miércoles, 17 de marzo de 2010

Para este viaje…

Al día siguiente me llevó don Celestino al palacio del Príncipe de la Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria.
(…) Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de las audiencias, don Celestino (…) añadió con cierta zozobra:
- ¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado Canturrias… ya le conoces… me ha puesto esta mañana la cabeza como un farol? Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente de la nación, y que le van a cortar la cabeza. (…) Dice que el señor Príncipe de la Paz, temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos reyes, tiene el propósito de que éstos marchen a Andalucía para embarcarse y dar la vela a las Américas. (…) Pero o yo me engaño mucho o los partidarios del príncipe de Asturias andan metiendo cizaña por ahí. Ello es que en Aranjuez hay mucha gente extraña y… quiera Dios.
(…) El ujier se acercó a nosotros, haciéndonos señas de que le siguiéramos. Su alteza nos madaba pasar. Cuando los demás pretendientes vieron que se daba preferencia a los que habían llegado los últimos, un murumullo de descontento resonó en la sala.(…)
Godoy no era hombre hermoso, como generalmente se cree; pero sí extremadamente simpático. Lo primero en que se fijaba el observador era en su nariz, la cual, un poco grande y respingada, le daba cierta expresión de franqueza y comunicatividad. Aparentaba tener sobre cuarenta años: su cabeza rectamente formada y airosa, sus ojos vivos, sus finos modales, y la gallardía de su cuerpo, que más bien era pequeño que grande, le hacían agradable a la vista. Tenía sin duda la figura de un señor noble y generoso; tal vez su corazón se inclinara también a lo grande; pero en su cabeza estaba el desvanecimiento, la torpeza, los extravíos y falsas ideas de los hombres y las cosas de su tiempo.
(…)
- Dispénseme usted –dijo– mi distracción. Hoy es día para mí de ocupaciones graves e inesperadas. No pensaba recibir a nadie en audiencia, y si le mandé entrar a usted es porque sabía que no es de los que vienen a pedirme destinos. (…) Ruego a ustedes que tengan la bondad de retirarse, pues mis obligaciones no me permiten prolongar esta audiencia.
- Pues Gabrielillo –me dijo don Celestino cuando entrábamos en la casa–, cierto es que hay demasiada gente en el pueblo. Se ven por ahí muchas caras extrañas, y también parece que es mayor el número de soldados. (…) ¿Oyes los gritos? Entrémonos, hijo mío, no nos digan alguna palabrota. Aborrezco el vulgo.
(…) Salí de la casa y recorrí las calles del pueblo. El gentío aumentaba en todas partes, y especialmente en la plaza de San Antonio. No era preciso molestar a nadie con preguntas para saber que el generoso pueblo, enojado con la noticia verdadera o falsa de que los Reyes iban a partir para Andalucía, parecía dispuesto a impedir el viaje, que se consideraba como una combinación infernal fraguada por Godoy de acuerdo con Bonaparte.”
Al día siguiente “corrió la voz de que su majestad dirigía la voz a sus súbditos por medio de una proclama que al punto se fijó en todos los sitios públicos. En ellas, después de llamar vasallos a los españoles, decía el buen Carlos IV, que la noticia del viaje era invención de la malicia, que no había que temer nada de los franceses, nuestros queridos amigos y aliados, y que él era dichoso en el seno de su familia y de su pueblo, al cual conceptuaba asimismo como empachado de prosperidad y bienaventuranza al amparo de paternales instituciones.


Al día siguiente (…) Lopito entró a buscarme.
- Esta noche – me dijo al bajar la escalera – tendremos fiesta. No lo digas ni a tu camisa, Gabrielillo. Pues verás… aquel papelote que eescribió ayer el Rey es un farsa. Bien decía yo que don Carlitos, con su caarita de pascua, nos está engañando.
-¿De modo que hay viaje?
- Tan cierto como ahora es día. Pero como no queremos que se vayan, porque esto es enjuague de Napoleón con Godoy para luego repartirse España entre los dos; como no queremos que se vayan, el viaje se prepara ocultamente para esta noche. Si fuera verdad que no pensaban salir, ¿por qué no se ha retirado la tropa? ¿Por qué ha venido más tropa y más tropa, y más tropa? ¿Ves? Ahora está entrando un batallón por la calle de la Reina.
Confieso que a mí no me importaba gran cosa que saliese un batallón o entraran ciento, ni tampoco me ponía en cuidado el que mi señor don Carlos se marchara a Andalucía o a donde mejor le conviniese. (…)
El pinche me dijo que todos aquellos personajes habían venido de Madrid traídos por los confeccionadores de la conjuración, y añadió:
- Esto para que se vea que también toman parte los hombres que se llaman científicos.
No puedo menos de decir que toda aquella gente me repugnaba, y en cuanto a sus intenciones y propósitos, todo me parecía absurdo sin explicarme por qué.
- Estúpidos – decía para mí – ¿pensáis que semejante gatería es capaz de quitar y poner reyes a su antojo?
Pero en la noche de aquel mismo día fue cuando pude medir en toda su inexplorada profundidad el abismo de ignorancia y fanatismo de aquel puñado de revolucionarios.
(…)
- ¿A dónde vamos, Lopito? –pregunté a mi compñero.
- A donde nos lleven –me contestó por lo bajo–. ¿A que no sabes quién es ese que nos manda?
- ¿Quién? ¿Aquel palurdo que va delante con montera, garrote, chaqueta de paño pardo y polainas; que se para a ratos, mira por las bocacalles y se vuelve hacia acá para mandar que callen?
- Sí; pues ese es el señor conde de Montijo. Con que figúrate, chiquillo, si no podemos decir aquel refrán de… cuando los santos hablan será porque Dios les habrá dado licencia.
(…) La noche era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que emiten las primeras germinaciones de la primavera. El cielo estaba tachonado de estrellas, a cuya pálida claridad se dibujaban las espesas y negras arboledas, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura del Anteo de mármol levantado del suelo por Hércules en el grupo de la fuente monumental que limita el llamado Parterre. El sitio y la hora eran más propicios para la meditación que para la asonada.
De improviso aquel silencio profundo y aquella oscuridad intensa se interrumpieron por el relampago de un fogonazo y el estrépito de un tiro que no sé de dónde partió. La turba de que yo formaba parte lanzó mil gritos, desparramándose en todas direcciones. Parecía que reventaba una mina, pues no a otra cosa puedo comparar la erupción de aquel rencor contenido. Todos corrían, yo corría también. Lucieron antorchas y linternas, se alzaron al aire nudosos garrotes: muchas escopetas se dispararon, oyese un son vivísimo de corentas militares, y multitud de piedras, despedidas por manos muy diestras, fueron a despedazar, produciendo horribles chasquidos, los cristales de una gran casa. Era la del Príncipe de la Paz.
La historia dice que el tumulto empezó porque…


La historia dice, pero hasta aquí, quien dice por boca de Gabrielillo es don Benito Pérez Galdós, en su tercer Episodio Nacional: El 19 de marzo y el 2 de mayo, en extractos de sus capítulos sexto al noveno.

Todo el mundo conoce lo sucedido el día 2 de mayo a que se refiere Galdós, pero es menos conocido el significado del 19 de marzo, curiosamente día en el que coincidió otro hecho histórico de carácter totalmente distinto, uno en 1808, otro en 1812, aquel menos conocido, éste más propagado, y ambos igual de olvidados en su elaboración, consecución, intenciones y resultados.

El motín de Aranjuez, que se inició esa noche del 17 de marzo y se mantuvo vivo hasta el día 19, culminó con la abdicación de Carlos IV en la persona de su hijo Fernando VII, publicada el día 20.

Sin embargo, esa primavera no resultó tan tranquila como esperaban quienes instigaron el motín, empezando por el primer interesado y beneficiado, Fernando VII, y acabó como todos sabemos, también, precisamente, para evitar un viaje.

En el mundo anglosajón, que se dice, es muy habitual la aplicación a la Historia de la expresión “What if…?”, es decir, plantear algún momento decisivo en la Historia, y estudiar y desarrollar cómo hubiera podido ser la Historia si ese acontecimiento hubiera finalizado de otro modo (por ejemplo, si no se hubieran extraviado, llegando tarde, los refuerzos que esperaba Napoleón en Waterloo).

¿Cuál hubiera sido el desarrollo de la Historia de España de haberse frenado eficazmente las intrigas y conspiraciones del todavía Príncipe de Asturias?

No sé si Galdós hubiera sido capaz de resolverlo verosímilmente, pero, ateniéndonos a su realismo, concluyamos con que eso sería “llorar por la leche derramada”.

Aunque… tal vez hubiera sido una buena forma de aprender y evitar intrigas y conspiraciones posteriores, naturalmente, usando la “sagrada voluntad despueblo español”.

Créditos:

Retrato de Fernando VII, obra de Luis de Cruz y Ríos, depositado en el Palacio del Pardo (*)
Retrato de Manuel Godoy, de Francisco de Goya y Lucientes (Museo de la Real Academia de BB.AA. de San Fernando).
Retrato de la familia del rey Carlos IV, de Francisco de Goya y Lucientes (Museo del Prado).
Motín de Aranjuez, según grabado del siglo XIX (*)
Portada del segundo volumen de la edición completa de los Episodios Nacionales, realizada por Espasa para Unión Editorial en 2008, distribuida junto con el periódico El Mundo, de donde se han tomado las transcripciones realizadas (pp. 46-69), y las imágenes marcadas con (*)

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