptimo en orden de compra.

Las elucubraciones acerca de lo que se pueda desprender de qué libros son o dejan de ser, si se tercia pertinentemente, son ya objeto de la sección de Comentarios.




Créditos:
Portada del catálogo de colecciones de Alianza Editorial, del año 1985.
Portadas de los libros en cuestión (salvo los dos mencionados).