lunes, 23 de marzo de 2009

Polvo de líneas (I)

A pesar de la lluvia, aquel hombre llevaba mucho tiempo delante del escaparate de la librería. Estaba de pie, inmóvil, mirando o haciendo que miraba las portadas de los libros expuestos, luego se movía unos centímetros hacia la izquierda, después hacia la derecha, igual que si tuviera una cámara minúscula y clandestina en los ojos y estuviera fotografiando los títulos como si fueran documentos secretos.
Claude, el mozo de la librería, como se les llamaba antes, no reparó en él al principio. No llamaba especialmente la atención. Llevaba una gorra de tweed mojada y se cubría con un impermeable también húmedo. Claude estaba acostumbrado a las siluetas que se paraban ante el escaparate de la librería, lanzaban una ojeada y seguían andando. A veces, por supuesto, algunos entraban y, o bien preguntaban algo, o se dirigían sin decir nada hacia un libro, lo agarraban y se iban derechos a la caja a pagar. Otros rebuscaban en las estanterías y los mostradores y se marchaban sin comprar nada.
(…)
A las seis y cuarto, cuando Claude estaba pensando que sólo le faltaban tres cuartos de hora para marcharse de la tienda, abalanzarse a su propia cita y comprobar si ella había acudido, (…) el tipo entró en la librería. La especia de campanilla pueblerina que había encima de la puerta sonó de una manera que a Claude siempre le parecía ridícula. Léopold, el dueño, o el señor Léopold como le llamaba su mujer cuando le sustituía en la tienda, estaba en la caja, con el cigarrillo en los labios, verificando seguramente alguna factura o algún pedido. (…) Se volvió hacia el recién llegado con una sonrisa que no se demoró en los labios. Claude, que no tenía nada mejor que hacer, miró al tipo adentrarse despacio en la librería, mirando con timidez a su alrededor.
(...)
El hombre se puso a recorrer con la mirada, siempre meticuloso y lento, casi embotado, los estantes de la pared del fondo donde se alineaban las novelas que en la jerga de los libreros y los editores se llaman de “fondo”. (…) Luego, a Claude le pareció que el hombre le lanzaba una mirada implorante y se acercó lentamente, dispuesto a atenderle, si fuera preciso. Pero el hombre se había vuelto hacia otra pared de la tienda donde estaban clasificados, por orden alfabético, los autores de ensayos. Claude hacía como que ordenaba una pila de “novedades”, preguntándose dónde habría dejado sus cigarrillos, cuando oyó una especie de carraspeo a su lado. El hombre estaba junto a él y le miraba casi abiertamente.
– Perdóneme… –dijo.
– ¿Sí? –Claude lanzó un “sí” abierto y bien dispuesto.
Nuevamente el hombre miró a su alrededor, molesto. No tenía aspecto de estar asustado, tan sólo intimidado.
– ¿Sí? –repitió Claude, aún más servicial.
– Yo… ¿Tendría?... No creo que lo tenga… Es tan antiguo… Le va a parecer extraño…
– ¿El qué? Dígamelo.
El día en que me mataron.
– ¿Cómo?
– Es el título –y el hombre sonrió por primera vez.
El día en que me mataron
– Los esfuerzos que hacía Claude para encontrar algo que decir o incluso algo a lo que agarrarse eran visibles.
– ¿De quién es? ¿Sabe usted el nombre del autor?
– Claro. Por supuesto: Carlos Semprún Maura.

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